Desde la piedra de San Blas

EN CONFIANZA:

16/03/2014:

Ayer una nueva bajada a los infiernos. A lo más profundo del más terrible de los infiernos: yo mismo y mi conciencia.

Nada de particular. Volver a cometer los mismos errores por impaciencia. Arrepentirte para siempre. Pero cada vez es más terrible, pues sé que es imposible decir que he aprendido algo y que no volverá a suceder. Es desazonador saber ahora que los hechos fueron evitables, pero que los pensamientos, las razones últimas de la bajada al infierno, forman parte de mi realidad actual.

Antes pensaba como Tom en Brooklyn Follies (Paul Auster), leído esta mañana: “Quiero vivir de otra manera, eso es todo. Si no soy capaz de cambiar el mundo, al menos puedo tratar de cambiarme a mí mismo. Pero no me apetece hacerlo en solitario”. Por eso buscaba ayuda en quien tanto me conoce y tanto me ha socorrido en los momentos más difíciles. Ahora ya no merece la pena molestarla. Por eso me escondo en este rincón de la Plaza Pública más pública del mundo.

Es mejor que corra el tiempo. Cada uno tiene bastante con la suyo. Sé que me quieren. Sé que les quiero, pero ahora sólo deseo no molestarles. Sé que soy tan transparente, pues en el fondo lo que hago es reclamar ayuda, que ya han descubierto que algo anda mal en mí, pero deseo verbalizarlo lo menos posible. Dejar pasar el tiempo y esperar tiempos mejores. ¿O no?

Ahora sé qué es lo peor de mi vida. Imaginar conversaciones de mañana para solucionar mis problemas. Imaginar situaciones que mañana debieran ocurrir y conjeturar cómo actuaré, qué diré. No sé desde cuando me ocurre esto. Creo que desde siempre, pero me parece que últimamente es más frecuente y más terriblemente desquiciador.

21/04/2014:

¿Y si fuera posible? ¿Y si fuera posible vivir en un mundo pequeño, estrecho, de dimensiones casi ínfimas? Será duro evitar tentaciones, pero me voy a dar un tiempo. Le voy a dar un tiempo a Rafael Santandreu. No sé si me creo toda esta literatura de autoayuda, pero cuando caes tan bajo, cualquier cosa pueden acabar creyendo. Bueno, cualquier cosa tampoco. Creo que muchos de los presupuestos de la Psicología Cognitiva parten de la base de que, como decía aquel, “to er mundo e güeno”, y a lo mejor no. Ni siquiera uno mismo.

AQUELLAS PRIMERAS MAÑANAS DE PRIMAVERA

Aún recuerdo cómo eran aquellas primeras mañanas soleadas de primavera en mi pueblo. A media mañana, sin nada que hacer, sin nadie que me acompañara, los días de fiesta como hoy salía de mi casa después de desayunar y el ambiente debía ser como el que hoy contemplo por este mirador de mi actual casa.

La estampa era más o menos ésta. Una calle aún sin asfaltar de un barrio de las afueras de mi pueblo. La calle subía ligeramente para después descender hacia la vía del tren. A ambos lados una acera de viejas losetas grisáceas fabricadas con un cemento bastante frágil. El cielo azul, completamente azul. Un azul que sólo se puede ver en La Mancha a tempranas horas de la mañana en una primavera ya avanzada, cuando aún los cúmulos de nubes no se han formado a mediodía augurando una tormenta vespertina.

A esa temprana hora, como hoy, entre las diez y las once de la mañana, apenas si hay gente por la calle. Alguna señora de edad madura, con vestuario anticuado, de tonos siempre grisáceos, camina solitaria a casa de alguna vecina o de algún familiar para llevar una prenda recosida, unas viandas para la comida o un trozo de jabón para la colada.

Mi presencia en la calle a estas horas resulta un tanto extraña. No es frecuente que chicos de mi edad salgan a la calle tan temprano. No tengo ningún lugar concreto donde ir. Solo escapo de mi casa para que no me manden alguna tarea o un recado que me produciría cierta vergüenza hacer. O para escapar de alguna pelea familiar. O, simplemente, para salir de casa y refugiarme en mi soledad, en el entorno más mundano. Era una de mis ocupaciones más placenteras. Salir solo, caminar solo, sin ningún sitio a donde ir, pero siempre envuelto por el pequeño bullicio de gente anónima. Señoras que iban al mercado, hombres que iban o venían de trabajar, abuelos que caminaban en parejas mientras se dirigían a casa de un familiar o amigo, seguramente enfermo, o chicos, como yo, pero que en grupo conversaban, reían, se empujaban o golpeaban una pelota, mientras calle abajo se dirigían a “las eras” a jugar. Yo me los cruzaba, les miraba de soslayo, escuchaba sus conversaciones, pero bajaba la cabeza por si alguna de ellas me conocía. No quería que me pararan, que rompieran mi soledad, mi trayecto hacia algún lugar indeterminado.

En muchas ocasiones me acompañaba un libro. Buscaba un parque, un jardín, un banco en alguna plazoleta para poder leer. Eran días soleados, como el de hoy, y me encantaba disfrutarlos en soledad. Pero era una soledad extraña, como digo, pues no consistía en encerrarme en casa o en mi cuarto. Se trataba de buscar un lugar público, con gente que deambulaba de un lugar para otro, pero que apenas si se fijaban en mí. A veces me dirigían una breve mirada, como extrañados de ver a ese joven chico que en un solitario banco leía un libro de hojas un tanto desgastadas, con ese marrón que rodea las páginas por el paso del tiempo. Igual al libro que esta mañana también me acompaña, aquí en la soledad de mi casa actual, antes de que mi familia se despierte. Mi mayor temor en aquellos placenteros momentos era que llegara alguien conocido y se parara a hablar conmigo. Y mucho más que pretendiera averiguar qué hacía allí solo, leyendo. Otro temor era que algún desconocido, generalmente un señor mayor, se sentara junto a mí en el mismo banco y deseara entablar una conversación para conocer de quién era yo, qué hacía allí, o me contara alguna historia de su vida. Entonces no lo podía sospechar, pero quizá aquel anciano necesitaba estar junto a alguien. De hecho había más bancos sin ocupar en aquel parque o jardín, pero se había sentado junto a mí para poder contarme algo que seguramente ya nadie deseaba escuchar o que no tenía ya a quien contar, pues había perdido (si es que los había tenido alguna vez) los pocos amigos que la vida le había regalado. Inquieto, con deseos que de finalizara la conversación, azaroso por no saber qué decirle a aquel señor, no encontraba la forma de salir de aquella situación. Pero no me atrevía a contar la conversación, más bien el monólogo, pues me avergonzaba incluso decirle a aquel señor que me debía marchar. Generalmente era él el que salvaba el momento levantándose y marchándose a otro lugar al observar mi poco interés por sus historias.

Ahora pienso en las historias que me perdí por no haber sido más amable. Hubiera conocido anónimos relatos de aquellos personajes con los que me cruzaba en aquellas solitarias caminatas a ninguna parte. Eran historias de ellos mismos, recuerdos de cuando eran más jóvenes, de cómo era la vida antaño, de cómo había cambiado todo, de estampas sobre lugares del pueblo. Pero yo prefería mi soledad. Cuando volvía a estar solo, acababa volviendo a casa, casi siempre por otro camino. Para continuar estando solo con más gente.

16/06/2015 LA NOSTALGIA

Cuando el ser humano llega a la cincuentena le da por ponerse nostálgico. Mira al pasado continuamente. Rebusca en su agenda para mirar los números telefónicos de aquellos amigos y conocidos a los que lleva años sin llamar, sin saber nada de ellos. Y le entran ganas de llamarles. Se pone nostálgico y recuerda, seguramente tumbado en la cama en la más completa soledad, los momentos que pasaron juntos.

El cincuentón marca en su calendario mental aniversarios de su pasado. El día que comenzó la Universidad, el día que comenzó a trabajar, el día que se compró el primer coche. Y tiene presente la celebración de todos estos y otros aniversarios. Cuenta el tiempo de su pasado para revisar todo lo que ha vivido, pues en muchas ocasiones ya tiene pocos momentos para recrearse en el presente.

La nostalgia es una enfermedad de los cicuentones. Pero tiene cura. Sólo debes tomarte un trago de presente de cuando en cuando. Es un presente que seguramente no está lleno de grandes ocasiones, de reconocimientos multitudinarios, de fiestas repletas de gentes que rien sin saber de qué, de excelsos proyectos por realizar. Pero tienes mucha suerte si tienes un par de amigos con los que el tiempo se consume plácidamente y sin darte ni cuenta. De cuando en cuando encontrar un nuevo disco de un viejo músico (“Lo que aletea en nuestras cabezas” de Robe, de Extremoduro) o un autor que desnocías y te emociona (Xoel López). Si puedes disfrutar de tardes sentado en tu lugar preferido con Murakami a tu lado, si tienes la suerte de ver relajadamente a Birgitte Nyborg en Borgen y, recostada junto a tí, está la persona que amas, para qué quieres la nostalgia.

22/04/2016

Todo debió comenzar una mañana de otoño al entrar en el aula que me acogería durante aquel curso, que pertenecía a aquel centro que lo haría durante los siguientes tres. Corría el año 1977. Yo no debía nunca haber llegado allí. Comenzaba mi proceso de “desclasación”, comenzaba mi tormento emocional. Todo por culpa de mi inclusión en un mundo al cual no pertenecía, por haber traspasado la frontera. Yo debí mantenerme en las marismas del Liang Shang Po.

Hoy repasando aburridamente páginas del Facebook de forma aleatoria (de un amigo a su grupo de amigos y así sucesivamente) me he encontrado con sus caras. He descubierto que mi contacto con ellos transformó mi carácter, transformó mi forma de ver el mundo, me llevó del Liang Shang Po a la Universidad y de allí al lugar donde me encuentro: desclasado, frustrado, embrollado y aparentando cada día. Cada día tenía que aparentar lo que no era. Cada día tenía que inventar una historia para salir de la mediocridad en la creía se movía mi mundo: el mío propio, el de mi familia o el de mis amigos del Liang Sang Po.

¡Ellos eran tan “beautiful”! ¡Su vida era tan interesante! ¡Eran tan modernos! Apenas teníamos catorce años, pero ahora se me representan como si de adultos se trataran. Yo quería meterme en ese mundo. Ser uno de ellos. Pero nunca lo logré. Ahora que me envuelve un mundo que se parece a aquel (Universidad, club de golf, Instituto…) creo que no sé si era aquí adonde deseaba llegar. Creo que no. En el fondo sigo creyendo que no pertenezco a él. Cuando les he visto en sus páginas de Facebook he descubierto que nunca perteneceré a ese mundo. Mucho de lo que ahora sigue enturbiando mi vida es fruto de aquello: desear pertenecer a un mundo que no es el mío. Representar un papel que yo mismo me asigné en este teatro del mundo. Pero un papel que, por muy bien que lo represente, no es el que mejor se adapta a quien verdaderamente soy.

8/5/2016

ENCERRADO

Hoy me levanté con la sensación de que me siento encerrado. Encerrado en esta casa en la paso las horas de la cama al sofá, del sofá a la silla del despacho, de la silla del despacho a la cocina y de ella a cualquier otro lugar. Tiene mucha luz mi casa, tiene un balcón que da a un parque, pero me da la sensación de que mi casa es una gran caja situada en medio de cualquier lugar. Preferiría, como de pequeño, vivir la mayoría del tiempo en la calle. Preferiría tener mi propio Paraíso para poder levantarme tan temprano como hoy y salir afuera, escuchar el silencio del amanecer, los primeros trinos, el crepitar de las piedras del jardín bajo mis pies.

Y me siento encerrado en este personaje que he creado sobre mi mismo. No poder salir de él. Vivir la tortura de tener que cumplir con el papel que yo mismo me he escrito sobre mi mismo.

2 respuestas a Desde la piedra de San Blas

  1. maku dijo:

    After reading some of the articles in your blog, I can humbly say: “superb and astonishing”. Go on like that !!!
    Thanks for your suggestions and opinions.
    Maku

    • Ara comença a tenir categoria aquest blog, amb el multilingüisme que està desenvolupant. Estic per donar-li una còpia al meu cap Font de Mora per a que veja els progressos dels seus funcionaris i té compassió i no ens baixa el sou per a bé del deute públic i el parc temàtic de Ferrari.

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