EL PAÍS Y LA CATALUÑA BOLIVARIANA: Necesitáis un abrazo

Debe ser que me ha impresionado tanto el artículo de Joaquín Reyes dedicado al cascarrabias de Javier Marías, o que a los dos nos impele ese ramalazo manchego, pero el titular de hoy de El País me ha provocado unas ganas tremendas de escribirles también, en un tono parecido, una carta a los redactores del periódico otrora “independiente de la mañana” para que se lo tomen con calma y rebajen su nivel de cabreo.

Y es que, efectivamente, no están ustedes bien, señores redactores de El País, y tampoco lo pienso yo sólo, miren sus cifras de ventas y verán como caen en picado. También son muchas las cosas que les hacen sufrir: la derrota de Su Susana y la victoria del “rojo” Pedro Sánchez, el desplante a Su Rey Juan Carlos I, al que no le invitan a la celebración del 40 aniversario de las primeras elecciones tras la dictadura, sí, aquella que el prócer Juan Luis Cebrián ayudó a traer a España, en ese camión que dice el Rey Emérito conducía él, y, como no, el independentismo catalán, que, desde hoy, además es bolivariano.

Creo, como le dice Joaquín a Javier, que también es hora de descansar. Ya trajisteis la democracia, ya mantuvisteis la monarquía en 2014, patrocinando la abdicación sosegada de vuestro Juan Carlos en Felipe VI, ya conseguisteis crear un partido, Ciudadanos, para que los bolivarianos iraníes de Podemos no se alíen con Vuestro PSOE de toda la vida para crear un gobierno al estilo del de Antonio Costa en Portugal, ya le habéis proporcionado a Vuestro Excelso Presidente Ejecutivo Juan Luis Cebrián unos píngües beneficios para vivir como uno de esos príncipes saudíes a los que tanto frecuenta. Por lo tanto, ya podéis dejarlo. Cerrar el quiosco, nunca mejor dicho, y dejadnos en paz.

Valga que os inventéis encuestas, sacando los resultados el mismo día de efectuarlas, valga que pongáis a parir a Pedro Sánchez un día sí y al otro también, pero lo de hoy, como diría Reyes, tal y como se dice por allí, por La Mancha, “pasa de castaño oscuro”.

A ver, que me parece bien, que a la mínima que se os cruce por el camino una noticia tratéis de meteros con la Pérfida Venezuela de Maduro, que truquéis las fotos, como cuando publicasteis en portada una foto falsa de Chaves agonizante, pero este titular no es digno de un diario que tiene entre sus excelsos fundadores y carismáticos dirigentes a todo un miembro de la Real Academia de la Lengua.

“Un foro de modelo bolivariano haría la Constitución catalana”, habéis titulado. Lo he tenido que leer varias veces para entender qué queríais decir. Ya sabía que lo de meter el adjetivo bolivariano era una ocurrencia que quedaba muy bien en vuestra Cruzada anti-Maduro, pero es que no entendía una mierda, como vulgarmente se dice. He tenido que leerme más de la mitad del artículo para ver la semejanza que los señores Javier Casqueiro y Miquel Noguer querían aplicar al “procés” con la Venezuela de Maduro. Os prometo que en lo primero que he pensado, y no es broma, es que los redactores de la futura Constitución catalana iban a hacerlo vestidos con la “chompa” bolivariana, ese jersey a rayas que popularizó Evo Morales desde su llegada al poder. Pero no, al parecer es que los redactores de la Carta Magna catalana lo van a hacer siguiendo el procedimiento que Maduro pretende utilizar para cambiar la Constitución de Venezuela.

Y, ahí, en esa explicación, es cuando los periodistas Casqueiro y Noguer la lían. Dicen que consiste ese procedimiento bolivariano a aplicar en Cataluña en “activar un proceso participativo de base ciudadana”. ¡Acabáramos!, ahora resulta que a El País le produce repelús que los ciudadanos participen en la elaboración de la futura Constitución. Claro, como no se me ocurrió antes, ellos son partidarios del modelo de la Constitución española de 1978 parida por siete padres (debía ser que entonces estaba permitida la paternidad compartida) entre los cuales estaban demócratas de la talla de Manuel Fraga (“la calle es mía”, dijo tras los asesinatos de los sucesos de Vitoria en 1976 a manos de la policía dentro de la iglesia de San Francisco de Asís), Gabriel Cisneros (Delegado Nacional de la Juventud, que controlaba la OJE, sección juvenil de La Falange, entre 1969 y 1972, además de procurador en las Cortes franquistas), Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (letrado del Consejo de Estado franquista desde 1966 y principal hacedor de la puñalada de UCD a su propio líder Adolfo Suárez) o José Pedro Pérez Llorca (letrado de las Cortes franquistas, esas tan demócratas). Nada mejor que este sistema y que cuando los artículos no salgan los acaben “cocinando”, con agravante de nocturnidad, dos prohombres como Abril Martorell y Alfonso Guerra, como ocurrió con la Constitución española de 1978. ¡Nada de procesos ciudadanos! ¡Pero qué democracia es esa en la que participan los ciudadanos, habiendo prohombres de la citada “categoría” que nos digan lo que hay que poner en la Constitución!

Dicen los articulistas que la futura Ley de Transitoriedad Jurídica catalana “se erige en ‹norma suprema› mientras no haya una Constitución”. A ver esto, a qué me recuerda. Voy a repasar mis apuntes de Historia Contemporánea de España en el tema de la Transición Española. Dicen que en 1976 Suárez presentó una Ley para la Reforma Política (aprobada por las Cortes franquistas, que nada tenían de democráticas) para poder hacer más tarde unas elecciones constituyentes. Y que mientras estas elecciones se producían, la norma que regía la política en transición era la de Reforma Política.

¿Y no es esto lo que pretende el gobierno catalán? Hacer una Ley de Transitoriedad, para hacer unas elecciones, discutir en foros ciudadanos la Constitución y votar en referéndum dicha Constitución. Vale, no os tiréis aún a la yugular, que ya sé que aquella Ley se hizo contra una dictadura, pero, en circunstancias especiales, el sistema democrático debe buscar resquicios para salir de la crisis.

Y no hablo de Venezuela, hablo de Islandia, que, tras la crisis bancaria de 2008 y las consiguientes protestas de la población, decidió modificar su Constitución creando una asamblea popular de 25 miembros sin filiación política para realizar dicho cambio. Claro, es que a los redactores de El País no les habría quedado tan impactante el titular si hubieran dicho “Un foro de modelo islandés haría la Constitución catalana”.

Así que, como dice Joaquín Reyes en su maravilloso artículo, “disfrutad de las pequeñas cosas de la vida”, contadle a los nietos sentados en una fogata otoñal que un día fuisteis diario referente de la progresía, que ayudasteis a traer la democracia a España, que quitabais y poníais ministros con Felipe González, que erais más modernos que una peli de Almodóvar en los ochenta, pero dejadnos ya en paz con vuestros titulares chuscos. ¿Qué será lo próximo, “Cataluña ficha a Pedro Sánchez como asesor, con el beneplácito de Podemos, y se instalan en el consulado de Venezuela en Barcelona”?

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AQUEL VERANO DEL AMOR, ESTE VERANO DEL AMOR: San Francisco 1967/Madrid 2017

Se han cumplido cincuenta años, dicen las crónicas. Pero, qué verano no es el verano del amor? Para los que, como yo, hayáis traspasado con creces la edad juvenil, os parecerá que dicha pregunta no tiene sentido, pero, recordad, cuando erais jóvenes, ¿no eran todos los veranos, tiempo para enamorarse? ¿Cuántas películas italianas, especialmente, o españolas en su versión más kitsch no nos hablaban de veranos llenos de escarceos amorosos en playas y pueblos de interior? Aquellos maravillosos años, como ilustraba la serie americana que tan bien refleja aquellos años finales de los sesenta, estaban plagados de historias de amor. Historias que quedaban en nada con los primeros días de refresco del otoño, pero que era la ilusión para el año siguiente.

Llegaban al pueblo amigos o amigas de tus conocidos, ibas a la playa a pasar unos días, la rutina de tus amistades del resto del año quedaba rota por el caminar solitario en una playa o en una alameda junto a alguien a quien constabas tu vida adornándola con las mayores gestas, explicando tus proyectos vitales como si fueras a convertirte en un nuevo guerrillero por una causa justa o dándotelas de conocer el último disco de Grateful Dead.

Pero dicen las crónicas que aquel verano de 1967 fue especial. Fue el Verano del Amor. San Francisco, explosión hippie. Un preludio musical de lo que al año siguiente acabaría explotando.

Pero aquel Amor que se pregonaba en 1967 no era sino la reacción a un mundo que poco tenía de amoroso. Era un mundo profundamente violento. Violento, especialmente, con los más desfavorecidos. En abril, se inauguraba en Grecia una dictadura militar que perduraría hasta 1974, en junio Israel y los países árabes de la zona (Egipto, Siria y Jordania) se enfrentaban en la denominada Guerra de los Seis Días, mientras la Guerra de Vietnam se encontraba en su momento más álgido. Ese año se inauguraba el denominado Programa Phoenix, consistente en el control de la CIA del sistema de espionaje survietnamita para utilizar cualquier sistema de destrucción del enemigo, incluidos todos aquellos que se situaban fuera de la Convención de Ginebra.

La sociedad americana no podía callar frente a la barbarie que allí se estaba produciendo, especialmente cuando en Estados Unidos una parte de la población, los afroamericanos, no tenían ningún derecho civil garantizado, excepto el de ir a morir a Indochina. Martin Luther King lo expresó en abril de aquel año durante un servicio religioso con estas palabras: “Mandamos los jóvenes negros ya  arruinados por la sociedad a 8.000 millas de aquí para garantizar en el Sudeste asiático las libertades que no disfrutan en Georgia o al Este de Harlem”. Una semana más tarde, varias manifestaciones concentraban a miles de personas en San Francisco y en Nueva York. Las protestas tenían como protagonistas a los estudiantes. En mayo 400 de ellos tomaban el edificio administrativo de la Universidad de Pensilvania.

En realidad el Verano del Amor comenzó en pleno invierno, en enero cuando se celebró el en Golden Gate Park de San Francisco el festival Human Be-In al que acudieron más de 35.000 personas donde tocaron grupos como Jefferson Airplane o The Grateful Dead. Allí también John Phillips (The Mamas & The Papas) cantó por primera vez la canción San Francisco con aquella estrofa que se hizo famosa (Si vas a San Francisco,/asegúrate de llevar flores en el cabello…/ Si vas a San Francisco,/ el verano será una celebración de amor”).

Pero con el final de curso a mediados de junio, San Francisco se convirtió en lugar de peregrinación. Más de cien mil personas invadieron la ciudad (especialmente el campus de la Universidad de Berkeley y los parques aledaños al Golden Gate) y los pueblos cercanos. Allí, en uno de ellos, en Monterrey, se celebró el más conocido de los conciertos. La nómina de artistas es ingente, pues ahí estuvieron The Animals, Simon & Garfunkel, Steve Miller Band, Jefferson Airplane, Otis Redding, Ravi Shankar, Buffalo Springfield, Scott McKenzie, The Who, The Jimi Hendrix Experience, Grateful Dead o The Mamas & the Papas.

Jóvenes adolescentes, estudiantes universitarios, turistas de clase media se sintieron llamados por los vientos contraculturales de San Francisco (la generación beat de Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg o Michael McClure o Timothy Leary) y, porqué no decirlo, los efluvios de la marihuana y el sabor del LSD, prohibido en California el año anterior, pero que se convirtió en producto de primera necesidad durante aquel verano.

Hay que recordar que no fue el único gran evento musical de aquel año. Entre finales de julio y principios de agosto se celebró en Cuba el I Encuentro de la Canción Protesta en la que participaron cincuenta músicos de dieciocho países. Quizá no es tan conocido como aquel festival de Monterrey, pero en España los nombres de sus participantes fueron durante años referencia de una lucha contra la dictadura que nos unía a uno y otro lado del Atlántico (Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Daniel Viglietti, Carlos Puebla o nuestro Raimon).

Pero ni la Canción Protesta ni las Flores en el Pelo pudieron frenar la violencia que se cernía sobre el mundo en aquel Violento 1967. El 20 de agosto, en México, pistoleros profesionales contratados por líderes de Unión Regional de Productores de Copra del Estado de Guerrero y por Raymundo Abarca Alarcón mataban, oficialmente, a treinta y dos campesinos y dejaban heridos a un centenar, aunque las cifras extraoficiales parecen más elevadas. Unos días más tarde, en el cerro Pancasán (Nicaragua), la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza asesinaba a varios guerrilleros del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Finalmente, concluido aquel Verano del Amor, en octubre agentes de la CIA y oficiales del ejército boliviano mataban al Che Guevara.

¿De poco sirvieron todas aquellas protestas, todas aquellas canciones? Probablemente. La Guerra de Vietnam continuó hasta mediados de la década siguiente, Martin Luther King fue asesinado al año siguiente, el candidato Bob Kennedy, ante el peligro de que acabara con aquella guerra, también fue eliminado en 1968 y nuevas dictaduras se inauguraban en Latinoamérica (Bolivia, Perú, Panamá).

Cincuenta años más tarde, las guerras continúan. El viejo slogan hippie “haz el amor y no la guerra” sigue sin cumplirse, el verano y la vida no son fáciles como nos prometía Janis Joplin en Summertime; sí, ha sido un largo y solitario invierno, pero no ha venido el sol, como auguraban los Beatles (Here comes the Sun).

Cincuenta años más tarde, una ola de Amor recorrerá Madrid este fin de semana. Un amor prohibido hasta hace poco en España, aún prohibido en más de ochenta países del mundo. Y cuando digo prohibido no me refiero a su ilegalidad, sino a la posibilidad de ser asesinados (el Estado lo denomina ejecuciones) por Amor. No serán todos jóvenes, como no lo eran tampoco en aquel Verano del Amor de 1967 (allí le pilló la revuelta hippie a nuestro filósofo José Luis López Aranguren, expulsado por el régimen franquista, que de joven ya tenía poco), pero espero que sean los protagonistas. Sólo ellos, y las mujeres, pueden dar un paso más para convertir este mundo en algo más tolerable.

Será también una celebración muy musical, pero debo reconocer que leído el cartel poco me identifica con lo que ofrecen. Debe ser que cincuenta años no pasan en balde; que entre escuchar a Janis Joplin, como estoy haciendo mientras escribo estas líneas, y a Fangoria no hay color. Donde sí lo habrá y mucho será en las calles de Madrid. Espero que este también sea un verano del amor recordado como aquel de 1967.

Nosotros seguiremos con nuestras innumerables guerras y conflictos, con los derechos civiles recortados en numerosos países donde todavía es delito la homosexualidad o el adulterio. Donde parece que aún el Amor es un delito.

Quiá no será una causa perdida, porque como he tenido ocasión de recordar esta semana a mis más íntimos allegados, hay que recordar las palabras de Gert, uno de los anabaptistas de la novela “Q”, “la derrota no vuelve injusta una causa. No lo olvides jamás”. Y algún día, como decía Janis… “quizás, quizás…” (¡atención a esa entrada de viento, una de las más emocionantes de la historia de la música!)

 

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CARTA DE UN VOTANTE DESPECHADO

Has vuelto a prometerme que vas a cambiar, que vas a dejar tus amantes, esos que viven en el centro de la ciudad e incluso algunos que lo hacen en la margen derecha del río. Lo dices con esa cara angelical que ahora se te ha puesto. Vestido tan moderno, con camisa blanca casi siempre, tan apuesto y tan alto. Me recuerdas a aquellos tiempos del pasado, cuando la moda era de pana y pantalón acampanado, que también te sentaba estupendamente y que provocaban que más de medio país fuera detrás de ti. Incluso cuando decías un día no y al otro sí. Aquella gracia al hablar, tu juventud, tu modernidad nos llevó de calle. Pero yo, después de la primera vez, me sentí engañado, percibí que algo iba mal, que tras aquella fachada de moderno, locuaz y atrayente discurso se escondía un sibilino amante al que había que dejar antes de que me devorara y no pudiera tener vida propia, pensamiento propio.

Veía como año tras año te ibas convirtiendo en un ser poco recomendable. Te veía en las noticias o cuando salías en los periódicos y contaban que cada vez te metías en manejos de lo más turbios. Que si te encontraban dirigiendo tramas oscuras, que si tu contabilidad no era del todo limpia, que si al hermano de un íntimo amigo tuyo lo detenían, que si traicionabas a tus antaño colegas… Pero, no sé como, siempre salías indemne. Siempre estabas rodeado de tus fieles votantes. Yo dejé de serlo, hasta que…

Hasta que nos dijeron que había que salvarnos del caos. Entonces apareciste nuevamente con tu cara más angelical. Algunos decían que eras el nuevo Peter Pan, por lo buenazo que parecías y por la candidez de tus promesas. Y volví contigo. Me prometiste que todo iba a ser distinto. Que ahora sí ibas a olvidarte de tus malas compañías, malas y ricas compañías. Que te ibas a venir a vivir conmigo a este barrio de clase media de las afueras, que ibas a sacar a tus niños del colegio concertado, que incluso dejarían de ir a catequesis para hacer la primera comunión. Que ya no ibas a salir por la noche a juntarte con tus amigotes banqueros, periodistas de postín, turbios jerifaltes extranjeros y gente que vive más allá de la ley. Incluso me prometiste que te ibas a venir a vivir conmigo aquí, a nuestro barrio en el que cada vez queda menos gente, situado a la izquierda del río.

Pero no. Volviste a caer en tus viejos vicios y me volviste a engañar. No era verdad que ibas a sacar a los niños del colegio y desapuntarlos de catequesis, no era cierto que te ibas a venir a mi barrio. Lo más que hiciste es hacerme una visita de cuando en cuando, sobre todo si había cámaras por medio para hacerte una foto en él. Y cuando llegaron los problemas económicos no hiciste nada por nosotros. Al principio dijiste que no era nada, que nos recuperaríamos enseguida. Después volviste a echarte en brazos de tus amigos de siempre: banqueros, constructores, industriales. Todos de ese club, al que a ti tanto te gustaba acudir a tomarte caros whiskys con ellos. IBEX, creo que lo llaman.

Y ahora, cuando has visto que todos esos amigotes te han abandonado vuelves a mí. Prometes que te vienes, ahora sí, en serio, a vivir a nuestro barrio a la izquierda del río. Ahora que te insultan tus viejos amigos en periódicos, televisiones y cadenas de radio, ahora pides que te vuelva a creer. Que eres de los míos, que no me vaya con esos nuevos vecinos que han llegado al barrio y dicen que van a salvar la ciudad. Mira, yo, a mi edad, sé que no van a salvar la ciudad. Que esta ciudad ya tiene mala solución. Está llena de agujeros profundísimos en todas las calles. Está completamente abarrotada de basura que a nadie le interesa recoger, pues las ratas la han inundado y viven de ella. Sé que estos nuevos habitantes del barrio no son sino cuentistas a los que les gusta que la televisión les venga a entrevistar. Algunos parecen gente sana. Me recuerdan incluso a ti, cuando eras joven. Pero yo ahora vivo aquí, tranquilo, con mis lecturas, mis pequeños trabajos para el barrio. Pero nada de pretender cambiar la ciudad y convertirla en una Copenhague del sur. Lo único que me interesa es que el vecino de al lado se sienta más feliz, aunque sólo sea dándole una charla sobre sus antepasados.

No. No te voy a hacer caso esta vez. Ahora no. No creo en tus promesas, aunque me digas que si no tus amigotes de antaño se comerán esta ciudad. Sé que vendrás a prometerme lo de siempre, pero yo ya estoy mayor para creerte. Seguro que te saldrán amigos aquí, a la izquierda del río, donde dices que te vienes a vivir. Pero la familia no sé si te va a dejar. Llevas tantos años viviendo en los barrios altos, que quienes allí dejas seguro que te piden cuentas. Y no sé si aguantarás mucho tiempo por aquí, sin hacer caso a los cantos de sirena de tus viejos y ruines amigos.

Que te vaya bien. No puedo desearte nada malo. Ya sabes, a los primeros amores nunca se les olvida ni se les desea nada malo, aunque se hayan portado como tú. Pero nuestro momento pasó. No me pidas que vuelva.

Afectuosamente, tu antiguo y despechado votante.

P.D. Ah! Escucha esta bellísima canción, quizá entiendas lo que te he querido decir:

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SUSANA LA CANDIDATA: De la foto de la Tortilla a Ifema, más de 40 años os contemplan

Es una lástima que a mis alumnos y alumnas de bachillerato de la Comunidad Valenciana no les pueda salir en el examen de Selectividad el comentario de fotos históricas, como sí ocurre en otras comunidades, por ejemplo en la de mi España vacía. Hay algunas que dan mucho juego para explicar la historia.

En realidad, en la famosa foto llamada “de la tortilla”, aquellos cachorros del socialismo andaluz no comían tortilla sino naranjas, pero es éste un detalle sin importancia histórica. La transcendencia de aquella foto es que en ella se encuentran algunos de los que acabaron dirigiendo la barca de la Transición a buen puerto. Por orden de categoría: Felipe González (10), Alfonso Guerra (7) y Manuel Chaves (12). La foto la completaban los menos conocidos Juan Antonio Barragán (1), que llegó a director de la Sociedad para el Desarrollo Energético de Andalucía, una empresa pública de la Junta andaluza que presidía su amigo Manuel Chaves; Pablo Juliá (3), que acabó trabajando de fotógrafo en El País (¡qué menos!, pues suya era la cámara con la que se hizo la inmortal foto) y desde 2007 dirige el Centro Andaluz de la Fotografía de Almería, de la Junta; Josele Amores (4), empleado en el bufete de González, al que acompañó a Suresnes para que fuera elegido Secretario General del PSOE y que acabó jubilado en la Obra Social de Caja San Fernando, absorbida por CaixaBank; y Luis Yáñez (11), diputado hasta 2014, candidato no electo a la alcaldía de Sevilla y Secretario de Estado para la Cooperación Internacional e Iberoamérica, entre otros cargos. Y también las chicas, antes de que mi hija me mate, con razón, por olvidarme de ellas: la primera, Carmen Romero (6), la “primera dama” y también primera mujer de Felipe González, además de diputada (1989-2004) y eurodiputada (2009-2014); Isabel Pozuelo (2), mujer de Pablo Juliá, diputada desde 1996 a la actualidad, funcionaria del INEM en excedencia, vicepresidenta de la Asamblea Parlamentaria de la OSCE y vocal del patronato de la Fundación Persan, la empresa sevillana de productos de limpieza; Carmen Hermosín, (8), esposa de Luis Yáñez y la que más lejos llegó políticamente, pues además de diputada hasta 2011, fue  miembro de la ejecutiva federal y de la Junta de Chaves, con la que fue consejera de Asuntos Sociales, Gobernación y Justicia, y Administración Pública; y Rosa Rodríguez (5) y María Martín (9), menos conocidas, la primera trabajó en la embajada francesa y la segunda es la mujer del senador Curro Rodríguez. Tras la Cámara, haciendo la foto, Manuel del Valle, alcalde de Sevilla entre 1983 y 1991.

Como se ve, pura historia del socialismo español y andaluz durante la Transición.

El pasado domingo asistimos a otra foto, que puede convertirse en histórica. ¿Quién sabe por dónde nos llevarán los procelosos caminos de la Historia? No tiene un aire tan hippie, es lo que pasa cuando llegas al poder, que pasas de hacerte fotos campestres comiendo tortilla (o naranjas) a tomar canapés en IFEMA, todo un recinto ferial de 200.000 m2.

Allí se presentó, por fin, la candidata Susana Díaz (Susanyaju, según los bordes de LPD). Hay varias fotos que merecerían un comentario, como ésta en la que Alfonso Guerra está agarrado a una barra invisible de autobús (¡ah, no!, perdón, que me dicen que lo que hacía era levantar el puño en plan revolucionario).

Pero creo que la que tenéis a continuación, es la que pasará a la Historia. Y la que merece un comentario, para ir adelantando faena a futuras generaciones y que se lo encuentren ya hecho cuando tengan que examinarse de la Selectividad, pues al paso que vamos, dentro de otros cuarenta años seguiremos con ella, aunque hayan parido nuestros políticos otra docena de reformas educativas.

Ahí están los apoyos de la futura Secretaria General del PÉSOE (pronúnciese con fuerte acento en la primera e, como hace la candidata) y, quién sabe, quizá un día presidenta de la nación, bueno de EJPAÑA (como pronuncia Pepe Bono, otro de los apoyos de la candidata), no vaya a ser que le estropeemos la portada al ABC que ya el lunes se apresuró a titular en su portada que Susana se presentaba por el PSOE y por ESPAÑA. Ahí queda eso, uno de los tradicionales periódicos de la derecha patrocinando a una candidata socialista. ¡A ver cómo se lo montan los futuros profesores de Historia para explicar esto al alumnado!

Es la candidatura de la renovación del PÉSOE. Es como si en Suresnes la candidatura de Felipe González hubiera sido apoyada por Ramón Rubial y Rodolfo Llopis, viejos luchadores socialistas en el exilio y que se manifestaban en contra de la llamada Declaración de Septiembre, que propugnaba la “ruptura democrática”, el primer invento semántico del socialismo español para encantar al electorado postfranquista. En esa declaración se exponía, en once puntos, las reclamaciones de ese nuevo socialismo, la última de ellas el, es textual, “reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas”. Sí, que nadie se espante, Felipe González y Alfonso Guerra llegaron al poder socialista en 1974 solicitando el derecho a que cada nacionalidad ibérica (ni siquiera hablaban entonces de EJPAÑA, que era una cosa muy facha) pudiera quedarse o no en el nuevo estado democrático. O sea, en román paladino, un REFERÉNDUM (¡va de retro, Satanás!).

A la izquierda de la foto de los apoyos de la renovadora Susana, Rubalcaba (alias Rubalcadáver) como parodió de forma extraordinaria mi paisano Joaquín Reyes. Parece pensativo, quizá acaba de leer el editorial de El País (“Rajoy, segunda parte”), de cuyo Consejo Editorial es miembro, y no acaba de entender muy bien su significado. Justo a la izquierda de Susana, Felipe González, el intocable, el eterno icono del socialismo español, por el que he oído a viejos socialistas decir, como a Belén Esteban, que por Andreíta, mato. Se ha puesto su traje de mitinero. Nada de trajes de sastrería cortados a medida, como cuando visita a sus colegas de Endesa o a amigos ricachones como Carlos Slim. Ataviado como en los viejos tiempos, cuando gritaba “OTAN, de entrada No” (y pensaba, “y de salida, tampoco”). Vaqueros modernos, jersey azul, con una camisa de cuadros bajo él. Seguro que no los ha comprado en Alcampo, como dice que lo hace Pablo Iglesias, quizá en Maximo Dutty o en la más exclusiva tienda de Boggi Milano en la calle Serrano de Madrid. Sonríe y mira hacia la izquierda, como Susana, quizá haya entrado en ese momento su viejo enemigo Eduardo Madina, ahora adepto a la causa susanista. A la derecha (si esta palabra se puede decir en un comentario socialista) de la candidata el otro presidente socialista de la Transición, Rodríguez Zapatero. Tiene el mismo aire candoroso que le valió el apelativo de Peter Pan de la política. Efectivamente, mirad la foto y no me digáis que no tiene una cara candorosa y de peluche de tienda del Disneyland Store. Esa mirada, esas manos cruzadas… dan ganas de abrazarlo.

Y a su lado, el mejor, mi favorito en la foto, el que ha salido con una naturalidad pasmosa en ella: Alfonso Guerra. Por favor, volved a mirarle en la foto. Su imagen no tiene precio. Es clavado a mi vecino Matías, cuando la familia lo sacaba al fresco en mi pueblo en las noches manchegas de verano. La familia le acompañaba llevándolo del brazo para sentarlo en una silla de anea, para que no se marchara al bar más próximo. Así me parece que han dejado ahí a Guerra. Él ya está retirado de todo, pero lo ha traído la familia política socialista y le ha dicho, “Alfonso, te tienes que sentar aquí, junto a Zapatero”. No creo que se hubiera marchado a ningún bar, como mi vecino, pues nunca ha sido Guerra amigo de vicios mundanos y del populacho, pero a algún concierto de música clásica o recital de poesía, seguro. Ahí lo tenéis, sentado, con las piernas abiertas, como mi vecino Matías, con una vieja chaqueta de rayas, que ya no se lleva ni en los mangos de los paraguas, y con un rictus en la boca de solemne aburrimiento. Estará pensando, “pero qué hago yo aquí, con toda esta gente mitinera, pudiendo estar escuchando a Mahler. Y todo por unas primarias. Hay que joderse. Cuando yo dirigía este partido, no había primarias ni leches, recordad, el que se movía no salía en la foto. ¡Ay, si yo fuera más joven! Se iban a enterar. Formaba yo una ejecutiva, como en los viejos tiempos, y al que no le gustara lo metía en un cineclub a ver en modo bucle “Muerte en Venecia”, hasta que se le pasara la tontería”.

Como en los cuadros de Velázquez, también es importante lo que no se ve en la foto. Lo que está frente a los retratados. Quizá en ese preciso instante estén escuchando a Estela Goichoetxea, la joven preparada que abrió el mitin, para no dar la impresión de que aquello era una vieja reunión de viejos socialistas de la vieja política. Susana llamó personalmente por teléfono a Goikoetxea, directora del Observatorio de Salud Pública del Gobierno de Cantabria, la semana pasada para pedirle que interviniera en su presentación. Su discurso se centró en los jóvenes preparados que, a pesar de su buen currículum, como el suyo, tienen que salir de España por la falta de perspectivas: “Hay miles de jóvenes en este país que están desesperados, indignados, porque a toda nuestra generación se nos prometió que si estudiábamos, que si nos formábamos, tendríamos el futuro asegurado y se nos engañó”. Lástima que al día siguiente se descubriera que su licenciatura en Biotecnología, de la que alardeaba en su currículum, no fuera tal, pues no la ha acabado. Pero bueno, sus palabras no dejan de ser verdad. Ella decía que los jóvenes si se forman, si estudian, tendrán un futuro asegurado. No dijo que aprobaran o titularan, sino que se formaran para asegurarse el futuro, por ejemplo entrando en las juventudes de un partido español, medrar, chaquetear, trepar y prosperar en el aparato. Como la propia Susana Díaz, miembro de las Juventudes Socialistas desde los 17 años y concejala de Sevilla desde los 25; o como Emiliano García-Page (otro apoyo de Susana), presidente de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, miembro también de las Juventudes antes de la mayoría de edad, concejal de Toledo con 19 años y teniente alcalde de la capital manchega con 23. ¿Quién ha dicho que los jóvenes españoles no tienen futuro? Tengo que decir que, en un gesto inaudito, la tal Estela Goicoetxea dimitió al día siguiente. Pero le seguiré la pista no vaya a ser que su futuro esté en Nueva York, como el de Leire Pagín, asesora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) de la ONU, con un sueldo de más de 100.000 euros, sin contar gastos extraordinarios, dietas, billetes de avión, plan de pensiones, seguro médico privado y hasta 40 días de vacaciones remuneradas al año; o el de Bibiana Aído (la de los “miembros y miembras”), asesora de programas para la Región de las Américas y el Caribe en la ONU Mujeres, con otro sueldo cercano a los 150.000 euros anuales.

Y, ¿con qué canción ilustro yo todo esto? ¡Ya lo tengo!, con unos jóvenes verdaderamente preparados, que quizá nunca lleguen a Nueva York  a ninguna oficina de la ONU, aunque quizá el que canten en un idioma tan minoritario, pero hermoso, no les impida visitar Knitting Factory, la mítica sala de Manhattan algún día:

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NOSTRA CULPA: Ahora lo entiendo todo, señor Cebrián

juan-luis-cebrian-felipe-gonzalez_914618556_1297716_1020x574Los católicos, cuando aún la misa se hacía en latín, como Dios mandaba, entonaban durante la oración del Confiteor el “Mea Culpa” para confesar sus pecados. En la letra de la canción Gloria, del último disco de León Benavente, titulado “2”, en un momento de ella se dice “ahora lo entiendo todo”. Yo también, yo también lo entiendo todo ahora y entono el mea culpa, que debería ser asumido por todos los que nos formamos en la Transición y convertirlo en un coro que entone la “nostra culpa”. En otro momento de la misma canción, León Benavente dicen “tengo la cara que me merezco, tengo el país que me merezco”. Pues de eso vengo a hablaros hoy. De eso y de las declaraciones de mi tan citado aquí Juan Luis Cebrián: “La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo… El franquismo no fue una junta militar, sino la mitad de España. La España profunda”. Fuera máscaras, se acabó la comedia. Como dice León Benavente, “ahora lo entiendo todo”. Ahora entiendo por qué tengo el país que me merezco.

En primer lugar, me gustaría tener cerca al señor Cebrián para que me explique, él que se sienta en el sillón “V” de la Real Academia de la Lengua Española, qué entiende con el término “España profunda”, que según él fue la esencia del franquismo. Puede referirse a la acepción 5ª (“Intenso, o muy vivo y eficaz”) y querernos indicar que el franquismo significaba lo más intenso y verdadero de España, pues lo contrapone a “junta militar”, que parece tener una connotación negativa; o puede que esté hablando de la acepción 10ª (“Dicho de una comunidad: Conservadora, tradicional, resistente a la influencia externa”). Con Cebrián nunca se sabe. Él estaba allí, dirigiendo TVE y en los periódicos del Régimen, así que quizá debamos quedarnos con la primera, pues no creo que él se considere un retrógrado, sino la “crême de la crême”. No en vano estudió en el Colegio del Pilar. Lo más del Madrid megapijo.

Y es que me pilla de nuevo Cebrián en mis clases de Historia de España en plena explicación de otro cambio de régimen: el producido el 14 de abril de 1931 con el advenimiento de la República. En aquella ocasión, no hubo transición. Al rey se le dio la patada, electoralmente, tras su derrota en las municipales producida dos días antes. No se esperó a que muriera tranquilamente en la cama. Los españoles, y españolas, de aquellos primeros años treinta decidieron dar por finalizada la farsa democrática de la Restauración y su epílogo dictatorial con Primo de Rivera, padre. Y se pusieron manos a la obra: reforma agraria, supresión de privilegios de la Iglesia, laicismo educativo, autonomías, voto femenino, reforma militar… Todo ello acabó en fracaso. Fracaso de las propias reformas, bien por mala aplicación, bien por la presión de las fuerzas antisistema (antisistema republicano, claro), bien porque los tiempos no estaban en Europa para ensayos democráticos. Ese es un largo debate, pero lo que sí ocurrió fue un intento por dar la vuelta a más de un siglo de falso liberalismo “a la española”.

Cuando llegó el 20 de noviembre de 1975, la lección estaba aprendida. Nos dijeron que era mejor que ellos condujeran la nave, que no hubiera excesos. Nada de laicismo, nada de reformas económicas anticapitalistas, nada de modificación de la estructura territorial del Estado (vía federalismo), nada de depuración militar, nada de supresión de los privilegios de la Iglesia. Por eso dice Cebrián que la actual izquierda no sabe lo que fue el franquismo. Él sí lo sabe. Él sabe que cuando llegó la muerte del dictador, quienes estaban bajo su paraguas, quienes habían mamado de su ubre, no iban a quedarse a “cuerpo gentil” o huérfanos del poder. Había que reinventarse.

Cuenta Gregorio Morán en su biografía sobre Adolfo Suárez (“Adolfo Suárez, ambición y destino”) que nada más producirse el nombramiento del abulense como presidente del gobierno, hubo una reunión de los más importantes banqueros españoles en un chalet del barrio de Salamanca para dilucidar qué derroteros podía tomar España tras la designación regia. Nada sabemos de lo que allí se habló, pero como aquella hubo otras reuniones semejantes: entre Suárez y Carrillo, entre Suárez y Felipe González… Ellos condujeron la Transición, nada de algaradas populares, nada de “excesos” como en 1931. Sí, hubo mucha manifestación al grito de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, pero sólo sirvieron para amedrentar a los incautos y que los “conductores”, entre los que situaba el propio Cebrián, al mando de El País, tiraran de las cinchas y frenaran las ansias de “galopar” como decía Alberti y cantaba Paco Ibáñez.

Y nos creímos que estábamos haciendo algo grande. O nos dedicábamos a disfrutar de nuestra recién estrenada juventud y divertirnos a los acordes de La Movida. Sí, fue divertido y yo sigo tarareando muchas de aquellas canciones y me hacen vibrar. Pero reconozco que nos ocultaron gran parte de la verdad. Nos ocultaron que aquella música copiada de los estilos británicos (el punk, new wave, ska…) encerraba en su versión original un mensaje subversivo que aquí, nuestros modernos, no solo no quisieron imitar, sino que odiaban profundamente.

Siempre tuvimos indicios, ahora tenemos pruebas. Ahora sabemos que quienes creímos eran los adalides del progresismo, ocultaban su verdadero rostro: arribistas que por alcanzar una cuota de poder (nacional, autonómico, local, universitario, cultural…) eran capaces de mutar como el virus de la gripe cada otoño. Ahora entendemos que viejos, y nuevos, comunistas se transformaran en historiadores ultras, en profesores universitarios adalides del neoliberalismo, en políticos más conservadores que la Thatcher. Ahora entendemos por qué el íntimo amigo de Cebrián, Felipe González, ha pasado de propugnar la nacionalización de la banca a sentarse en el consejo de administración de una empresa privatizada, por qué se muestra tan preocupado por los opositores venezolanos y caya con las tropelías de los jeques árabes que azotan y encarcelan a los suyos.

Efectivamente, tiene razón el señor Cebrián. La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo. Las bondades que les produjo a ellos y toda su caterva de adláteres que se fueron pegando a sus faldones. Y todo con nuestra aquiescencia. Con la connivencia de varias generaciones. La que llegó madura a la Transición y no quería excesos, la que llegó joven y queríamos diversiones que antes no nos podíamos permitir, la que se crió con Ella y le dijeron, y creyó, que vivía en la Arcadia feliz.

Y llegó 2007 y con ella la crisis económica y la crisis política. Y llegó 2014 y las elecciones europeas de mayo que hicieron temblar las cimientos del Régimen. A ello se refiere Cebrián con la “izquierda actual”, pues la vieja él sabe que ya había quedado engullida por los resortes del sistema, por la corrupción que todo lo puede, por los sillones que otorgan pingües beneficios. Pero esa izquierda se ha creído que el cielo está al alcance de la mano, que sólo basta con sentarse en un plató de televisión, sacar unos miles de personas a la calle o hacerse unas risas con las parodias de “El Intermedio” para destruir lo que las huestes de “El Pilar” y sus compinches urdieron durante más de medio siglo.

Efectivamente, Cebrián no es ningún cazurro y sabe bien que todo comenzó en 1951, cuando Franco quiso dejar de dar la imagen de una junta militar a su gobierno y dio una mano de pintura a su gobierno para quedar bien a los ojos de los Estados Unidos, a los que procedió inmediatamente a lanzarse a sus brazos. A aquel gobierno llegaron el almirante opusdeista Carrero Blando (como Subsecretario de la Presidencia, algo así como un presidente del gobierno en la sombra), los nacionalcatólicos Ruiz-Giménez (que acabaría expulsado en 1956 por no reprimir las primeras protestas estudiantiles) y Alberto Martín-Artajo (que logró el ingreso de España en la ONU), y los tecnócratas Manuel Arburúa (ministro de Comercio) y Francisco Gómez de Llano (de Hacienda), que propugnaban la liberalización de la falangista economía española de posguerra. Y siguió vendiéndonos el franquismo que era el símbolo de la “España profunda”, la auténtica, hasta su muerte y más allá de ella.

Por todo ello, creo que esta nueva izquierda, como la llama Cebrián, son una panda de ilusos. Inocentes que se creen que por que logren aprobar Proposiciones No de Ley en las Cortes para que la Iglesia pague impuestos, para paralizar la LOMCE, para declarar a las mascotas como seres inembargables ya están haciendo la revolución. Muchas de esas medidas no tienen ninguna transcendencia práctica y otras son preciosos gestos que contentan electorados marginales.

Soy pesimista, diréis. Quizá no tanto. Quizá ya sólo me contente con pequeñas victorias cotidianas. Con que mis hijos ya no lean su panfleto, señor Cebrián. Con que no les importe lo que usted dice o piensa del franquismo. Con que reconozcan que es usted tan poco de fiar como siempre creímos que era su archienemigo PedroJ. Con que no les engañe su aspecto de progre de otra época, una que ellos ya no reconocen. Me siento aliviado por ello. Que logren un día que este país se parezca al que imaginan en sus sueños, ya lo dudo más. Quizá busquen infructuosamente la “Gloria”, como León Benavente, pero no seré yo el que les diga que lo hacen en vano. ¡Qué lo intenten, que demonios! Mientras lo hacen, al señor Cebrián y al señor González se les agría cada vez más el semblante.

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A DONALD TRUMP: Desde este lado del muro

trump-admite-equivocacion-sobre-dinero-entregado-a-iran-por-eeuuSoy consciente de que el destinatario de esta misiva no la leerá nunca, pero, ¿quién sabe? Quizá ese algoritmo matemático que tiene instalado Google y que controla qué, cómo y cuándo debemos leer una información le envíe a alguno de los asesores internáuticos de Donald Trump un informe de qué se cuenta en la red sobre él y Un Club Sin Socios se convierta en viral. ¡De ilusión también se vive! En realidad sólo se vive de ella a estas alturas del camino.

No es que desee amargarle la toma de posesión al que será el 45º presidente de los Estados Unidos a partir de mañana. Insisto, seguro que este mensaje nunca llegará a sus manos. Seguro que tampoco sirve para mucho, pero se queda uno descansando. Como escuché el otro día que decía el escritor italiano Erri de Luca, a veces uno escribe para no pegarse un tiro. Y en este caso está justificado, pues si las cosas se ponen como la llegada de Trump al poder nos anuncian, será para hacerlo, antes de que él nos lo pegue a nosotros.

Señor Trump, cada vez estoy más convencido de que debe usted construir ese muro en la frontera con México. Es más, creo que debe construirlo también en la frontera con Canadá. No para que no entremos ninguno de nosotros, los de este lado del muro, sino para que ninguno de sus “locos” votantes y usted mismo puedan salir de allí. Sugiero, por tanto, que construya una barrera de hormigón en el Atlántico y el Pacífico, para evitar la salida por mar, y que llene de baterías antiaéreas ambas costas por si un avión americano piensa en salir de esa tierra prometida que un día fueron los Estados Unidos.

Estoy seguro que un día fue al colegio, al instituto, incluso a la Universidad, bueno a una escuela de negocios de Pensilvania, que debe ser algo así como la FP en España, tampoco nos pongamos espléndidos con el sistema educativo americano, que es lo que es, un poco “tocomocho”. Seguro que allí tuvo clases de Historia de América (o sea, de los Estados Unidos), pero creo que debió estar bastante despistado y no se enteró de mucho. Creo que incluso ha olvidado la historia de su propia familia.

¿Por qué, explíqueme, qué sería de los Estados Unidos sin la llegada de inmigrantes? Un territorio poblado por infinidad de pueblos dedicados a la apacible vida campestre hasta que llegaron esos colonos malcarados y ávidos de riqueza. No estaría mal que leyera algo en su tiempo libre, seguro que se le pasa esa tontería de construir un muro para que no entre nadie. ¿Qué tal “Manituana” del colectivo italiano Wu Ming? Sí, los mismos de “Q”, aunque entonces se llamaran Luther Blissett. El subtítulo ya es sugerente: “Una historia del lado equivocado de la Historia”. Y es que es lo que tienen los muros. Que los construyes y ya no sabes cuál es el lado bueno de él. Recuerde usted quién construyó el muro más famoso de la Historia y dónde estábamos los buenos y dónde los malos. ¿O era al revés? Es lo que tiene la Historia, señor Trump, que tiene dos caras por mucho que siempre intentemos ver la mism. Como la luna.

Por si no se lo han contado o no se acuerda, Estados Unidos tenía menos de cuatro millones de habitantes en 1790, recién inaugurada su independencia. En 1870 había multiplicado por diez su población. ¿Es que los americanos criaban como conejos? No, pues además el puritanismo era la versión predominante del cristianismo entre la población blanca y sólo había que acostarse con la propia (follar, vamos) para procrear. Entre esas dos fechas unos ocho millones de inmigrantes llegaron a los Estados Unidos. Claro, seguro que dirá que no eran pordioseros mexicanos como ahora. Pues se equivoca. Eran pordioseros irlandeses, que huían de la famosa “crisis de la patata”, hambrientos alemanes expulsados por la industrialización del campo de los principados germanos, ingleses expulsados por la reconversión industrial de mediados del XIX y escandinavos y rusos de similar ralea. Y estos sí que criaban como conejos. Es lo que tiene ser pobre, aunque cristiano, que haces poco caso a tu pastor o al Papa y no se te ocurre otra cosa que hacer por la noche. Eso y que cuántos más hijos tengas, más sueldos entran en casa. Sobre todo si se permite el trabajo infantil como ocurría en aquella Arcadia feliz que eran los Estados Unidos del XIX. Y todo ello sin mencionar los cientos de miles de esclavos importados de África por los propietarios de plantaciones (futuros miembros del KKK).

Entre 1870 y la posguerra de la Segunda Guerra Mundial (1950), la población se multiplicó por cuatro, pasando a más de ciento cincuenta millones. Continuó el flujo irlandés y británico (inglés y escocés), pero ahora los protagonistas de la inmigración eran europeos del Mediterráneo (especialmente italianos) y Oriente (rusos, lituanos, polacos…). Otra vez no estamos hablando de diseñadores italianos, ajedrecistas rusos o modelos eslavas. Eran campesinos expulsados de su país por la industrialización. También se inició la llegada de asiáticos, especialmente chinos y japoneses. Como eran gente rara, “inasimilable” decía la Gentlemen’s Agreement (1908), el primer muro legal, se procuraba que vivieran apartados de la población wasp (White, Anglo-Saxon and Protestant). Ahí nacieron los guetos italianos, polacos o chinos.

No se crea usted, señor Trump que ha inventado algo nuevo con el muro antimexicano. Ya en esa época, como ya no eran necesarios como mano de obra barata para su floreciente industria, se comenzaron a aprobar leyes antiemigración, como la citada Gentlemen’s Agreement, específicamente contra japoneses, o la aprobada en 1917 por el Congreso para que no entrara en los Estados Unidos, cito textual, “personas que pudieran convertirse en una carga pública”. Mano de obra sí, pensionistas no.

Entre 1950 y 2010, la población estadounidense volvió a duplicarse. En esta época el protagonismo de la emigración recayó sobre la población latinoamericana. Otra vez se reprodujo el proceso: necesidad de mano de obra barata y salida de los países de origen debido a la pobreza extrema que en esos países situados al sur de frontera americana provocaban las propias empresas americanas.

Y es que será usted muy cristiano, seguro que mañana jura su cargo sobre una Biblia, seguro que pide una oración por los americanos caídos en “sus” guerras contra nosotros, los que vivimos al otro lado del muro. Pero quizá no sepa que la hipocresía es un pecado. Que no lo digo yo, que lo dice su Iglesia y su mentor Jesucristo: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados”. (Lucas 12, 1-3).

¿Porqué, vamos a ver, cuáles son sus orígenes familiares? Su madre, Mary Anne MacLeod, era una emigrante escocesa proveniente de las más que pobres islas Hébridas. Llegó a Estados Unidos como inmigrante (aunque cuando se enriqueció dijo que fue como turista) con 50$ en el bolsillo, teniendo que dedicarse a trabajos domésticos en sus primeros años. Su abuelo, Frederick Trump, era un emigrante alemán que llegó a Nueva York, en 1885 desde Kallstadt, aunque durante años dijo que era de origen sueco, ya que muchos de los primeros inquilinos de su incipiente negocio de alquiler de viviendas eran judíos y no eran buenos momentos para ser alemán en Estados Unidos.

Así que, ¿ahora quiere usted construir un muro y que lo paguen los inmigrantes? Pues podían haberlo construido los amerindios en el siglo XVIII y que no hubieran entrado esos WASP. ¿Se imagina dónde estaría usted? ¿A lo mejor ni estaría? Es “la otra cara de la Historia”, que dicen Wu Ming.

Y, claro, nosotros no podremos entrar, pero, y ustedes, ¿podrán salir? Pues mejor no. Mejor se quedan ahí, pues cada vez que se les ocurre salir la “lían parda”. ¿Quiere que le recuerde cuantas veces han salido con sus aviones y barcos de guerra a invadir países? Sólo en Latinoamerica, el propio Congreso de los Estados Unidos contabiliza veintiséis. Ah, claro, que venían a traer la democracia. ¿Pinochet? Hipocresía, que le repito que eso se llama hipocresía.

Pues tenga cuidado, ya hace muchos años uno de nuestros bardos proféticos más abyectos, pendencieros, camorristas y cachondos cantó lo que les podría pasar a los Estados Unidos si se empeñan en cabrear a los pobres espaldas mojadas:

Ya, ya, que hipócritas hay en todas partes. No se lo niego. Esta semana, sin ir más lejos, aquí, a este lado del muro, al otro lado del Atlántico, en este trozo de la vieja Europa que se llama España, hemos tenido un buen ejemplo. El rey Felipe VI ha decidido visitar a uno de sus mejores amigos, el rey de Arabia Saudí Salmán bin Abdulaziz. Es un amigo de la familia. Su padre le tiene entre los íntimos: le visita en Mallorca en verano y le pagó el famoso viaje a Botsuana con su querida Corina. Y se preocupa por españoles en apuros inmobiliarios: compró al expresidente Felipe González su casa a medio hacer en Tánger por 2,5 millones de euros. Y es que Arabia Saudí es un gran país: 2.208 decapitaciones, la mayoría en público desde 1985, algunas por delitos como apostasía, brujería o adulterio; inexistente libertad de expresión; derechos para las mujeres o los homosexuales que son considerados delincuentes y castigados con pena de latigazos. Todo muy moderno, democrático y avanzado. Nada que ver con esa dictadura abyecta que es Venezuela.

De hecho, El País no le ha dedicado ni un solo editorial a la visita del rey Felipe VI a Arabia Saudí. Todo lo contrario, el día 15, cuando ya estaba el rey allí, su editorial (“Enroque venezolano”) se lo dedicó a ese terrible gobierno que es el de Venezuela y no a Arabia Saudí. Tampoco creo que entre los planes de Albert Rivera esté marchar a ese país árabe a abrazar al bloguero Raif Badawi, condenado a diez años de prisión y 600 latigazos. El rey tampoco ha tratado el tema de los derechos humanos en Arabia Saudí. El amigo de papá no se puede enfadar, sino no le hubiera regalado esa tan alta distinción. El País dice que esto es Realpolitik. Lo de reclamar todos los días democracia en Venezuela un acto de justicia. ¡La hipocresía es un pecado tan extendido!

Y es que en Arabia Saudí son ricos. No se les puede llamar “moros” sino “árabes”. Ya lo decía el excelente libro “El florido pensil” de Andrés Sopeña. En la historia de España cuando nos invaden les llamamos “moros”, cuando construyen la Alhambra son “árabes”. Son ricos y “compran cosas” como diría nuestro presidente Rajoy. Cosas como infraestructuras y armas. Bueno, armas no, los diarios españoles les llaman material de Defensa. Por cierto, la ministra del ramo no ha ido en la visita oficial, ¿será porque es mujer? No, seguro que no. En Arabia Saudí todos sabemos que las mujeres son… nada, no son nada más que procreadoras. Y el rey se ha rodeado de lo más preclaro de nuestro empresariado: hasta veintidós empresas se encontraban entre el séquito de Felipe VI. Organizaciones por los derechos humanos, ninguna. Hay que ir a ese país a invertir lo que aquí no invertimos para eliminar el paro, y molestar lo menos posible.

Así que Donald, tampoco te agobies mucho con las críticas, que en “todos sitios cuecen habas”, que decía mi abuela. Y para acabar te dedico una canción para que veas que esto del mestizaje no es tan malo, puede crear cosas tan interesantes como esta canción del anglo-irlandés Morrissey transformada en un corrido mexicano, ¡que lo disfrutes! ¡Viva México! Y mueran todos los hipócritas:

 

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2016: Au revoir, ciao, in memoriam

descargaEn estos días no hay web que se precie que no haga un resumen del año que hoy se acaba. Llevo días en la contradicción, una más en mi vida, de hacer la mía propia en esta que abrí hace tiempo, cuando comencé a dejar de tener otros lugares en los que contar todo lo que por mi mente y mi mundo sucede. La gran contradicción consiste en dejarlo estar, no escribir con el corazón lleno de lágrimas, guardarlo todo para mí, como mi gran amiga, que tanto ha paseado por estas páginas, de forma a veces corpórea y a veces etérea, dice, o pasar a la acción, derramar letras, espacios, signos de puntuación por una página en blanco que después es un mensaje a quienes no debéis tener mucho que hacer para entreteneros y convertirlo en parte de vosotros.

Hace unos días otra gran amiga, ausente en el día a día, pero próxima en el pensamiento, escribía algo un su blog que me animó a convertir algunos de los pensamientos que me asaltan estos días en palabras, para ver si se convierten en luz. “La necesidad de la palabra. La urgencia de la escritura. La vida necesita de la palabra. La vida es palabra, y la palabra es luz. Escribir para descubrirme, ante una misma y ante el mundo. Palabras para decirme ante los demás, para nombrarme una misma con lo que soy como ser diferenciado de una realidad aparentemente dada, una realidad ajena hasta que no me muestro. Escribir, nombrar, para inscribirme, como tatuaje en la piel del mundo”. Esas son sus hermosas palabras. Esa la luz que me ha llevado a sentarme hoy, a pocas horas de que concluya 2016, a hacer lo que ahora hago y para lo que no sabía si tendría fuerzas.

Cuando tu mundo más cercano deja de ser el mismo ante la pérdida de personas muy cercanas, es difícil hacer balance de un año que se ha llevado a una parte de ti. Ya comparé la vida con unos pantalones a los que se les han roto los bolsillos y vamos perdiendo poco a poco las cosas que más queremos. Y nunca somos ya los mismos. Habrá cosas que ya dejarán de tener el significado que tenían. Aquí van dos que han sido comentadas por mí y que estarán siempre marcadas por su ausencia:

Y cuando escuche una canción como ésta, otra ausencia de 2016 vendrá a mi mente:

Hecho esto, cumplido con mis ausencias, que han marcado 2016, repaso parte de lo vivido en este año que se acaba. Todo el mundo dice que ha sido un año de grandes pérdidas, lo de grandes será por su valor mediático, pues no hay pérdida más grande que la que te arranca un trozo de tu mundo. Pero cierto es que el mundo de uno mismo son también las referencias a ese envoltorio cultural e intelectual que nos creamos desde que tenemos uso de razón. Entre las que forman parte del mío, he sentido profundamente las de Leonard Cohen, con quien intenté aprender inglés allá por mi adolescencia, la de Umberto Eco, que me proporcionó horas de placer lector, la de Dario Fo, que me descubrió un teatro combativo y la de Muhammad Alí, al que usé en tantas clases como ejemplo de lucha y no hablo del ring.

Todas esas páginas que hacen recuentos del año que se acaba, también suelen recopilar lo mejor del año. Yo quiero dejar aquí el mío, quizá para que un día pueda alguien, en mi desmemoria, recitarme todo lo que un día fui. O simplemente porque en algo tiene uno que consumir las últimas horas del año.

No fue un referente musical para mí, pero quizá uno de los mejores discos que escuché este año fue el último de David Bowie, “Blackstar”, que, además de su atractivo musical, ofrece una visión de la muerte, de la propia muerte, que no me ha quedado más remedio que compartir este año. El vídeo de “Lazarus” no me es posible visionarlo ahora, es demasiado impactante para mis emociones actuales, así que tendréis que conformaros con escuchar esta preciosa “I can’t give everythig away”:

En la escena hispana, dos discos he escuchado hasta la saciedad. El segundo LP de León Benavente, titulado “Dos” y el grabado por un grupo de mexicanos amantes, como yo, de la música de The Smiths y Morrissey, que han titulado “Mexrrissey”, que han hecho versiones tan emotivas como esta “Estuvo bien” del clásico “Suedehead”, cuya letra tan próxima me era ya en su original inglés.

Como ya es sabido por los que leéis con frecuencia este rincón de mi vida, en literatura no suelo estar demasiado al día, aunque intento cada vez leer cosas de más actualidad, gracias a las recomendaciones de mis amigos, entre los que cuento grandes y buenos lectores. Por cierto, este año recuperé a uno perdido hace veinte años y que ahora vuelve de su exilio interior. Por ello, mis mejores libros de 2016 no están escritos este año, pero yo los leí en él. Indescriptible, aunque lo intenté, el impacto que me produjo “Crematorio” de Rafael Chirbes. En él se unen mis sentimientos más tristes, pues ya nunca podré compartir la lectura de “En la orilla”, con quien me la aconsejó, o no podrá leer, “La batalla de Madrid”, la cual compré pensando en que un día la leyera.

En el mundo del cine, poco me ha impactado en este año, aunque por la cercanía a mis recuerdos de adolescencia y a la España que con frecuencia gloso aquí, quizá “Cien años de perdón” es la que más huella me ha dejado.

Y poco más. Poco más, pues cada vez estoy más atado a recuerdos lejanos y no a los más cercanos como los de este año. Por ello veo películas antiguas, series antiguas, libros antiguos, discos antiguos y amigos antiguos.

Y para finalizar la canción que quizá más haya escuchado este año, aunque sea de 2014. No os perdáis el final, aunque sepáis poco inglés, y comprenderéis la razón por la que ha llegado a enamorarme de esta canción.

 

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