2016: Au revoir, ciao, in memoriam

descargaEn estos días no hay web que se precie que no haga un resumen del año que hoy se acaba. Llevo días en la contradicción, una más en mi vida, de hacer la mía propia en esta que abrí hace tiempo, cuando comencé a dejar de tener otros lugares en los que contar todo lo que por mi mente y mi mundo sucede. La gran contradicción consiste en dejarlo estar, no escribir con el corazón lleno de lágrimas, guardarlo todo para mí, como mi gran amiga, que tanto ha paseado por estas páginas, de forma a veces corpórea y a veces etérea, dice, o pasar a la acción, derramar letras, espacios, signos de puntuación por una página en blanco que después es un mensaje a quienes no debéis tener mucho que hacer para entreteneros y convertirlo en parte de vosotros.

Hace unos días otra gran amiga, ausente en el día a día, pero próxima en el pensamiento, escribía algo un su blog que me animó a convertir algunos de los pensamientos que me asaltan estos días en palabras, para ver si se convierten en luz. “La necesidad de la palabra. La urgencia de la escritura. La vida necesita de la palabra. La vida es palabra, y la palabra es luz. Escribir para descubrirme, ante una misma y ante el mundo. Palabras para decirme ante los demás, para nombrarme una misma con lo que soy como ser diferenciado de una realidad aparentemente dada, una realidad ajena hasta que no me muestro. Escribir, nombrar, para inscribirme, como tatuaje en la piel del mundo”. Esas son sus hermosas palabras. Esa la luz que me ha llevado a sentarme hoy, a pocas horas de que concluya 2016, a hacer lo que ahora hago y para lo que no sabía si tendría fuerzas.

Cuando tu mundo más cercano deja de ser el mismo ante la pérdida de personas muy cercanas, es difícil hacer balance de un año que se ha llevado a una parte de ti. Ya comparé la vida con unos pantalones a los que se les han roto los bolsillos y vamos perdiendo poco a poco las cosas que más queremos. Y nunca somos ya los mismos. Habrá cosas que ya dejarán de tener el significado que tenían. Aquí van dos que han sido comentadas por mí y que estarán siempre marcadas por su ausencia:

Y cuando escuche una canción como ésta, otra ausencia de 2016 vendrá a mi mente:

Hecho esto, cumplido con mis ausencias, que han marcado 2016, repaso parte de lo vivido en este año que se acaba. Todo el mundo dice que ha sido un año de grandes pérdidas, lo de grandes será por su valor mediático, pues no hay pérdida más grande que la que te arranca un trozo de tu mundo. Pero cierto es que el mundo de uno mismo son también las referencias a ese envoltorio cultural e intelectual que nos creamos desde que tenemos uso de razón. Entre las que forman parte del mío, he sentido profundamente las de Leonard Cohen, con quien intenté aprender inglés allá por mi adolescencia, la de Umberto Eco, que me proporcionó horas de placer lector, la de Dario Fo, que me descubrió un teatro combativo y la de Muhammad Alí, al que usé en tantas clases como ejemplo de lucha y no hablo del ring.

Todas esas páginas que hacen recuentos del año que se acaba, también suelen recopilar lo mejor del año. Yo quiero dejar aquí el mío, quizá para que un día pueda alguien, en mi desmemoria, recitarme todo lo que un día fui. O simplemente porque en algo tiene uno que consumir las últimas horas del año.

No fue un referente musical para mí, pero quizá uno de los mejores discos que escuché este año fue el último de David Bowie, “Blackstar”, que, además de su atractivo musical, ofrece una visión de la muerte, de la propia muerte, que no me ha quedado más remedio que compartir este año. El vídeo de “Lazarus” no me es posible visionarlo ahora, es demasiado impactante para mis emociones actuales, así que tendréis que conformaros con escuchar esta preciosa “I can’t give everythig away”:

En la escena hispana, dos discos he escuchado hasta la saciedad. El segundo LP de León Benavente, titulado “Dos” y el grabado por un grupo de mexicanos amantes, como yo, de la música de The Smiths y Morrissey, que han titulado “Mexrrissey”, que han hecho versiones tan emotivas como esta “Estuvo bien” del clásico “Suedehead”, cuya letra tan próxima me era ya en su original inglés.

Como ya es sabido por los que leéis con frecuencia este rincón de mi vida, en literatura no suelo estar demasiado al día, aunque intento cada vez leer cosas de más actualidad, gracias a las recomendaciones de mis amigos, entre los que cuento grandes y buenos lectores. Por cierto, este año recuperé a uno perdido hace veinte años y que ahora vuelve de su exilio interior. Por ello, mis mejores libros de 2016 no están escritos este año, pero yo los leí en él. Indescriptible, aunque lo intenté, el impacto que me produjo “Crematorio” de Rafael Chirbes. En él se unen mis sentimientos más tristes, pues ya nunca podré compartir la lectura de “En la orilla”, con quien me la aconsejó, o no podrá leer, “La batalla de Madrid”, la cual compré pensando en que un día la leyera.

En el mundo del cine, poco me ha impactado en este año, aunque por la cercanía a mis recuerdos de adolescencia y a la España que con frecuencia gloso aquí, quizá “Cien años de perdón” es la que más huella me ha dejado.

Y poco más. Poco más, pues cada vez estoy más atado a recuerdos lejanos y no a los más cercanos como los de este año. Por ello veo películas antiguas, series antiguas, libros antiguos, discos antiguos y amigos antiguos.

Y para finalizar la canción que quizá más haya escuchado este año, aunque sea de 2014. No os perdáis el final, aunque sepáis poco inglés, y comprenderéis la razón por la que ha llegado a enamorarme de esta canción.

 

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DÍA DE LA CONSTITUCIÓN (Lección 3): Teatro, puro teatro

MADRID 06/12/2016 Política. Recepción día de la Constitución. FOTO de AGUSTIN CATALAN

MADRID 06/12/2016 Política. Recepción día de la Constitución.
FOTO de AGUSTIN CATALAN

De nuevo me pilla metido en faena otra celebración cívica en España. Mientras se celebran los fastos anuales del aniversario de la Constitución española de 1978, tengo a mis alumnos que explicarles el inicio de la Restauración y la Constitución de 1876. Comienza mal el día, pues no se me ocurre otra cosa que poner la radio y oír como un periodista se dedica a estropearme el principio de mi lección del día. Dice que debemos amar la Constitución de 1978 porque, entre otras cosas, por algo será la más longeva de la Historia de España. ¡Pues no tenía yo previsto decirles esto mismo de la de 1876! ¡Cómo me van a creer ahora mis alumnos, que a la mínima están pendientes de si uno comete un error! Ya les puedo sacar las cuentas: de 1876 a 1923 van 47 años y de 1978 a 2016 van 38. Seguro que soy menos creíble que las matemáticas y, por supuesto, que ese periodista que pontifica desde su tribuna radiofónica. Y, lo peor, si pudiera desdecir al susodicho periodista, seguro que encuentra algún argumento para no decir que se ha equivocado y que está en un error. En este país, como decía mi abuela, nadie “se baja del burro”, algunos ni aunque les empujes. Seguro que dirá que yo no tengo en cuenta que… o que él se refiere a… o que hay que tener en consideración que… El caso es no decir “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. ¡Pero si hasta el venerado rey constitucional Juan Carlos I lo dijo! Pero, ¡qué os cuesta! Pero nada, aquí no se desdice un periodista o político (a estos los entiendo, pues su oficio consiste en la defensa a ultranza de las posiciones actuales, aunque sean contrapuestas a las de días atrás) ni con las matemáticas.

Se han mencionado con frecuencia los parecidos entre aquella Restauración borbónica (1875) y ésta otra restauración borbónica (1975), con lo que llevamos tres, si contamos la primera producida en 1814, tras la ocupación francesa, con el retorno de Fernando VII, con lo que deberían plantearse los republicanos que aún les queda cuerda a los borbones, pues parecen tener siete vidas como los gatos. A una restauración borbónica cada cien años aproximadamente, aún quedarían unos cuatrocientos años de dinastía. En ambas restauraciones (la de 1875 y la de 1975) se aprobó una longeva Constitución, se instauró un bipartidismo basado en un sistema electoral acorde con él (el “pucherazo” y la Ley d’Hondt, respectivamente), la periferia (léase Cataluña y País Vasco) comenzó a pensar en abandonar el barco, el poder económico era el que realmente controlaba el sistema (entonces los caciques y ahora, dicen, el IBEX35), tras las crisis no paraba de hablarse de “regeneracionismo”, mientras la gente estaba más preocupada por quién era mejor si Joselito o Belmonte entonces y ahora por saber si lo es Messi o Cristiano.

Dejando de lado semejanzas constitucionales o institucionales, lo que me ha llamado la atención estos días de fastos son las posiciones de unos y de otros ante el evento. ¡Tan diferentes de aquellas de hace un siglo! Entonces la política se cocinaba en privado, como mi abuela hacía el puchero. No le gustaba que nosotros, especialmente los elementos masculinos de la casa (mi abuelo, mi padre y yo mismo) nos metiéramos a “cocinicas” y entráramos a preguntar qué estaba haciendo, qué le había echado o cuánto le quedaba. Y menos aún, levantar la tapa del puchero o hacer alguna observación sobre cocción o posibles alternativas culinarias. Aquello era cosa de mi abuela y nadie tenía derecho a intervenir. Luego nos lo comíamos y comentábamos lo bueno que estaba. Lo cual siempre era cierto, todo sea dicho. Ahora la política es todo espectáculo. Como la cocina. Todo es público, como esos cocineros que te guisan sus estrambóticos platos delante de ti. ¿No habéis visto esas cocinas acristaladas en las que desde las mesas o la barra se ve al cocinero en plena faena? Hay incluso platos que el cocinero elabora delante de ti: allí flambea un postre, lanza hidrógeno sobre una reducción de cualquier excentricidad o te deja la carne cruda para que tú te la hagas a la piedra. O seguro que habéis tenido ocasión de escuchar como el “maître” os describe el plato con pelos (¡esperemos que no!) y señales: “Huevo con temblor de tierra: huevo cocido a baja temperatura con trufa, hongos y bolitas de plata que simulan la tierra que se mueve sobre la textura “de gelatina” del huevo”.

Alguno dirá que es mejor así. Saber lo que uno se come. Que la política sea pública y transparente. Quizá. Pero la verdad, no sé qué elegir. Si ver lo que me cocinan y cómo lo hacen, como engañan los sabores con texturas y reducciones o abrir el puchero y comerme lo que me pongan. Que el político se oculte en su cubículo y me haga un “buen guiso” o que esté todo el día de tertulia en tertulia, de radio amiga en radio amiga, de periódico fiel en periódico fiel, haciendo política espectáculo y después el “guiso” quede muy aparente, pero indigerible.

En estos días de fastos constitucionales hemos tenido buena ración de ello. Los unos, los constitucionalistas, pregonando las bondades de la Constitución de 1978. Que si el consenso, que si es la que nos dimos todos los españoles, que si un nuevo proceso constitucional acabaría poco menos que en guerra civil. Es curioso que este argumento lo defienda, a capa y espada, un partido (el PP), fundado sobre las cenizas de AP, que durante la votación de la Constitución en el Congreso en octubre de 1978 dio libertad de voto a sus 16 diputados, votando sólo ocho a favor, con cinco votos en contra y tres abstenciones. Además, el refundador del partido en 1989 con su actual denominación, José María Aznar, decía en mayo de 1979, una vez aprobada ya por referéndum, que “vientos de revancha son los que parecen traer algunos ayuntamientos. Las calles dedicadas a Franco y a José Antonio lo estarán a partir de ahora a la Constitución”. Ahora siguen sin desear que se eliminen las calles dedicadas a franquistas y falangistas, pero se han hecho “constitucionales de toda la vida”. Y se les ve en tertulias diversas machacando a quienes osan decir que la Constitución necesita un “apaño”.

Pero el espectáculo va por barrios. Los líderes de Podemos se ponen bravos con la Constitución a la que acusan de todos los males del mundo. A poco debió ser la culpable de la muerte de JFK o de Malcom X, que les pilla más próximo intelectualmente. Se niegan a acudir a los fastos de la Constitución, como esos niños desobedientes que no querían ir a ver al abuelo enfermo (¡vaya, qué bien me ha quedado el símil!): “es que huele mal, es que me da cachetes, es que no se le entiende cuando habla, es que no se acuerda de mí”. Sin embargo, se enfadan en Podemos porque a los diputados que han enviado en lugar de sus líderes mediáticos (Iglesias y Errejón) no les dejan entrar en la sala VIP. ¿En qué quedamos, hay que ir a ver al abuelo o no hay que ir? Claro, Zipi y Zape no quieren ir porque están con el twitter debatiendo sobre desarrollo estratégico de la consideración puntual de aplicar una especial retrospectiva al análisis de la superestructura habitacional. O sea, como los platos de los restaurantes finos y caros, que no sabes si comes carne o pescado.

Y en la periferia también nos dan una buena dosis de política espectáculo. En más de 300 ayuntamientos de Cataluña deciden ir a trabajar el 6 de diciembre porque no se sienten identificados con la Constitución de 1978. ¡Si al final va a ser verdad que los catalanes son diferentes! ¡Ir a trabajar un día de fiesta! Eso sí que no es nada “español”. Pero la excusa sí que es buena: no se sienten identificados con lo que se celebra. Supongo que los de la CUP, ateos todos ellos (supongo) también irán a trabajar el día 8 de diciembre que es el día de la Purísima Concepción.  Y el día 6 de enero que es la Epifanía del Señor, y Viernes Santo (bueno, éste a lo mejor sí en 2017, ya que cae el 14 de abril), y el 15 de agosto, Día de la Ascensión de la Virgen. Puro espectáculo, “teatro, puro teatro” como cantaba La Lupe.

Por su parte, los socialistas no se sabe muy bien a qué carta juegan. En privado los oyes decir que si hay que reformar esto y aquello, que si la Constitución debe eliminar el tratamiento dispar de la religión católica, que si hay que poner en práctica su política social (vivienda digna, incluida), todo muy progre, muy “ochentero”, de cuando ganaban las elecciones. Pero en público se suman al coro de “constitucionalistas” de pro. Quizá en una futura votación de reforma de la Constitución le pidan a Antonio Hernando que salga al estrado y haga otra pirueta dialéctica y justifique la abstención que significará un NO a la reforma y un SÍ al cambio constitucional.

Los nuevos “regeneracionistas” de Ciudadanos, que tanto recuerdan a aquellos de principios del siglo XX, con sus líderes provenientes de escisiones varias y de restos de naufragios políticos, se han apuntado a la reforma constitucional, pero sólo de aquello que mejoren sus expectativas electorales. Nada de federalismos que rompan España o de consultas sobre la forma de Estado (monarquía o república). Para ello llevan a los platós televisivos a sus huestes más “guays” y “guapetonas”: Arrimadas, Rivera, Cantó. Dan un buen primer plano. Lo dicho, como esos platos que da gusto verlos salir de la cocina, pero que no tienen gusto a nada.

Mientras tanto, Marhuenda e Inda harán subir las audiencias poniendo a parir a todo el espectro político, a excepción de Rajoy, que les subvenciona sus tan “leídos” periódicos, y Wyoming hará unas gracietas en La Sexta, mientras Planeta se hace más y más poderoso.

Lo dicho, todo “teatro, puro teatro”:

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LECCIONES DE HISTORIA (2): La trampa de la victoria de Trump

20734761216_5b331d16e9_bMucho se ha escrito estos días sobre la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Poco original puedo aportar a lo que tertulianos, analistas y periodistas más o menos informados han expuesto. Por cierto, si queréis análisis que se sitúan más allá de los lugares comunes que hemos oído, os aconsejo la serie de artículos de una de mis nuevas páginas de referencia en cuanto al análisis de la actualidad, y que le debo, como tantas cosas, a mi amigo Joan. Se trata de la página Contextos, que ha realizado un especial sobre el triunfo de Trump. De todas formas, me he sentado a juntar unas ideas que me recorren desde aquel miércoles por la cabeza por si a alguno de mis aún seguidores les apetece escucharlas. No son muy positivas, lo advierto, por lo que si lo queréis dejar aquí estáis en vuestro derecho.

Lo primero que a todos nos produjo aquella noticia en la mañana del miércoles 9 de noviembre es un sentimiento de incredulidad. Aunque algunos lo habíamos vaticinado en tertulias de café, en el fondo pensábamos que el establishment se haría con las riendas del asunto. Más tarde hubo palabras de enfado contra el electorado americano que había cometido semejante “locura”. Después siguieron palabras de apaciguamiento, pues no creen muchos que las “sandeces” que ha expuesto Trump en campaña sea capaz de ponerlas en práctica, bien por irrealizables, bien porque dicho establishment no le dejará. Luego vinieron las comparaciones con el Brexit, la subida de la ultraderecha en Europa (y el temor a que se amplíe en las próximas elecciones francesas o alemanas) e, incluso, la victoria del corrupto PP en España.

Desde mis conocimientos de la historia americana y desde el análisis de quien no deja, en parte, de formar parte de ese establishment (en mi condición de intelectual, lo quiera uno o no), contra el que parece que se rebela el electorado, creo que se debe poner en su justo término algunos de estos comentarios.

En primer lugar, debemos tener en cuenta el peculiar sistema electoral americano. No únicamente en cuanto a su técnica (el que se asignen todos los votos electorales de un estado aunque ganes por un solo voto), pues si la elección se hubiera hecho de forma directa hubiera ganado Hilary Clinton (según el último recuento por el 0,2% de los votos), sino por como conciben la propia elección. Recordemos que para poder votar es necesario, en la mayoría de los estados, desplazarse a la oficina electoral e inscribirse en el censo; además de que la votación se realiza en un día laborable y, tal y como funciona el tejido empresarial americano, dudo que el tiempo perdido en la votación sea sufragado por la empresa o el Estado. Por lo tanto, cuidado con “fliparse” con análisis del estilo de “la clase trabajadora, desesperada, ha votado a Trump”, pues habría de preguntarse cuánta de dicha clase trabajadora se ha molestado en ir al censo y después en ir a votar. ¿Cuántos españoles dejarían de ir a la oficina censal para poder ejercer su derecho al voto? Daos una vuelta por las terrazas, los centros comerciales o las paradas de autobús y contestad. Recordemos que la participación no ha llegado al 57%, aunque ha subido dos puntos respecto a la de 2012 y ha sido casi semejante a la de 2008, con el ciclón Obama en pleno desarrollo. Además, cuidado con sospechar que el electorado americano es más “estúpido” que el europeo.

Yo también pensé como Iñaqui Gabilondo que este resultado suponía, como dijo hace casi cien años Ortega y Gasset, “la rebelión de las masas”. Pero ya no estoy tan seguro. ¿De qué masas hablamos? ¿Nuevamente de esos “incultos” trabajadores de fábricas casi desmanteladas por la globalización o “pueblerinos” granjeros que se dedican a mascar tabaco en las mecedoras de los porches del Medio Oeste? Para contestar a dichas preguntas deberíamos echar un vistazo al mapa de los resultados electorales y a sus cifras, pues quizá todo sea más sencillo.

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Si nos fijamos en los mapas que comparan las elecciones de 2012, ganadas por Obama, y las de 2016, observamos cuánto se parecen ambos mapas, ya que el electorado americano es sumamente fiel a su partido, casi como a su Alma Mater universitaria a la que siguen en sus partidos de basket o beisbol como aquí al Barça o al Madrid, y no se cambian de equipo aunque lo dirija un inútil o fichen a un “tuercebotas”. Allí, demócratas y republicanos votan a su partido casi “religiosamente”, aunque se presente “un negro” o “una mujer” o un “loco”. Vamos, como aquí dicen que lo hacen los votantes del PP (o del PSOE en Andalucía, no se me enfade nadie).

En 2012, Obama ganó en 26 estados, mientras en 2016 Clinton ha ganado en 20, pero estos son los mismos en los que ganó Obama. Por su parte, la victoria de Trump se ha fundamentado no en una derrota total de Clinton, que es lo que parece que nos publicitan los medios de comunicación. Lo que ha ocurrido es que le ha “robado” seis estados respecto a las elecciones de 2012 a los demócratas. Y estos se sitúan en una zona muy concreta, además de Florida, el área de los Grandes Lagos: Iowa, Wisconsin, Michigan, Ohio, Pensilvania. En muchos casos, la victoria de Trump ha sido “por los pelos” en muchos de dichos estados. En Michigan, estado que todo el mundo pone como ejemplo de ese voto “obrero desindustrializado” a Trump, sólo ha ganado por 12.000 votos. En Florida, otro ejemplo, en este caso del voto del “jubilado blanco”, Trump se ha llevado los 29 votos electorales por 120.000 votos (un 1.15%). Sólo con esos dos estados, a Hilary le hubieran faltado tres más para ser elegida presidenta. Por lo tanto, no nos “flipemos” tanto, como decía, con la victoria de Trump. Seguramente, cualquier otro candidato republicano, hubiera derrotado a la Clinton y por mayor margen de voto popular y de votos electorales.

No olvidemos que Trump ha perdido el 1,1% del electorado total republicano respecto al candidato de 2012, Mitt Romney, unos 700.00 votos. El problema es que Hilary Clinton ha perdido el 7,7% del electorado demócrata, es decir cinco millones de votos. Ahí ha estado la clave de la derrota demócrata: en su candidata. Mientras la fiereza de Trump ha permitido mantener casi todo el electorado republicano, la tibieza de Hilary, su convencimiento de que “nadie” iba a votar a un “loco” como Trump, y la connivencia del establishment (los grandes medios de comunicación, fundamentalmente) alejaron al tradicional electorado demócrata. Hemos oído en diversos foros que Hilary representaba el “pijismo” intelectual que muchos odian en Estados Unidos y en la propia Europa, España sin ir más lejos. ¿Cuánto votante del PP no se ha mofado de las camisas blancas impolutas de Pedro Sánchez o de esos intelectuales podemitas de la Complutense?

Por último, no debemos olvidar el mensaje de Trump, que no es tan “estúpido” como hemos querido interpretar. Además debe explicarse en clave americana, aunque, en cierta manera, ya ha llegado a esa Europa que creíamos vivía en el Olimpo de la diversidad, la interculturalidad y la “alta cultura”. Ese eslogan tan repetido por Trump de “América Primero” es bastante antiguo en la política americana. Es la denominada cultura del “aislacionismo”, que se hunde en el mismo nacimiento de los Estados Unidos. El propio Thomas Paine o George Washington ya mostraron sus deseos de no intervenir en la política europea: “Europa tiene unos intereses prioritarios, de los cuales nosotros no compartimos ninguno, o muy pocos. Los europeos están sumidos en controversias frecuentes, las causas de las cuales son esencialmente ajenas a nuestras preocupaciones. Por lo tanto, es una imprudencia para nosotros implicarnos de forma artificial en los entresijos de su política, o en las alianzas y las rupturas entre ellos”, dijo este último en su discurso de despedida de su mandato presidencial.

Desde entonces el aislacionismo está fuertemente arraigado en la cultura del americano medio. Fuera de Estados Unidos se distribuye un mundo que sólo debe servir a sus intereses, pero al que consideran ajeno. Tampoco desde Europa hemos ayudado mucho, pues hemos considerado al americano medio como un ser paleto y sin cultura, rico, pero ignorante. En infinidad de análisis de estos días se insiste en tildar de “paleto” al votante de Trump. Recordemos que esa América amante de la libertad y la democracia se mantuvo al margen de ambas guerras mundiales del siglo XX hasta que sus intereses se vieron amenazados y eso que en ambas ocasiones gobernaban presidentes demócratas, menos proclives al aislacionismo (Wilson y Roosevelt). La política aislacionista americana cambió a partir de 1947 con la llegada de la Guerra Fría. Estados Unidos dijo convertirse en el gendarme de la democracia y la libertad y se embarcó en todos los conflictos en los que decía que el comunismo las amenazaba: Corea, Vietnam, Sudamérica… Pero ahora ya no hay Guerra Fría, ya no hay que “vender” una América garante de la democracia y la libertad, ahora toca replegarse sobre sí mismos y dejar que los europeos se busquen la vida con sus problemas. Que no son pocos, por cierto.

En realidad, como se ha señalado en diversos lugares, pero sin insistir demasiado por el peligro de contagio que genera, el triunfo de Trump es el triunfo de la antiglobalización, de quienes están en contra de un mundo diverso, de quienes se miran el ombligo nacional para “cerrar filas” ante lo extraño. Es un tipo de nacionalismo que ha dejado de parecerse al que surgió en el siglo XIX y buscaba la identificación de Estado con Nación. Lo que ahora está de moda es la potenciación de lo propio frente a lo ajeno. Al tratarse de un sentimiento mucho más primario que el “nacionalismo” político del siglo XIX es mucho más fácil de arraigar en diversas capas sociales (transversalidad, se llama ahora). Es la defensa de la tortilla de patatas frente al “cous-cous”, es la defensa de los toros, que acaba de ratificar el Tribunal Supremo, es la defensa del Ford frente al Hyundai, en el caso americano, la defensa de la Sachertorte, en el caso austríaco, y así hasta la saciedad. Ese mensaje cala hondo en cualquier ciudadano, sea trabajador mal asalariado, profesor universitario, taxista autónomo, escritor de novelas policiacas o granjero del Medio Oeste o de la Vega Baja. Ese es parte del discurso de Trump que ha triunfado: no quiere una América llena de coches coreanos, de restaurantes mexicanos, de tiendas de chinos. La política internacional pasa a segundo orden. Ha llegado a amenazar con la salida de Estados Unidos de la OTAN, que ellos crearon en 1949 para evitar la extensión del comunismo. Exactamente lo mismo hizo el aislacionista Woodrow Wilson en 1919 cuando se creó, a su instancia, la Sociedad de Naciones, antesala de lo que fue la ONU. Una vez instituida, Estados Unidos no se integró en la SDN, pues el Senado americano consideraba que Europa debía solucionar ella misma sus problemas, cosa que hizo como sabemos haciendo estallar Hitler la Segunda Guerra Mundial.

Por tanto, ni todos los americanos están tan “locos” como parece con la victoria, por los pelos, de Trump, ni nosotros lo estamos menos que ellos, ni estamos vacunados contra un mundo que ha decidido encerrarse en sí mismo por miedo al “otro”.

Si queréis pasar un buen rato conociendo los entresijos de las ideas aislacionistas en Estados Unidos y esta oleada de ideología “nacional”, podéis leer la magnífica novela de Philip Roth “La conjura contra América”, que se basa en la idea contrafactual (que pudo ocurrir si…) de que Roosevelt hubiera perdido las elecciones contra Charles Lindbergh, el famoso aviador americano admirador de Hitler, en 1940. La novela parte de un hecho real y es la idea de algunos senadores de que Lindbergh se presentara a las primarias del partido demócrata, pues el aviador se había convertido en el portavoz del America First Committee (Comité de América Primero, término usado también por Trump en la campaña). No deseo haceros spoiler, pero la novela, que se centra en la vida de la familia Roth durante el supuesto mandato de Lindbergh, es un buen ejemplo de lo que puede ocurrir con Trump y cómo puede reaccionar la sociedad americana ante sus políticas.

P.D. musical. Por si todavía está por aquí una de mis amigas lectoras a la que le gusta que acabe con una canción mis escritos, qué mejor que acabar con una canción que nos recuerda a quienes lucharon por la libertad hace tanto tiempo, cuando la gente, y los americanos también, pensaban que pertenecíamos a un mismo mundo, con problemas semejantes. A ella y a Leonard Cohen, con quien comencé a aprender el poco inglés que se.

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ASESINATO EN EL COMITÉ FEDERAL (Lecciones de Historia 1): La defección del progresismo comenzó en 1837

el-liberalismo-conservadorEn diversos blogs se ha puesto de moda la aparición de series de entradas sobre temas de una forma u otra relacionados. Tienen por costumbre numerarse para que el lector no pierda la referencia de que está leyendo una serie que pertenece a un mismo tema. Creo que me voy a apuntar a la moda. Ya he utilizado este blog para comentarios históricos sobre la política actual, pero ahora lo haré de una forma más habitual. Supongo que tendrá que ver con el deseo de compartir ideas y pensamientos ya que cada vez tengo menos ocasión de hacerlo “en vivo y en directo”, como se decía en los primeros tiempos de la televisión.

Y es que a un historiador nos cuesta ver la realidad sin el filtro de nuestros conocimientos del pasado, lo cual no siempre es grato, pues acaba provocándote un sentimiento de hartazgo al observar cómo no aprendemos de lo ocurrido.

Estaba estos días impartiendo el tema de la Regencia de Mª Cristina, esposa de Fernando VII, y la implantación del liberalismo en España y no he podido dejar de relacionarlo con lo que sucede en España en estos días.

Haré primero un resumen apresurado de la situación para los menos avezados en la Historia de España. El final del Antiguo Régimen (feudalismo, Inquisición, señoríos, gremios, privilegios de la nobleza y el clero, etc) no acababa de producirse aunque ya estábamos bien entrados en el siglo XIX. El liberalismo, que pretendía abolir este Antiguo Régimen, había ingresado en la península a través de los invasores franceses en 1808, pero España se había revelado contra ellos el famoso 2 de mayo. En realidad, lo que se formó es un gobierno (la Junta Suprema Central) en Cádiz que pretendía implantar el liberalismo, pero a su manera. De ahí nació la Constitución de Cádiz en 1812, un modelo para el liberalismo europeo y americano de la época ya que instauraba la soberanía nacional entre otras cosas. Limitaba los poderes de la monarquía, aunque aún eran amplios, dotaba de igualdad a todos los ciudadanos y establecía la división de poderes y el sufragio universal (aunque sólo masculino). Lo único que no tocaba era la religión: España se mantenía católica “perpetuamente”.

Tras la derrota de los franceses, estos liberales propusieron a Fernando VII, instituido como nuevo rey, que firmara la Constitución de Cádiz, pero se negó, aceptando en 1814, en cambio, un documento (“El Manifiesto de los Persas”) que habían elaborado los nobles, por el cual se reinstauraba el Antiguo Régimen y se anulaba la Constitución de Cádiz. Los liberales no cejaron en su intento de obligar al rey a aceptar la Constitución (que ya era modelo a imitar en las nuevas repúblicas que se estaban creando en América y en algunos lugares de Europa) y así lo lograron en 1820, tras el pronunciamiento del coronel liberal Riego. A Fernando VII le faltó tiempo para traicionar su juramento de la Constitución y llamar a los aliados europeos que habían impuesto el absolutismo otra vez en toda Europa tras la derrota de Napoleón. Enviaron unas tropas de ocupación en ayuda del rey español, contra el gobierno liberal, conocidos como los Cien Mil Hijos de San Luis: unas tropas francesas enviadas por el rey borbón de Francia Luis XVIII. Fernando VII volvió a reinstaurar el absolutismo, aunque no lograba tener hijos. Fernando volvió a casar, por cuarta vez. Ahora con una italiana Mª Cristina de Borbón-Dos Sicilias, con la que sí consiguió tener descendencia: dos niñas, Isabel y Luisa Fernanda. Se abrió entonces un debate sobre si las mujeres podían reinar o no en España. En realidad lo que había era una pugna palaciega entre los absolutistas más intransigentes (llamados ya “realistas” o “apostólicos”), partidarios de que la sucesión recayera en el hermano del rey, Carlos María Isidro, y los partidarios de que reinara la hija mayor, Isabel, a la que apoyaban un grupo de reformistas moderados que pretendían una transición tranquila desde el Antiguo Régimen a un liberalismo muy suavizado. ¿Os suena a algo? ¿Os acordáis de 1975 y la pugna entre los franquistas aperturistas (Fraga y los suyos) contra los “ultras”, también denominado “búnker” de Blas Piñar o Girón de Velasco? Pues, lo mismo.

Finalmente el rey murió en 1833 y su hija de tres años, Isabel, fue nombrada sucesora, gobernando mientras alcanzaba la mayoría de edad su madre Mª Cristina como regente, aunque una parte del país no la aceptó y abrazó la causa de Carlos María Isidro, llamándose ahora “carlistas”, que pretendían mantener el absolutismo más rancio al grito de “Dios, Patria y Rey”. A Mª Cristina no le quedó más remedio que buscar apoyo en los reformistas y en los liberales, a los que llamó desde el exilio. Entre ellos estaban un núcleo de militares de primera categoría, ahora necesarios para luchar contra su cuñado, el autoproclamado Carlos V de España. Sin embargo, Mª Cristina no tenía nada de liberal y concedió el gobierno al ala más moderada de los liberales que pensaban que la Constitución de Cádiz era demasiado radical e instituyeron un régimen basado en la Carta Otorgada (1834), un documento que confería poderes omnímodos a la Regente. Entre ellos nombrar los ministros y el presidente del gobierno y presentar leyes a las Cortes, constituidas por dos Cámaras, una de ellas elegida por ella totalmente y la otra por votación de las primeras fortunas del país (menos del 2% de la población tenía derecho a voto).

Los liberales más radicales, conocidos ya entonces como “progresistas”, suspiraban por la reinstauración de la Constitución de Cádiz y presionaban a la regente para que la jurara: son los conocidos “pronunciamientos militares”. Ninguno de ellos tuvo éxito, pero la guerra carlista iba de mal en peor, especialmente por la situación de la hacienda pública, en total ruina. Tuvo Mª Cristina que ceder ante los liberales progresistas y buscar a uno de sus principales representantes, Juan Álvarez Mendizábal, que había hecho una buena fortuna en el pleito sucesorio de Portugal, lo cual le granjeó importantes relaciones con la banca británica. Mendizábal fue nombrado ministro de Hacienda y, más tarde, presidente del gobierno. Desde dichos cargos inició un proceso de destrucción del Antiguo Régimen y de reformas liberales de signo progresista para lograr mejorar la hacienda pública y ganar la guerra carlista. La más conocida de sus reformas fue la denominada “desamortización” de los bienes de la Iglesia, que lleva su nombre. El procedimiento consistió en suprimir todas las órdenes religiosas de carácter no benéfico, nacionalizar todas sus propiedades (tierras y edificios) y ponerlas en venta en pública subasta para obtener dinero con el que sufragar la guerra.

Mendizábal, como liberal progresista y, a la vez, masón, era profundamente anticlerical, que no ateo, y pensaba que el poder de la Iglesia era incompatible con un estado liberal, además de que una parte de ella había abrazado la causa carlista. Desde aquel entonces, Mendizábal ha sufrido las críticas y el escarnio de gran parte de la historiografía española más reaccionaria. Lo curioso es que aún lo sea y que determinados círculos, que se autodenominan “liberales” lo critiquen como si del demonio se tratara. En estos días, mientras buscaba información sobre el personaje, me encontré con una entrada del diario digital Libertaddigital (que se autoproclama defensor de la “Nación y la Libertad”) titulada “1836: Da comienzo el desastre de la desamortización de Mendizábal”, escrita por Pedro García Luances, miembro de uno de los colectivos más peligrosos de este país, el de los periodistas metidos a historiadores. Tilda el autor la desamortización de “injusta y fracasada”. Lo de injusta no sé a qué se debe, quizá a que le parezca “justo” que determinados monasterios tuvieran en propiedad pueblos enteros y que administraran las fincas con mano de hierro frente a unos campesinos miserables que apenas si producían para comer; quizá a que la Iglesia cobrara el 10% de toda la producción agraria (el diezmo) para que sus jerarcas vivieran a cuerpo de rey. Sí, también realizaban labor asistencial, pero esa podría hacerla el Estado a un precio inferior, como estaba sucediendo en la Francia del XIX, desde la Revolución Francesa. Lo de fracasada se refiere a que no logró Mendizábal crear un grupo de medianos propietarios agrícolas con aquellas tierras expropiadas, pero la culpa de aquello fue de un gobierno moderado que prefirió sacar a subasta las fincas en lotes completos para que sólo la alta burguesía y la nobleza pudieran comprarlas.

Mendizábal duró poco en el gobierno, pues la regente Mª Cristina no aceptaba la intención de volver al régimen de la Constitución de Cádiz. Por ello, saltándose los resultados de las elecciones de 1836, ganadas por los progresistas, nombró un presidente moderado, Istúriz. Los progresistas, ya divididos en aquel momento entre quienes preferían sustituir a la regente o quienes pretendían que aceptara la Constitución de Cádiz, impulsaron diversas protestas populares que derivaron en una nueva revuelta militar. En este caso en el lugar de veraneo de la familia real, la Granja de San Ildefonso, es la conocida como “Sargentada” de 1836. La regente cedió manu militari y volvió a firmar la Constitución de Cádiz, colocando nuevamente a Mendizábal como ministro de Hacienda.

Y aquí llegó el momento clave. Mendizábal y el presidente del gobierno, el también progresista José María Calatrava, pensaban que la Constitución de Cádiz estaba superada y que tanto cambio de gobierno (entre moderados y progresistas) no era bueno para el país. Era necesario un acuerdo para que los moderados aceptaran las reformas más radicales del liberalismo: el “consenso”, vamos. ¿Os suena? Por ello, iniciaron la redacción de una nueva Constitución que agradara a los moderados y a la regente. En dicha nueva Constitución (1837), los progresistas cedieron una parte de los que eran sus principios: dejaba de hacerse referencia a la soberanía nacional, la Corona asumía el poder ejecutivo nombrando a su voluntad al presidente del gobierno y los ministros, las Cortes unicamerales se dividían en dos Cámaras, una de ellas controlada absolutamente por la Corona (el Senado), que nombraba a todos los senadores, y la otra elegida con un sufragio muy censatario (sólo votaban los más ricos contribuyentes, aproximadamente el 5% de la población), desistiendo así de imponer el mítico sufragio universal masculino progresista. A cambio, los progresistas impusieron una declaración de derechos más amplia, pero que después las leyes tenían que desarrollar, y la eliminación de la religión católica como religión de Estado, pero manteniendo el sostenimiento con fondos públicos del culto y sus “ministros” (sacerdotes, obispos, arzobispos, etc).

El objetivo ya lo hemos expuesto: integrar a los elementos más conservadores del liberalismo en el sistema constitucional y a los restos del Antiguo Régimen (nobleza, especialmente) dentro del liberalismo. Fue la primera vez, pero no la última en la que lo que podríamos considerar ideal progresista cedió parte de sus principios para no “hacer la revolución”, como se decía entonces. Hablamos de una “revolución”, la liberal, que consistía en implantar un sistema de libertades amplio, el sufragio universal masculino, la soberanía nacional, la separación de poderes y la aconfesionalidad del Estado, frente al poder de la Iglesia. Es decir, lo que en Francia acabó derivando en un régimen republicano, cuando comprobó que ninguna monarquía aceptaba estos principios, y en países como como Bélgica, Holanda o los escandinavos en monarquías parlamentarias liberales. En España se optó por un sí, pero no. Un sistema liberal bajo control político de la monarquía y bajo control económico de las clases aristocráticas que fueron, al fin y a la postre, las que lograron beneficiarse de la desamortización de la Iglesia, de las supresión de los señoríos y de la venta de los bienes de los municipios.

Aquellos primeros progresistas confiaban en que los moderados les dejarían gobernar cuando ganaran las elecciones y que la regente no abusaría de su poder. Nada de eso ocurrió. La regente procuraba apartar a los progresistas del poder y abusar de sus prerrogativas constitucionales. Por ello, los progresistas tuvieron que volver a las andadas y sublevarse contra la regente. En 1840 una nueva rebelión extendida por todo el país y apoyada por el principal líder progresista, el general Espartero, obligó a la regente a abdicar en la persona del propio Espartero, héroe de la victoria liberal frente a los carlistas. Pero los progresistas tampoco salieron perdiendo demasiado a nivel personal o en sus carreras políticas. Muchos cedieron sus ideas para lograr el poder durante el reinado de Isabel II y la mayoría se convirtieron en ricos propietarios. El propio Espartero, nombrado duque de la Victoria, duque de Morella, conde de Luchana y vizconde de Banderas, se convirtió en un rico propietario, desde sus modestos orígenes como hijo de un carpintero manchego, al casarse precisamente en 1837 con una riquísima propietaria riojana cuyo patrimonio consistía en un mayorazgo y diversos bienes vinculados donde se encontraban importantes fincas rústicas y urbanas y cerca de un millón y medio de reales procedentes también de los beneficios en las inversiones que los tutores de su esposa habían realizado durante la minoría de edad de ésta.

Ésta fue la primera defección del progresismo español. Muchos años más tarde, otros progresistas (conocidos como socialistas) durante la redacción de otra constitución, la de 1978, también cedieron parte de sus principios para no forzar la “revolución”, la “ruptura” se llamaba entonces, todo para que el franquismo sociológico se integrara en el nuevo sistema. También entonces se llegó a un pacto con la monarquía para no tocar sus privilegios, asumiendo que no se pasaría de la raya en sus atribuciones públicas; igualmente se consideró intocable el dominio de la Iglesia en algunos ámbitos como la educación. Todo en beneficio de la “democracia”, trasunto de lo que en el siglo XIX se llamaba “liberalismo”. En beneficio de ella y a beneficio del poder que estos nuevos progresistas iban a obtener y de los riquísimos patrimonios que iban a lograr en forma de puestos en consejos de administración, comisiones legales e ilegales, y cualquier otra prebenda que les convirtió de hijos de pequeños propietarios ganaderos con una modesta carrera de abogado laboralista en líder intocable del progresismo, rico propietario de mansiones en España y Marruecos, con asiento en exempresas públicas privatizadas por sus gobiernos en las que cobra unos emolumentos que envidiaría hasta el mismo conde de Romanones.

Hoy, 23 de octubre de 2016, en un Comité Federal los progresistas han vuelto a ceder al conservadurismo en aras de la democracia, “la gobernabilidad”, “España”, dirán. Seguirán abanderando causas perdidas como la sanidad pública o la escuela pública, se harán fotos con antiguos luchadores de la guerra civil, volverán a prometer la revisión del Concordato con el Vaticano cuando llegue la campaña electoral, pero se plegarán a los intereses del IBEX 35, al mantenimiento de las prerrogativas de la Iglesia, a las privatizaciones, a las reformas laborales, a la subida de tasas universitarias… Todo por “España” y la “democracia”. Prometen que con su abstención técnica a favor de un nuevo gobierno moderado (esta vez el de corrupto PP de Rajoy) vigilarán su labor y le harán la vida imposible. Quizá igual que se la hizo Espartero a Narváez con quien se repartió el poder y otras prevendas en el siglo XIX. Dentro de unos años veremos hasta dónde ha llegado la fortuna de Susana Díaz, en qué consejo de administración se sienta, qué residencia se ha construido (quizá en suelo protegido como Pepiño Blanco, que hoy presidía dicho Comité Federal, en la denominada Villa PSOE en la isla de Arosa).

Lecciones de la Historia. De las que no aprendemos, por cierto.

P.D. musical. Aquella Mª Cristina con la que lucharon los liberales es la de la famosa canción que compusieron los exiliados españoles en Cuba

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BREVE HISTORIA DE UN PAÍS EXTRAÑO: O de quién es el tonto aquí

jester-hat-clipart-best-uhm887-clipartÉrase una vez un país en el que vivía un señor muy tonto. Era tan tonto que era el centro de todos los chascarrillos de los que se creían muy listos en ese país. Todos se reían de él y de sus ocurrencias. Pero él sabía que nada tenía de tonto. Lo que tenía era mucha paciencia y mucho aguante.

En aquel país era raro que no hubiera un día en que una radio, una televisión o un diario digital no se hiciera eco de alguna de sus meteduras de pata. Éstas eran celebradas en bares con terraza y en cafeterías de centros de trabajo. Siempre había un listo que las refería y hacía mofa ante una concurrencia fiel y dispuesta a reír la gracia. En ocasiones, la tontería de aquel señor tan tonto provocaba que la tertulia se convirtiera en un aluvión de comentarios a cual más ocurrente sobre ella. Era como una cascada para ver quién era el que glosaba con más gracia la tontería. De una se pasaba a otra, se recordaba la del día anterior, se rebuscaba en el archivo de whatsapp para enseñar el último chiste que se había enviado a propósito de la frase mal construida, el gesto gracioso o la supuesta ocurrencia del señor más tonto de aquel país.

La ingente cantidad de meteduras de pata habían dado lugar a la creación de tiras cómicas en su honor, a series de cortos en youtube, a su inclusión en todo tipo de sketchs televisivos. No era extraño encontrarlo como un personaje de ficción en alguna de las banales comedias cinematográficas con monologista de protagonista que tan de moda se estaban poniendo en aquel país.

Todo en él era origen de risas y chanzas. Sus frases mal construidas, sus intentos por parecer culto e inteligente, su dicción, sus gestos al hablar, su forma de caminar y hacer deporte y hasta sus contestaciones públicas o privadas en correos electrónicos filtrados por la prensa para mayor chanza de la concurrencia.

Él asistía a todo ello con total impasividad. Nunca se le escuchó criticar a quienes hacían guasas con sus cosas. Nunca interpuso una querella contra el honor ni nada parecido. En público se mantenía incólume ante tanta gracieta con su persona. En privado, sonreía las más de las veces con las lindezas de sus críticos. Cuando escuchaba alguna de ellas, una levísima sonrisa se dibujaba en su rostro y una cara de sibilina maldad se le esbozaba. Sólo él sabía lo que pensaba en aquel momento.

Sus amistades más cercanas se podían dividir en dos categorías. Aquellas que se lo tomaban a mal y montaban en cólera cada vez que su líder era objeto de guasas y aquellas que hacían como él: sonreían malévolamente. Sí, su líder porque él era el líder. Pero no el líder de una panda de amiguetes que se reunían para ver el fútbol o ir de tardeo. No, era el LÍDER SUPREMO. Él dirigía aquel país tan extraño desde su aparente estulticia.

Cómo lo había logrado era ahora, cuando ya parecía tal lejano el momento de su encumbramiento, un misterio insondable en aquel curioso país. Incluso se habían intentado redactar un par de tesis en la Facultad de Sociología sobre el fenómeno, pero sus impulsores habían abandonado el proyecto ante la falta de elementos de juicio para elaborar unas conclusiones creíbles. Habían iniciado toda una batería de encuestas pergeñadas con las reglas mejor testeadas en las facultades de mayor prestigio a nivel mundial. Los resultados de dichas encuestas, una vez baremados los resultados bajo criterios de la mayor fiabilidad según dichas facultades, eran sorprendentes. Los encuestados eran más tontos que el tonto del líder. No podía ser. Algo fallaba en el proceso. Los doctorandos intentaban repetir la encuesta y su baremación, con diversos factores correctores, pero los resultados no variaban. De hecho eran incongruentes, pues todos decían que les parecía un líder muy tonto, pero mucho. Que ellos también se reían con sus meteduras de pata y sus frases sin sentido, y que, naturalmente, no les gustaba como líder de su país. Entonces, ¿por qué lo elegían como su líder? En este momento del estudio sociológico los doctorandos decidían abandonar. El director de tesis no se creía las conclusiones iniciales que le presentaba su tutorando: que la gente era más tonta que su líder. No era posible que hubiera tanto tonto suelto en aquel país. El director le conminaba a iniciar el estudio desde el principio, analizar los factores externos, los fenómenos transaccionales, la estructura sociométrica del proceso y no sé cuantas más variables binarias. El doctorando se rendía y decidía enviar currículums al Mercadona y a Decathlon.

Era un fenómeno inexplicable el de aquel país liderado por alguien de quien todo el mundo hacía burla. ¿O quizá no?

Todo comenzó cuando el anterior líder del grupo de los Láridos decidió decir “ahí os quedáis, me voy a dedicar a la buena vida y a daros la lata de cuando en cuando como os desmandéis”. Había sido un líder carismático, al que sus huestes femeninas le habían llegado a gritar “guapo” en alguno de sus multitudinarios mítines. Aquello había sido el súmmum para una persona a la que las chicas ni miraban de joven y de la que sus compañeros hacían burla, especialmente desde que de adolescente se dejó un bigote anticuado e irrisorio. Pero es que aquel país era un país extraño. Se decía que Murakami quería venir a visitarlo para convertirlo en escenario de una nueva novela, pues sin duda rebasaba en rareza a aquellos que él había inventado con dos lunas o con señores sin sombra.

Cuando aquel líder carismático dejó su cargo, se estuvo pensando mucho tiempo a quién elegir como sucesor. Se barajaron varios nombres. Finalmente quedaron dos. Uno era un señor un rato listo, tenía varias carreras, sabía unas cuantas lenguas extranjeras, era referente a nivel mundial en algunos quehaceres, especialmente referidos a las cuentas del país. El otro era nuestro tonto líder. El primero no paró de salir en los medios explicando lo que le gustaría servir a su país y ser su líder, pues se sentía preparado para ello. El segundo comenzó a utilizar una táctica que todo el mundo pensó entonces que era suicida. Hablar poco y cuando lo hacía decir alguna tontería, una obviedad o un sinsentido.

Cuando el líder carismático dimisionario eligió a aquel candidato que parecía un tonto apático y poco capacitado para dirigir un país, todo el mundo pensó que era un error. Incluso los miembros de las huestes de los Láridos comenzaron a hacer gracietas con el nuevo líder. Las mañanas en la radio se llenaron de tertulianos riendo sus tonterías y convirtiendo los estudios de las emisoras en lugares que más bien parecían cantinas de barrio. Incluso se podía escuchar si estabas atento como abrían latas de cerveza o encendían cigarrillos.

No fue su culpa que a la primera no pudiera suceder a su líder carismático, fue culpa del destino. Del destino y de, quizá, que el grupo opositor había encontrado otro que tal. Aquel no parecían tan tonto, pero también tenía ciertas ocurrencias que pasaron más tarde a los anales históricos del país. En realidad los Magnolios, que así se les llamaba, había elegido a este líder porque pasaba por allí. En una de las trifulcas internas a que tan aficionados eran los “magnolios”, habían acabado nombrando a una especie de chico bueno, de sonrisa bonachona y cara de no haber roto un plato jamás. Todo vino motivado también por la difícil sucesión del que había sido su superlíder, un señor que era tan adorado en las filas de los “magnolios” como los viejos santones. De hecho ahora parecía un viejo santón que, cuando se enfadaba, montaba en cólera y lanzaba sus rayos destructores en forma de declaraciones incendiarias contra sus propios correligionarios.

Pero nuestro líder, él que parecía tan tonto, se armó de paciencia. Resistió los ataques provenientes de sus propios supuestos amigos, de los tertulianos más acerados, de los que cada día publicaban sus gracias y decían que un hombre así no podía ser líder de un país como aquel. ¡Vaya si podía! Tuvo que esperar varios años, pero cuando fue elegido lo fue con la aquiescencia de la mayoría de aquel país. La mayoría de aquellos que se reían de sus ocurrencias, de sus gestos, de su torpe caminar.

Mucha gente se lo seguía sin explicar. Había teorías para todos los gustos. Unos decían que los sociólogos que habían iniciado aquellos estudios estaban en lo cierto y que las encuestas, por una vez, tenían razón: el país estaba lleno de tontos más tontos que el propio líder. Otros pensaban en teorías conspiratorias. Que tras la figura de aquel líder que parecía tan mentecato había un lobby económico que manejaba los hilos de sus decisiones e incluso de sus ocurrencias. Que todo estaba pensado y muy bien pensado: crear una especie de clown del que todos se reían para poder llevar a cabo decisiones que el país no hubiera soportado de otra manera. Había quien se ponía en plan trascendental y decía que era un castigo divino por las faltas cometidas en el país desde tiempos que la memoria ya había casi olvidado.

El caso es que todo el mundo hablaba mal de él, pero aquí estábamos, ante una nueva elección del líder. Había podido, de nuevo, con todos. Y había utilizado su táctica de siempre: la paciencia. No sabemos si Paulo Coelho dijo alguna vez esta frase, pero bien podía ser suya: “la paciencia oculta el rostro del más memo para convertirlo en el más perspicaz”. Sus oponentes habían dicho que “ya no”, que no le volverían a querer como líder y que si de ellos dependiera no sería nunca más el líder. Él no dijo nada, esperó. Esperó a que unos cambiaran de opinión viendo que no había otra opción y a que otros, los “magnolios” se despellejaran vivos otra vez para aceptarle. “Pero le controlaremos y no le dejaremos respirar”, decían. Él escuchaba esas palabras y sonreía. Con esa sonrisa entre picarona y bobalicona, que quería decir, “ya, eso os creíes; pero que tontos sois”. O como decía aquel grupo de los ochenta, “pero que público más tonto tengo”:

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FINAL DEL VERANO: Un nuevo año comienza, quiera o no el Papa Gregorio

summer-is-over-280x210Faltan cuatro días, como aquel que dice, o justamente esos, para el final de un nuevo verano. Ya huele a él. Ya se puso el cielo de ese color azul intenso que recuerda la vendimia en mi pueblo. Hay nubes como algodón que ensucian ese azul. Aquí apenas si crecen. Allí lo hacían desde el mediodía y, de cuando en cuando, se convertían en tormenta vespertina de septiembre. Debe oler allí a pueblo que se vacía. En la plaza apenas si debe quedar gente que se reúna en las matinales de los días de diario. Hoy es domingo y, quizá, haya más gente que de costumbre. Pero ya olerá a despedida, a pueblo que se vacía. De cuando en cuando algún joven se verá atravesar la plaza con la bolsa al hombro camino de la estación. Quizá salude, sin acercarse, a ese otro joven que lee el periódico sentado, solitario, en la piedra que circunda la iglesia parroquial. Es posible, incluso, que otro rezagado aparezca más tarde que pronto y se acerque a saludar. “El verano se acaba”, dirá. “Sí”, contestará lacónico el otro, mientras busca otra excusa para iniciar una conversación que no le aleje definitivamente.

Ahora que tantas reformas de las costumbres hispanas se proponen para igualarnos a Europa (el cambio horario, la hora de las comidas, las vacaciones de los estudiantes, el horario continuo en los coles), nadie ha planteado la reforma más radical de todas: el cambio de calendario. Está muy mal montado este calendario que llamamos “gregoriano” y que el cristianismo ha terminado por imponer en todo el mundo. El calendario debería tener sus inicios ahora, cuando el verano se acaba y el otoño comienza. ¿Cuántas veces no habéis dicho hacia el mes de noviembre “el año pasado, cuando le ganamos al Madrid”, refiriéndoos a la Liga pasada, ocurrida antes del verano del mismo año en curso? ¡Tantas cosas se inician en septiembre! El curso escolar, el ciclo biológico de muchas plantas y animales, las nuevas temporadas de las series (ese icono contemporáneo que acabará por convertirse en una nueva religión, si no lo es ya) o la Liga de fútbol. Bueno, esta última no, porque ahora se avanza su inicio a finales de agosto, no vaya a ser que la población deje de tener fútbol durante más tiempo del debido y se atonte, dejen de votar como Dios manda, y les dé por ejercitar peligrosas actividades como la lectura. El resto de deportes de equipo, en cambio, sí comienzan sus ligas con el inicio del otoño. Es lo que tiene no deberse a los deseos de las plataformas televisivas españolas o chinas, pues me dicen que incluso ya hay partidos los sábados por la mañana para que los chinos puedan ver el fútbol español a una hora decente. Debe ser que al gigante chino tampoco le interesa que su gente lea mucho y es mejor tenerlos pegados a la pantalla con la Liga española. ¡Un sábado por la mañana! Si en mi época a esa hora sólo jugaban mis amigos en los equipos juveniles y los equipos de barrio en campos de tierra mal apisonada, con las líneas de juego marcadas con una cal que les hacía tropezar y todo.

Y es que los historiadores creemos, y vendemos en nuestras aulas, que la Revolución Francesa cambió la historia de la humanidad para siempre, pero es una gran mentira. Sólo cambió las piezas del poder y los nombres de sus elementos. Durante los primeros años, sí que intentaron, con su espíritu enciclopedista, ilustrado, masón y deísta, cambiar el mundo y la humanidad, pero se dedicaron a cortar cabezas y la gente se asustó. Entre los cambios “revolucionarios” que acometieron estuvo el del calendario. El calendario republicano se impuso en la Francia revolucionaria en octubre de 1793, pero retrotraía el inicio de la nueva Era al 22 de septiembre de 1792. Mataban así dos pájaros de un tiro: era el inicio de la Primera República Francesa por decisión de la Convención, que destituyó al rey Luis XVI, y el del equinoccio de otoño en el hemisferio Norte. Fue ideado por el matemático Charles-Gilbert Romme, un masón de Auvernia que acabó sus días víctima de Robespierre, como tantos otros, aunque se suicidó en 1795 antes de que hicieran rodar su cabeza. Además de varios astrónomos se asesoró del poeta Fabre d’Églantine, otra víctima de Robespierre, éste sí guillotinado en 1794, que puso los nombres a los nuevos meses.

Duró poco el calendario, pues aquel traidor a la Revolución que fue Napoleón, decidió suprimirlo a finales de 1805, ya que estorbaba en sus ansias por convertirse en Emperador. Lo de siempre, todas las revoluciones acaban con “el listo de turno” que pretende sublimar los logros ideológicos de ella en beneficio propio. ¡Oh, Q, qué presente estás en todo momento!

Racionalizaron y descristianizaron el calendario. Ahora tendría doce meses de treinta días (nada de eso de contarse los nudillos para saber si el mes tiene treinta o treinta y un días, o si es bisiesto y toca añadir uno al pobre y esquilmado febrero) y cada mes tres semanas (llamadas décadas) de diez días, desapareciendo las semanas. Los cinco días, o seis si es bisiesto, que faltaban para completar el año solar, se declaraban festivos.

¡Qué maravilloso sería recuperar ese calendario republicano francés! Aquel sí que reflejaba el devenir del mundo, del ciclo de la vida, de nuestros ritmos biológicos, laborales, deportivos o televisivos. ¡Y sería tan poético recuperar aquellos nombres que el poeta Fabre d’Églantine ideó para los nuevos meses, todos relacionadas con el ciclo meteorológico y de las cosechas! Quizá el cambio climático nos impediría reconocer algunos nombres como propios de nuestra maltrecha climatología, pero quizá también podría ser un homenaje a aquellos tiempos en los que nevaba en diciembre y sólo hacía viento en marzo. Y tenían sentido aquellos refranes como aquel que decía “en septiembre, el que tenga trigo que siembre”. Podríamos enseñar a nuestros alumnos como era la vida agrícola antes y como se desarrollaba el clima sin los desajustes que odiamos los alérgicos: todo comenzaría con la vendimia (Vendimiario), seguiría el tiempo de las brumas de mediados de octubre y las escarchas de finales de noviembre (Brumario y Frimario); así pasaríamos al frío invierno, con sus nieves, sus lluvias y sus vientos (Nivoso, Pluvial y Ventoso), que se continuaría con la primavera, llena de germinaciones, flores y verdes prados (Germinal, Floreal y Pradial) y acabaría el nuevo año con otros tres meses de cosechas estivales, calores y nuevos frutos cuasi otoñales (Mesidor, Termidor y Fructidor). Como nos faltarían cinco o seis días, nosotros también podríamos copiar aquellas fiestas dedicadas por los masones revolucionarios, ilustrados enciclopedistas y republicanos liberales a la Virtud, el Talento, el Trabajo, la Opinión, las Recompensas y la Revolución. Así cada año podríamos premiar en esos días a quienes se hubieran significado más en aquellas facetas de la vida. Ya sería el summun si lográramos transformar el santoral católico en los apelativos que aquellos locos ilustrados franceses pusieron a cada uno de los días con nombres de plantas, animales, rocas y aperos de labranza.

Era, como reza el título de la excelente obra de Philip Blom, Gente peligrosa. No aquella revolución que Robespierre y Napoleón traicionaron bajo las ideas de Rousseau o Voltaire, sino la que patrocinaban los radicales Diderot y el barón d’Holbach, personaje casi olvidado al que está dedicada la citada obra. La descripción de Philip Blom de cómo le costó encontrar la vieja mansión del barón en París es paradigmática. Dice que cuando estaba preparando la obra descubrió que debió encontrarse cerca de la iglesia de Sainte-Roch, por lo que se entrevistó con el viejo párroco que al oír el nombre del barón d’Holbach, le despidió con un lacónico “Au revoir, Monsieur”. Más tarde descubrió que el ateo barón, nada de medias tintas deístas, estaba enterrado en la misma iglesia de Sainte-Roch, junto a Diderot en una anónima tumba. Volvió a la parroquia, pero el viejo sacerdote ya se había jubilado. Ocupaba su puesto un joven algo más comunicativo que le aseguró que Diderot estaba en aquella cripta común junto con otros personajes de la Revolución como André La Nôtre o Pierre Corneille. Philip Blom le dijo que también estaría el barón d’Holbach, pero entonces el dicharachero joven párroco le despachó con un “de eso no estoy muy seguro”. Era gente peligrosa y, parece, que aún lo son.

Como lo fue Jean Meslier, sacerdote católico y filósofo ilustrado que ejerció a finales del XVII como párroco en Étrépigny y de Balaives (Ardenas). En su obra póstuma, “Memoria de los pensamientos y opiniones de Jean Meslier”, rebate la existencia de Dios, critica la Iglesia católica, a Jesús, a la aristocracia y a la monarquía, y denuncia la injusticia social, la moral cristiana basada en el dolor y se convierte en uno de los primeros antecedentes del comunitarismo anarquista. Voltaire publicó su obra en 1762, pero suavizó su radical ateísmo. Gente peligrosa, como decíamos. Tanto que en España la obra no se tradujo hasta, ¡pásmense!, el año 2010. Los ateos bolcheviques rusos lo incluyeron en su monumento a  los pensadores socialistas, en el jardín Alexandrovski de Moscú, el primero en erigirse en la capital del socialismo tras el triunfo de la Revolución. En mayo de 2013, el gobierno de Putin levantó junto a él un monumento al patriarca Hermógenes y retiró el obelisco a los pensadores socialistas “para su restauración”. Debió ser que los nuevos jerarcas de la Iglesia Ortodoxa Rusa no se encuentran muy cómodos con la presencia junto a Hermógenes de ateos como Jean Meslier, pues aún no se ha repuesto en su lugar original el citado obelisco. Gente peligrosa, ya lo decíamos.

Pero no será así, con el final del verano no llegará un cambio en el calendario y tendremos que esperar al final de la Navidad, si el presidente en funciones Mariano Rajoy no se la acaba de liquidar con su empeño de celebrar allí las terceras elecciones. ¿Será Rajoy un ateo infiltrado como Jean Merlier y lo que desea con su ocurrencia es “matar la Navidad”?

Lo que sí llegará seguro la semana próxima es el final del verano. Para mí es un momento lleno de imágenes: maleta en el andén de la estación, largos días de vendimia, tardes que se acortan y se llenan de lecturas (algunas peligrosas, ciertamente), un nuevo curso que comienza, gente nueva a la que conoces y otra que reencuentras. Quieran o no los partidarios del Año Gregoriano, UN NUEVO AÑO COMIENZA.

Aquí, Día de la Fiesta del Talento del año CCXXIV de la República

Seguro que mi lectora Maku está esperando el final de este escrito para ver qué tema musical he elegido y se teme que como los “indies” españoles me haya apuntado a la moda de rescatar cantantes melódicos españoles y os ataque con una versión de “El final del verano” del rescatado por el Sonorama de Aranda de Duero Dúo Dinámico. Pero no será así, os sugiero esta historia algo triste (como el final de cada verano) que Green Day dedicaron a una pareja separada al final del verano por la Guerra de Irak.

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JUEGOS OLÍMPICOS: Ante la ética, la estética y la política

imagesAhora que se ha pasado la resaca patriotera de los Juegos de Río y ya está cerca la borrachera de un nuevo curso en el que se ha dado un nuevo bocado al estudio de la filosofía, apartándola un poco más de los planes de estudio, me entran ganas de unir ambas cosas a ver qué sale. Y es que fue el viejo pensador griego el que sentó las bases acerca de lo que en Occidente entendemos por ética, por estética y por política. Y es de Grecia, no lo olvidemos, de donde procede esta idea de juntar un grupo de atletas cada cuatro años para que diriman sus fuerzas. Durante estos días hemos visto ponerse en práctica en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro los conceptos aristotélicos de ética, estética y política. La ética, según Aristóteles, es la parte de la filosofía que estudia la moral y los comportamientos del hombre, mientras que la estética, es la ciencia de la belleza nacida del espíritu. La ética comprende las virtudes morales más importantes de los hombres: fortaleza, templanza, amistad, verdad, equidad y justicia, que se expresan en los comportamientos, ya que el deber de las virtudes es proponerse lo más noble como fin. La estética, que tiene por objeto el vasto imperio de lo bello, se manifiesta por las maneras, el estilo y las formas de actuar. La ética, dice Aristóteles, tiene como objetivo alcanzar el fin propio del hombre al que se dirigen todas las actividades humanas, es decir, la felicidad. Mientras que la ética se encarga de la felicidad de un individuo, la política trata de buscar la felicidad de un conjunto social; a su vez, al ser el hombre un ser sociable por naturaleza, la felicidad del individuo está indisolublemente unida a la felicidad del cuerpo social al que pertenece, por lo que Aristóteles concluye que la ética es, en realidad, una parte de la política y que debe estar supeditada a ella: la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo. No perdamos estas palabras de vista en lo que voy a contar, aunque parezcan un tanto fuera de lugar, pero no lo están.

Hemos visto durante los Juegos de Río infinidad de gestos y comportamientos que entremezclan los conceptos aristotélicos de ética, estética y política, mientras estos mismos gestos y comportamientos provocan en nosotros reacciones al respecto de esos tres conceptos.  Todos hemos oído hablar del espíritu olímpico como un comportamiento ético en el que se debe olvidar que el objetivo de los deportes es ganar, pero no a cualquier precio y que durante los juegos debía producirse una especie de tregua olímpica que dejara a un lado por unos días los enfrentamientos entre naciones, pueblos y civilizaciones, como se dice ahora. Un ejemplo que ilustra lo lejos que estamos de ese espíritu y dicha tregua fue el gesto del yudoca egipcio Islam El Shehaby que se negó a dar la mano a su oponente israelí, Or Sasson, después de perder el combate. ¿Lo hizo por su odio a Israel o por haber perdido ante un enemigo no sólo deportivo sino también político? ¿Se la hubiera dado si hubiera ganado? Tras conocerse la noticia, pude comprobar cómo se hacían eco de ella (la compartían, se dice ahora) algunos de mis amigos del Facebook aplaudiendo el gesto del yudoca egipcio, pues pertenecen a movimientos de defensa del pueblo palestino o, simplemente, apoyan su causa. Yo también estoy más cerca del pueblo palestino que del israelí en estos momentos, pero ¿fue ético o estético el comportamiento de Islam frente a su oponente no sólo deportivo sino también político? ¿Por qué nos parece bien? Recordad a Aristóteles, la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo.

Pero seguramente el comportamiento ético, estético y político con más eco en España ha sido el producido a consecuencia de la medalla de plata del vallista Orlando Ortega y los posteriores comentarios de Willy Toledo. No es un caso aislado el de Orlando Ortega y la nacionalización exprés de atletas del Tercer Mundo por parte de federaciones del mundo desarrollado o simplemente rico. Ya escribí un post en este mismo blog al respecto de la hipocresía que veía pulular por nuestros medios y nuestra sociedad en su conjunto respecto al trato de los inmigrantes según las glorias que eran capaces de producir para nuestro deporte y, digámoslo claro, nuestra patria. Cuentan, y me baso aquí en lo publicado por diversos medios cuya credibilidad sé que no es siempre mucha, que Orlando Ortega desertó de Cuba en 2013 y llegó a España con una mano delante y otra detrás. Vicente Revert, expresidente de la Federación Valenciana de Atletismo, adoptó a Orlando, le abrió las puertas del CAVA Ontinyent y le ayudó a conseguir los papeles. Me asalta una pregunta que es fundamental, independientemente del comportamiento de Orlando, de Willy y de los españoles que se emocionaron con la espléndida carrera del vallista, ¿y si Orlando hubiera sido un albañil cubano que llega a Ontinyent en busca de empleo? ¿qué hubieran dicho en esos bares del pueblo valenciano donde lloraron aquel día de la final ante la medalla de su ya paisano? ¿cuánto tarda un emigrante en lograr papeles legales en condiciones normales? No, no son preguntas demagógicas o populistas, como dicen ahora los medios mainstream, son preguntas, como dicen mis alumnos, para pensar. Recordemos de nuevo a Aristóteles, lo importante es la felicidad del cuerpo social, en roman paladino, lo importante son las glorias de la patria.

No deseo alargar el asunto de las nacionalizaciones que ya ha tenido mucho eco en la red estos días, únicamente hacer reflexionar a quien esto lea que las cosas no son tan sencillas como un simple tweet o comentario en un diario digital nos puede llevar a pensar. Por ejemplo, debemos cuidar extender nuestro análisis a todos los casos. Ignoro si Orlando Ortega se vino a España por necesidad como lo hacen tantos emigrantes, pero es cierto que en países como Kenia, Etiopía o Nigeria ha habido casos de atletas que han sido, y lo serán, perseguidos por sus creencias o su etnia. Un ejemplo lo hemos tenido en estos Juegos con el gesto del medallista de plata etíope en la maratón, Feyisa Lilesa, al que, después de más de cuarenta kilómetros de carrera bajo la fina lluvia de Río, aún le quedaron fuerzas para alzar los brazos y cruzarlos como si los llevara esposados, lo cual repitió más tarde en el pódium, en signo de protesta por la persecución de que es objeto la etnia oromo en su país, a la cual él pertenece. Él mismo manifestó inmediatamente que, seguramente, no podrá volver a su país. Ante este gesto estético, este comportamiento ético, esta reclamación política, habrá que impedir que Lilesa sufra persecución en su país y algún otro deberá acogerlo para que podamos seguir deleitándonos con sus carreras.

Otro gesto estético muy comentado estos días olímpicos ha sido la presencia, muy superior a otras ocasiones, de atletas femeninas musulmanas tocadas con el velo islámico e incluso con vestimentas que tapaban pudorosamente sus cuerpos frente a las exhibiciones de carne de las atletas occidentales. La foto de la egipcia Dooa Elhgobashy frente a la alemana Kira Walkenhorst en la competición de voleyplaya dio la vuelta al mundo. Este asunto sólo es un episodio más en la actual polémica que en Europa, y especialmente en Francia, se está reactivando por la utilización de determinada vestimenta por parte de las mujeres musulmanas, como el denominado burkini en las playas. Centenares, miles diría yo, de comentarios y argumentos se producen a diario sobre el asunto. La intromisión aquí de la política sobre la estética, con referencia a la ética, es aún si cabe más determinante. Y no debemos olvidarlo, pues los diferentes grupos sociales y políticos pretenden utilizar esta polémica para sacar provecho o para elevar la fuerza de sus argumentos. Así, he visto estos días como la prohibición en Francia del burkini ha sido criticada por los grupos feministas y de izquierda pues ésta va contra la libertad de las mujeres o se trata de un elemento más de islamofobia en esta cruzada que Occidente parece haber emprendido nuevamente contra el Islam a consecuencia de los atentados yihadistas. Y es difícil tomar postura ante una situación tan radicalizada. Por ello, el conocimiento de primera mano del asunto no viene mal. Dejar por unos instantes de mirar la realidad con los ojos de Occidente tampoco. ¿Es cualquier prohibición mala per se? ¿Verdaderamente estas mujeres musulmanas que van a los Juegos vestidas pudorosamente lo eligen así libremente? ¿Podrían hacerlo de otra manera? ¿Podría Dooa Elhgobashy aparecer vestida con un bikini de mínima expresión en un partido de voleyplaya y volver tranquilamente a Egipto? En cambio, ¿podría Kira Walkenhorst ponerse unas mallas, un maillot y un gorro para jugar su partido y volver a Alemania sin ser juzgada por un tribunal eclesiástico? ¿Por qué se ha extendido en estos Juegos de Río la utilización de dichas prendas entre las atletas musulmanas? ¿Por qué ha aplaudido el máximo ayatolá iraní Ali Jameneí la presencia de mujeres musulmanas ataviadas con el velo islámico? ¿Por qué organizaciones feministas y de izquierda aplauden la presencia de mujeres así vestidas en aras la libertad femenina, pero no se recuerda que en Irán aún las mujeres tienen prohibida su presencia en los estadios donde se celebran competiciones masculinas?

Pero claro, para una persona de pensamiento progresista, pongamos el caso de mí mismo, es muy difícil ponerse al lado de argumentos utilizados por la extrema derecha. En diversos comentarios he visto cómo se atacaba la utilización de estas prendas con manifestaciones absolutamente racistas y de odio a todo lo musulmán. Hoy mismo me acabo de desayunar con la propuesta del Frente Nacional francés de prohibir el velo en cualquier lugar público si ganan las elecciones presidenciales. Ahí es cuando entra en escena el no limitarse a leer comentarios banales en la red y profundizar algo más. Así, tengo que agradecer a internet que cayera casualmente en mis manos una entrevista a la feminista socialista y reconocida luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas. Me abrió mis ojos occidentales. Os lo aconsejo encarecidamente. Su título ya es impactante (“De velos “islámicos” y extremas derechas. El significado profundo del laicismo republicano y el cobarde eurocentrismo de las neoizquierdas culturalmente relativistas) y la profundidad del análisis de Marieme-Hélie también. Únicamente os dejo dos “perlas”. Lo que se vende como vestimenta tradicional musulmana es una falacia, pues es diferente en cada país, mientras que lo que se está extendiendo es el velo de tradición saudí, que es quien paga la campaña de extensión de la citada prenda. Y otra, esta vestimenta no es únicamente una prenda de sumisión de la mujer sino que además tiene un significado político: extender la visualización de lo musulmán en Occidente en el contexto del conflicto actual.

Pero quizá el gesto estético más repetido en los Juegos de Río, como en la mayoría de competiciones actuales, es la exhibición de la bandera por parte de los ganadores. No he podido averiguar desde cuando viene la costumbre, aunque creo que se inició en el atletismo allá por los años finales del siglo XX. Ahora ya es una tradición y una fuente de orgullo para los espectadores. ¡”Ha ganado uno de los nuestros”! Y se hincha el corazón de las masas ante tan patriótico gesto, aunque el portador de la enseña nacional no sepa hablar el idioma del país e incluso no lo haya pisado nunca como algunos de los atletas fichados por el emirato de Bahréin. He podido imaginar cómo de enardecidos se ponían los lectores de La Razón cuando este periódico comentó como el vallista Orlando Ortega rechazó una bandera cubana y se puso como loco a buscar una de España. ¡Ahora ya sí eres un español de verdad, Orlando! No por tu juramento de la Constitución sino porque la red mediática ultraespañola ha alabado tu gesto.

Todo español que se precie se ha dedicado estas dos semanas largas que han durado los Juegos a cultivar su sentimiento nacional (¿o nacionalista?). Incluso, diría más, también lo ha hecho cualquier buen catalán que se precie, como explicaré enseguida. Algunos, españoles de bien me refiero, llevan ese ardor nacional hasta producir gestos estéticos un tanto ridículos. No me refiero sólo a los espectadores que se ataviaban con el traje de luces o con la montera torera en los partidos de distintas disciplinas sino a la repetición de mensajes como el de “soy español, español, español”, cuya triple repetición nos recuerda a algunos otras que se producían en tiempos pasados en España. O esa otra aún más patética de “soy español, a qué quieres que te gane”, que se escuchaba a algún comentarista deportivo el día que ganábamos dos medallas seguidas. ¡Hombre, tampoco es para tanto! Sólo hemos logrado diecisiete medallas, una menos que Nueva Zelanda y dos menos que los Países Bajos, cuyos países tienen cuatro y dieciséis millones de habitantes. Pero, en fin, el español es asín (que dice Reverte y los suyos de la RAE, que ya se puede decir). Un día dice que esto es un desastre, que llevamos una semana de competición y sólo tres medallas, y, después, gana dos seguidas y ya sale con la frasecita.

Y después llega la decepción. Cuando te enteras de quien es el español que ha ganado tu medalla. Las redes se hicieron rápidamente eco de las declaraciones de la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, que, a través de su cuenta de twitter, aseguró que “el PP es el partido del sacrificio, de la lucha, del trabajo y esos son los valores del atletismo”, a propósito de la saltadora Ruth Beitia, medalla de oro en Río y diputada regional en Cantabria por el PP. Muchos de los que habían aplaudido el triunfo de Ruth, dieron marcha atrás al enterarse de la adscripción política de la atleta y comenzaron a criticarla, pues “tampoco era para tanto”, su marca, decían algunos comentarios, no hubiera servido para lograr medalla desde los Juegos de Moscú’80. De heroína a villana. Pero es que la gente lee poco y está poco informada. Si lo hiciera, sabría que una buena parte de las y los atletas españoles han manifestado, cuando no ejercido directamente, su pertenencia al PP: Jesús García Bragado, Antonio Peñalver, Sandra Myers, Abel Antón, Daniel Plaza, Carlota Castrejana, Manolo Martínez, Marta Domínguez, Niurka Montalvo. Se acaba entonces el ardor guerrero patrio y ya no nos caen tan bien los  vencedores.

Un caso similar ocurre con el simpatizante español y conservador, de derechas que se decía toda la vida. En Río también se lio una buena por la baja puntuación que recibieron las nadadoras de sincronizada Gema Mengual y Ona Carbonell. Las nadadoras acusaron a los jueces de parcialidad, atendiendo a “cuestiones políticas”, que nunca aclararon. Pero el honor patrio estaba siendo mancillado y sus defensores, vía comentario de noticia en Marca, salieron en defensa de las maltratadas nadadoras. Ya se sabe, el mundo está contra España y nos odian por nuestra fortaleza sin par. Todo hasta que conocieron unas viejas declaraciones de Ona Carbonell en las que decía que en el caso de tener que elegir entre competir con la selección española o con la de una Cataluña independiente, lo haría con la catalana. Se acabó el buen rollo. Ahora los comentarios se volvían contra ella: “pues no vengas a competir con España, pues devuelve el dinero de la beca, pues ya veremos cuántas medallas ganas con Cataluña…”. Todo muy visceral, pero poco ético y nada estético. Recordemos, es cuestión de política. Ona quizá compita con España porque no puede hacerlo con Cataluña, quizá el dinero de la beca que recibe venga en parte de los impuestos que pagan los catalanes y quizá tampoco le iría tan mal con Cataluña a tenor que cómo se encuentra la natación catalana y la del resto de España. Y no es el único caso, pues son conocidas las posturas del jugador de hockey Alex Fábregas y la campeona de España de ciclismo Anna Ramirez, u otros que directamente han apoyado el proceso separatista, como la tenista Laura Pous, la nadadora Claudia Dasca, la gimnasta Melodie Pulgarín, el futbolista Jofre Mateu, el ex jugador de balonmano Enric Massip, el técnico de baloncesto Salva Maldonado, el entrenador del Sabadell de waterpolo Nani Guiu o el triple campeón del mundo de carreras de montaña, Kilian Jornet. Algunos han ido más lejos, como la jugadora de baloncesto Helena Boada, que decidió nacionalizarse eslovena (es pareja del jugador local, Lakovic) y jugar con ese país “ya que no me dejan hacerlo con la selección que me gustaría, la catalana”. ¿Ya no son “de los nuestros” por tanto y repudiamos sus éxitos?

Pero la ética, la estética y la política se reparten en todos los lugares por igual. Y sino recordemos otra polémica de estos Juegos, suscitada por TV3 al asignar en un gráfico el diploma olímpico de ciclismo en ruta a Joaquim Rodríguez a Cataluña. Era la victoria de “uno de los nuestros”, debió pensar el redactor de la noticia, sin preguntarle al corredor cuál era su opinión sobre el asunto. Numerosos medios catalanes se apresuraron, a la clausura de los Juegos de Río, a echar cuentas. ¿Cuántas medallas hubiera conseguido Cataluña si tuviera Comité Olímpico propio? Los más optimistas las elevaban a ocho de las diecisiete totales (aunque algunas se lograran en parejas “mixtas”, Nadal-Marc López o Saúl Craviotto-Cristian Toro, o en conjuntos –el baloncesto masculino y femenino-). Qué harían en caso de independencia cada uno de estos deportistas es lo de menos, lo importante es “el conjunto social” feliz y satisfecho, que decía Aristóteles.

Porque las competiciones deportivas son en el mundo actual una palmaria manifestación del sentimiento nacional. Si es “uno de los nuestros” estamos con él a muerte. Haga lo que haga, tenga el comportamiento ético que tenga (como intentar pagar menos impuestos como el abanderado Nadal que radicó entre 2006 y 2012 sus ingresos deportivos en Guipúzcoa para beneficiarse del régimen especial del País Vasco) o el estético (como el de tocarse “literalmente” los huevos que hizo el ciclista Carlos Coloma al conseguir la medalla de bronce). Pero, repito, si es de “los nuestros” te tiene que caer bien.

Yo tengo que confesaros que, con frecuencia, me cuesta comulgar con ese ardor patrio y no en pocas ocasiones me pongo de parte del “enemigo”. Ahora todo el mundo conoce a la jugadora de bádminton Carolina Marín y se idolatra su figura. Todo son loas a sus gestas. Evidentemente la chica tiene mérito. Haber conseguido ser campeona mundial, europea y ahora olímpica en un deporte que practican en España algo más de 7.000 federados, frente a los cientos de miles de Malasia o Dinamarca (por no hablar de los cien millones de chinos), tiene un mérito enorme. Ahora bien, ello no quita que la chica me parezca un poco repelente. Ya la había visto en numerosas ocasiones comportarse con sus gritos en la pista como Sharapova y utilizar diferentes “truquillos” para sacar de quicio a sus oponentes. Claro, si es española diremos que es parte de la estrategia de juego, pero si es japonés, como Nishikori cuando se ausentó diez minutos en el partido por el bronce con Nadal, diremos que es un ventajista y poco cumplidor del espíritu olímpico. Incluso estuvo un poco desagradable con su entrenador (le pedía un poco de espacio con un gesto poco amistoso) mientras éste le daba una charla motivadora que se ha hecho viral, tras perder el primer set.

En la final entre Carolina Marín y la india Pusarla Sindhu reconozco que acabé decantándome por el “enemigo”. No sé si fueron las continuas paralizaciones del juego de Carolina (para cambiar el volante cada dos por tres, para secarse el sudor, para beber agua, para secar la pista…), que exasperaban a Pusarla, la cual se quejaba infructuosamente a la juez, sus gritos estentóreos de ánimo o el hecho de que la India no llevaba aún ninguna medalla, pero algo en la estética y en la ética de la india me llevaron a olvidarme de la política y mi “conjunto social”.

En resumen, el deporte (como la vida) necesita cada vez más de ética y de estética y menos de política, aunque en España vamos por el buen camino pues nos encaminamos a nuestro primer año sin gobierno oficial. Y aun así baja el paro, sube el PIB y ganamos más medallas que nunca (a excepción de aquel 92 de grato recuerdo, personal en este caso que no nacional, me refiero).

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