BREVE HISTORIA DE UN PAÍS EXTRAÑO: O de quién es el tonto aquí

jester-hat-clipart-best-uhm887-clipartÉrase una vez un país en el que vivía un señor muy tonto. Era tan tonto que era el centro de todos los chascarrillos de los que se creían muy listos en ese país. Todos se reían de él y de sus ocurrencias. Pero él sabía que nada tenía de tonto. Lo que tenía era mucha paciencia y mucho aguante.

En aquel país era raro que no hubiera un día en que una radio, una televisión o un diario digital no se hiciera eco de alguna de sus meteduras de pata. Éstas eran celebradas en bares con terraza y en cafeterías de centros de trabajo. Siempre había un listo que las refería y hacía mofa ante una concurrencia fiel y dispuesta a reír la gracia. En ocasiones, la tontería de aquel señor tan tonto provocaba que la tertulia se convirtiera en un aluvión de comentarios a cual más ocurrente sobre ella. Era como una cascada para ver quién era el que glosaba con más gracia la tontería. De una se pasaba a otra, se recordaba la del día anterior, se rebuscaba en el archivo de whatsapp para enseñar el último chiste que se había enviado a propósito de la frase mal construida, el gesto gracioso o la supuesta ocurrencia del señor más tonto de aquel país.

La ingente cantidad de meteduras de pata habían dado lugar a la creación de tiras cómicas en su honor, a series de cortos en youtube, a su inclusión en todo tipo de sketchs televisivos. No era extraño encontrarlo como un personaje de ficción en alguna de las banales comedias cinematográficas con monologista de protagonista que tan de moda se estaban poniendo en aquel país.

Todo en él era origen de risas y chanzas. Sus frases mal construidas, sus intentos por parecer culto e inteligente, su dicción, sus gestos al hablar, su forma de caminar y hacer deporte y hasta sus contestaciones públicas o privadas en correos electrónicos filtrados por la prensa para mayor chanza de la concurrencia.

Él asistía a todo ello con total impasividad. Nunca se le escuchó criticar a quienes hacían guasas con sus cosas. Nunca interpuso una querella contra el honor ni nada parecido. En público se mantenía incólume ante tanta gracieta con su persona. En privado, sonreía las más de las veces con las lindezas de sus críticos. Cuando escuchaba alguna de ellas, una levísima sonrisa se dibujaba en su rostro y una cara de sibilina maldad se le esbozaba. Sólo él sabía lo que pensaba en aquel momento.

Sus amistades más cercanas se podían dividir en dos categorías. Aquellas que se lo tomaban a mal y montaban en cólera cada vez que su líder era objeto de guasas y aquellas que hacían como él: sonreían malévolamente. Sí, su líder porque él era el líder. Pero no el líder de una panda de amiguetes que se reunían para ver el fútbol o ir de tardeo. No, era el LÍDER SUPREMO. Él dirigía aquel país tan extraño desde su aparente estulticia.

Cómo lo había logrado era ahora, cuando ya parecía tal lejano el momento de su encumbramiento, un misterio insondable en aquel curioso país. Incluso se habían intentado redactar un par de tesis en la Facultad de Sociología sobre el fenómeno, pero sus impulsores habían abandonado el proyecto ante la falta de elementos de juicio para elaborar unas conclusiones creíbles. Habían iniciado toda una batería de encuestas pergeñadas con las reglas mejor testeadas en las facultades de mayor prestigio a nivel mundial. Los resultados de dichas encuestas, una vez baremados los resultados bajo criterios de la mayor fiabilidad según dichas facultades, eran sorprendentes. Los encuestados eran más tontos que el tonto del líder. No podía ser. Algo fallaba en el proceso. Los doctorandos intentaban repetir la encuesta y su baremación, con diversos factores correctores, pero los resultados no variaban. De hecho eran incongruentes, pues todos decían que les parecía un líder muy tonto, pero mucho. Que ellos también se reían con sus meteduras de pata y sus frases sin sentido, y que, naturalmente, no les gustaba como líder de su país. Entonces, ¿por qué lo elegían como su líder? En este momento del estudio sociológico los doctorandos decidían abandonar. El director de tesis no se creía las conclusiones iniciales que le presentaba su tutorando: que la gente era más tonta que su líder. No era posible que hubiera tanto tonto suelto en aquel país. El director le conminaba a iniciar el estudio desde el principio, analizar los factores externos, los fenómenos transaccionales, la estructura sociométrica del proceso y no sé cuantas más variables binarias. El doctorando se rendía y decidía enviar currículums al Mercadona y a Decathlon.

Era un fenómeno inexplicable el de aquel país liderado por alguien de quien todo el mundo hacía burla. ¿O quizá no?

Todo comenzó cuando el anterior líder del grupo de los Láridos decidió decir “ahí os quedáis, me voy a dedicar a la buena vida y a daros la lata de cuando en cuando como os desmandéis”. Había sido un líder carismático, al que sus huestes femeninas le habían llegado a gritar “guapo” en alguno de sus multitudinarios mítines. Aquello había sido el súmmum para una persona a la que las chicas ni miraban de joven y de la que sus compañeros hacían burla, especialmente desde que de adolescente se dejó un bigote anticuado e irrisorio. Pero es que aquel país era un país extraño. Se decía que Murakami quería venir a visitarlo para convertirlo en escenario de una nueva novela, pues sin duda rebasaba en rareza a aquellos que él había inventado con dos lunas o con señores sin sombra.

Cuando aquel líder carismático dejó su cargo, se estuvo pensando mucho tiempo a quién elegir como sucesor. Se barajaron varios nombres. Finalmente quedaron dos. Uno era un señor un rato listo, tenía varias carreras, sabía unas cuantas lenguas extranjeras, era referente a nivel mundial en algunos quehaceres, especialmente referidos a las cuentas del país. El otro era nuestro tonto líder. El primero no paró de salir en los medios explicando lo que le gustaría servir a su país y ser su líder, pues se sentía preparado para ello. El segundo comenzó a utilizar una táctica que todo el mundo pensó entonces que era suicida. Hablar poco y cuando lo hacía decir alguna tontería, una obviedad o un sinsentido.

Cuando el líder carismático dimisionario eligió a aquel candidato que parecía un tonto apático y poco capacitado para dirigir un país, todo el mundo pensó que era un error. Incluso los miembros de las huestes de los Láridos comenzaron a hacer gracietas con el nuevo líder. Las mañanas en la radio se llenaron de tertulianos riendo sus tonterías y convirtiendo los estudios de las emisoras en lugares que más bien parecían cantinas de barrio. Incluso se podía escuchar si estabas atento como abrían latas de cerveza o encendían cigarrillos.

No fue su culpa que a la primera no pudiera suceder a su líder carismático, fue culpa del destino. Del destino y de, quizá, que el grupo opositor había encontrado otro que tal. Aquel no parecían tan tonto, pero también tenía ciertas ocurrencias que pasaron más tarde a los anales históricos del país. En realidad los Magnolios, que así se les llamaba, había elegido a este líder porque pasaba por allí. En una de las trifulcas internas a que tan aficionados eran los “magnolios”, habían acabado nombrando a una especie de chico bueno, de sonrisa bonachona y cara de no haber roto un plato jamás. Todo vino motivado también por la difícil sucesión del que había sido su superlíder, un señor que era tan adorado en las filas de los “magnolios” como los viejos santones. De hecho ahora parecía un viejo santón que, cuando se enfadaba, montaba en cólera y lanzaba sus rayos destructores en forma de declaraciones incendiarias contra sus propios correligionarios.

Pero nuestro líder, él que parecía tan tonto, se armó de paciencia. Resistió los ataques provenientes de sus propios supuestos amigos, de los tertulianos más acerados, de los que cada día publicaban sus gracias y decían que un hombre así no podía ser líder de un país como aquel. ¡Vaya si podía! Tuvo que esperar varios años, pero cuando fue elegido lo fue con la aquiescencia de la mayoría de aquel país. La mayoría de aquellos que se reían de sus ocurrencias, de sus gestos, de su torpe caminar.

Mucha gente se lo seguía sin explicar. Había teorías para todos los gustos. Unos decían que los sociólogos que habían iniciado aquellos estudios estaban en lo cierto y que las encuestas, por una vez, tenían razón: el país estaba lleno de tontos más tontos que el propio líder. Otros pensaban en teorías conspiratorias. Que tras la figura de aquel líder que parecía tan mentecato había un lobby económico que manejaba los hilos de sus decisiones e incluso de sus ocurrencias. Que todo estaba pensado y muy bien pensado: crear una especie de clown del que todos se reían para poder llevar a cabo decisiones que el país no hubiera soportado de otra manera. Había quien se ponía en plan trascendental y decía que era un castigo divino por las faltas cometidas en el país desde tiempos que la memoria ya había casi olvidado.

El caso es que todo el mundo hablaba mal de él, pero aquí estábamos, ante una nueva elección del líder. Había podido, de nuevo, con todos. Y había utilizado su táctica de siempre: la paciencia. No sabemos si Paulo Coelho dijo alguna vez esta frase, pero bien podía ser suya: “la paciencia oculta el rostro del más memo para convertirlo en el más perspicaz”. Sus oponentes habían dicho que “ya no”, que no le volverían a querer como líder y que si de ellos dependiera no sería nunca más el líder. Él no dijo nada, esperó. Esperó a que unos cambiaran de opinión viendo que no había otra opción y a que otros, los “magnolios” se despellejaran vivos otra vez para aceptarle. “Pero le controlaremos y no le dejaremos respirar”, decían. Él escuchaba esas palabras y sonreía. Con esa sonrisa entre picarona y bobalicona, que quería decir, “ya, eso os creíes; pero que tontos sois”. O como decía aquel grupo de los ochenta, “pero que público más tonto tengo”:

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FINAL DEL VERANO: Un nuevo año comienza, quiera o no el Papa Gregorio

summer-is-over-280x210Faltan cuatro días, como aquel que dice, o justamente esos, para el final de un nuevo verano. Ya huele a él. Ya se puso el cielo de ese color azul intenso que recuerda la vendimia en mi pueblo. Hay nubes como algodón que ensucian ese azul. Aquí apenas si crecen. Allí lo hacían desde el mediodía y, de cuando en cuando, se convertían en tormenta vespertina de septiembre. Debe oler allí a pueblo que se vacía. En la plaza apenas si debe quedar gente que se reúna en las matinales de los días de diario. Hoy es domingo y, quizá, haya más gente que de costumbre. Pero ya olerá a despedida, a pueblo que se vacía. De cuando en cuando algún joven se verá atravesar la plaza con la bolsa al hombro camino de la estación. Quizá salude, sin acercarse, a ese otro joven que lee el periódico sentado, solitario, en la piedra que circunda la iglesia parroquial. Es posible, incluso, que otro rezagado aparezca más tarde que pronto y se acerque a saludar. “El verano se acaba”, dirá. “Sí”, contestará lacónico el otro, mientras busca otra excusa para iniciar una conversación que no le aleje definitivamente.

Ahora que tantas reformas de las costumbres hispanas se proponen para igualarnos a Europa (el cambio horario, la hora de las comidas, las vacaciones de los estudiantes, el horario continuo en los coles), nadie ha planteado la reforma más radical de todas: el cambio de calendario. Está muy mal montado este calendario que llamamos “gregoriano” y que el cristianismo ha terminado por imponer en todo el mundo. El calendario debería tener sus inicios ahora, cuando el verano se acaba y el otoño comienza. ¿Cuántas veces no habéis dicho hacia el mes de noviembre “el año pasado, cuando le ganamos al Madrid”, refiriéndoos a la Liga pasada, ocurrida antes del verano del mismo año en curso? ¡Tantas cosas se inician en septiembre! El curso escolar, el ciclo biológico de muchas plantas y animales, las nuevas temporadas de las series (ese icono contemporáneo que acabará por convertirse en una nueva religión, si no lo es ya) o la Liga de fútbol. Bueno, esta última no, porque ahora se avanza su inicio a finales de agosto, no vaya a ser que la población deje de tener fútbol durante más tiempo del debido y se atonte, dejen de votar como Dios manda, y les dé por ejercitar peligrosas actividades como la lectura. El resto de deportes de equipo, en cambio, sí comienzan sus ligas con el inicio del otoño. Es lo que tiene no deberse a los deseos de las plataformas televisivas españolas o chinas, pues me dicen que incluso ya hay partidos los sábados por la mañana para que los chinos puedan ver el fútbol español a una hora decente. Debe ser que al gigante chino tampoco le interesa que su gente lea mucho y es mejor tenerlos pegados a la pantalla con la Liga española. ¡Un sábado por la mañana! Si en mi época a esa hora sólo jugaban mis amigos en los equipos juveniles y los equipos de barrio en campos de tierra mal apisonada, con las líneas de juego marcadas con una cal que les hacía tropezar y todo.

Y es que los historiadores creemos, y vendemos en nuestras aulas, que la Revolución Francesa cambió la historia de la humanidad para siempre, pero es una gran mentira. Sólo cambió las piezas del poder y los nombres de sus elementos. Durante los primeros años, sí que intentaron, con su espíritu enciclopedista, ilustrado, masón y deísta, cambiar el mundo y la humanidad, pero se dedicaron a cortar cabezas y la gente se asustó. Entre los cambios “revolucionarios” que acometieron estuvo el del calendario. El calendario republicano se impuso en la Francia revolucionaria en octubre de 1793, pero retrotraía el inicio de la nueva Era al 22 de septiembre de 1792. Mataban así dos pájaros de un tiro: era el inicio de la Primera República Francesa por decisión de la Convención, que destituyó al rey Luis XVI, y el del equinoccio de otoño en el hemisferio Norte. Fue ideado por el matemático Charles-Gilbert Romme, un masón de Auvernia que acabó sus días víctima de Robespierre, como tantos otros, aunque se suicidó en 1795 antes de que hicieran rodar su cabeza. Además de varios astrónomos se asesoró del poeta Fabre d’Églantine, otra víctima de Robespierre, éste sí guillotinado en 1794, que puso los nombres a los nuevos meses.

Duró poco el calendario, pues aquel traidor a la Revolución que fue Napoleón, decidió suprimirlo a finales de 1805, ya que estorbaba en sus ansias por convertirse en Emperador. Lo de siempre, todas las revoluciones acaban con “el listo de turno” que pretende sublimar los logros ideológicos de ella en beneficio propio. ¡Oh, Q, qué presente estás en todo momento!

Racionalizaron y descristianizaron el calendario. Ahora tendría doce meses de treinta días (nada de eso de contarse los nudillos para saber si el mes tiene treinta o treinta y un días, o si es bisiesto y toca añadir uno al pobre y esquilmado febrero) y cada mes tres semanas (llamadas décadas) de diez días, desapareciendo las semanas. Los cinco días, o seis si es bisiesto, que faltaban para completar el año solar, se declaraban festivos.

¡Qué maravilloso sería recuperar ese calendario republicano francés! Aquel sí que reflejaba el devenir del mundo, del ciclo de la vida, de nuestros ritmos biológicos, laborales, deportivos o televisivos. ¡Y sería tan poético recuperar aquellos nombres que el poeta Fabre d’Églantine ideó para los nuevos meses, todos relacionadas con el ciclo meteorológico y de las cosechas! Quizá el cambio climático nos impediría reconocer algunos nombres como propios de nuestra maltrecha climatología, pero quizá también podría ser un homenaje a aquellos tiempos en los que nevaba en diciembre y sólo hacía viento en marzo. Y tenían sentido aquellos refranes como aquel que decía “en septiembre, el que tenga trigo que siembre”. Podríamos enseñar a nuestros alumnos como era la vida agrícola antes y como se desarrollaba el clima sin los desajustes que odiamos los alérgicos: todo comenzaría con la vendimia (Vendimiario), seguiría el tiempo de las brumas de mediados de octubre y las escarchas de finales de noviembre (Brumario y Frimario); así pasaríamos al frío invierno, con sus nieves, sus lluvias y sus vientos (Nivoso, Pluvial y Ventoso), que se continuaría con la primavera, llena de germinaciones, flores y verdes prados (Germinal, Floreal y Pradial) y acabaría el nuevo año con otros tres meses de cosechas estivales, calores y nuevos frutos cuasi otoñales (Mesidor, Termidor y Fructidor). Como nos faltarían cinco o seis días, nosotros también podríamos copiar aquellas fiestas dedicadas por los masones revolucionarios, ilustrados enciclopedistas y republicanos liberales a la Virtud, el Talento, el Trabajo, la Opinión, las Recompensas y la Revolución. Así cada año podríamos premiar en esos días a quienes se hubieran significado más en aquellas facetas de la vida. Ya sería el summun si lográramos transformar el santoral católico en los apelativos que aquellos locos ilustrados franceses pusieron a cada uno de los días con nombres de plantas, animales, rocas y aperos de labranza.

Era, como reza el título de la excelente obra de Philip Blom, Gente peligrosa. No aquella revolución que Robespierre y Napoleón traicionaron bajo las ideas de Rousseau o Voltaire, sino la que patrocinaban los radicales Diderot y el barón d’Holbach, personaje casi olvidado al que está dedicada la citada obra. La descripción de Philip Blom de cómo le costó encontrar la vieja mansión del barón en París es paradigmática. Dice que cuando estaba preparando la obra descubrió que debió encontrarse cerca de la iglesia de Sainte-Roch, por lo que se entrevistó con el viejo párroco que al oír el nombre del barón d’Holbach, le despidió con un lacónico “Au revoir, Monsieur”. Más tarde descubrió que el ateo barón, nada de medias tintas deístas, estaba enterrado en la misma iglesia de Sainte-Roch, junto a Diderot en una anónima tumba. Volvió a la parroquia, pero el viejo sacerdote ya se había jubilado. Ocupaba su puesto un joven algo más comunicativo que le aseguró que Diderot estaba en aquella cripta común junto con otros personajes de la Revolución como André La Nôtre o Pierre Corneille. Philip Blom le dijo que también estaría el barón d’Holbach, pero entonces el dicharachero joven párroco le despachó con un “de eso no estoy muy seguro”. Era gente peligrosa y, parece, que aún lo son.

Como lo fue Jean Meslier, sacerdote católico y filósofo ilustrado que ejerció a finales del XVII como párroco en Étrépigny y de Balaives (Ardenas). En su obra póstuma, “Memoria de los pensamientos y opiniones de Jean Meslier”, rebate la existencia de Dios, critica la Iglesia católica, a Jesús, a la aristocracia y a la monarquía, y denuncia la injusticia social, la moral cristiana basada en el dolor y se convierte en uno de los primeros antecedentes del comunitarismo anarquista. Voltaire publicó su obra en 1762, pero suavizó su radical ateísmo. Gente peligrosa, como decíamos. Tanto que en España la obra no se tradujo hasta, ¡pásmense!, el año 2010. Los ateos bolcheviques rusos lo incluyeron en su monumento a  los pensadores socialistas, en el jardín Alexandrovski de Moscú, el primero en erigirse en la capital del socialismo tras el triunfo de la Revolución. En mayo de 2013, el gobierno de Putin levantó junto a él un monumento al patriarca Hermógenes y retiró el obelisco a los pensadores socialistas “para su restauración”. Debió ser que los nuevos jerarcas de la Iglesia Ortodoxa Rusa no se encuentran muy cómodos con la presencia junto a Hermógenes de ateos como Jean Meslier, pues aún no se ha repuesto en su lugar original el citado obelisco. Gente peligrosa, ya lo decíamos.

Pero no será así, con el final del verano no llegará un cambio en el calendario y tendremos que esperar al final de la Navidad, si el presidente en funciones Mariano Rajoy no se la acaba de liquidar con su empeño de celebrar allí las terceras elecciones. ¿Será Rajoy un ateo infiltrado como Jean Merlier y lo que desea con su ocurrencia es “matar la Navidad”?

Lo que sí llegará seguro la semana próxima es el final del verano. Para mí es un momento lleno de imágenes: maleta en el andén de la estación, largos días de vendimia, tardes que se acortan y se llenan de lecturas (algunas peligrosas, ciertamente), un nuevo curso que comienza, gente nueva a la que conoces y otra que reencuentras. Quieran o no los partidarios del Año Gregoriano, UN NUEVO AÑO COMIENZA.

Aquí, Día de la Fiesta del Talento del año CCXXIV de la República

Seguro que mi lectora Maku está esperando el final de este escrito para ver qué tema musical he elegido y se teme que como los “indies” españoles me haya apuntado a la moda de rescatar cantantes melódicos españoles y os ataque con una versión de “El final del verano” del rescatado por el Sonorama de Aranda de Duero Dúo Dinámico. Pero no será así, os sugiero esta historia algo triste (como el final de cada verano) que Green Day dedicaron a una pareja separada al final del verano por la Guerra de Irak.

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JUEGOS OLÍMPICOS: Ante la ética, la estética y la política

imagesAhora que se ha pasado la resaca patriotera de los Juegos de Río y ya está cerca la borrachera de un nuevo curso en el que se ha dado un nuevo bocado al estudio de la filosofía, apartándola un poco más de los planes de estudio, me entran ganas de unir ambas cosas a ver qué sale. Y es que fue el viejo pensador griego el que sentó las bases acerca de lo que en Occidente entendemos por ética, por estética y por política. Y es de Grecia, no lo olvidemos, de donde procede esta idea de juntar un grupo de atletas cada cuatro años para que diriman sus fuerzas. Durante estos días hemos visto ponerse en práctica en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro los conceptos aristotélicos de ética, estética y política. La ética, según Aristóteles, es la parte de la filosofía que estudia la moral y los comportamientos del hombre, mientras que la estética, es la ciencia de la belleza nacida del espíritu. La ética comprende las virtudes morales más importantes de los hombres: fortaleza, templanza, amistad, verdad, equidad y justicia, que se expresan en los comportamientos, ya que el deber de las virtudes es proponerse lo más noble como fin. La estética, que tiene por objeto el vasto imperio de lo bello, se manifiesta por las maneras, el estilo y las formas de actuar. La ética, dice Aristóteles, tiene como objetivo alcanzar el fin propio del hombre al que se dirigen todas las actividades humanas, es decir, la felicidad. Mientras que la ética se encarga de la felicidad de un individuo, la política trata de buscar la felicidad de un conjunto social; a su vez, al ser el hombre un ser sociable por naturaleza, la felicidad del individuo está indisolublemente unida a la felicidad del cuerpo social al que pertenece, por lo que Aristóteles concluye que la ética es, en realidad, una parte de la política y que debe estar supeditada a ella: la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo. No perdamos estas palabras de vista en lo que voy a contar, aunque parezcan un tanto fuera de lugar, pero no lo están.

Hemos visto durante los Juegos de Río infinidad de gestos y comportamientos que entremezclan los conceptos aristotélicos de ética, estética y política, mientras estos mismos gestos y comportamientos provocan en nosotros reacciones al respecto de esos tres conceptos.  Todos hemos oído hablar del espíritu olímpico como un comportamiento ético en el que se debe olvidar que el objetivo de los deportes es ganar, pero no a cualquier precio y que durante los juegos debía producirse una especie de tregua olímpica que dejara a un lado por unos días los enfrentamientos entre naciones, pueblos y civilizaciones, como se dice ahora. Un ejemplo que ilustra lo lejos que estamos de ese espíritu y dicha tregua fue el gesto del yudoca egipcio Islam El Shehaby que se negó a dar la mano a su oponente israelí, Or Sasson, después de perder el combate. ¿Lo hizo por su odio a Israel o por haber perdido ante un enemigo no sólo deportivo sino también político? ¿Se la hubiera dado si hubiera ganado? Tras conocerse la noticia, pude comprobar cómo se hacían eco de ella (la compartían, se dice ahora) algunos de mis amigos del Facebook aplaudiendo el gesto del yudoca egipcio, pues pertenecen a movimientos de defensa del pueblo palestino o, simplemente, apoyan su causa. Yo también estoy más cerca del pueblo palestino que del israelí en estos momentos, pero ¿fue ético o estético el comportamiento de Islam frente a su oponente no sólo deportivo sino también político? ¿Por qué nos parece bien? Recordad a Aristóteles, la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo.

Pero seguramente el comportamiento ético, estético y político con más eco en España ha sido el producido a consecuencia de la medalla de plata del vallista Orlando Ortega y los posteriores comentarios de Willy Toledo. No es un caso aislado el de Orlando Ortega y la nacionalización exprés de atletas del Tercer Mundo por parte de federaciones del mundo desarrollado o simplemente rico. Ya escribí un post en este mismo blog al respecto de la hipocresía que veía pulular por nuestros medios y nuestra sociedad en su conjunto respecto al trato de los inmigrantes según las glorias que eran capaces de producir para nuestro deporte y, digámoslo claro, nuestra patria. Cuentan, y me baso aquí en lo publicado por diversos medios cuya credibilidad sé que no es siempre mucha, que Orlando Ortega desertó de Cuba en 2013 y llegó a España con una mano delante y otra detrás. Vicente Revert, expresidente de la Federación Valenciana de Atletismo, adoptó a Orlando, le abrió las puertas del CAVA Ontinyent y le ayudó a conseguir los papeles. Me asalta una pregunta que es fundamental, independientemente del comportamiento de Orlando, de Willy y de los españoles que se emocionaron con la espléndida carrera del vallista, ¿y si Orlando hubiera sido un albañil cubano que llega a Ontinyent en busca de empleo? ¿qué hubieran dicho en esos bares del pueblo valenciano donde lloraron aquel día de la final ante la medalla de su ya paisano? ¿cuánto tarda un emigrante en lograr papeles legales en condiciones normales? No, no son preguntas demagógicas o populistas, como dicen ahora los medios mainstream, son preguntas, como dicen mis alumnos, para pensar. Recordemos de nuevo a Aristóteles, lo importante es la felicidad del cuerpo social, en roman paladino, lo importante son las glorias de la patria.

No deseo alargar el asunto de las nacionalizaciones que ya ha tenido mucho eco en la red estos días, únicamente hacer reflexionar a quien esto lea que las cosas no son tan sencillas como un simple tweet o comentario en un diario digital nos puede llevar a pensar. Por ejemplo, debemos cuidar extender nuestro análisis a todos los casos. Ignoro si Orlando Ortega se vino a España por necesidad como lo hacen tantos emigrantes, pero es cierto que en países como Kenia, Etiopía o Nigeria ha habido casos de atletas que han sido, y lo serán, perseguidos por sus creencias o su etnia. Un ejemplo lo hemos tenido en estos Juegos con el gesto del medallista de plata etíope en la maratón, Feyisa Lilesa, al que, después de más de cuarenta kilómetros de carrera bajo la fina lluvia de Río, aún le quedaron fuerzas para alzar los brazos y cruzarlos como si los llevara esposados, lo cual repitió más tarde en el pódium, en signo de protesta por la persecución de que es objeto la etnia oromo en su país, a la cual él pertenece. Él mismo manifestó inmediatamente que, seguramente, no podrá volver a su país. Ante este gesto estético, este comportamiento ético, esta reclamación política, habrá que impedir que Lilesa sufra persecución en su país y algún otro deberá acogerlo para que podamos seguir deleitándonos con sus carreras.

Otro gesto estético muy comentado estos días olímpicos ha sido la presencia, muy superior a otras ocasiones, de atletas femeninas musulmanas tocadas con el velo islámico e incluso con vestimentas que tapaban pudorosamente sus cuerpos frente a las exhibiciones de carne de las atletas occidentales. La foto de la egipcia Dooa Elhgobashy frente a la alemana Kira Walkenhorst en la competición de voleyplaya dio la vuelta al mundo. Este asunto sólo es un episodio más en la actual polémica que en Europa, y especialmente en Francia, se está reactivando por la utilización de determinada vestimenta por parte de las mujeres musulmanas, como el denominado burkini en las playas. Centenares, miles diría yo, de comentarios y argumentos se producen a diario sobre el asunto. La intromisión aquí de la política sobre la estética, con referencia a la ética, es aún si cabe más determinante. Y no debemos olvidarlo, pues los diferentes grupos sociales y políticos pretenden utilizar esta polémica para sacar provecho o para elevar la fuerza de sus argumentos. Así, he visto estos días como la prohibición en Francia del burkini ha sido criticada por los grupos feministas y de izquierda pues ésta va contra la libertad de las mujeres o se trata de un elemento más de islamofobia en esta cruzada que Occidente parece haber emprendido nuevamente contra el Islam a consecuencia de los atentados yihadistas. Y es difícil tomar postura ante una situación tan radicalizada. Por ello, el conocimiento de primera mano del asunto no viene mal. Dejar por unos instantes de mirar la realidad con los ojos de Occidente tampoco. ¿Es cualquier prohibición mala per se? ¿Verdaderamente estas mujeres musulmanas que van a los Juegos vestidas pudorosamente lo eligen así libremente? ¿Podrían hacerlo de otra manera? ¿Podría Dooa Elhgobashy aparecer vestida con un bikini de mínima expresión en un partido de voleyplaya y volver tranquilamente a Egipto? En cambio, ¿podría Kira Walkenhorst ponerse unas mallas, un maillot y un gorro para jugar su partido y volver a Alemania sin ser juzgada por un tribunal eclesiástico? ¿Por qué se ha extendido en estos Juegos de Río la utilización de dichas prendas entre las atletas musulmanas? ¿Por qué ha aplaudido el máximo ayatolá iraní Ali Jameneí la presencia de mujeres musulmanas ataviadas con el velo islámico? ¿Por qué organizaciones feministas y de izquierda aplauden la presencia de mujeres así vestidas en aras la libertad femenina, pero no se recuerda que en Irán aún las mujeres tienen prohibida su presencia en los estadios donde se celebran competiciones masculinas?

Pero claro, para una persona de pensamiento progresista, pongamos el caso de mí mismo, es muy difícil ponerse al lado de argumentos utilizados por la extrema derecha. En diversos comentarios he visto cómo se atacaba la utilización de estas prendas con manifestaciones absolutamente racistas y de odio a todo lo musulmán. Hoy mismo me acabo de desayunar con la propuesta del Frente Nacional francés de prohibir el velo en cualquier lugar público si ganan las elecciones presidenciales. Ahí es cuando entra en escena el no limitarse a leer comentarios banales en la red y profundizar algo más. Así, tengo que agradecer a internet que cayera casualmente en mis manos una entrevista a la feminista socialista y reconocida luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas. Me abrió mis ojos occidentales. Os lo aconsejo encarecidamente. Su título ya es impactante (“De velos “islámicos” y extremas derechas. El significado profundo del laicismo republicano y el cobarde eurocentrismo de las neoizquierdas culturalmente relativistas) y la profundidad del análisis de Marieme-Hélie también. Únicamente os dejo dos “perlas”. Lo que se vende como vestimenta tradicional musulmana es una falacia, pues es diferente en cada país, mientras que lo que se está extendiendo es el velo de tradición saudí, que es quien paga la campaña de extensión de la citada prenda. Y otra, esta vestimenta no es únicamente una prenda de sumisión de la mujer sino que además tiene un significado político: extender la visualización de lo musulmán en Occidente en el contexto del conflicto actual.

Pero quizá el gesto estético más repetido en los Juegos de Río, como en la mayoría de competiciones actuales, es la exhibición de la bandera por parte de los ganadores. No he podido averiguar desde cuando viene la costumbre, aunque creo que se inició en el atletismo allá por los años finales del siglo XX. Ahora ya es una tradición y una fuente de orgullo para los espectadores. ¡”Ha ganado uno de los nuestros”! Y se hincha el corazón de las masas ante tan patriótico gesto, aunque el portador de la enseña nacional no sepa hablar el idioma del país e incluso no lo haya pisado nunca como algunos de los atletas fichados por el emirato de Bahréin. He podido imaginar cómo de enardecidos se ponían los lectores de La Razón cuando este periódico comentó como el vallista Orlando Ortega rechazó una bandera cubana y se puso como loco a buscar una de España. ¡Ahora ya sí eres un español de verdad, Orlando! No por tu juramento de la Constitución sino porque la red mediática ultraespañola ha alabado tu gesto.

Todo español que se precie se ha dedicado estas dos semanas largas que han durado los Juegos a cultivar su sentimiento nacional (¿o nacionalista?). Incluso, diría más, también lo ha hecho cualquier buen catalán que se precie, como explicaré enseguida. Algunos, españoles de bien me refiero, llevan ese ardor nacional hasta producir gestos estéticos un tanto ridículos. No me refiero sólo a los espectadores que se ataviaban con el traje de luces o con la montera torera en los partidos de distintas disciplinas sino a la repetición de mensajes como el de “soy español, español, español”, cuya triple repetición nos recuerda a algunos otras que se producían en tiempos pasados en España. O esa otra aún más patética de “soy español, a qué quieres que te gane”, que se escuchaba a algún comentarista deportivo el día que ganábamos dos medallas seguidas. ¡Hombre, tampoco es para tanto! Sólo hemos logrado diecisiete medallas, una menos que Nueva Zelanda y dos menos que los Países Bajos, cuyos países tienen cuatro y dieciséis millones de habitantes. Pero, en fin, el español es asín (que dice Reverte y los suyos de la RAE, que ya se puede decir). Un día dice que esto es un desastre, que llevamos una semana de competición y sólo tres medallas, y, después, gana dos seguidas y ya sale con la frasecita.

Y después llega la decepción. Cuando te enteras de quien es el español que ha ganado tu medalla. Las redes se hicieron rápidamente eco de las declaraciones de la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, que, a través de su cuenta de twitter, aseguró que “el PP es el partido del sacrificio, de la lucha, del trabajo y esos son los valores del atletismo”, a propósito de la saltadora Ruth Beitia, medalla de oro en Río y diputada regional en Cantabria por el PP. Muchos de los que habían aplaudido el triunfo de Ruth, dieron marcha atrás al enterarse de la adscripción política de la atleta y comenzaron a criticarla, pues “tampoco era para tanto”, su marca, decían algunos comentarios, no hubiera servido para lograr medalla desde los Juegos de Moscú’80. De heroína a villana. Pero es que la gente lee poco y está poco informada. Si lo hiciera, sabría que una buena parte de las y los atletas españoles han manifestado, cuando no ejercido directamente, su pertenencia al PP: Jesús García Bragado, Antonio Peñalver, Sandra Myers, Abel Antón, Daniel Plaza, Carlota Castrejana, Manolo Martínez, Marta Domínguez, Niurka Montalvo. Se acaba entonces el ardor guerrero patrio y ya no nos caen tan bien los  vencedores.

Un caso similar ocurre con el simpatizante español y conservador, de derechas que se decía toda la vida. En Río también se lio una buena por la baja puntuación que recibieron las nadadoras de sincronizada Gema Mengual y Ona Carbonell. Las nadadoras acusaron a los jueces de parcialidad, atendiendo a “cuestiones políticas”, que nunca aclararon. Pero el honor patrio estaba siendo mancillado y sus defensores, vía comentario de noticia en Marca, salieron en defensa de las maltratadas nadadoras. Ya se sabe, el mundo está contra España y nos odian por nuestra fortaleza sin par. Todo hasta que conocieron unas viejas declaraciones de Ona Carbonell en las que decía que en el caso de tener que elegir entre competir con la selección española o con la de una Cataluña independiente, lo haría con la catalana. Se acabó el buen rollo. Ahora los comentarios se volvían contra ella: “pues no vengas a competir con España, pues devuelve el dinero de la beca, pues ya veremos cuántas medallas ganas con Cataluña…”. Todo muy visceral, pero poco ético y nada estético. Recordemos, es cuestión de política. Ona quizá compita con España porque no puede hacerlo con Cataluña, quizá el dinero de la beca que recibe venga en parte de los impuestos que pagan los catalanes y quizá tampoco le iría tan mal con Cataluña a tenor que cómo se encuentra la natación catalana y la del resto de España. Y no es el único caso, pues son conocidas las posturas del jugador de hockey Alex Fábregas y la campeona de España de ciclismo Anna Ramirez, u otros que directamente han apoyado el proceso separatista, como la tenista Laura Pous, la nadadora Claudia Dasca, la gimnasta Melodie Pulgarín, el futbolista Jofre Mateu, el ex jugador de balonmano Enric Massip, el técnico de baloncesto Salva Maldonado, el entrenador del Sabadell de waterpolo Nani Guiu o el triple campeón del mundo de carreras de montaña, Kilian Jornet. Algunos han ido más lejos, como la jugadora de baloncesto Helena Boada, que decidió nacionalizarse eslovena (es pareja del jugador local, Lakovic) y jugar con ese país “ya que no me dejan hacerlo con la selección que me gustaría, la catalana”. ¿Ya no son “de los nuestros” por tanto y repudiamos sus éxitos?

Pero la ética, la estética y la política se reparten en todos los lugares por igual. Y sino recordemos otra polémica de estos Juegos, suscitada por TV3 al asignar en un gráfico el diploma olímpico de ciclismo en ruta a Joaquim Rodríguez a Cataluña. Era la victoria de “uno de los nuestros”, debió pensar el redactor de la noticia, sin preguntarle al corredor cuál era su opinión sobre el asunto. Numerosos medios catalanes se apresuraron, a la clausura de los Juegos de Río, a echar cuentas. ¿Cuántas medallas hubiera conseguido Cataluña si tuviera Comité Olímpico propio? Los más optimistas las elevaban a ocho de las diecisiete totales (aunque algunas se lograran en parejas “mixtas”, Nadal-Marc López o Saúl Craviotto-Cristian Toro, o en conjuntos –el baloncesto masculino y femenino-). Qué harían en caso de independencia cada uno de estos deportistas es lo de menos, lo importante es “el conjunto social” feliz y satisfecho, que decía Aristóteles.

Porque las competiciones deportivas son en el mundo actual una palmaria manifestación del sentimiento nacional. Si es “uno de los nuestros” estamos con él a muerte. Haga lo que haga, tenga el comportamiento ético que tenga (como intentar pagar menos impuestos como el abanderado Nadal que radicó entre 2006 y 2012 sus ingresos deportivos en Guipúzcoa para beneficiarse del régimen especial del País Vasco) o el estético (como el de tocarse “literalmente” los huevos que hizo el ciclista Carlos Coloma al conseguir la medalla de bronce). Pero, repito, si es de “los nuestros” te tiene que caer bien.

Yo tengo que confesaros que, con frecuencia, me cuesta comulgar con ese ardor patrio y no en pocas ocasiones me pongo de parte del “enemigo”. Ahora todo el mundo conoce a la jugadora de bádminton Carolina Marín y se idolatra su figura. Todo son loas a sus gestas. Evidentemente la chica tiene mérito. Haber conseguido ser campeona mundial, europea y ahora olímpica en un deporte que practican en España algo más de 7.000 federados, frente a los cientos de miles de Malasia o Dinamarca (por no hablar de los cien millones de chinos), tiene un mérito enorme. Ahora bien, ello no quita que la chica me parezca un poco repelente. Ya la había visto en numerosas ocasiones comportarse con sus gritos en la pista como Sharapova y utilizar diferentes “truquillos” para sacar de quicio a sus oponentes. Claro, si es española diremos que es parte de la estrategia de juego, pero si es japonés, como Nishikori cuando se ausentó diez minutos en el partido por el bronce con Nadal, diremos que es un ventajista y poco cumplidor del espíritu olímpico. Incluso estuvo un poco desagradable con su entrenador (le pedía un poco de espacio con un gesto poco amistoso) mientras éste le daba una charla motivadora que se ha hecho viral, tras perder el primer set.

En la final entre Carolina Marín y la india Pusarla Sindhu reconozco que acabé decantándome por el “enemigo”. No sé si fueron las continuas paralizaciones del juego de Carolina (para cambiar el volante cada dos por tres, para secarse el sudor, para beber agua, para secar la pista…), que exasperaban a Pusarla, la cual se quejaba infructuosamente a la juez, sus gritos estentóreos de ánimo o el hecho de que la India no llevaba aún ninguna medalla, pero algo en la estética y en la ética de la india me llevaron a olvidarme de la política y mi “conjunto social”.

En resumen, el deporte (como la vida) necesita cada vez más de ética y de estética y menos de política, aunque en España vamos por el buen camino pues nos encaminamos a nuestro primer año sin gobierno oficial. Y aun así baja el paro, sube el PIB y ganamos más medallas que nunca (a excepción de aquel 92 de grato recuerdo, personal en este caso que no nacional, me refiero).

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CREMATORIO: Chirbes y la Novela sobre el Todo

chirbes2--644x362Cuando hace algún tiempo mi amigo Joan me dio a conocer la existencia de la novela “Crematorio” de Rafael Chirbes insistió en que cuando la leyera disfrutaría al reconocer en ella a tantos personajes que han pululado por nuestras vidas. Creí, influido por la serie que sobre ella se rodó en 2011, que se refería a personajes de la política nacional o de la sociedad civil, como se dice ahora. Ahora, una vez concluida su impactante lectura, he averiguado que no hablaba sólo de personajes de la vida política o civil, sino de TODOS los personajes, los que pueblan nuestro día a día, incluso nosotros mismos.

Me ha ocurrido con “Crematorio” algo parecido a lo que nos ocurre a todos en alguna ocasión cuando nos presentan a alguien. La primera impresión no es del todo buena. Nos han hablado bien de esa persona, de sus enormes virtudes, de sus atractivos y de la necesidad que tenemos de contarlas entre nuestros amigos, pero cuando nos la presentan nos parece un tanto pretenciosa, complicada y hasta petulante. Pero un día en soledad con ella, dejando que su conversación nos embauque, que su mundo se nos haga presente para enamorarnos de ella, pensamos que no queremos separarnos nunca de ella. Eso me ha pasado con “Crematorio”. Además, determinadas circunstancias personales, y que tienen unas referencias emocionales, han convertido a esta novela en algo que me acompañará mientras viva.

Cuando Joan me prestó “Crematorio” confieso que comencé su lectura algo mediatizado por la existencia de una serie que no había visto y que, a pesar de sus excelentes críticas, me daba la impresión de que podía ser otro bluff creado por los medios de comunicación que han convertido a las series en una referencia casi vital. De ello escribí aquí no hace mucho. No vi la serie en su momento, pero mis prejuicios sobre ella influyeron en que llegara a “Crematorio” algo quemado. Me adentré, pues, en su lectura, pero no pude pasar de la página 30, lo confieso. Varias circunstancias influyeron en ello además de la ya descrita sobre la serie. La principal, su densidad. Es una novela para cogerla cuando te sobra el tiempo y puedes dedicarle más de una hora de lectura seguida, cuando puedes centrar tu mente sólo en lo que estás leyendo, cuando, en fin, te quedas a solas con ella. Ya os decía, como cuando os presentan a una persona que, sin saberlo, será fundamental en tu vida.

Y pasó el tiempo. Pensé que “Crematorio” no era para mí. Que era una novela difícil o que quizá en otro momento, con más tiempo, me apeteciera adentrarme en ella. Entonces apareció Berta y todo cambió. Esta otra amiga sí había leído la novela en un club de lectura en el que disfruta de su jubilación y nos sugirió que viéramos la serie. Así lo hicimos (por cierto, convirtiéndose por circunstancias emocionalmente impactantes en algo inolvidable). No es intelectualmente muy profundo lo que os voy a confesar, pero es la realidad que me ha permitido adentrarme en “Crematorio” y disfrutar (¿no existe otro verbo para indicar con más fuerza un sentimiento de placer?) como no lo hacía hace tiempo con una novela. La serie me ha permitido tener una referencia de los personajes y de la trama que se hace difícil de seguir, por lo que contaré más adelante de esta magnífica novela. Es lo que os aconsejo si, como yo, os cuesta adentraros en novelas tan densas y de factura poco lineal. No es, en este caso, un sacrilegio ni os perjudicará con ningún spolier, como dice la juventud actualmente, pues en la novela no es importante la trama, realmente no la tiene, sino su contenido, que es inmenso.

La serie y la novela no tienen mucho que ver, debo advertir para los que tras leer estas líneas se adentren en una o la otra. Lo dijo el propio autor, Rafael Chirbes, cuando se estrenó la serie, con estas palabras que yo entonces no comprendí, pero ahora se han llenado de significado: “la serie, sí, bueno, pues es otra cosa… Han cogido la novela y han hecho su lectura, esto… Es que Crematorio, la novela, huye de la trama, huye de lo policiaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico”. El secreto está cuando dice que la novela “se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje”. Ese es el fundamento de la novela. Si la serie se muestra como una visión de la corrupción en la costa mediterránea, bien descrita y bien facturada, la novela es… LA NOVELA DEL TODO, parafraseando el título de la película sobre la vida de Stephen Hawking.

Muchas cosas en la serie son muy diferentes a la novela. Muchos personajes de una no aparecen en la otra, muchas situaciones son bien distintas y, sobre todo, el tempo es totalmente diferente. La serie se desarrolla a lo largo de un tiempo más o menos largo, unas semanas, quizá meses, con incursiones en el pasado remoto, mientras la novela se desarrolla casi en un instante: cómo vive cada personaje la muerte de Matías, el hermano de Rubén, el constructor/destructor de Misent, ese pueblo que no existe, pero es todos ellos, en la costa mediterránea. Ni siquiera el título, siendo el mismo (“Crematorio”), viene a significar lo mismo en la serie y en la novela. En la serie hace referencia al crematorio, uno de tantos pelotazos urbanísticos de Rubén, donde se esconden los restos de unos caballos portadores de droga de Sudamérica. En la novela el sentido de la palabra crematorio es bien distinto, pues es el que da sentido a la obra. Crematorio se refiere al lugar donde van a acabar llevando a Matías y donde, con él, se van a quemar no sólo sus restos sino las vidas de todos los personajes con él relacionados. Por ello cada capítulo de la novela, por llamarlos de alguna manera, está dedicado a la vida de diferentes personajes del universo de Misent, que no es sólo el trasunto de cualquier localidad mediterránea, sino del propio mundo. En cada capítulo dicho personaje, relacionado con el resto a través de Matías, quema su pasado contándonoslo, a través del lenguaje, como decía Chirbes en aquellas declaraciones. Es la novela, por tanto, ese sillón del psiquiatra en el que algunos desnudan su vida, es ese momento, sentados en una fría sala de tanatorio o crematorio en la que recordamos nuestras vidas, las del difunto con nosotros, pero, en realidad lo que queremos hacer es “quemar” nuestro pasado, incinerar nuestras miserias personales. Verbalizarlas, porque el lenguaje es liberador. Como cuando le contamos a nuestra amiga más íntima nuestras miserias cotidianas, personales, emocionales o triviales.

Verdaderamente impresionante es la precisión con que lo hace Chirbes. Leer esos inmensos párrafos es un placer absolutamente indescriptible. Abrir el libro, afrontarlo en soledad, envolverte en sus palabras es como enfrentarte a tu propia vida. ¡Bien decía Joan, ahora te comprendo, que en la novela reconocería muchos personajes que me rodeaban! De lo que no me había advertido es que yo también me reconocería entre ellos. Allí estaba yo cuando Chirbes cita a Larry, el personaje principal de “El filo de la navaja”, la novela de Somerset Maugham, que yo creía que pocos conocían, o la referencia a “El lobo estepario”, esa obra que a todos nos marcó cuando la leímos con quince años. Dice Chirbes que sus protagonistas eran seres a los que todos queríamos imitar en nuestra adolescencia para luego quedarnos en esto que ahora somos. ¡Touché!

La frase que para mí mejor describe la obra “Crematorio” es que es LA NOVELA DEL TODO. Con un lenguaje técnicamente perfecto por cómo te permite seguir la descripción de los pensamientos y las situaciones y como es capaz de poner en palabras lo que otros más torpes no somos capaces, pero tenemos dentro de nosotros. Cuántas veces no hemos dicho “si yo lo sé, pero no sé decirlo”. Pues Chirbes lo sabe hacer en “Crematorio”. Puedes abrir una página al azar y allí encontrarás la plasmación en palabras de un pensamiento contemporáneo. Dicho de otra forma, allí se “quema” una idea de tu propia vida. Lo acabo de hacer. Página 276, dice Chirbes, “lo que vale no es lo que se produce, sino el gesto, la escenografía”. Se refiere al cultivo de vides y olivos que hace Matías, pero podría referirse a cualquier cosa de nuestro mundo actual: lo importante no es lo que hacemos, sino el entorno en el que lo hacemos, para quién lo hacemos, las palabras de admiración que nos reporta.

¡Cuántas imágenes! Como eleva a categoría de literatura (¡qué frase más pretenciosa!, pero es que yo también soy un personaje a quemar en el crematorio del mundo actual) ideas que muchos hemos tenido en la cabeza mucho tiempo. La descripción de ese albañil, en el fondo amargado por reconocerse como un fracasado, que se transforma en un constructor de poca monta, pero tiburón del ladrillo. Ese idealista Matías, transformado en revolucionario que quería utilizar la violencia como método de conquista del poder por parte del proletariado: “sacar a la luz la violencia que se esconde detrás de las buenas maneras”, “convertir en explícito lo que está escondido”. Pero al paso de los años, dócilmente amaestrado en las filas del PSOE (Chirbes no escribe nunca las siglas, pero no es necesario), transformarse en captador de izquierdistas desencantados y cansados de tanto luchar sin obtener reconocimiento ni gloria: “los convertía en los reyes del asador, en los publicistas de la Ribera del Duero; en los emperadores de la alta cocina, el restaurante con sumiller y con estrella Michellín”. Pero en el fondo, “todo eran estrategias del yo”. Impresionante, como se puede describir de forma tan bellamente precisa, con imágenes tan cercanas, a tantos fulanos con los que nos hemos tropezado a cada paso.

Cada personaje es un arquetipo de esta sociedad postmoderna, postransición, postfacebook, postWhatsApp: la restauradora experta en arte que no pierde ocasión para deleitarnos con sus conocimientos de arte, el crítico literario que conoce los entresijos de las obras que nosotros nunca seremos capaces ni por asomo de dilucidar, el constructor trepa que se enamora de la putita rusa, la niña de papá a la que le cuesta acabar con el graduado, la abuela que ha controlado la familia durante décadas… y tantos y tantos otros. Un universo que es nuestro mundo cotidiano.

Y también la política. Quizá sea Chirbes el autor que más certeramente ha descrito las miserias de nuestra sociedad postransición. No es frecuente que entre nuestros literatos se convierta la Transición y sus efectos colaterales en centro de la trama. Pero Chirbes lleva el asunto a  cotas que sólo he visto en los autores de la denominada “nueva novela americana” por como describen las miserias de la sociedad americana. No únicamente la alta política, sino su cotidianeidad. Los efectos, en eso que ahora se llama la sociedad civil, del devenir político, que todos contribuimos a forjar, no lo olvidemos. Tiene la novela reflexiones de una amargura tremendamente real. La alta política casi no tiene presencia, aunque algún giño nos ofrece. Al principio de la novela, habla de “el conseller de territorio (tan listo, un lince: orígenes comunes, de joven militó en la extrema izquierda con Matías” y no hace falta ser muy perspicaz para reconocer en dicha referencia al señor Blasco, ahora en prisión. Pero es la política, con minúscula, en su acepción más puramente etimológica (πολιτική, politikḗ, “de, para o relativo a la ciudadanía”), la protagonista del “Crematorio”. Esa que nos ha llevado a muchos a una situación de total desencanto. Dice Chirbes. “creo que lo peor que te pasó fue descubrir que la democracia acaba con la política… Pasarte veinte, treinta años, luchando contra el franquismo, exigiendo que llegara la democracia, y descubrir que la democracia era la forma más perfecta de exterminio de la política”.

Hay infinidad de párrafos con los que te puedes identificar en “Crematorio”, no en vano ya la he calificado de NOVELA TOTAL, para poder incinerar tu propio yo. Lo dice el propio Chirbes, que sabe que durante la lectura de la novela nos estaremos identificando con alguno de sus personajes y situaciones: “vosotros leéis los libros, os miráis en ellos, os reconocéis, os creéis reconoceros, y decís, yo soy éste, yo soy aquel o el de más allá”. Yo lo he hecho en innumerables ocasiones como me vaticinaba Joan cuando me animó a su lectura, pero en ninguno como en éste que os dejo para finalizar:

“Puedes librarte de todo cuando ya lo llevas dentro. Te falla la religión, el más allá, la eternidad y todas esas monsergas, y entonces te queda la política, que es la búsqueda de la felicidad aquí, el bien común, el banquete universal; y cuando la política también se te viene abajo, y tienes la impresión de que te has quedado sin nada, cuando alcanzas ese nihilismo, es cuando te das cuenta de que por primera vez estás pisando el suelo; empiezas a apreciar la verdad de las cosas, extraes fuerzas de esa nada, porque es una nada productiva, eres tú contigo mismo, te quedas tú sólo, con los restos de todo lo que quemaste en la vida; con la ceniza que el cura te pone en la frente al empezar la cuaresma. Te queda saber que eres sólo parte de la naturaleza, y entonces deseas confundirte con la naturaleza, volver a eso que antes se llamaba la madre tierra, identificarte con el polvo, saber que en el polvo se guardan vidas anteriores”.

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EL MUNDO DE LAS SERIES: Un mundo sobrevalorado

Series-TV-Prometo que lo he intentado. He intentado ponerme al día con el tema de las series, pues muchos de mis conocidos, aunque sólo sea por Facebook, no paran de insistir en la importancia de las series en el panorama cultural actual. Pero no he podido. Creo que al final me va a pasar como en el mundo real, que no paso de cuatro amigos (a lo mejor me he pasado) y algunos conocidos más. Creo que al final seguiré viendo hasta el final de mis días las cuatro series de toda la vida, con alguna incorporación que caiga, quizá sin quererlo (como con los amigos). Y no saldré de Retorno a Brideshead, Arriba y abajo, Frazier, Yo Claudio, Alf, Aquellos maravillosos años, Cheers, Colombo…, o recientes incorporaciones como Borgen, The Newsroom, Gomorra, 1992 o 1864.

Este verano, aprovechando el solaz estival y la falta de ganas para emprender proyectos de mayor enjundia, me decidí a visionar algunas de esas series de las que todo el mundo habla y que uno no puede perderse a fuer de convertirse en un marginado social, especialmente en las tertulias veraniegas de terraza. Por lo que veo, esto de las series se ha convertido en tendencia, que se dice ahora. No sólo los frikies se vuelven locos con ellas, sino que ha pasado a formar parte de la cultura más seria. El diario digital progre eldiario.es dedicó uno de sus especiales en papel al mundo de las series, la Universidad de Valencia ya desarrolló en 2012 en la sede la Universidad Internacional Menéndez Pelayo un curso sobre series de televisión y cada vez se publican nuevos libros sobre la influencia de las series en nuestra vida, como Nueva York en serie de Aloña Fernández Larrechi.

Me costó decidirme. Repasé una de mis páginas de referencia por la fiabilidad de sus recomendaciones, teniendo en cuenta mis gustos. Tampoco era cuestión de ponerse hipermoderno y revisar la lista infinita que Aloña Fernández Larrechi  presentó en el programa de radio de internet Carne Cruda. Tampoco en plan adolescente y salvaje con Juego de Tronos. Comencé por la mejor valorada en filmaffinity, The Wire, e intenté ver el primer capítulo, pero motivos personales que no vienen al caso, relacionados con ese ambiente tétrico de los barrios bajos de Baltimore, y el hecho de que tenía que ver sesenta capítulos, me echaron para atrás. Pensé, una vez comenzado el verano, en alguna serie política. Me habían hablado maravillas de El ala oeste de la Casa Blanca y de House of Cards. Como me había encantado The Newsroom y como El ala oeste… también era idea de Aaron Sorkin, decidí comenzar por ésta. Me vi el primer capítulo. Aunque su estética era un pelín antigua, noventera, no comenzaba mal. Tengo que decir que el hecho de que se centre en la política americana no fue lo que me defraudó. Lo que me impidió ver más de un capítulo fue ese tufillo un tanto infantiloide de la trama: el accidente de bicicleta del presidente, la puta de lujo que se acuesta con uno de los altos funcionarios de la Casa Blanca y la cuestión del ataque de la derecha religiosa a otro de ellos por una aparición televisiva poco políticamente correcta con los lobbies cristianos. Sé que esta última cuestión es una de las obsesiones de Sorkin, representante del sector más liberal del partido demócrata americano (lo que aquí en España vendría a ser casi un podemita), pues es uno de los ejes de The Newsroom, pero la resolución final del asunto es poco creíble. Queda muy impactante que uno de los representantes del lobby cristiano confunda el primer mandamiento, pero… que queréis que os diga, aunque me arrancó una sonrisa al ver la cara del personaje que había metido la pata, no me pareció verosímil. Sé que las series no son reflejo de la realidad, como no lo es ningún arte, pero todo tiene un límite. Y ese es el del ridículo. Y ésta es la palabra que define la aparición, al final de ese primer capítulo, de Martin Sheen, que encarna al ficticio presidente americano Josiah Bartlet. No seré yo quien no crea que los presidentes americanos, y alguno más cercano como nuestro Aznar, no pueden rozar (o caer de lleno) en el más completo de los ridículos, después de haber visto al presidente Bush, hijo. Pero la entrada en escena de Martin Sheen, casi como un superhéroe, me pareció patética. No vi más capítulos.

Pasé entonces a House of Cards. Tenía muy buenas críticas y, para mí, el atractivo de volver a ver a Kevin Spacey que tanto me había gustado en American Beauty. Su estética parecía mucho más moderna y tengo que decir que tiene una de las intro más hermosas estéticamente (por imágenes y música) que recuerdo.

He visto seis capítulos, pero no puedo seguir. No puedo, mira que lo he intentado, pero no puedo más. Me parece patética por diferentes cuestiones. Y ellas son las que me han llevado a escribir este comentario.

La trama no comenzó con mala pinta en los primeros tres episodios. Mezclaba la podredumbre de la política occidental actual con las vidas privadas de los personajes de una forma que enganchaba lo suficiente. Todo el elenco parecía maligno, como en la vida misma. Pero poco a poco fui descubriendo la trampa. Hay malos muy malos, que se merecen todo lo que les pase, y hay malos que deben acabar cayéndote  bien: Francis Underwood, el protagonista, y su mujer Claire (Robin Wright), una comprometida con la causa de la pobreza en África que es más mala que Ángela Channing (Falcon Crest). A pesar de su maldad aparente, todo les acaba saliendo bien y triunfan en su maldad. Aguanté la trampa hasta el tercer capítulo. En los siguientes se enreda en el asunto de la reforma educativa, con huelga de profesores incluida. No pude aguantar más. La escena en la que intentan los Underwood reventar la protesta ofreciéndoles a los huelguistas bandejas de canapés a la salida del hotel donde han reunido a un grupo de congresistas me pareció absolutamente ridícula. ¡Esos huelguistas radicales embaucados por unos emparedados de cacahuete! O los huelguistas americanos son más blandos que la mierda de pavo, que diría Joaquín Reyes, o se les fue la pinza a los guionistas al querer presentarnos la astucia de Francis Underwood. ¿Es que no tienen entre los huelguistas americanos a ningún Cañamero que coja los emparedados y se los meta a los Underwood en su linda boca? Si es que son unos blandos estos yanquis.

Mientras seguía viendo capítulos (he aguantado hasta el sexto) comprobaba cómo los personajes eran cada vez más arquetípicos, sin  medias tintas. O eran malos, malos, o malos pero colegas, o tontos tontos, vamos “pa siempre” que diría el Mota. La periodista Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista novata pero arribista que consigue sacar de sus casillas a su jefe (la llama “zorra”), después de que vaya a su bola en el tratamiento de las noticias, es otro ejemplo. Que se lie con Francis Underwood, pase, que su mujer lo sepa y no haga nada, pase, pero que la “nena” se convierta en fija en los asuntos de la Casa Blanca, pasa de castaño oscuro, que se decía en mi pueblo. La citada mujer de Francis, Claire, en los primeros capítulos no sabes muy bien de qué pie cojea: si es una pija que se cree lo de su compromiso en África, si es una arpía que se la pega también a su marido o una aprovechada de su situación. Poco a poco el personaje se va volviendo más estrafalario. Llega a su culmen en el episodio seis cuando visita al antiguo guardaespaldas de su marido, enfermo terminal de cáncer. En un momento en que ambos se encuentran solos, éste le confiesa que siempre le gustó y que adoraba verla cada día. El pobre se va a morir y le importa una mierda lo que piense la pija de la mujer de su exjefe. ¿Cómo reacciona Claire? Pues va y le mete la mano entre las sábanas al enfermo y le acaricia su pene. Naturalmente no se ve nada. Estamos en Estados Unidos y esto no es una serie española o una película de Vicente Aranda. Pero, ¿qué pretendían con la escena los guionistas? ¿Demostrarnos lo malvada que es Claire? ¿Poner un punto picante a la serie? No lo entiendo, me pareció ridículo. ¿Alguien se cree que una señora vestida de Chanel para visitar un enfermo terminal al que conoce sólo de su relación profesional va a acariciarle el pene en su lecho de muerte, aunque le haya confesado que la amaba en secreto? Patético, esa es la palabra.

El colmo llegó en cómo soluciona la serie el episodio de la huelga de profesores. Parecía que podía mejorar la serie pues a Francis Underwood lo cogen en un renuncio en un programa de televisión y parece que no es infalible. Pero nada, mentira cochina. Todo es una argucia para hacer picar al abogado que lleva los asuntos de los huelguistas, que muerde el anzuelo y acaba agrediendo a Francis cuando están a solas para cerrar el acuerdo sobre el fin de la huelga. La escena es espantosa, no por poco creíble, que también, sino por la impresión que nos deja de que Francis es malo, pero nos cae bien, porque consigue lo que quiere. Vamos lo que les gustaría muchas veces a muchos: darles de su propia medicina a sus enemigos. Pues si todo va a ser así, basta. Se acabó House of Cards. No aguanto a un tipo malvado que me tiene que caer bien porque siempre gana, no es mi estilo. Me recuerda a esos polis duros que a tiros y puñetazos resuelven los problemas de la gente y todos aplauden. No es mi estilo, lo siento.

Quizá es que tenga muy cercanas las series Borgen, Newsroom o Gomorra, donde los protagonistas no son ni buenos ni malos, a veces se equivocan, a veces aciertan, su vida no siempre es maravillosa, tienen debilidades, las cosas no siempre les salen bien. Nada que ver este Francis Underwood, malvado al que todo le sale bien y, por ello, se pretende que caiga  bien y nos identifiquemos con él, con los fracasos familiares y políticos (sobre todo en la tercera temporada) de Birgitte Nyborg en Borgen, la triste vida cotidiana de un supuesto triunfador como Will McAvoy en The Newsroom, la maldad sin paliativos del atractivo Ciro Di Marzio en Gomorra o la paulatina caída a los infiernos de Leonardo Notte en 1992, la serie que narra el escándalo de corrupción en Italia conocido como la “Tangentopoli”. Y sólo he citado series más o menos modernas.

Creo, por tanto, que la gran mayoría de estas series de éxito están sobrevaloradas. Creo que es una cuestión de “modernez”. Es muy “moderno” decir que eres fan de The Wire, House of Card  o cualquier otra serie, especialmente si es americana. Y es que el “pijerío socialista”, apoyado por el emporio Prisa hizo mucho mal. Me explico. Antes de mediados de los ochenta, lo “moderno” era que te gustaran las películas francesas, italianas de culto, suecas o, a lo sumo, las americanas para minorías, tipo Woody Allen. Con la llegada de Felipe González al poder y su troupe, sobre todo desde su transmutación en atlantistas, pasando del “OTAN NO, bases fuera” y “OTAN, de entrada NO” al famoso referéndum para quedarnos en la OTAN de 1986, todo cambió. Recuerdo los artículos de Juan Cruz en El País Semanal ensalzando el cine americano más mainstream y recuerdo como se les caía la baba con Terciopelo Azul (1986, ¡qué casualidad!) de David Lynch. Años más tarde, ya fue el súmmum con Twin Peaks, del propio Lynch. Se convirtió en un fenómeno de masas, masas “hipermodernas”, claro. Vi alguno de los primeros capítulos. Me pareció pasable, pero no para convertirla en objeto de culto. Por cierto, Lynch ha amenazado con estrenar una nueva temporada en 2017. Con Perdidos la cosa ya se salió de madre. Recuerdo a algunos amigos que no sólo no se perdían un capítulo sino que tenían que verlo en su original inglés, pues se emitía al mismo tiempo que en Estados Unidos y no querían que nadie les hiciera spoiler en el trabajo. Con la emisión del último episodio la cosa ya se puso en plan histeria total. Alguien me contó que se preparó como si de una celebración se tratara. Diría una misa, si no fuera por el agnosticismo imperante entre este grupo de “hipermodernos”. Luego me contaron que les decepcionó un poco. Bueno, es lo que tiene cuando te esperas que el sacerdote haga un milagro y le sale un churro de consagración, como se diría en Amanece que no es poco.

A lo mejor es que con esto de las series pasa como en la vida misma. Llega un momento en que ya no estás para ir haciendo amistades a cada momento. Ya no eres uno de esos adolescentes que en una fiesta conocen a alguien y se convierten en amigos tan íntimos que parece hubieran nacido siameses. Cambian su foto de perfil de whatsapp y Facebook para colocar una en que estén ambos, están todo el día enviándose mensajes, se apuntan a las mismas fiestas, cambian sus gustos musicales o cinematográficos para caer bien al nuevo amigo de turno. Eres de quedarte con lo que tienes, cuatro amigos a los que das la paliza de tanto en tanto con tus problemas, con los únicos que sales a tomar algo (de uvas a peras, no os creáis) y con los únicos que te mensajeas, tampoco a cada momento, no os penséis.

Así que nada, intento fallido. Creo que casi mejor me conviene dejar El Plus y volver a RTVE que parece que van a reponer Curro Jiménez. Eso o dedicar el verano a intentar ver películas que hacía tiempo quería ver o si la cosa se pone mala volver a ver Retorno a Brideshead, que también tiene una música especialmente bella en su intro:

 

 

 

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VOMITAR, ESE ACTO TAN NECESARIO: Rajoy camino de La Moncloa de la mano de…

imagesCuando yo era joven y llegaba a casa un poco cargado siempre me costó vomitar. Aguantaba hasta el máximo, no sólo para que no se dieran cuenta en casa, sino porque acababa con múltiples dolores y mayor malestar que si no lo hacía. Decían algunos colegas que te sentías mejor después y que, si de forma natural no lo conseguías, bastaba con meterse los dedos en la boca para provocarse el vómito. Yo nunca lo hice. Alguna vez lo intenté, pero no pasé de una leve introducción digital que provocó alguna arcada. Me resultaba un tanto patético.

Hace meses decidí dejar en este rincón de publicar comentarios sobre política nacional, pues estaba hastiado de ella. No servía de nada. Ya lo decía, vomitar me causaba más dolor del que ya me producía la intoxicación etílica. Meterse los dedos en la boca, ponerse a aporrear compulsivamente las teclas, de poco servía. Prometí no vomitar más, pero claro, es imposible no caer en la tentación del alcohol, pues las noticias políticas inundan nuestra vida diaria, quieras o no. Lo mejor era dejar de acudir a fiestas y, por tanto, dejar de visitar páginas de noticias, aunque las financies (como yo con eldiario.es), incluso fiestas infantiles (léase páginas de sátira cómica, aunque también seas socio de ellas –Orgullo y Satisfacción-). Incluso hice la promesa, o casi, por escrito.

Pero es muy difícil. El alcohol, la política, nos rodea a cada instante. Cuando comienzo a escribir estas líneas se acaba de inaugurar la XII legislatura. Y me han llegado noticias que me han provocado una nueva intoxicación etílica. Y, como cuando era joven, no me quedan más que dos soluciones, irme a dormir y esperar que se me pase al levantarme con un espantoso dolor de cabeza, o vomitar. Dije que no lo haría, pero esta vez la situación es grave. No me va a quedar más remedio que poner la casa perdida. Así que allá voy. Podéis dejarlo aquí si alguno cree que se a ver salpicado. Estáis en vuestro derecho. Ante todo la higiene, aunque sólo sea la mental.

Lo mejor ante todo es dejar las cosas claras desde el principio para que la vomitera no coja despistado a más de uno.

Primer asunto. Dice José Álvarez Junco en su excelente libro “Dioses útiles” que el nacionalismo es el sustituto actual de lo que supuso la religión en el pasado: una excusa para crear identidades que creen y mantengan a las élites sociales en su posición de predominio. Y ello fundamentalmente desde la época contemporánea, es decir, más o menos, desde finales del siglo XVIII. Así, los ilustrados hablaban de élites poseedoras de la cultura, liberales y románticos pensaron en héroes individuales, los socialistas en la clase obrera, pero “sin embargo, la nación se impuso sobre todos ellos y acabó protagonizando de forma casi constante la lucha política de los últimos siglos europeos”. ¿A alguien le extraña, por tanto, que en los últimos tiempos la política española se haya centrado en el debate “nacional”? Desde el gobierno central no había que permitir que se “rompa España”, pues es la única nación de todos los españoles, lo quieran o no. Desde la periferia, últimamente en especial desde Cataluña, se proclama la existencia, sí o sí, de la “nació catalana”. La “nación” crea la principal identidad del ser político y sublima el debate sobre cualquier otro asunto.

Segundo asunto. Definamos un viejo término filosófico que durante un tiempo dejó de estar en uso pues estaba ligado a un mundo que se creía derrotado desde la caída del Muro de Berlín: “materialismo histórico”. En palabras de Engels, “la concepción materialista de la historia parte de la tesis de que la producción, y tras ella el cambio de sus productos, es la base de todo orden social; de que en todas las sociedades que desfilan por la historia, la distribución de los productos, y junto a ella la división social de los hombres en clases o estamentos, es determinada por lo que la sociedad produce y cómo lo produce y por el modo de cambiar sus productos”. En roman paladino, que todo devenir histórico está determinado por la posición que los sujetos (personas, clases, partidos, medios de información, etc) mantienen en las relaciones de producción, es decir en la economía. Lo que más solidaridad crea para conformar grupos dentro de las sociedades es la posición en el entramado económico: los que tienen acceso a los medios de producción (empresas, para entendernos) y los que participan en ellos únicamente como agentes productivos (trabajadores, en resumen). Esta vieja idea marxista se ha resumido, a veces, con interesados reduccionismos a la frase “la economía mueve la historia”, con la que cualquier pensamiento por primario que sea parece estar de acuerdo.

Y tercero, la consecuencia. Existe un elemento que soslaya esta creencia primaria de que la economía mueve el mundo. Ese elemento es la nación. Así, cualquier hijo de vecino (en Madrid, en Barcelona, en Pristina, en Belgrado, en Londres o en Edimburgo) admitirá que los ricos sólo piensan en ellos mismos, que las empresas tratan de obtener unos beneficios extraordinarios a costa de sus empleados, que cuando pueden deslocalizan sus empresas y las envían a Bangladesh o Singapur, pero si estas élites económicas enarbolan la bandera nacional frente al contrario, la batalla está ganada. La culpa es de España, de Cataluña, de Kósovo, de Serbia, de Inglaterra o de Escocia.

Si ya ha quedado claro lo que quería decir (que mucha nación, sí, pero lo que de verdad interesa es el dinero), ya puedo comenzar a vomitar.

Nos enteramos el lunes de que el Partido Popular y Ciudadanos han llegado a un acuerdo para la presidencia del Congreso y el reparto secretarías de la Mesa del Congreso. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, a pesar de que algunos medios progres se hagan cruces con que el partido de Rivera dijo en campaña que no votaría a un presidente del Congreso del partido del gobierno, pues creía (ultraliberales ellos) que ejecutivo y legislativo debían estar separados. Bien, pasemos por alto el asunto, como también que dijera que nunca alcanzaría pactos para lograr sillones. Consideremos que los asientos de la mesa del Congreso no son sillones sino lugares donde jugar al Candy Crush. Pero nos enteramos que la elección de Ana Pastor como presidenta del Congreso ha obtenido diez votos más de los que suman PP y Ciudadanos. Durante toda la tarde PNV y Convergencia (o Partido Demócrata Catalán, como se llame ahora a los nacionalistas de derechas catalanes) juegan al ratón y al gato. Que yo no he sido, que mis diputados no harían tal cosa, que son libres para votar en conciencia, que “si la abuela fuma”. Hasta que al día siguiente el portavoz del PP, señor Hernando, admite que nacionalistas catalanes y vascos (esos demonios rompedores de España) le han prestado unos votos, pero “como un acuerdo puntual”. Que de romper España, nada de nada.

Pero lo mejor no está en la noticia en sí. No olvidemos el segundo asunto antes explicado (¿a qué grupo socioeconómico representan PP, PNV y Convergencia?). Lo mejor está en las reacciones. Ciudadanos pone el grito en el cielo y dice que si esto es “el principio de una larga amistad”, como le decía el capitán Louis Renault (Claude Rains) a Rick (Humphrey Bogart) en el final de Casablanca, que con ellos no cuenten para la investidura. Se ha puesto “estupendo” de nuevo Rivera en su españolismo y defensa de los valores patrios frente al separatismo catalán. Pero ya sabemos cómo se las gasta el líder de Ciudadanos para mantener sus promesas: “dónde dijo digo, digo Diego”. Tampoco debería olvidarse las veces que su partido votó en el Parlament de Cataluña, en el Parlamento de Bruselas o en el ayuntamiento de Barcelona junto a los independistas de Convergencia si se trataba de mantener, impulsar o acrecentar intereses económicos concretos o aminorar derechos sociales mediante recortes. VOMITIVO.

Por su parte, los medios de comunicación progres, arrinconados en la World Wide Web ponen el grito en el cielo, mientras el resto toma una actitud de… Volvemos al punto número dos, ¿quién controla los medios de comunicación? Decimos que España es Una, Grande y Libre y que Catalunya “es una nació”, pero más bien pasamos de puntillas sobre el asunto. El incendiario Jiménez Losantos dice que el préstamo de votos de nacionalistas al  PP para la presidencia del Congreso ha sido “un tropezón”, nada de “se rompe España”, “nazionalistas” o cualquier otro término en su florida prosa. Eso sí, lo relata en un párrafo que alguien debería presentar al Bad Writing Competition, que me acabo de enterar otorga un premio anual al escritor con prosa más ininteligible. Claro, es mejor escribir las cosas con esa prosa petulante, no vaya a ser que alguien le entienda. Ahí va el párrafo, no tiene desperdicio:

Sin embargo, junto al gran paso en el camino del cambio necesario, ayer se produjo en el Congreso un tropezón inquietante: los diez votos para el bloque PP-Cs provenientes del Partit Trescentista Catalá y los jeltzales aranistas. ¿Es sólo el pago a un grupo parlamentario para el trescentisme o la retribución de la escandalosa prevarigalupación de la Fiscalía con Mas, al que quiere perdonar la malversación de fondos del referéndum golpista -que acarrea cárcel- con el peregrino argumento de que se contrató a los proveedores de urnas y demás antes de la prohibición del Constitucional? Si Mas contratase que apalearan a Rivera, a Inés Arrimadas o a Girauta, ¿dejaría de ser delito porque se había comprometido a pagar a los sicarios? Pues eso es lo que defienden los horrachs de Catalá.

Os lo dije, VOMITIVO.

Otro de los grandes defensores de los valores patrios, incluso hasta el punto de llamar “hijos de puta” a los antitaurinos, Carlos Herrera, al que yo creía exiliado desde 2008 cuando dijo que si Zapatero volvía a ganar las elecciones se marchaba de España, ni siquiera comentó el tema. Quizá hoy en su columna del ABC, sus exabruptos contra los antitaurinos le dejen tiempo.

Repaso, con mi candor habitual, blogs, facebooks y otros medios de mis conocidos simpatizantes de Ciudadanos o de grupos nacionalistas periféricos para ver sus reacciones. Sí, esos que veo con la pulsera de la bandera española o con un avatar hispanonacional o cuatribarrado, o que celebran cada día de la “nació” con frases históricas (ya os lo dije, si no queréis seguir leyendo podéis hacerlo, es lo que tiene la vomitera). No pretendía ver a ninguno cortarse las venas, abjurar de su grupo político de referencia, despotricar contra líderes a los que, con frecuencia, parecen amar hasta la náusea, pero esperaba, inocentemente, alguna frase… Volvemos a la primera cuestión: lo importante es la nación, se llame esta España, Cataluña, Kósovo, Serbia, Inglaterra o Escocia. Volviendo a la cita anterior de Álvarez Junco, “la nación (…) acabó protagonizando de forma casi constante la lucha política de los últimos siglos europeos”. VOMITIVO.

Ya ha comenzado una nueva etapa. La que podríamos denominar (parodiando a Hayden White, un historiador americano) del “giro lingüístico”: el PP llama a los votos prestados por los nacionalistas “acuerdo puntual”; el president Puigdemont “pide al nuevo Gobierno afrontar el proceso soberanista o al menos «reconocer» el fenómeno”, o sea de declaración unilateral de independencia “hui no toca”. La moneda de cambio, conceder grupo parlamentario propio a los nacionalistas moderados catalanes a pesar de que legalmente no tienen derecho a ello. Pecata minuta, tampoco es para tanto: conceder voz a los independentistas “rompespañas” en los debates y tres millones de euros de los presupuestos de la Cámara que podrán gastar en las próximas urnas de cartón para su siguiente referéndum independentista. Pero es que la historia está para algo, tampoco es nueva esta alianza entre la derecha montaraz española y la catalana. Y no me refiero a Aznar y su “hablo catalán en la intimidad”, sino a hace ochenta años, ahora que se celebra el aniversario del “Glorioso Alzamiento Nacional”, es decir el golpe de estado del 18 de julio de 1936.

En aquella época, el grupo político que representaba los intereses del catalanismo conservador era la Lliga Regionalista. Pues bien, durante la II República no pusieron pegas a su alianza con Alejandro Lerroux, un anticatalanista visceral, con tal de frenar a sus rivales de Esquerra Republicana de Cataluña, más vinculados al republicanismo masón, que en Madrid se había aliado con Azaña y el PSOE para una transformación política y social de España. Así, al estallar la guerra una parte de aquellos nacionalistas de la Lliga se exiliaron y participaron desde el sur de Francia en los servicios de espionaje del general Mola, especialmente en el denominado Servicio de Información del Nordeste de España (SINDE), uno de cuyos fundadores fue José Beltrán y Musitu, diputado por Barcelona de la Lliga. El propio Francesc Cambó, cofundador del partido, financió desde Suiza (¡oh, gran país para las élites de cualquier nacionalidad!) la causa de Franco. Desde Suiza se trasladó a Buenos Aires donde acabó sus días dirigiendo la empresa eléctrica CADE, que se había vuelto envuelta años antes en casos de corrupción política. ¿Las puertas giratorias en sus inicios? Otro de los fundadores, Juan Ventosa, se trasladó a Burgos, donde estaba el cuartel general de Franco, convirtiéndose en un fiel colaborador buscando dinero en el extranjero para la causa “Nacional”. Al finalizar la guerra, Franco le recompensó sus desvelos nombrándole procurador en Cortes en las primeras Cortes franquistas. Su doblez (o no, pues realmente servían a los mismos intereses) le permitió continuar sirviendo a la Corona (era un fiel monárquico) como miembro del Comité Directivo de la Monarquía y desde 1947 del Consejo Privado de Juan de Borbón, conde de Barcelona.

Y mientras tanto, aún seguirá habiendo quien se crea los discursos antiespañoles de unos y anticatalanistas de otros. Pero, a la hora de la verdad, cuando haya que jugar el partido decisivo (reformas sociales vs mantenimiento del sistema) cada cual sabrá en qué parte del campo debe situarse. Pero habrá quien siga picando en el anzuelo: ¿qué hizo la CUP si no cuando aceptó a Puigdemont creyendo que la independencia sería inmediata? Pues aquí le tenéis, dorando la píldora al PP y facilitando su gobierno.

Así pues, quedan dos soluciones para que Rajoy llegue (o más bien se mantenga en La Moncloa). Irá cogido de la mano de Ciudadanos (por mucho que se haga el remolón Rivera) y de socialistas o nacionalistas. Si lo hace de mano de los primeros (los socialistas) la derecha más tabernaria (hasta 13TV) dirá que ha sido por el “bien de España”, y los nacionalistas volverán a “decir” que se sublevan. Si lo hacen de la mano de los segundos (PVN y Convergencia), estos mismos medios (y sus tertulianos que ya han firmado un manifiesta adhoc) dirán que el PP ha logrado domesticar al soberanismo, “por el bien de España” y los nacionalistas expondrán que Madrid ha aceptado “el hecho diferencial de la nación catalana”. VOMITIVO.

Leamos las portadas de hoy (viernes 22 de julio) de los principales periódicos y observaremos cuáles son los movimientos. En El País, se dice que Albert Rivera le va a pedir al Rey que le diga a Pedro Sánchez que se abstenga en la votación para que se invista a Rajoy. ¡Pero este tío es tonto y no se entera de nada o tiene unos consejeros que no han acabado la ESO! A ver si te lo explico fácilmente para que lo entiendas. Según la Constitución, el rey no tiene papel político, no puede influir en decisiones políticas, es un “símbolo” (artículo 56). Pero El País con tal de sacar en portada a “su” Rivera es capaz de hacerlo incluso haciendo el canelo. ABC presiona a Rivera diciendo que Rajoy está pensando retrasar la investidura (¡a que nos quedamos sin vacaciones parlamentarias!), mientras anuncia que algunos exministros socialistas (esos de los que el diario monárquico despotricaba antaño por su corrupción y antiespañolismo) urgen para que se acabe este “sindiós” de no tener gobierno. No lo dicen, claro, pero los exministros abogan por la abstención. El Mundo indica en su portada que Rajoy amenaza con terceras elecciones, mientras la foto central es para Oriol Junqueras, en cuyo pie se puede leer “Madrid no le entiende”. Dice que le han ofrecido 1.600 millones de la deuda catalana, pero que le parece poco. “Estos catalanes que no se conforman con nada”, dirá ese señor de bañador hasta los sobacos mientras lee el periódico en su hamaca playera. No sabe que está todo “atado y bien atado”. Por cierto, de la entrevista de Francesc Homs con Rajoy antes de la elección de presidente del Congreso nada trascendió, pero ya sabemos el resultado. ¿Hace falta recordar que Homs tiene cita en el Tribunal Supremo en septiembre acerca de la consulta del 9N de 2014? Por su parte La Razón tiene prisa, dice que sólo queda una semana y que PSOE y Ciudadanos deben facilitar la continuidad de Rajoy en La Moncloa. ¿Y si lo hacen los nacionalistas? Pues sea. Por último, La Vanguardia ofrece una clave clara de lo que está pasando. Leed el titular, no se necesita mucha perspicacia: “Hacienda asumirá otros 1.600 millones de deuda catalana”, y añade “El Consejo de Ministros autoriza además nuevos créditos de 685 millones”. Todo muy VOMITIVO.

Así pues, vosotros seguid enarbolando banderas (cuatribarradas o tribarradas, qué más da) que ellos seguirán defendiendo sus verdaderos intereses. Igual que cuando vitoreáis a esos deportistas que llevan vuestra bandera en la muñeca, en la gorra o flameando al viento cuando dan una vuelta de honor tras triunfar en una carrera motociclista, como ese tal Dani Pedrosa que lidera la lista de deportistas morosos con Hacienda (7,8 millones). Pero no os preocupéis, si gana el próximo Gran Premio, volverá a dar la vuelta de honor con la bandera tribarrada, no habrá nadie que salga a la pista, se la arranque de cuajo y le espete “moroso, tú no paseas la bandera de un país en el que no pagas impuestos”. Pero claro, su victoria es a mayor gloria de la “nación”. VOMITIVO.

Bueno, ya lo solté todo, aunque creo que no es cierto, pues como en toda buena vomitera posborrachera, siempre te queda la impresión de que algo se te queda dentro, pero esa última arcada ya puede causar dolor. Mejor irse a dormir. Hagámoslo, pero no sin  antes ponernos algo de música, lo más bella posible, pues ante tanta podredumbre sólo nos queda disfrutar de las cosas bellas. Además, tengo una lectora que no me perdonaría no acabar con algo de música, dice que es lo que más le gusta de Un Club Sin Socios. Quizá tampoco conozca a Carla Morrison, así que disfruta de esta maravilla:

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KOBE BRYANT vs TIM DUNCAN: La vida como espectáculo o como discreción

IFWT_Kobe-Duncan-1El pasado día 11 de julio la NBA ha comunicado oficialmente que Tim Duncan, considerado el mejor ala-pívot de la historia se retira. Lo ha hecho una vez concluida la temporada, sin ni siquiera una rueda de prensa. Ha sido su empresa, la NBA, la que ha anunciado que ya no seguirá con ellos. Desde ese momento, los medios de comunicación y las redes sociales se han hecho eco de la noticia destacando la forma en que ha ocurrido su retirada: discretamente, sin ninguna espectacularidad. El adiós de un hombre tranquilo ha titulado algún periodista, acertadamente.

En cuanto me enteré de la noticia, me vino a la memoria la retirada de otro mito de la NBA, Kobe Bryant. Desde que anunció su retirada cada partido suyo era puro espectáculo y culto a la personalidad de Kobe. Ya no era un simple partido de baloncesto, era como la llegada del circo a la ciudad. Las entradas se disparaban en precio, los estadios, incluso alguno que hacía años no colgaba el cartel de “No tickets”, se llenaban de espectadores que querían ver por última vez al… hombre espectáculo, “el jugador de baloncesto que más tiros ha realizado en la historia”, “el jugador que más tiros ha fallado en la historia”. Pero daba igual, su vida deportiva o la extradeportiva, fue, y es, puro espectáculo. Frente a él, se ha retirado ese hombre tranquilo, nacido en una isla del Caribe, llamado Timothy Theodore Duncan, Tim Duncan, “Tim Siglo XXI” como le llamó el inolvidable Andrés Montes. Seguro que los no aficionados al baloncesto han oído hablar hasta la saciedad de Kobe Bryant y a la hora de su retirada lo han comentado con sus amigos de tertulia de café. Cuando ahora lo ha hecho Duncan, algunos se habrán extrañado de que los medios hablen de este excelso ala-pívot del que nunca habían oído hablar.

Ello me ha llevado a pensar en cómo estos dos personajesson un ejemplo de cómo de diferente vivimos la vida las personas. Quizá me pueda servir para una tutoría en mis clases del instituto para que mis alumnos más apocados no se traumen ante la falta de éxito con las chicas o los chicos, su poca notoriedad en el grupo, su poco reflejo en la vida social del centro. ¡Tiene que haber de todo! Y me viene ahora a la memoria una canción que me dio a conocer una lectora asidua de este blog, y gran amiga a pesar de ello, titulada “Aniversari” del grupo catalán Manel, que dice cosas como éstas: “Els llums s’han apagat, han tret el pastís, / aplaudien els pares, els tiets i els amics / tots alhora, agrupats en un únic crit, / “que demani un desig, que demani un desig”… I jo, en el fons, m’acabava el culet de la copa decidit / a trobar un raconet adequat per fer-me petit, petit. / Del tamany d’una mosca, del tamany d’un mosquit”. Y tengo algunas amigas y amigos a los que les gusta pasar así por la vida, haciéndose pequeños, buscando su rincón en el que ser felices, sin los focos de la popularidad, sin las luces del protagonismo. Me ha constado verles en un escenario para decir únicamente unas palabras, aunque merecieran el aplauso mucho más que los que, por nuestro cargo o por deseo de protagonismo otros, lo recibíamos. Ellos, ellas, saben quiénes son y por ello no aparecen aquí sus nombres, pues sería traicionar sus deseos de esconderse “entre un tap de suro i la paret” (“entre un tapón de corcho y la pared”) como dice la canción de Manel.

Qué nos lleva a vivir la vida de una manera u otra es un misterio que queda indescifrado a pesar de los intentos de psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas e incluso parapsicólogos. A veces intentamos dar racionalidad a algo que quizá no lo tenga. El psicólogo estadounidense Daniel Goleman, padre de la teoría de la inteligencia emocional, dice que muchas de nuestras emociones tienen una base física y que otras se deben al contacto con otras personas o al medio ambiente. Yo no sé qué me ha llevado hasta aquí, pero ya podréis haber descubierto que, entre Kobe Bryant y Tim Duncan, yo admiro más al segundo. Por su forma de vida y también como baloncestista.

La vida baloncestística, y la otra, de Kobe Bryant es la historia del exceso. No sólo ha sido excesivo ese espectáculo de su retirada, sino toda su vida profesional. Siempre le gustó romper récords, ser el primero, el que más… Ya desde su nacimiento, pues sus padres (él Joe también fue un jugador de renombre que acabó sus días jugando en Italia) eligieron el nombre de Kobe cuando descubrieron que era la ternera más cara del restaurante al que acudían muchas noches. El glamour se apoderó de su carrera desde el principio. Fue elegido en el número 13 del Draft de 1996 (sistema para elegir jugadores novatos en el cuál comienzan eligiendo los peores equipos del año anterior) por Charlotte Hornets, pero fue traspasado a Los Ángeles Lakers a cambio de Blade Divac, ya que el joven equipo de Carolina del Norte necesitaba jugadores más experimentados, pues Kobe sólo tenía diecisiete años. Esa es la razón por la cual ocupó un lugar tan bajo en el Draft, frente a otros cracks de este deporte que fueron números uno, dos o tres (Jordan, Magic Johnson, O’Neal o LeBron). Recaló, así, en un equipo hecho a su medida: una gran ciudad llena de estrellas, Los Ángeles, un estadio (Forum de Inglewood, primero, y Staples Center después) visitado cada noche de partido por artistas como el fijo Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Andy García o Denzel Washington, un equipo plagado de triunfos (en aquel año sólo los Celtics de Boston tenían más títulos que ellos). Además el estilo de juego era el que más se adaptaba a su forma de ser, entender el baloncesto, y la vida: el denominado “show time”, baloncesto rápido, poco defensivo, muchos tiros, juego en transición, puro espectáculo. Lo habían impuesto los Lakers de los ochenta (con aquel quinteto mítico compuesto por Magic Johnson, A.C. Green, Byron Scott, James Worthy y Kareen Abdul Jabbar). Disfrutad de las imágenes (y de la música):

Primero tuvo que comerse un tanto el orgullo de joven que no había ni pasado por la universidad, al no poder vestir el número 24 (el que más le gustaba) pues era propiedad de George McCloud, un veterano jugador que había llegado ese año al equipo, ni el 33 (el que llevaba en el instituto), pues estaba retirado desde que lo portara el mítico Abdul Jabbar. Decidió ponerse el ocho, pues era la suma de los dígitos del 143, que fue la camiseta que portó (en una excentricidad más, ya que nadie se ponía camisetas con tres dígitos) en el Adidas ABCD Camp, un torneo de verano para novatos. Pero enseguida comenzó a destacar y a convertirse en un coleccionista de récords.

En su primer año, 1996, se convirtió en el primer novato (rookie) en ganar el concurso de mates del All Star (una especie de fiesta que la NBA realiza a mitad de temporada) y en el jugador más joven en hacerlo, récord que aún conserva. En su segunda temporada logró el récord de ser el jugador más joven en jugar el All Star Game, con menos de veinte años. A partir de entonces sus éxitos individuales y colectivos fueron en aumento hasta convertirse en una superestrella de la Liga: cinco títulos de la NBA, dos veces máximo anotador, dieciocho veces All Star (cuatro veces mejor jugador del partido), una vez mejor jugador de la Liga (más cuatro máximo encestador), once veces en el mejor quinteto de la Liga. Posee treinta récords históricos de su equipo, los Lakers, y otros del conjunto de la Liga como ser el jugador más joven en llegar a los 30 000 puntos, el que más triples ha anotado en un partido (doce), el segundo con más puntos en un solo partido (81 en 2006 contra los Raptors de Toronto) y el tercero con más puntos anotados en su carrera (32.293).

Pero a pesar de todo ello, siempre se incidió en su carácter egoísta. Todos esos récords eran conseguidos tras completar partidos en que era el jugador sobre la pista que más lanzamientos realizaba. En muchos casos con porcentajes paupérrimos. Su porcentaje de tiros de tres puntos no supera el 33%, es decir fallaba dos de cada tres, pero ello no le impedía seguir intentándolo. En total, en su carrera realizó 26.200 lanzamientos de campo, es decir más de diecinueve por partido. Teniendo en cuenta que durante las tres primeras temporadas era sólo un jugador de rotación desde el banquillo, el Kobe estrella realizaba cada noche cerca de veinticinco lanzamientos. De hecho tiene otro récord histórico que siempre le recuerdan sus enemigos, ser el jugador de la NBA de todos los tiempos que más tiros ha fallado: 14.481.

Por todo ello, su relación con sus compañeros nunca fue, podemos decir, fluida. Especialmente con otra superestrella, Shaquille O’Neill, de los Lakers, son conocidos sus enfrentamientos dialécticos. En 2004 Shaquille abandonó el equipo y la desaparición de aquel tándem dejó al equipo muy mermado hasta la llegada de otro pívot, este más comedido en su ego y más inteligente como jugador, que siempre ha sabido cuál es su posición en la Liga: Pau Gasol. Allí nació una gran amistad, o eso dicen ellos, pues con Kobe nunca se sabe. De hecho Kobe le llama habitualmente “hermano” a Gasol, incluso en castellano (idioma que domina ya que su mujer es de origen mexicano), un apelativo que los afroamericanos sólo usan entre sus iguales.

Su vida no dejó de ser de lo más mediática, cobrando ingentes sumas publicitarias y convirtiendo su vida privada en otro espectáculo. Su matrimonio, casi en secreto, con la casi adolescente Vanessa Laine le costó un disgusto con sus padres que se aponían al matrimonio con una no afroamericana. Siempre estuvo bajo los focos de los mass media, lo cual le costó algún contratiempo que otro como en 2003 cuando fue acusado de agresión sexual por una empleada del hotel donde se encontraba alojado. El asunto se solventó con una fianza de 25.000 dólares y la petición pública de excusas, junto con la retirada de la acusación de la fiscalía.

Su retirada, anunciada en noviembre del año pasado, no podía dejar de estar a la altura de su enorme ego. Cada noche los pabellones se llenaban en cada ciudad donde recalaba el equipo para ver por última vez al ídolo, enemigo en otras ocasiones. Los insultos y silbidos se transformaban en palabras de apoyo y en aplausos. Incluso en marzo cuando visitó la cancha de los Phoenix Suns, su equipo más odiado (le habían derrotado en varias finales) y el lugar donde era menos querido en toda América. Los fanáticos del estado de Arizona se plegaron ante la despedida de Kobe. Imágenes para una buena (o mala, qué más da) biopic, sobre el jugador de los Lakers.

Y todo no podía acabar sino de la forma más espectacular. Como en los fuegos artificiales, lo mejor se guardaba para el final: la traca más sonora. Era el 13 de abril y jugaba en su cancha contra los Utah Jazz, otro equipo que le había derrotado en alguna final al principio de su carrera, su último partido. No era un partido normal (un perrito caliente se cobraba a 15 dólares y el parking costaba 60). Cualquier cosa por despedir al ídolo de masas de la urbe californiana. Los espectadores en la primera fila del pabellón recibieron como obsequio un muñeco con la figura de Bryant, una gorra con el eslogan del jugador y una pequeña réplica del helicóptero con el que se desplaza desde su residencia en Newport hasta el pabellón de los Lakers. El resto de asistentes se llevaron una camiseta con la palabra “Love”, bordada con el logo del jugador. Bryant también se llevó un regalo por parte de los Lakers: un anillo con cinco diamantes grandes (uno por cada uno de sus títulos) y 20 diamantes más pequeños (por cada una de sus temporadas en la Liga). Una hora antes del partido, sobre las 18:00, saltó al parqué para calentar y dar su visto bueno a la novedosa decoración de la cancha, con el número 8 y el 24 -los dorsales que ha llevado a lo largo de su carrera- grabados en ambos extremos de la pista. A continuación, apareció Magic Johnson y dijo: “Estamos aquí para celebrar la grandeza y la excelencia de Kobe Bryant durante 20 años. Es la mayor celebridad que ha dado esta ciudad en ese tiempo. No sólo es un icono increíble, sino que es el mejor jugador que ha vestido la camiseta púrpura y oro”. El Staples Center, literalmente, se venía abajo. También enviaron mensajes artistas como Snoop Dogg, Ice Cube, Kanye West, Kim Kardashian, John Legend, Justin Bieber, Taylor Swift, Justin Timberlake, Ashton Kutcher, Zac Efron y Jack Nicholson, además de leyendas de los Lakers como Jerry West, Karee Abdul-Jabbar y James Worthy. Llovía el confeti. Sonaba “The Best”, de Tina Turner. Era un final de película para una carrera espectacular.

El partido no fue menos espectacular, especialmente su final. Bryant lideró la victoria de los Lakers sobre Utah (101-96) y puso punto final a su carrera con una portentosa actuación. A falta del 3:20, los Lakers perdían por 10 (84-94) y fue entonces cuando emergió la figura de Kobe. El escolta anotó 15 puntos seguidos y acabó asistiendo para que Clarkson sellara el triunfo. Había conseguido un total de 60 puntos en el último partido de su carrera. Él solo. Únicamente hubiera faltado que la cancha se hubiera fundido a negro y hubieran salido las letras THE END.

Frente a esa despedida con confeti, fuegos artificiales y mucho glamour, Tim Duncan, considerado el mejor ala-pívot de la historia, el hombre que cambió el baloncesto en el siglo XXI, el jugador total (defensor, anotador, asistente, inteligente…), se retiró con una simple nota de prensa de la NBA. Sin partido de despedida, sin gira de despedida, sin homenajes de quienes le disfrutaron (le disfrutamos) tantos años.

El Ying y el Yang (Kobe y Tim). Es conocido que Tim no tenía que haber jugado al baloncesto, no como Kobe cuyo padre le puso una pelota naranja entre las manos antes que un sonajero, pues su primer deporte fue la natación, hasta que un huracán, Hugo, se llevó por delante la única piscina que había en las Islas Vírgenes Americanas el lugar tan poco mediático donde nació. Debía entrenarse entonces a mar abierto, pero tenía un temor atroz a los tiburones, como cualquiera, qué queréis que os diga. No jugó en un equipo hollywoodiense de una ciudad de estrellas sino en los Spurs de San Antonio, la populosa ciudad tejana que no conoce otro atractivo deportivo que su equipo de baloncesto. Sin estrellas en la cancha ni en las calles. Su mayor evento mediático es la fiesta de San Antonio, un festival de diez días celebrado cada abril para honrar la memoria de los héroes de la Batalla de El Álamo y la Batalla de San Jacinto.

Podríamos glosar los enormes éxitos individuales y colectivos de Tim (cinco anillos de campeón, los mismos que Kobe, dos premios al jugador más valioso de la NBA, tres veces elegido MVP de las Finales, diez apariciones en el mejor quinteto de la NBA y 14 apariciones en el All-Star Game de la NBA). Podríamos mencionar que ha sido uno de los pocos jugadores en cumplir los cuarenta años como titular de un equipo con aspiraciones. De hecho, si Tim Duncan hubiera lanzado tanto como Kobe Bryant le hubiera adelantado como tercer anotador en la historia de la NBA. Pero Tim, los Spurs, tenían otro concepto del juego y, quizá, de la vida. Nunca se dio golpes en el pecho tras una canasta, no se señalaba el nombre de la camiseta tras un mate, no miraba con desdén a los compañeros. Todo lo contrario, tras una canasta señalaba con el dedo al compañero que le había asistido el balón, palmeaba en el trasero al que había fallado estrepitosamente y ponía esa cara de hombre bonachón. Sus mates eran simples… ¡choff! dentro de la cesta, sin violencia. Su tiro escorado al tablero, indefendible. Su movimiento de pies hacia la canasta sólo superado por el Fred Astaire de las canchas, don Hakeem Olajuwon.

Tim Duncan siempre fue solidario con sus compañeros y sabía que el éxito del equipo no podía depender únicamente de él. Por ello, son conocidas las asociaciones que formó con sus compañeros. Primero fue con David Robinson, apodado el Almirante ya que había pasado por la Navy, después con el francés Parker y el argentino Ginobili. Y siempre con un mismo entrenador, Gregg Popovich. Éste experto en Estudios Soviéticos, que jugó para el equipo del ejército americano, de padre serbio y madre croata, ha dicho que él no hubiera logrado nada sin Tim Duncan a su lado. San Antonio Spurs se convirtió, quizá por sus orígenes familiares, por su conocimiento de Europa o por su personalidad en un equipo diferente: jugaban en equipo, a pesar de sus estrellas, buscaban jugadores poco conocidos para hacerlos crecer (Kawhi Leonard) y su entrenador no era partidario de todo el show de la NBA, con unas ruedas de prensa llenas de contestaciones lacónicas. En la temporada 2013-14, la de su último título, completó una plantilla que parecía una delegación de la ONU: contaba en su plantilla, además de Tim Duncan que oficialmente era medioamericano, con tres franceses (De Colo, Parker y Diaw), un argentino (Ginobili), un italiano (Belinelli), un brasileño (Splitter), un medio irlandés (Bonner) y un australiano (Mills).

Por todo ello, el viejo gruñón de Popovich se desmoronó en su despedida de Tim Duncan. Y lo hizo al estilo que Tim hubiera deseado: habló en una esquina de las instalaciones de entrenamiento de los Spurs en San Antonio, el lugar en donde habla con la prensa tras los entrenamientos. No hubo conferencia de prensa, no hubo nada organizado. Incluso para un evento que tendrá tanto impacto en el equipo, la liga y el deporte, los Spurs mantuvieron la ocasión lo más simple posible. Un día le preguntaron que eligiera un personaje histórico para salir a cenar y dijo que primero pensó en la Madre Teresa, Jesús, el Dalai Lama, William F. Buckley, Gore Vidal y al actor John Cleese, pero que “sinceramente les puedo decir que mi cena sería con Timmy”, dijo Popovich, “y sería con él porque es la persona más auténtica, consistente y sincera que he conocido en mi vida”.

Popovich ha expresado las mejores palabras que un deportista, y cualquier persona, puede escuchar: “Puedo reprenderlo en un juego y preguntarle porque no es más agresivo al ir por los rebotes y decirle eso enfrente de todo el mundo”, explicó Popovich. “Y de regreso a la cancha, me diría ‘Gracias por la motivación, Pop. Gracias por el apoyo, Pop’. Luego hará una mueca de desaprobación y ambos nos reiríamos. Es algo que no ven las demás personas. Pero si lo hacen sus compañeros de equipo, por eso lo aman”. Duncan pasará a la historia como uno de los mejores, y Popovich dijo que fue el mejor compañero que cualquier jugador de los Spurs pudo haber tenido. Dicen que el padre de Duncan cuando comenzó a estar a las órdenes de Popovich le dijo “lo haré responsable de que cuando acabe de jugar, sea la misma persona que es hoy en día”. Y lo han cumplido, ambos.

Y ahora disfrutad de las imágenes (y de la música de Sanders Bohlke), de su mirada como queriendo aprender en cada momento, de su gesto de abrazar el balón con fuerza, de su sonrisa un tanto infantil, de cómo escuchaba en los tiempos muertos, de sus giros hacía canasta (pensad cuando lo veáis que medía 2.11, más que la puerta de vuestra casa), de cómo cerraba los puños tras una canasta importante y de cómo abría los brazos tras un triunfo, parecía que intentando abrazar a todo el mundo. Y sobre todo de las miradas, los gestos y los abrazos con sus compañeros y, en especial, con Popovich.

 

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