VUELVE LA TRANSICIÓN: Mariano, van a por ti

El País ya ha decidido comenzar la Segunda Transición. Hacia mediados de 2015, desde las filas de ese movimiento que se quiso bautizar como transversal que era Podemos se comenzó a hablar de la Nueva Transición. Todo eran algarabías en los diarios (digitales, por supuesto) más o menos próximos al movimiento. Las elecciones municipales de 2015 y el triunfo de las llamadas confluencias en algunas grandes ciudades, hizo albergarles esperanzas. Aún recuerdo aquella noche del 20 de diciembre en la que jóvenes cercanos al movimiento se reunieron en casas de amigos a escuchar el escrutinio de las Generales al calor de programas radiofónicos alternativos como  Carne Cruda. Y recuerdo, con una mezcla de sonrisa malévola y algo cínica, cómo las encuestas a pie de urna daban a entender que se iba a producir el famoso sorpasso y Podemos iba a adelantar al PSOE. Y cómo algunos tertulianos daban vítores y reían ante tal evento. La realidad de los resultados no fue tal: ganó el PP, como estaba previsto, quedó segundo el PSOE y Podemos, aun uniendo las denominadas “confluencias” no pudo sino ser tercero a larga distancia de los socialistas. Al menos les quedó el regusto de haber ganado a Ciudadanos, partido que ya había sido aupado a los altares por grupos mediáticos como  El País.

Ahora, dos años más tarde, poco se habla ya de esa Nueva Transición. Bastante tienen los podemitas con lamer sus heridas, reconstruirse continuamente, buscar cuál debe ser su grado de entendimiento con IU, hacer limpieza de elementos poco adictos al egolíder e, incluso, buscar un nuevo nombre para el partido. No es bastante con que en varias circunscripciones se presenten con nombres diversos, sino que ahora, solo dos años más tarde, ya quieren cambiar de nombre.

Acabose la Nueva Transición, pero El País, aunque admira la vieja e Inmaculada Transición ya ha iniciado desde principios de 2018 la Segunda Transición (el nombre, por cierto, fue utilizado por primera vez por José María Aznar). Confieso que llevo años sin leer el diario fundado por los Polanco y dirigido, ahora desde la sombra, por ese prócer de la Transición denominado Juan Luis Cebrián, pero solo con las portadas me basta para saber qué pretende el ahora llamado Periódico Global (antes llamado Diario Independiente de la Mañana, pero, claro, no es preciso mentir desde la portada). El viernes pasado se publicaba la encuesta, adelantada en la versión digital el día anterior, realizada por Metroscopia (sí, esa empresa que dijo que los votantes del PSOE no estaban de acuerdo con la eliminación de Tomás González en la Comunidad de Madrid solo seis horas después de producirse). En ella, nos anuncia El País que “Ciudadanos rompe el tablero y se dispara hacia el gobierno”. Os confieso que, al principio, el titular me provocó cierta náusea y me dije, “no puede ser, no pueden ser tan burdos y tan poco profesionales; eso no es periodismo”. Pero, después, me contesté, con una sonrisa lo más irónica que me fue posible, “pero qué te esperas, con la línea que lleva el periódico en los últimos años”. Luego lo analicé y me salió este escrito.

Lo que pretende El País es conducirnos a la Segunda Transición: nuevo rey, nueva Transición. Nunca nos lo dirá porque ama la primera, la Inmaculada Transición, y a su rey Campechano. En realidad ya hizo lo mismo allá por los años setenta. ¡Cuánto acaba repitiéndose la Historia en este país! El 4 de mayo de 1976 se publicaba el primer número del periódico y ya en el primer editorial echaba el cenizo a la reforma del presidente Arias y patrocinaba una más profunda. En aquella portada no era casualidad que la única foto que había fuera la del entonces ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, el candidato del establishment. Un hombre preparado, de mundo, con idiomas, de perfil liberal, pues había sido secretario personal de don Juan. Se producía así la primera traición del clan Polanco. Como ha relatado el periodista Martín Prieto, el diario El País fue una idea de Manuel Fraga para hacerse con un grupo mediático que contrarrestara el poder de ABC, pero Arias Navarro lo descubrió y lo envió a Londres como embajador en un retiro dorado. Hasta allí se desplazó Juan Luis Cebrián para ser nombrado director del futuro periódico; cuando a Arias no le quedó más remedio que nombrar a Fraga ministro del Interior por intercesión del Rey, éste aprobó la publicación del nuevo diario. Pero en el año que transcurre entre la llegada de Fraga al ministerio y la publicación del primer número, el clan Polanco se impuso al dirigido por Calos Mendo y la candidatura de Fraga como conductor de la Transición fue sustituida por la de José María de Areilza.

Pero la sorpresa llegó en julio de 1976, solo dos meses después de publicado el primer número de El País, cuando el rey Juan Carlos decidió que el conductor debía ser Adolfo Suárez. Es mítico el artículo de aquel 8 de julio del columnista Ricardo de la Cierva, “Qué error, qué inmenso error”, hablando del nombramiento de Suárez como presidente del gobierno. Nunca le perdonó El País a Suárez que sustituyera a su candidato Areilza, aunque ahora se lean, de cuando en cuando, loas a su política y comparaciones, como no, con su nuevo candidato Albert Rivera (“Rivera y el fetiche de Adolfo Suárez”, 26 de octubre de 2016).

El País ya ha encontrado la nueva UCD, Ciudadanos. Tiene una indefinición política semejante a la del partido de Suárez, se ha montado en torno a un líder carismático creado por los mass media, joven y atractivo. Ahora se trata de cocinar la Segunda Transición. Y en eso están. Dicen que el IBEX y el Santander están detrás de la operación. Nada nuevo con lo ocurrido en los setenta cuando la Banca, que se decía entonces, y las llamadas doscientas familias patrocinaron a Suárez, hasta que quiso ir por libre, y a la UCD. Vuelve el centro, dice en un artículo de ayer el sociólogo José Juan Toharia (“España vira al centro”), casualmente, o no, director de la empresa, Metroscopia, que ha realizado la encuesta.

Mariano, tienes los días contados. Van a por ti. De nuevo El País quiere apartaros del poder. ¿Qué harán ahora el resto de los diarios mainstream? Se presenta un invierno caliente y una primavera ardiente. Hasta ahora Albert Rivera ha sido el niño mimado (por no hablar de la nueva Juana de Arco del soberanismo Inés Arrimadas) de toda la prensa madrileña. Pero, ¿qué hará ahora Jiménez Losantos desde su columna de El Mundo? ¿Seguirá atizando a Mariano y su gobierno de gallinas? ¿Continuará ABC navegando entre dos aguas? ¿Pondrá Marhuenda y La Razón toda la carne en el asador contra Albert y su Ciudadanos? Será interesante verlo.

Aunque ya me imagino la solución. En realidad todo son fuegos de artificio. No olvidemos que las políticas que propugna Ciudadanos (economía, educación, libertades públicas, configuración del Estado) no se alejan mucho de las del PP (incluso de las del PSOE, no seamos ilusos, pues cuarenta años han tenido para poner en práctica por ejemplo una educación verdaderamente laica). Se habla de Ciudadanos como la “marca blanca” del PP, a semejanza de lo que las grandes superficies hacen con muchos productos. Pues, qué queréis que os diga, yo prefiero la original. No para votarla, sino para saber a qué me enfrento. Siempre he estado de acuerdo con la opinión de un compañero sobre el profesorado de religión católica de los institutos: que debían ser monjas y curas, pero de los de antes, con sotana, alzacuellos y hábitos. Para que se les viera venir, para que alumnos y padres supieran de qué va la asignatura. Nada de moderneces de profes guays. Catecismo y oración, como Dios manda. Pues lo mismo digo de la política. Si se tienen que hacer políticas de derechas, que las hagan los de derechas, pero los de verdad, nada de imitaciones de guaperas.

Y, mientras tanto, ¿qué ha sido de la Transición propugnada por los podemitas? Pues quedó en nada. Como en los setenta quedará el grupo reducido a ese 15% residual que le augura Metroscopia (en 1977 el PCE más otros grupos de izquierda ya tenía ese porcentaje). Y, como entonces, se dará paso a unas luchas intestinas entre pablistas, errejonistas, garzonistas y los grupos territoriales que abandonarán el barco: Compromís, En Comú, En Marea… Nada nuevo. Como en los setenta entre los marxistas-leninistas, los eurocomunistas, los estalinistas, los trotskistas, los maoístas…

Como entonces, todo es también una cuestión de estética. En los ochenta, los pelos largos, las trencas, las barbas pobladas, llevar la revista Triunfo bajo el brazo, escuchar a Paco Ibáñez dejó de estar de moda. Ahora otra vez los pelos largos, la palestina, leer Mongolia o escuchar a Krahe (como confesaba Pablo Iglesias que se atrevió a un dúo con él) es sólo cosa de unos cuantos perroflautas, nombre que ha sustituido a los denominados hippies melenudos, como mi abuela y sus amigas catalogaban a aquellos jóvenes radicales de finales de los setenta. Estéticamente los podemitas no son agradables. Lo dicen los abuelos en las vallas de las obras, las señoras de bien en las cafeterías mientras toman el desayuno cotidiano que les permite su pensión, los conductores que cada día más decoran sus parabrisas con la bandera española, los obreros que se ríen de los jóvenes intelectuales que les quieren dar lecciones, los estudiantes que están más preocupados por dónde se irán de Erasmus que por cuándo tendrán un trabajo digno.

Me diréis que todo el mundo no es así. Es cierto, pero sois (¿somos?) un 15%. No más. Y todo proviene de aquella Inmaculada Transición que, entre otros, diseñaron los Polanco y compañía. Sólo hace falta mirar a Portugal para contrarrestar nuestra Transición con aquella revolución (la de los claveles) que hicieron nuestros vecinos. Allí el movimiento se denominó “Proceso Revolucionario en Curso” con una alta participación popular (vecinal, obrera, estudiantil) con las denominadas “conquistas de la revolución”, como la nacionalización de sectores estratégicos y de la banca, o la reforma agraria. Además los militares, lejos de dar golpes de Estado antidemocráticos, formaron un Consejo de la Revolución que actuaría como garante del cumplimiento de la constitución durante los primeros años. Luego, los nuevos líderes políticos de la década de 1980 obtuvieron suficiente poder para paralizar la reforma agraria y luego revisaron la constitución de 1976 para poder iniciar la reprivatización del sector público de la economía. Las instituciones de democracia directa cayeron en el desinterés y nunca fueron organizadas efectivamente, por lo cual esa parte de la constitución sigue vigente pero como letra muerta.

Sin embargo, allí gobierna António Costa, socialista, en coalición con el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda que ha logrado rebajar el paro a los niveles de 2004 con políticas totalmente alejadas de las que aquí propugnan PP, Ciudadanos y PSOE, ha reformado el sistema de financiación de partidos políticos que provocaba la corrupción política, actúa con ética política, como la dimisión de la ministra del Interior después de los incendios del verano pasado o la de tres secretarios de Estado por ir gratis a la Eurocopa y son premiados incluso por la Unión Europea por su gestión de las cuentas públicas.

Así que, Mariano, tienes los días contados como presidente del gobierno. Ya hasta os han quitado el monopolio de la banderita. Pulseras, banderolas en los taxis, banderas en los balcones, escarapelas en los coches se ven en los nuevos salvadores de las esencias patrias contra el comunismo, el separatismo, quizá incluso contra la masonería, como se decía entonces. Como Fraga en los ochenta después de la Transición te convertirás en un residuo de esta Segunda Transición. Quizá, como gallego, siempre te quedará la opción de convertirte en presidente de Galicia. El País, esa reserva espiritual de la Democracia, ha dictado sentencia: la Inmaculada Transición ha muerto, ¡Viva la Segunda Transición!

P.D. Escribo esto sin ningún tipo de preocupación por lo que se anuncia. Como decía Pío Baroja en “El árbol de la ciencia”, ya sólo me queda esa contemplación intelectualista ante lo que sucede. Porque, parafraseando a mi compañero que le dijo a la directora hace unas semanas que había vida más allá del Instituto, hay vida más allá de la política. Por ejemplo descubrir a jóvenes milenials que continúan haciendo buena música, no sin renunciar a un pasado que no conocieron pero que siempre está ahí, cansino, como las “madres manchegas”. Hoy, mientras me llegaban las ideas de este artículo, he escuchado la canción “Camaradas” de Ángel Stanich, uno de mis últimos descubrimientos. Como si algo hubiera unido esa canción a lo que eran mis pensamientos, he escuchado la letra llena de referencias de aquella época: “turgente y comunal” (Amanece que no es poco), los conciertos de Lluis Llac, los panfletos del PC…

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1968: EL AÑO DE LA ESPERANZA

Generalmente digo a mis alumnos que no se fijen mucho en las fechas, que no son importantes, que no las preguntaré en el examen. Pero ellos siempre me contestan, ¿entonces no hay que saberlas? Y yo les contesto que algunas, de tanto repetirlas, se les quedarán grabadas, que no se preocupen. Eso ocurre con la de 1968. Y este año conmemoraremos (que no celebrar) su cincuenta aniversario. Tampoco soy de creer en los aniversarios, ni siquiera en el mío, pues los días, los años, los siglos no son sino convenciones que hemos adoptado los humanos para acotar nuestro paso por el mundo. Pero, los aniversarios pueden ser un buen motivo para analizar lo que ocurrió entonces y lo que ha pasado hasta ahora.

Aquel 1968 se ha convertido en un mito en la iconografía de aquellos que creían que el mundo tenía solución (o, al menos, una solución más allá del liberalismo capitalista), de aquellos que siempre se han encontrado (nos encontramos) a disgusto en un mundo dominado por un poder que no piensa nunca en sus ciudadanos (sea desde la democracia liberal o desde el comunismo estalinista), de un poder que ya no se cree proveniente del pueblo sino que se sitúa por encima de él. Era, en fin, el símbolo de la rebeldía, la revuelta, la utopía, la imaginación, la ilusión, la fantasía y hasta de la juventud.

Hoy, cincuenta años más tarde, no sólo aquella generación ha periclitado hacia un mundo tremendamente material, absurdamente tecnologizado, totalmente pragmático y egocentrista, sino que quizá las jóvenes generaciones no sepan el significado de lo que entonces ocurrió.

Todo comenzó exactamente hace hoy (5 de enero) cincuenta años. Hoy comenzaba la denominada Primavera de Praga. Sí, hoy, en pleno invierno. Tal día como hoy, Alexander Dubček reemplazaba a Antonín Novotný como Secretario General del Partido Comunista de Checoslovaquia, inventando una versión ligth del comunismo que él mismo denominó comunismo de rostro humano, alejándose de los dictados postestalinistas de Moscú.

En abril, Dubček inició una serie de liberalizaciones, que incluían el aumento de la libertad de prensa, la libertad de expresión y la libertad de circulación, con énfasis económico en bienes de consumo y la posibilidad de un gobierno multipartidista. El programa limitaría el poder de la policía secreta y abriría nuevas relaciones con los países occidentales. Incluso se hablaba de elecciones democráticas y de la transformación de Checoslovaquia en una nueva federación de dos naciones (Chequia y Eslovaquia).

La oposición se hizo más presente: la crítica antisoviética apareció en la prensa, después de la abolición de la censura en junio, los socialdemócratas formaron un partido, se crearon clubs políticos y se firmaron manifiestos como el denominado de Las dos mil palabras, auspiciado por Ludvik Vaculik, que llamaba a la movilización ciudadana para apoyar las reformas.

Ante dicho panorama, la Unión Soviética, junto con sus aliados del Pacto de Varsovia, decidieron intervenir en los asuntos checoslovacos. Y cuando digo intervenir, me refiero a una intervención en toda regla: entre 200.000 y 600.000 soldados (según la fuente consultada) y unos 2.300 tanques ocuparon el territorio. El resultado: oficialmente 72 muertos, 266 heridos graves y 436 de diversa consideración, más 70.000 exiliados de inmediato y otros 300.000 posteriormente.

Dubček hizo un llamamiento a la no resistencia, pero el pueblo intentó manifestarse contra la invasión. En aquellos sesenta, tan hippies ellos, la imaginación se exteriorizaba incluso en momentos tan terribles: en el camino de los tanques rusos, la población checoslovaca intentaba confundirles arrancando las señales de tráfico y manteniendo solo aquellas que indicaban en camino de vuelta hacia Moscú, mientras otros cambiaban los letreros de las ciudades de paso, rebautizándolos como Dubček o Svoboda (nombre del presidente de la República Socialista de Checoslovaquia, también partidario de las reformas). Otros utilizaron métodos más cruentos: en enero de 1969 el estudiante Jan Palach se quemó a lo bonzo en la Plaza Wenceslao de Praga para protestar contra la reanudación de la supresión de la libertad de expresión.

Normalizada la situación social, en abril de 1969, Dubček fue sustituido como Secretario General del Partido por Gustáv Husák, siendo expulsado del mismo, asignándosele un puesto como oficial forestal. Años más tarde, tras la caída del Muro de Berlín, Dubček fue aclamado en la Plaza Letna de Praga y nombrado presidente del Parlamento Checoslovaco que acabó con el sistema comunista. Murió sólo tres años más tarde tras un accidente automovilístico.

La Primavera de Praga, con su dosis de rebelión juvenil, pues la juventud fue protagonista de las protestas, se convirtió en un símbolo de lucha contra la opresión. Así, el término Primavera ha sido copiado por diferentes movimientos de similar cariz (la Primavera de Pekín, entre 1977 y 1978, la Primavera croata, a principios de los setenta, y, más recientemente, la Primavera árabe entre 2010 y 2013). Y llenó Europa occidental de intelectuales exiliados, quizá el más famoso de todos ellos Milan Kundera (La insoportable levedad del ser). Pero yo le tengo cierto aprecio a Pavel Kohout, autor de la extraña novela “Mi mujer y su marido. De cómo me quedé sin casa, sin esposa y sin partido comunista”. Silenciado desde 1968 hasta su definitiva expulsión de Checoslovaquia diez años más tarde, ha descrito de forma admirable la desilusión que puede sentirse por quienes protagonizaron aquellos sucesos tan ilusionantes. Dice que la novela la escribió para divertir a sus amigos, cuando no le dejaban publicar, y la completó tras la caída del Muro cuando los checos “se dedican a demostrarle al mundo que incluso después de la caída del comunismo son capaces de seguir siendo un país subdesarrollado”. Desde que leí estas palabras me corre por la cabeza una idea que podría sintetizar diciendo que, en nuestro caso, “después de la caída del franquismo somos los españoles capaces de demostrarle al mundo que podemos seguir siendo un país antidemocrático”.

Mientras todo esto ocurría, durante aquel año de 1968, recién estrenada la primavera, en un segundo escenario que se convirtió en legendario, Francia, la juventud utópica tomó las calles, buscando la playa bajo los adoquines. No es casualidad que todo aquello ocurriera en Francia. Era el centro del mundo desde el punto de vista de la cultura, especialmente de movimientos que ahora llamaríamos antisistema. Allí estaban Guy Debord (La sociedad del espectáculo), Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron (Les étudiants et leurs études) y, sobre todo, Louis Althuser, que desde la École Normale Supérieure, alentaba a los jóvenes hacia la formación de organizaciones maoístas.

Pero las protestas francesas no se iniciaron en París sino en Nanterre, una pequeña ciudad cercana a la capital. Allí fue donde en enero comenzaron las protestas ante el ministro de Educación al que increparon que en su Libro Blanco de la Juventud francesa no se hiciera mención al problema de la liberación sexual (¡qué tiempos aquellos!), siendo uno de sus protagonistas Daniel Cohn-Bendit, convertido más tarde en principal figura del movimiento. También fue en Nanterre donde los estudiantes se encerraron por primera vez, el 22 de marzo, contra la normativa interna de la universidad que no daba voz a los estudiantes. A partir de entonces, jóvenes estudiantes de toda Francia se presentaron en Nanterre para defender a Daniel y los suyos, teniendo que sufrir el ataque de grupos de estudiantes derechistas que les increpaban al grito de ¡Vietcongs asesinos!, en referencia al grupo comunista que luchaba en Vietnam contra la ocupación americana.

La protesta se trasladó y se radicalizó en París cuando los líderes del movimiento de Nanterre (los ocho de Nanterre) fueron detenidos y enviados a declarar a la capital. Las barricadas se levantaron en el Barrio Latino (convertido en símbolo de la juventud rebelde desde ese momento), la policía disolvía por la fuerza a los manifestantes, los heridos se multiplicaban e incluso carros blindados se desplegaban en la ciudad del amor. Durante aquellos días, la imaginación de los estudiantes se desbordó, dando lugar a uno de sus fenómenos más conocidos: las frases escritas anónimamente en las paredes de la ciudad. Muchas se han hecho famosas (prohibido prohibir, la imaginación al poder), otras ya nadie las recuerda (“Dios: sospecho que eres un intelectual de izquierda”).

Pero los estudiantes no se quedaron solos. Desde la primera semana de mayo, los obreros comenzaron huelgas de apoyo y continuaron con la ocupación de fábricas, paralela a la ocupación de los campus universitarios. La huelga general acabó extendiéndose a todos los sectores productivos, incluidos los campesinos.

El gobierno, dirigido por Pompidou, es sobrepasado por los acontecimientos, teniendo que intervenir el omnipresente De Gaulle, presidente de la República. Llega incluso a plantearse una intervención armada, pero finalmente se contenta con la ilegalización de los grupos de extrema izquierda, el arresto de sus dirigentes, la prohibición de manifestaciones, el establecimiento de la censura de prensa y la formación de un grupo paramilitar de defensa de la República formado por asesinos de extrema derecha, miembros de las OAS (formadas en tiempos de la guerra de Argelia), amnistiados por el ministro de Interior. En este ambiente, convocaba elecciones en el plazo de cuarenta días. De Gaulle era conocedor de la ideología proanarquista del movimiento del Mayo francés y de su escasa predisposición a la utilización de los mecanismos democráticos burgueses. Esto y el peculiar sistema de elección francés, a doble vuelta, propició el triunfo abrumador del partido gaullista y la pérdida de diputados de socialistas y comunistas, aunque tuvieran un leve crecimiento en porcentaje de votos.

Pero De Gaulle murió de éxito. Al año siguiente patrocinó una serie de reformas políticas, según él para hacer frente al malestar social. Las presentó como un órdago. O triunfaba el sí o abandonaba la política. El denominado Napoleón del siglo XX, creyó que el pueblo francés no le diría que no. Pero lo hizo. Perdió y abandonó la política para siempre. Parece que De Gaulle sin la política no era nada. Murió al año siguiente.

Los sucesos de París tuvieron enorme repercusión en Occidente y fuera de él. Manifestaciones de apoyo se produjeron en casi todos los países por parte de la juventud, pero en algunos lugares su eco dio lugar a movimientos específicos de gran transcendencia. Quizá los más cruentos tuvieran lugar en México, dando lugar a la matanza de la plaza de Tlatelolco, durante la celebración de los Juegos Olímpicos. Pero también fueron espectaculares en Italia (el denominado otoño caliente del año siguiente), llegando incluso a países fuera de la órbita del liberalismo democrático, como España. Aquí fueron particularmente emotivos los sucesos de la Complutense de Madrid durante el concierto del cantante valenciano Raimon, al que no se le ocurría otra cosa que cantar sus letras de protesta en catalán. ¡Ah, y el público madrileño se sabía las letras y las cantaba ondeando senyeras! ¡Qué tiempos aquellos!

El tercer foco de aquel año de protesta, ilusión y utopía estuvo en el centro del Universo, del universo capitalista: los Estados Unidos.

Aquel año quedó marcado para siempre en la historia de los Estados Unidos por dos asesinatos: el de Martin Luther King (en abril) y el de Bob Kennedy (en junio). El alma de la protesta por los derechos civiles de los afroamericanos y el sucesor del sueño de JFK.

Las protestas de 1968 se enmarcan, en realidad, en el conjunto de las que se produjeron a consecuencia de la Guerra de Vietnam. La crueldad de la intervención americana alcanzó cotas de paroxismo poco antes de la llegada de la primavera con la matanza de My Lai. El 16 de marzo las tropas de Estados Unidos lanzaron una operación en la región de Son My en la búsqueda de vietcongs. A lo largo de cuatro horas, el oficial americano Calley y sus hombres violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia. Calley comenzó a dispararles y ordenó a sus hombres que acabaran con ellos. Nunca se supo el alcance de la matanza. Unos defectos de forma en la investigación lo imposibilitaron. Al día siguiente más de 10.000 personas se concentraron en Trafalgar Square para protestar ante la embajada americana. Al mes siguiente, en la universidad cuna del movimiento hippie, Berkeley, se produjeron violentos disturbios, que se extendieron a otras localidades, siendo especialmente cruentos los de Chicago, durante la convención del Partido Demócrata. El alcalde pidió la ayuda del ejército (la Guardia Nacional) para evitar que se reprodujeran los sucesos provocados a raíz del asesinato de Martin Luther King, que se saldaron con 39 muertos y más de 200 heridos solo en Chicago.

Como había ocurrido en París, el establishment político supo reconducir la situación. En noviembre se celebraron elecciones presidenciales en Estados Unidos de las que salió triunfante Richard Nixon, que prometía poner fin a los desmanes frente a la permisividad demócrata. Aunque la victoria en votos fue muy ajustada (43,4% frente al 42,7% del demócrata Humphrey, que había sustituido al asesinado Bob Kennedy), la victoria en votos electorales fue apabullante (301 a 191).

Dos semanas antes de la victoria de Nixon se había producido el gesto que para mí, amante del deporte como manifestación social, y de la historia como forma de entender el mundo, simboliza aquel año de 1968. Por lo que aúna de protesta juvenil, lucha por los derechos de los más desfavorecidos, pacifismo e inconsciencia. El 16 de octubre, tras la victoria de Tommie Smith y el tercer puesto de John Carlos en la final de 200 metros de las Olimpiadas de México, durante la entrega de medallas, el izado de banderas e interpretación de los himnos, ambos atletas, afroamericanos, levantaron su puño enguantado de negro (uno el derecho y otro el izquierdo, ya que solo disponían de un par, aunque el movimiento del Black Power indicaba que se enguantara solo el derecho) y bajaron la cabeza para no ver la bandera americana. Smith llevaba, además, un pañuelo negro al cuello, símbolo del orgullo negro, Carlos el chándal desabrochado en homenaje a los obreros negros y un collar de abalorios honor a los esclavos africanos llevados contra su voluntad a América. La reacción del público, mayoritariamente americano, fue la de abuchear su salida del estadio, las palabras de Smith ante ello demoledoras: “Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche”.

Un año de símbolos, de fotos, de esperanzas. ¿De frustración? Cincuenta años después no sé si aquello sirvió para algo. En teoría se nos vende que nuestro mundo es más libre, que es más igualitario, que es más justo. Pero no sé si piensan lo mismos los estudiantes que ahora pagan elevadas tasas por sus estudios, los obreros que tienen sueldos bajo mínimos, los afroamericanos estadounidenses que conviven con tasas de mortalidad infantil del nivel de Somalia. Lo que sí creo que ha cambiado es la visión de movimientos como aquellos. Ahora son tildados de estudiantes perroflautas trasnochados, de obreros gandules y subvencionados, y de afroamericanos violentos y drogatas. Incluso, por desgracia, dentro de esos propios colectivos hay quienes piensan que eso es cierto.

1968 fue un año intenso. Creo que tendré que seguir agobiándoos con mis neuras conforme pase el año. Y fue un año de música, de grandes discos, de grandes bandas. Pero también tengo mi canción favorita de aquel año: Mrs. Robinson, de Simon and Garfunkel. Aunque formó parte de un LP (The Graduate) y una película de igual título del año anterior, fue en este cuando fue lanzado como sencillo. Para mí simboliza la desesperanza de la madurez, el ardor juvenil y su despertar sexual y también la desazón de descubrir que el paso del tiempo lo hace ver todo de otra manera.

 

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LA HIJA DEL ESTE: Yugosalvia, el baloncesto y educación

Sin saber muy bien porqué desde hace un tiempo bastantes cosas en mi tiempo libre giran entorno a Yugoslavia. Hace poco recuperé los cómics de Joe Sacco sobre el conflicto balcánico, el otro día entrando en Jot Down encontré una entrevista a Žarko Paspalj, quizá el más enfant terrible de aquella generación baloncestística de los noventa, y cierto mediodía acabamos viendo, mientras tomábamos café, las imágenes del suicidio de Slobodan Praljak en el Tribunal de la Haya. Entrando en modo bucle en internet acabé descubriendo la historia de otro acusado protagonista hace semanas por su intervención en el mismo tribunal que juzga los crímenes en la guerra de Yugoslavia, Ratko Mladić, y la de su hija Ana. Ello me llevó a la excelente novela de Clara Usón La hija del Este.

Creo que uno de mis primeros contactos con Yugoslavia, especialmente con su historia, debió producirse en las clases de COU cuando mi profesor (el querido Emilio Laparra, culpable de que yo derivara mi vida hacia la Historia) nos explicaba las causas de la Primera Guerra Mundial. Aún recuerdo cuando nos exponía, a aquel grupo heterogéneo de alumnos que habíamos caído por diversas causas en ese instituto de barrio obrero que era el Virgen del Remedio, los sistemas bismarckianos de aquella forma tan gráfica (que después yo he copiado en mis clases). Y recuerdo cómo tuvo que interrumpir su explicación ante nuestro escaso interés e incluso el alboroto de algunos. Fue entonces cuando apareció por primera vez en mi vida un término geopolítico cuyo mismo nombre ya encarnaba un halo de misterio y enigmático interés: Bosnia-Herzegovina. A mis compañeros les costó aprenderse el nombre. A mí se me quedó grabado desde el primer día. Y recuerdo cómo lo situé geográficamente con rapidez en aquel mapa que Emilio había colocado en la clase y que yo tenía a cada momento a la derecha de mi pupitre. Y recuerdo echar vistazos de cuando en cuando a aquel mapa para situar Bosnia-Herzegovina. Precisamente ese curso (1980-81) era el primero de la era post-Tito. El mariscal, que gobernó Yugoslavia durante treinta y cinco años, había fallecido en mayo.

Unos años antes había conocido yo otro de los aspectos de aquella Yugoslavia unida: su poderío baloncestístico. Fue en 1973. Es uno de los acontecimientos deportivos más antiguos que recuerdo. Yo apenas tenía diez años y comenzaba a apasionarme por este deporte, seguramente por mi torpeza en el fútbol. El campeonato tuvo diversos aspectos extraordinarios. En primer lugar, se celebraba en España en aquella época en la que no ocurría como ahora en la que cada mes hay acontecimientos deportivos de primer orden en nuestro país, pues el régimen dictatorial del general Franco aún impedía que nuestras relaciones internacionales funcionaran de forma más o menos normal. Para mayor singularidad, el torneo se celebró íntegramente en territorio catalán (en Barcelona y Badalona), cuando el régimen consideraba aquellas tierras como territorio indomable. Pero, además, la selección española tuvo una actuación extraordinaria. No recuerdo que la televisión retransmitiera los partidos de la primera fase, pero sí el enfrentamiento en semifinales entre España y la Unión Soviética (que era como los locutores se referían entonces a la URSS). Era aquella selección soviética una selección temible (un año más tarde ganaron la medalla de oro olímpica por primera vez contra los americanos en una final envuelta en la polémica y cuya derrota no han aceptado aún oficialmente los americanos). Allí jugaban nombres que aún resuenan entre lo mejor del baloncesto europeo de todos los tiempos: Sergei Belov (primer no estadounidense incluido en el Hall of Fame), Anatoly Myshkin o Sergei Kovalenko (un bigardo de 2,16, altura que entonces nos parecía extraterrestre). Pero España la derrotó un cuatro de octubre por 80 a 76. Dos días más tarde no pudimos con Yugoslavia, a la que los comentaristas no creían tan temible como a los terribles (en todos los sentidos) soviéticos. Al fin y al cabo, los yugoslavos eran un poco como nosotros: eran mediterráneos y su régimen comunista era poco comunista, uno adaptado a su propia idiosincrasia. Igual que nuestro régimen democrático, la democracia orgánica franquista, era también adaptada a la nuestra. Pero habíamos menospreciado a, quizá, el mejor grupo de jugadores que nunca han pisado España (Dream Team del 92 aparte): Ćosić, Dalipagić, Kićanović, Slavnić, Plećas…, entrenados por el carismático Mirko Novosel.

Recuerdo que la selección española había sido promocionada de forma mediática en los colegios con una campaña auspiciada por Coca-Cola que organizó una especie de concurso de pintura entorno a ella. Participamos todos los alumnos (yo con la ilusa ensoñación de poder ganar a pesar de mis pocas dotes para el dibujo, presentando, aún lo recuerdo, uno con jugadores de basket en silla de ruedas) y nos regalaron a todos una postal con los jugadores de la selección y sus firmas sobre su figura. Hace años que creo haberla perdido. Allí estaban jugadores míticos como Clifford Luyk, Wayne Brabender, “Nino” Buscato, Rafael Rullán o Carmelo Cabrera y otros ahora menos conocidos, pero de gran recuerdo para los viejos amantes de basket como yo (Vicente Ramos, Manuel Flores, Luis Miguel Santillana, Gonzalo Sagi-Vela, José Luis Sagi-Vela, Miguel Ángel Estrada y Enrique Margall). Todos dirigidos por el sempiterno seleccionador Díaz-Miguel.

Durante años, mi relación con Yugoslavia se situaba entorno al baloncesto. Hasta que a principios de los noventa derivó hacia el mundo de la Historia. Y nuevamente mi vida personal se vio unida a aquel país. En el verano de 1991 los gobiernos de Croacia y Eslovenia decidieron su separación de una ya moribunda Yugoslavia. En Eslovenia el conflicto armado apenas si duró unas semanas, pero se iniciaba entonces una cruenta guerra entre lo que quedaba de Yugoslavia (básicamente Serbia) y Croacia. Magda y yo habíamos decidido casarnos a principios de aquel otoño de 1991 y nuestra ilusión (realmente la mía traspasada a ella) era la de visitar la bella Dubrovnik. Pero no pudo ser, cambiamos nuestros planes por el Tirol austríaco, donde, por cierto, vimos algunos movimientos de tropas que se dirigían a la frontera con Eslovenia, por si acaso el conflicto iba a más.

Y fue a más. Se convirtió en el más tremendo conflicto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Mi amor por el baloncesto yugoslavo, por cómo eran capaces de enfrentarse a la todopoderosa máquina soviética, por cómo eran capaces de luchar contra el dinero italiano (y después español) a nivel de clubes, sin americanos en sus filas, y mi dedicación a la historia me produjo una sensación de horror por lo que allí ocurría. Mi defensa fue el distanciamiento y poco conocí de aquel conflicto en pleno fragor del mismo.

No sé bien porqué, desde hace unos meses he centrado mi interés por aquellas tierras. Y, sin ser demasiado consciente, he ido llenando mi vida de aquellos episodios, queriendo conocer en profundidad lo que entonces no fui capaz.

Acabo de leer La hija del Este, de Clara Usón, y me ha dejado impresionado. Aconsejo a todos los que queráis leer una buenísima novela histórica a que la leáis. Es un ejemplo de como hacer buena literatura histórica. La redacción es amena y brillante. La trama engancha desde las primeras páginas, aunque conozcamos el final. La estructura, con varias voces que nos cuentan la historia, es enormemente atractiva.

¿Es un relato contra el nacionalismo extremo como presenta la editorial? ¿Es una reflexión sobre la manipulación política como también propaga? ¿No son ambas cosas lo mismo? ¿Existiría el nacionalismo extremo (el nacionalismo a secas) sin la manipulación política? ¿Qué fue antes la gallina o el huevo? ¿Son los políticos quienes utilizan instintos identitarios primarios para sus propios intereses o son estos instintos consustanciales al ser humano? Es posible que el libro trate de todo esto, pero creo que desarrolla temas aún más profundos, aunque la editorial haya querido vender la novela bajo el paraguas de la situación política española actual. O quizá es que el nacionalismo no sea sino otra doctrina, utilizada como excusa, para que el poder domine a las masas. A las cuales no les viene mal, les gusta que las dirijan para no tener que hacer algo tan difícil como es DECIDIR. Hay un pasaje muy esclarecedor que suscribo totalmente: “El comunismo es una religión secular y ahora que Tito ha muerto tiene los días contados… las masas tendrán que llenar ese vacío con una nueva fe, necesitan que alguien las oriente y les indique cómo actuar, qué está bien y qué está mal, son incapaces de pensar por sí mismas”.

No imagináis cuantas referencias me trae a la mente ese pasaje. Sólo esbozo algunas que podrían dar lugar a nuevas entradas. Cómo se propagó entre los defensores de la Segunda República el ideal de la revolución comunista después del estallido de la Guerra Civil, frente a quienes propugnaban una revolución libertaria. La primera les ofrecía un modelo impuesto desde arriba, la segunda debía crearse desde abajo y día a día. Cómo se ha impuesto en ese movimiento que se inicio el 15M una estructura jerárquica con líderes bien dispuestos a establecer qué está bien y qué está mal. Han quedado reducidos a una anécdota electoral, excepto en aquellos lugares en los que movimientos urbanos menos jerárquicos los mantienen a flote, quizá no por mucho tiempo. Por ello estoy cada vez más convencido de que si el panorama bipartidista español se rompe no será, como creían algunos de mis alumnos universitarios, por ese movimiento que encabeza Podemos, sino por ese otro mucho más estructurado, guiado, patrocinado y aupado a los altares que supone Ciudadanos. Como bien cuenta un vídeo que hace días me pasó una alumna, la democracia actual consiste en que cada cierto tiempo te pregunten quien quieres que les representes o, mejor dicho, que hagan política por ti.

Pero La hija del Este me ha hecho pensar en otros temas colaterales al que expresaba la contraportada según la editorial. Hasta qué punto somos incapaces de dejar de creernos las mentiras que nos rodean a cada instante por más increíbles que parezcan. Hay varios pasajes en el libro de cómo la televisión serbia desmentía la existencia de campos de concentración diciendo que eran actores pagados por la ONU u otros episodios truculentos de aquella guerra. Pero también de hasta donde es capaz de llegar la maquinaria de guerra para defender los propios intereses. Y de hasta qué punto es difícil conocer con total certeza lo ocurrido en dichas circunstancias. Por ejemplo, la masacre de la cola del pan en Sarajevo de 1992, que informes de la ONU parecen dirigir la culpabilidad ahora hacia el propio ejército bosnio-musulmán que defendía la ciudad para incitar el odio a los serbios en el panorama internacional. Qué importante es la educación en estos temas.

Y en este punto, como siempre, sin saber por qué, parte de mi mundo parece girar entorno al tema que me llevo entre manos. Así, durante la lectura de La hija del Este puse a mis alumnos la película de Christian Carion Feliz Navidad, que comienza con una escena terrible. Tres niños, uno francés, otro británico y otro alemán se dirigen a sus compañeros de clase exponiendo las razones por las cuales esa guerra (la Primera Guerra Mundial) era una guerra justa. “Niño, mira en el mapa el punto negro que hay que borrar, remárcalo con tus deditos y márcalo de rojo”, refiriéndose a Alsacia (ocupada por los alemanes desde 1870) dice el alumno francés; “para borrar del mapa todo el rastro de Alemania debemos exterminar esa raza, no debe quedar ni uno, ignora los gritos de sus bebés, mátalos a todos, a las mujeres también o algún día se alzarán, cosa que si están muertos no harán”, cuenta muy tieso y solemne el chico británico; “un único enemigo tenemos en la tierra que cava la tumba de Alemania, le embargan el odio, la amargura, la envidia y la saña… ya conoces su nombre, es Inglaterra”. Es auténticamente demoledor ver esas imágenes. Y se comprende fácilmente como se puede llegar a tal grado de paroxismo en las guerras si somos capaces de que nuestros niños digan estas cosas.

Por otro lado, el otro día una ráfaga de continuidad del programa Hoy empieza todo, que me acompaña en mi ejercicio semanal, reproducía unas palabras del protagonista de la película Lugares comunes, Fernando Robles (Federico Luppi): “No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Póngase como meta enseñarles a pensar, a que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas. Las respuestas no son la verdad, buscan una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué. Si en esto admitimos, también, eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve.”

Y rápidamente pensé en algo bastante terrible que me ronda la cabeza últimamente fruto de mi experiencia docente. Los alumnos, cada vez más, en todos los niveles, no quieren que les hagas pensar, quieren que les des el conocimiento ya concluso, definitivamente cerrado. Si no están de acuerdo con él, ya se opondrán con argumentos sacados de otros teoremas cerrados, de otras doctrinas, otros pensamientos. Por eso tienen tanto éxito últimamente mensajes ya delimitados por una ideología, por una bandera, por un líder.

Intentar conocer la verdad, aún a sabiendas de que nunca lo lograrás del todo, cada vez interesa menos. Eso es lo que destruyó a Ana Mladic, la protagonista de la novela, si es que realmente ella es la protagonista, pues quizá el verdadero protagonista sea su padre. Aunque en realidad pienso que el protagonista es inmaterial: el odio. El absurdo odio entre semejantes. Y como contrapunto el amor. El amor que sentía Ana por su padre, que sentía por su patria. Y cuan fácil es pasar de uno a otro. Y lo irremediable que puede resultar seguir por un camino que nunca sabes a dónde te conducirá.

Cierro este comentario aconsejándoos un documental sobre Yugoslavia, el baloncesto, la amistad, el odio y lo irremediables que pueden ser muchos de nuestros actos. Se titula Once Brothers (en España si tituló Hermanos y enemigos) y cuenta la historia de la amistad rota entre Petrovic y Divac por el conflicto bélico:

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EL VERDADERO FINAL DE LA HISTORIA HA LLEGADO: ¡Qué razón tenía el Fukuyama!

A modo de prefacio.

Que conste que escribo todo esto con un profundo desconocimiento de la realidad política más cotidiana de España. Desde mi último escrito aquí, decidí desenchufarme de la corriente diaria que supone leer titulares de periódicos mainstream (hace tiempo que dejé de leer sus contenidos), escuchar noticias radiofónicas (ni siquiera las que con humor cuenta hacia las ocho de la mañana Antonio Vicente en Hoy Empieza Todo de Radio 3) o adentrarme en los diarios digitales (aunque esté pagando con mi aportación alguno de ellos). Fue una decisión de pura salud mental y física. No me pilló en buen momento de lo uno ni de lo otro y ya veía que me estaba afectando a mi equilibrio. Decidí dejarlo estar. Recluirme en otros mundos más interesantes. El tiempo es limitado y, a veces, hay que elegir entre leer otro artículo de Guillem Martínez sobre Cataluña o uno sobre Emilio Bueso y la narrativa de terror en Jot Down.

A modo de antecedentes.

Para los no muy versados en sociología, politología, historiografía o alguna otra ciencia social, el término “final de la historia” (aunque de raíz hegeliana) fue acuñado por Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en 1992 a raíz de la publicación de su obra “El fin de la Historia y el último hombre”. La tesis del libro, resumida hasta la píldora, era que la Historia, entendida como cambio de sistemas sociopolíticos, había terminado con el final de los regímenes comunistas al imponerse el sistema liberal como el único capaz de mantenerse “per secula seculorum”.

La obra tuvo un éxito fenomenal. Rápidamente se convirtió en una obra debatida, estudiada y editada en todos los idiomas conocidos. En España, que no se caracteriza por la rapidez en la edición de obras de carácter teórico sobre Historia o cualquier otra ciencia social (“Combates por la Historia” de Lucien Febvre escrita en 1952 no se tradujo en España hasta 1970 por ejemplo), fue traducido y publicado ese mismo año por la editorial Planeta. Era necesario, pues, en aquel entorno de triunfo socialista (del bueno, no del denostado de los países destruidos por el comunismo, el llamado socialismo real), dejar claro que también aquí habían ganado los buenos.

¿De verdad ha acabo la Historia?

Durante años me tocó impartir en la Universidad la asignatura de “Tendencias historiográficas actuales” y aunque muchos de mis colegas dichas “tendencias” se quedaban en los años sesenta, como mucho, yo me empeñaba, y a veces conseguía, adentrarme en los albores del siglo XXI y explicar algo de lo que se mueve por el mundo de la historia en la actualidad. Y, naturalmente, salía el nombre de Fukuyama y su “final de la historia”. Animaba a mis alumnos y alumnas a debatir sobre las teorías de Fukuyama y prácticamente todos, yo incluido, aunque muchas veces hacía de abogado del diablo para animar el debate, negaban la llegada de ningún final de la Historia con la caída del Muro y los países comunistas. Aunque había varias posiciones: de la más izquierdista que abogaba por el retorno de un comunismo más humanista hasta la proliberal que, aun así, consideraba que el liberalismo debía adoptar también un rostro más humano.

Fukuyama se convirtió en uno de los “popes” de la denominada vía neoconservadora (los neocons) que tanto éxito tuvieron en la época de Bush y sus coletazos europeos (Aznar entre ellos). Apoyó una nueva intervención en Irak e impulsó el denominado Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, con el objetivo de promocionar el liderazgo mundial de los Estados Unidos.

Pero como diría mi abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Una cosa son las teorías políticas o historiográficas y otra la cansina realidad de los hechos. Así, tras lo ocurrido en Irak con la intervención americana, la fracasada política internacional de liderazgo de los Estados Unidos y la adaptación tan particular del liberalismo que han hecho en algunos países del antiguo Telón de Acero (Rusia, sin ir más lejos), el propio Fukuyama ha dado marcha atrás en sus presupuestos (en su obra “América en la encrucijada”, 2007).

Mi visión sobre la obra de Fukuyama también ha sufrido una evolución. Pero en sentido contrario. ¡No des marcha atrás Francis! Creo, ahora, que tenías toda la razón. El final de la Historia ha llegado. Solo hace falta mirar la calle, escuchar las tertulias de las terrazas, oír a tus compañeros en la Sala de Profesorado, ver a personajes varios mientras haces zapping en tu televisor. Y todo ello aun estando desenchufado de la realidad más próxima.

Es cierto que aún quedan algunos frikis que consideran que otro mundo es posible, que las utopías serán realizables algún día, que hablan y hablan de renovar la vida social de este país o de cualquiera. Pero la derrota les espera más pronto que tarde. La victoria es, ha sido hace tiempo, de ellos.

Las empresas capitalistas aprietan cada vez con condiciones más draconianas a sus empleados y no pasa nada. Las grandes empresas controlan las legislaciones de los países denominados liberales y seguimos votando, creyendo que elegimos a quienes nos representan. La justicia se convierte en un apoyo del poder y seguimos pensando en la división de poderes.

Ha llegado el “mundo feliz” que “pronosticaba” Aldous Huxley: la “humanidad es desenfadada, saludable y avanzada tecnológicamente”. ¿Qué más queremos? ¿Para qué queremos la política?

En estos días estamos visionando en casa “1993”, la segunda parte de la “1992”, sobre los procesos judiciales de la denominada “Tangentopolis” y “Manos Limpias” en Italia. Por una parte, da un tanto de envidia que una productora (Sky Atlantic) se atreva a desgranar con toda crudeza la realidad más oscura del poder en la Italia contemporánea, introduciendo personajes reales en ella. Lo más parecido que tuvimos aquí fue “Crematorio” que se adentraba en la España de la corrupción, pero en ella todos los personajes eran ficticios, aunque cada uno buscara paralelismos con su concejal de urbanismo más cercano. En “1992” y “1993” se destripa a Berlusconi, a Craxi, a Umberto Bossi o Giorgio Napolitano, solo por citar los más conocidos entre nosotros. Pero también otros que lo son menos, como Gianfranco Miglio (“il professore”), el que fuera ideólogo de la “Lega Nord”, el grupo secesionista de la Padania (la Italia del Norte), que no se quería mezclar con la chusma del sur y los corruptos políticos de Roma. Aparece “il professore” en la serie como un neofascista pagado de sí mismo, al servicio de ese grupo de demagogos (Bossi ha sido condenado en 2017 a dos años y tres meses de prisión por malversación de fondos de su partido) y racistas (“hay que acabar con los inmigrantes cañoneando las pateras”, U. Bossi). ¿Os imagináis por un momento una serie así en España en la que aparecieran algunos de los ideólogos de nuestro partido gobernante? Pérez Reverte o Vargas Llosa, ahora que están de actualidad. O Laín Entralgo y Cela por hablar de dos ya fallecidos como Gianfranco Miglio. El otro día lo comentaba con mi amigo Joan, ¿os imagináis una serie basada en “El cura y los mandarines” de Gregorio Morán? Al estilo de “Gomorra”, la gran serie italiana basada en el ensayo de Roberto Saviano.

¿Y en qué ha quedado esa Italia? En un país administrado por un grupo de tecnócratas, dirigidos por Paolo Gentiloni, del Partido Democrático, de centro izquierda, que se declara socialista, social-liberal, socialcristiano y ambiental, llegado al poder tras el fracaso de la reforma constitucional de Matteo Renzi. Los italianos se manifestaron en contra de una reforma patrocinada por el establishment, pero éste se reprodujo a sí mismo y continúa gobernando a través de una especie de Gran Coalición formada por el PD de Gentolini, la Alternativa Popolare, de centro derecha, los Centristi per l’Europe y algún independiente (sic), como Pier Carlo Padoan, expresidente del Fondo Monetario Internacional (¡olé! a lo que ahora llaman independencia). ¿Escuchamos algo de la política italiana en la actualidad? No, ha llegado el final de la Historia.

Y mientras tanto, mientras ha finalizado la Historia y ya no existe el peligro de contaminación del comunismo, las ideologías vinculadas al racismo, la xenofobia, la homofobia y todas las fobias que tengan que ver con lo que no valore las esencias nacionales, crecen por Europa y campan a sus anchas, como hemos visto cerca de nosotros hace unas semanas. Lo hemos visto en Holanda, en Francia, y más recientemente en Austria y Alemania. Solo me detengo un momento en este último caso para ilustrar mi teoría de la llegada del fin de la Historia. El partido Alternativa para Alemania (AfD), ya la tercera fuerza política en Alemania, ha obtenido sus mejores resultados en los territorios de la antigua República Democrática de Alemania, aquella que abrazó el comunismo hasta 1991, ésta que sufre las consecuencias de la unificación entre su clase trabajadora, y que culpa ahora a los turcos de sus males. El neoliberalismo ha logrado uno de sus objetivos: desviar el punto de mira de la culpabilidad de ellos mismos y sus políticas económicas hacia los inmigrantes que “nos quitan el trabajo”, ese que ningún “alemán decente” se dignaría a realizar.

Y lo he visto cerca de mi casa. En los balcones de mi antiguo barrio obrero de la Virgen del Remedio, lleno ahora de inmigrantes subsaharianos y magrebíes, como antes lo estuvo de manchegos (como yo mismo), donde ondean banderas rojigualdas que no creo vayan solo contra el independentismo catalán sino contra su vecino magrebí o subsahariano, porque él es “español, español, español”. Como decía aquel agricultor de Marinaleda (refugio de frikis, por cierto) “tú lo que eres es idiota”.

Pero la Historia ha terminado.

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ESPAÑA: Una gran nación, ¿o no?

La primera escena de la serie “The Newsroom” se me quedó grabada para siempre. Creo que no he visto nunca un inicio de serie (diría incluso que de todo el panorama audiovisual) tan espectacular. Si después de ver esos algo menos de diez minutos no te entran ganas de encerrarte en casa hasta consumir una a una las tres temporadas, es que no amas el cine o no tienes espíritu crítico.

Me viene con frecuencia a la mente y mis alumnos de varias latitudes del sistema educativo español tienen que soportar que la recomiende una y otra vez. En estos días se me ha vuelto a aparecer. Primero fue con alguna referencia a la entrevista de Évole a Puigdemont, la cual no vi. Me recordó a la mala leche que el protagonista, Will McAvoy, utiliza con sus propios correlegionarios del partido Republicano, del que se manifiesta votante. Aunque por lo que conozco del periodista español, creo que es una versión un tanto cutre y carnavalesca. Sin embargo, también por lo leído, tanto Évole como McAvoy acaban siendo acusados del mismo mal: creerse que más importantes que la noticia son ellos mismos. Sí, es que en la serie los buenos no siempre son buenos, como en la vida misma. Y cometen errores, como en la vida misma.

La segunda vez que me vino la serie a la mente, concretamente su inicio, fue en el coche mientras escuchaba el discurso de Albert Rivera tras el 1-O. Decía en él, entre otras cosas, que “este es un gran país, España es un gran país…”. Cuando llegué a casa estaba Rajoy en su particular aparición para comentar que bueno, en fin, referéndum, lo que se dice referéndum, no había habido, aunque él dijo que no habría urnas, ni papeletas, colegios abiertos. En un momento de él, también nos quiso alentar, y subir el ánimo, diciendo que “España es una gran nación, de las más antiguas de Europa, democrática, amable y tolerante, pero también firme y determinante”. Voy a dejar de lado el final de su frase, pues no se puede hacer broma de todo, pero decir que esa España que él ha defendido a porrazos es “amable y tolerante”, cuando menos supone un insulto a quienes hemos visto las imágenes que hoy reproducen, para escarnio general, todas las portadas de los periódicos de occidente, y una ofensa para los cientos que acabaron en hospitales y centros de salud a curar sus golpes. Lo que ahora me trae aquí es la coincidencia de planteamiento, también aquí, entre Rivera y Rajoy con que España es una gran nación.

Y si me acordé de la entradilla de The Newsroom es porque esa fue la pregunta que le hicieron, si habéis visto el vídeo, a McAvoy en un debate en una facultad universitaria. Como veréis intenta escaquearse para no decir lo que realmente piensa. Y eso mismo me ocurre a mí. Quizá acabe tan trasquilado como él y quieran defenestrarme o algo peor. Pero es lo que pienso y, como él, os voy a dar argumentos. Y parafrasearé dicha entradilla.

Como dice McAvoy, de verdad señor Rajoy, señor Rivera, podéis decirle a los españoles, especialmente los jóvenes, sin reíros, que España es “tan maravillosa y cuajada de estrellas que somos los únicos que tienen libertad”. Ya lo dice él: Canadá, Japón, Reino Unido, Francia… tienen libertad. Por cierto, McAvoy menciona a España como un país con libertad, pero recordemos que está rodada la escena en 2011, antes que Rajoy entrara en la Moncloa a final de dicho año.

Efectivamente, podríamos decir, aún a riesgo de que nos lapiden, como a McAvoy, de que España no es un gran país, todo lo antigua que Rajoy quiera decirnos, pero de dicha antigüedad apenas unas décadas han sido vividas en democracia. ¿O tenemos que enorgullecernos de nuestra historia? ¿Qué historia? La del franquismo, la del caciquismo de la Restauración, la de la reina ninfómana Isabel II, la del continuo traidor de su padre Fernando VII (que le cae mal hasta a Jiménez Losantos), la de la Inquisición, la del expolio americano, la del “Santiago y cierra España”… Y, tal y como dice McAvoy, deberíamos antes de meternos en un colegio electoral recordar que “no hay una prueba que permita afirmar que somos el primer país del mundo”. Somos el segundo país en paro de la UE, con una tasa que duplica la media, somos el sexto país con menos gasto educativo por alumno de la UE, somos de los últimos según el barómetro de lectura, según un informe de la ONU de 2015 España “suspendía” en derechos humanos, especialmente en “racismo policial, ‘expulsiones en caliente’, desigualdad de género, CIE o discriminación en acceso a viviendas, educación o sanidad”.

Pero, como los Estados Unidos, también nos podemos vanagloriar de acercarnos al número 1 en varios temas: somos el séptimo en venta de armas, especialmente a dictaduras como la saudí, de la que somos su tercer proveedor; somos líderes europeos en precariedad laboral (3,7 millones de españoles cobran menos de 300 €), también en “riesgo de pobreza infantil” (29,6%) y en tasa de abandono escolar antes de lograr el graduado básico (20%).

McAvoy dice que Estados Unidos hubo un tiempo en el que sí fueron referencia mundial en defensa de la libertad (“cuando librábamos guerras contra la pobreza, no contra los pobres”), en ciencia, en moral democrática… ¿Y España? Quizá nunca fuimos esa referencia mundial positiva (lo que muchos recuerdan como glorias hispanas es para echarse a temblar: el Imperio donde no se ponía el sol). Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, para un país que vivía en una enorme pobreza estructural, la cosa no pintaba mal: se ha denominado la Edad de Plata de la cultura española (1898-1936).

En 1906 obtuvo su primer, y realmente único, premio Nobel de ciencia (Ramón y Cajal, pues el de Severo Ochoa lo obtuvo en 1959 cuando llevaba veinte años exiliado en Estados Unidos). Florecieron instituciones científicas del calibre de la “Junta de Ampliación de Estudios” y la “Residencia de Estudiantes”, alejadas, como la “Institución Libre de Enseñanza” del yugo clerical. En ese ambiente se produjo la visita de Einstein a España, invitado por el físico Esteve Terradas y el matemático Julio Rey Pastor, dos figuras de calado mundial en su época, el último de ellos inventor de la “preología” que acabó sus días como tantos otros en el exilio (en este caso en Buenos Aires).

Qué decir de aquella “Residencia de Estudiantes” por cuya institución pasaron gente como Dalí, Lorca o Buñuel. Había en la Residencia de Estudiantes una buena biblioteca, clases de idiomas gratuitas y varios laboratorios de ciencia experimental, en los cuales trabajaban hombres como Severo Ochoa, Juan Negrín, Blas Cabrera, Antonio Madinaveitia o Luis Calandre. Allí dieron conferencias, además del citado Einstein, Howard Carter, Marie Curie, el psicólogo alemán Wolfgang Köhler, el físico francés Louis-Victor de Broglie, el arquitecto Le Corbusier, el economista Keynes y tantos otros.

Con la llegada de la dictadura de Franco, la mayor parte de los alumnos y profesores (incluido su director el pedagogo Alberto Jiménez Fraud) se marcharon al exilio extranjero o al no menos ignominioso exilio interior, sin medios y con la libertad de cátedra coartada. La Junta de Ampliación de Estudios se clausuró y se sustituyó por un organismo estatal contralado por el gobierno (el CSIC). Un dato: sobre el Auditorio de la Residencia se construyó la iglesia del Espíritu Santo, controlada por el Opus Dei. Otro dato: en 1943 los 16.000 libros de la biblioteca de la Residencia de Estudiantes fueron trasladados al Colegio Mayor Ximénez de Cisneros. Los libros permanecieron desaparecidos hasta 2010, fecha en la que se rescataron únicamente 2.300.

Y acabo con las palabras de McAvoy en su arenga a los jóvenes periodistas: “el primer paso para resolver un problema es reconocer que existe. Así que América [España] ya no es el mejor país del mundo. ¿Suficiente?”

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CATALUÑA 1-O: Notas dispersas

No es un resultado futbolístico, es una fecha, pero podría ser perfectamente un resultado político.

Quizá alguno de mis habituales lectores estuviera esperando ver aquí algún comentario sobre el asunto catalán. Hasta ahora he tenido una gran pereza en hacerlo. Todo el mundo hablando de lo mismo me ha llegado a provocar hastío. He dejado de visitar el Facebook para desintoxicarme de tanta noticia publicada sobre el asunto. Pero no me he mantenido al margen del tema, aunque ganas me dieron en muchas ocasiones. Pero lo he hecho bajo dos premisas. La primera es la de contemplar el asunto bajo el prisma de una indiferencia intelectualista, como decía Pío Baroja (“El árbol de la ciencia”), a tenor de lo ocurrido en la España de la Restauración; y otra la de procurar leer artículos de fondo, de escritores que iban más allá del panegírico, del artículo del típico enterado que cree saber de lo que habla porque un día leyó en internet un resumen de historia de Cataluña y/o España, la recensión de una tesis de Sociología o la contraportada de cualquier politólogo. Es lo que Sánchez Cuenca ha denominado “La desfachatez intelectual”. También por esta última razón, no convertirme en un intelectual “enterao”, he tardado en ponerme a escribir sobre el asunto. Y si lo hago es por puro desfogo personal. Además, no se tratará en esta ocasión de ninguna entrada de corte político-histórica. Ya mucho se ha escrito sobre ello y si lo hiciera yo, necesitaría un espacio que rebasaría los límites admisibles, y legibles, de una entrada de blog.

Me limitaré por ello a pergueñar notas sueltas que me han venido a la mente estos días.

Primera. Me da la impresión que como esto acabe mal, dentro de varias generaciones volveremos a preguntarnos quién empezó. Nuevamente como en el 36 habrá teorías para todos los gustos. La historia se escribirá y reescribirá a tenor de quién la cuente, pero quizá entonces se nos haya olvidado que hasta 2010 pocos hablaban en Cataluña de independencia y, menos aún, de referéndum. Fue en esa fecha cuando el Tribunal Constitucional español eliminó 14 artículos del Estatuto catalán (y recortó otros 27) reformado en 2006, con el aval del Parlament y de un referéndum legal, tras el recurso puesto por el PP. Se iniciaba así un problema político que nos ha llevado hasta aquí. Quizá desde entonces sean injustificables algunas acciones de los partidarios de la independencia y/o el referéndum, como la pantomima de la reunión del Parlament para aprobar la llamada Ley de desconexión, tal y como ocurrió con el gobierno de la República después de 1936. Pero no debemos olvidar cómo comenzó todo. Luego no vengamos a empreñar con que si octubre del 34, que si las elecciones de febrero del 36. El ambiente social, provocado por la derecha española (entonces y ahora), está en la raíz última del asunto.

Segundo. A buena parte de los españoles les caen mal los catalanes. Y no es de ahora, podría daros bibliografía de cómo este asunto colea desde el siglo XVI. Es un problema emocional que deben asumir una buena parte de los españoles. Si no se soluciona este asunto, da igual lo que pase el 1-O. Sí, ya sé que en contrapartida una parte de los catalanes no quieren ser españoles, pero esa es una decisión personal. Lo otro, el odio a una parte de tu territorio, es para hacérselo mirar: si no te gusta, para qué lo quieres.

Tercero. ¿Alguien ha pensado que esta situación que estamos viviendo es única en las democracias liberales consolidadas europeas? ¿En cuál de ellas, con cuarenta años de democracia ya, ocurriría que, ante el planteamiento de un problema político de tal magnitud, el gobierno conteste que no quiere ni oír hablar del tema? A lo mejor es que, y me apunto a esa idea, España, a pesar de cuarenta años de democracia, no es una democracia liberal consolidada. Quizá es que esos cuarenta años no son nada (como decía Gardel en “Volver”, aunque fueran allí veinte) y que la Dictadura franquista, y sus formas de hacer política, y sus  comportamientos sociales, no están tan lejos.

Cuarto. Gran resultado de la extrema derecha en Alemania. Todos se preguntan por qué en España no existe un partido del estilo del AfD. Es sencillo, ¿habéis visto a esos españoles que despiden a la Guardia Civil que marcha a Cataluña para evitar el referéndum al grito de “a por ellos”? ¿A qué partido creéis que votan mayoritariamente? A Falange ya os digo yo que no. Si queréis leer algo interesante en torno a ello, aquí tenéis un artículo de Gerardo Tecé titulado “Si nos gobiernan ultras…”.

Quinto. Como Dani Rovira con la tauromaquia, opinión que comparto, yo tampoco me siento identificado con un país que disfruta con el maltrato animal y lo llama Fiesta Nacional (yo no quiero formar parte de esa nación), que reacciona visceralmente ante la salida de la policía a reprimir un deseo, que cuelga banderas en el balcón como reacción a su odio (tampoco colgaría ninguna estelada de vivir en Cataluña, pues las banderas me dan alergia, debe ser por haber sido obligado a ponerme firmes durante un año ante una de ellas). Antes de recibir mensajes del tono, pues si no te gusta España, vete de ella, ya dejo dicho que no me gusta “esa España”, me gustaría vivir en un país (sea el que sea) en el que los referentes sean otros. Y tengo derecho a vivir en éste pues pago mis impuestos en él y trabajo para hacer mejor a las personas que me rodean (y a mí mismo el primero), cosa que no hacen buena parte de esos que cuelgan banderas.

Quinto, y último. ¿Qué difícil es en circunstancias como estas situarse frente a posiciones maximalistas de ambos grupos? Lo es siempre cuando la cosa se tensa. Y a mí me está costando. Como les costó a algunos españoles en el 36. Ya he referido en alguna ocasión el caso de Luis Lucia, padre del cineasta del mismo nombre. Encarcelado por los republicanos en Barcelona por su militancia derechista, aunque el mismo 18 de julio del 36 envió un telegrama poniéndose al servicio del presidente de la República y repudiando el golpe, y que acabó sus días en Mallorca, en una cárcel franquista, precisamente por ese apoyo a la República. Lo habéis leído varias veces en este post, pero mis alusiones al 36 no están referidas a que crea que ahora pueda estallar ninguna guerra, sino, más bien, como ejemplo de fractura social. O está conmigo, o estás contra mí. No hay medias tintas. Si dices que apoyas el “derecho a decidir”, entendido como una libertad individual que se traspasa al orden social, eres tachado de antiespañol, nazi y cualquier otra lindeza; si cuestionas el “procés”, y especialmente sus protagonistas, de los cuales no te fías al tratarse de grupos políticos que han protagonizado episodios de corrupción y de recortes sociales de primera magnitud, se te tilda de renegado y, en el colmo de los disparates, de fascista.

P.D. Algunos se apuntan a que la victoria del sí y la independencia de Cataluña provocarían un cataclismo en la sociedad española que provocaría la destrucción del sistema de la Transición e, incluso, el advenimiento de la República. Poco conocen al ser humano: si eso ocurriera, la expansión del sentimiento ultra, llevaría a España a cien años de gobierno de los ultras…, vamos los que ya nos gobiernan o sus acólitos.

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BOLARDOS Y POLÍTICA: Otro debate de altura política

Cuando ya tenía trazado un borrador de este post, cayó en mis manos (es una forma ya incoherente de hablar, pues ya no tenemos en nuestras manos los periódicos, sino aquí, sobre esta pantalla iluminada) un artículo de Jordi Évole titulado “Y cuando despertamos, todo estaba politizado”. Iba a decir un “estupendo” artículo, pero si lo hubiera hecho, este post ya estaría politizado para alguno de mis lectores. ¡Qué digo! Ya está politizado solo por el hecho de mencionar a Jordi Évole. Algunos de los que esto leáis, ya no seguiréis haciéndolo porque hablo bien del antiguo “follonero”, porque sale en La Sexta, porque es catalán, porque parece de izquierdas, porque… qué se yo, porque os cae mal. Otros habréis leído el artículo y, por ello, ya no seguiréis leyendo el mío, porque os parece mal lo que allí se dice, por poner a la par a unos y otros, por quejarse de que aquí, en España, cualquiera de sus partes, que eso sí nos une, ya todo está politizado.

De eso quería yo hablar, antes de que Jordi Évole me pisara gran parte de mis argumentos. Él habla de que hasta las playas están politizadas. Yo abundaré en ello, pero sobre todo me uno a él en el hastío que me provoca ya todo ello. La lectura del artículo me produjo una sensación de alivio: no estoy solo en la galaxia. Menos mal, pues estaba ya a punto de salir al balcón y gritar: “dejadlo ya, no puedo más, quiero respirar”. Y después, coger la maleta y marcharme a Kapingamarangi, que por si no lo sabéis es una isla, al parecer aún bajo soberanía española, en la Micronesia.

Después de una semana de los atentados de Barcelona y Cambrils, el aluvión informativo ha sido de tal signo que la única sensación que parece quedar en gran parte de los españoles es que da igual. Da igual lo que pase, aquí volvemos a lo mismo: convertir en política cualquier acontecimiento. Tiene ello dos consecuencias negativas a mi entender: la primera, la pérdida de perspectiva, pues no todo debe tener una lectura política, entendiendo esta como el enfrentamiento de pareceres, básicamente entre dos grupos (los “míos” y los “otros”) que es en lo que ha acabado derivando el juego político en España; y la segunda, que aquellos temas que verdaderamente deberían tener un contenido político de alto calado social, deja de tenerlo, pues queda diluido en el ruido diario del enfrentamiento, produciendo hastío entre la población en general, que, como vulgarmente se dice, “pasa”, pues es cosa de políticos, cuando a todos debiera interesar.

Me explicaré con algunos ejemplos. La banalización de la política, a la que hemos asistido esta semana de forma supina, provoca que poner unos bolardos, un e-mail, unas rencillas entre cuerpos de seguridad, el idioma en que se da una rueda de prensa, se conviertan en arma arrojadiza dentro del debate político. Se insiste en que debemos estar todos juntos contra el terrorismo, pero esa unidad duró en este caso poco más de unas horas, hasta que a alguien se le ocurrió el tema de los bolardos. Fue patético escuchar al alcalde de Alcorcón y al cura madrileño culpar a la alcaldesa de la masacre por no poner los dichosos bolardos. Llegabas a tomar café con un grupo de amigos y ya sabías su opción política: debió poner los bolardos o no debió poner los bolardos Ada Colau. Después preguntabas qué les parecía su política urbanística y la respuesta era o “magnífica” o “esa es una mamarracha”. Estaba todo dicho, aunque no supieran qué les preguntaba.

Todo eran parabienes a las fuerzas de seguridad, en este caso los “mossos d’esquadra”, hasta que alguien vino y dijo que ello significaba que Cataluña podía actuar como un Estado independiente y vino otro, no sé si antes o después, poco importa (excepto para los que politizan cada acto de su vida), y dijo que no eran tan buenos, pues no se habían enterado de la que estaban preparando en Alcanar o que habían recibido ya hace tiempo un e-mail alertando de la peligrosidad del imán de Ripoll. A ello se sumó el que el jefe de los “mossos” diera las ruedas de prensa en catalán. Lo que faltaba. Para unos era una demostración POLÍTICA de autonomía, para otros, una vergüenza POLÍTICA, que no se diera en el idioma que todos entienden. Y a partir de ahí, en un tema y en otro, un gran debate político en nuestros periódicos y en nuestras cafeterías. Todo el mundo se convirtió en un experto en seguridad ciudadana. Todo el mundo ponía argumentos a favor o en contra. De los suyos, claro.

Por otra parte, esa banalización de la política provoca que los temas de fondo también se banalicen y pasen a formar parte de ese guirigay diario que inunda nuestra prensa, debates televisivos y, por contagio, nuestras calles, plazas, terrazas y cafeterías. ¿Dónde está el origen del actual terrorismo islamista? ¿Cuáles deberían ser las acciones para acabar con él?

Evidentemente se ha escrito y hablado, no sé si asimilado por ese guirigay del que hablaba, de la responsabilidad de Occidente en ello: el origen colonial del conflicto, la complicidad de Occidente con los países árabes que sostienen el yihadismo, especialmente los de la Península Arábiga, los intereses económicos que nos impiden tomar medidas más drásticas… Y también de que el terrorismo islamista quien más lo sufren son los propios musulmanes, receptores de cerca del 90% de los atentados. Pero el problema está en que cuando estos argumentos se esgrimen, ya estamos, para muchos, introduciendo una visión POLÍTICA particular del problema.

A eso me refería con la banalización de la política, o mejor, con la conversión de cualquier asunto en una cuestión de debate político que proviene de una posición de partida. La vida no es tan sencilla. No está compuesta solo del yin y el yang. Existen tonalidades. Y, existen, sobre todo dudas. No soporto ya esas personas que lo tienen todo claro. Que saben que debieron ponerse bolardos o que no debían ponerse. Creo que le habrán caído por todos los lados al bueno de Jordi Évole. Bueno lo sé, porque, en un ejercicio de masoquismo intelectual, además de leer su artículo leí parte de los comentarios de los lectores. No hay nada más descorazonador para conocer en qué país vives que leer los comentarios de cualquier noticia. El tema da para otro post, pero lo dejo para otro día, hasta que digiráis este. Muchos se ponen de su parte, pero otros se limitan a echar pestes de los musulmanes, a los que poco menos que hay que exterminar, y otros dicen que Évole se ha vendido a la prensa de Madrid (el artículo se publicó en El Periódico de Barcelona, pero eso qué más da) porque no le pareció bien que se usara la manifestación del sábado para sacar las esteladas y gritar contra el Rey. Y además, en el colmo del atrevimiento, dijera que todos aquellos que critican que el rey viaje a Arabia Saudita a vender nuestras armas, no se les vio en la puerta del Camp Nou gritando contra la directiva del Barça, cuando a esta se le ocurrió que el club catalán fuera financiado por Qatar Foundation o Qatar Airways. Debió bastar este argumento para que nacionalistas y gentes de alrededor dijeran que se había vendido al enemigo.

Yo no entiendo de bolardos, no entiendo de seguridad ciudadana. Tampoco entiendo mucho de historia, pero a estudiarla he dedicado casi toda mi vida. Y si sobre ella tengo dudas, no comprendo cómo todo el mundo ya tiene una opinión formada sobre los bolardos y la gestión de la seguridad ciudadana y el funcionamiento de Europol, por ejemplo. Bueno, sí lo comprendo. Porque se trata de un debate POLÍTICO y sobre él todos tienen una posición previa. Es mentira, lo digo a cada momento en mis clases, ese dicho tan repetido por el vulgo de que “yo no entiendo de política, eso es cosa de políticos”. ¡Pero si no hacéis otra cosa! Y, claro, la historia también se convierte en política y cualquiera puede esbozar argumentos sobre el origen del islam, sobre Al-Andalus, sobre el ISIS, sobre los imanes, mientras la mayoría de ellos no saben distinguir un árabe de un musulmán.

Cada vez me pasa más y juego con ello, por ejemplo en mis clases. Es hasta divertido soltar alguna frase del estilo “los Reyes Católicos, que de unidad de España nada de nada”, para que el auditorio te clasifique ya entre los votantes socialistas y puede que hasta en los de Podemos. Al día siguiente, aparecer con el argumento de que “Cataluña se equivocó en la revuelta de 1640” para que esos mismos alumnos te encuadren entre los discípulos de Albert Rivera o, incluso, entre los de Vidal-Quadras. Si al tercer día sueltas algo así como “Cataluña ya era un estado en el año 1.000”, el auditorio quedará ojiplático y no sabrá si es que tienes desdoblamiento de personalidad o que estás tan loco como la mayoría del profesorado universitario español. Y, ¿por qué?, pues porque todo está politizado y cualquier cosa que hagas o digas te encasilla. Si estás a favor del reciclaje, de izquierdas, si te gusta Raphael, de derechas.

Por ello, a muchos manifestarse de una u otra manera les ha costado caro. Dos ejemplos. En 2011, la cantante Russian Red decía en la revista Claire, en una entrevista light, típica de revista de peluquería, partidaria de la derecha cuando le lanzaron una de esas preguntas del tipo “¿carne o pescado?”. Se montó la marimorena; cómo era posible que una cantante indie, fuera de derechas. Le cayeron por todos lados: en la prensa progre, entre sus compys del indi, entre los tertulianos de café… A partir de entonces, si te gustaba Russian Red la habías “cagao”. Eras tan de derechas como ella. Sé de algún conocido que debió esconder sus discos en lo más profundo del sótano para que en las reuniones de sábado por la noche para hablar del “procés” nadie las encontrara.  Al final se arrepintió y en otra entrevista en El País Semanal, dónde mejor, se desdijo. Le habían malinterpretado. No sé si tuvo algo que ver, pero Russian Red se fue a los Estados Unidos y abandonó la música (ahora vuelve con un disco de versiones, pero parece que más para seguir viviendo) en 2014 en medio de un concierto. Así sin más. A la mierda con el dichoso mundo de la música. Claro, su marido es también músico y vendedor inmobiliario (cosas de los Estados Unidos).

Otro ejemplo, del otro lado. En mayo de este año, Antena 3 estrenaba la serie “La casa de papel” un ambicioso proyecto al estilo de las series nórdicas tipo “El puente” o “Forbrydelsen”. Justo antes de su estreno, algún intrépido buscador de proetarras descubrió que una de las actrices protagonistas, Itziar Ituño, había participado en una manifestación a favor del acercamiento de los presos vascos. La había “cagao”, pero no sólo la actriz, sino toda la serie (que qué culpa tendría). Rápidamente corrió por ese medio atroz y despiadado que es twitter el lema (hashtag lo llaman) de #BoictotLaCasaDePapel. No parece que tuviera mucho éxito, pues su cuota de pantalla estuvo en un nada desdeñable 16%. La que no sé si se recuperará es la actriz Itziar Ituño, teniendo que volver a ser una actriz apegada al mundo audiovisual vasco como antes de participar en La Casa de Papel. Por tanto, ya lo sabes, si ves La Casa de Papel eres un proetarra.

Así la situación puede llevar a absurdos de lo más estrambótico. Con dos me he encontrado estos días. La Casa Real distribuye una imagen de la manifestación del sábado en Barcelona en la que han borrado con Photoshop las banderas independentistas catalanas que todos vimos. En TV3, la televisión pública catalana, la locutora dice ese mismo día que hay pancartas en todos los idiomas, incluso un grupo de mexicanos traen una escrita en “mexicano”. Ambas estupideces no sé si son comparables, pero lo que deseo explicar aquí es que si vas un día y entras en tu cafetería de siempre, te sientas con tu grupo de colegas de siempre, que por un casual son de derechas y dices, “mira que manipular la Casa Real la foto”, que enseñas en tu móvil, te mirarán con mala cara y te dirán, “que pasa que ahora te has hecho independentista”. Si por esas cosas de la vida tus contertulios son de izquierdas, y dices algo así como “vaya metedura de pata de la presentadora de TV3, parece que le da repelús decir español o castellano”, seguro que te miran como si hubieras asesinado al Ché y espetarán algo como “que pasa, te has vendido a las huestes de Federico Jiménez Losantos”. Porque todos los aspectos de la vida se han politizado y cualquier opinión te encuadra. Decía una amiga mía este verano que me veía taciturno, preocupado y triste. ¡Cómo no quieres que lo esté, si cualquier cosa que uno diga será interpretada bajo este yin y yang en que se ha convertido España! Vaya, se me ocurre aquí otro ejemplo baladí, pero real. Si dices España, eres de derechas, si dices “este país”, eres de izquierdas. Venga otro: en Cataluña, España es siempre el “Estado”, en España, Cataluña es una región. Cosas de la POLÍTICA. Y que no se te ocurra equivocarte.

Y para acabar algo de música, que si no tengo una amiga lectora que no me lo perdonará. Es algo desconcertante, y POLÍTICAMENTE incorrecto, pero qué le vamos a hacer. Así es mi vida, puro desconcierto. Raphael cantando en el Sonorama, festival de culto de la música indie española, junto a Juan Alberto de Los Niños Mutantes:

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