POLÍTICA E HISTORIA: Corona catalanoaragonesa, con perdón

No tengo por costumbre meterme en “fregaos” históricos con políticos. Mi abuela siempre decía aquello de “zapatero a tus zapatos”. Pero desde hace unos días, por este motivo y por otros que algún otro día comentaré (¡hay tantas cosas y tan poco tiempo!), me parece estar viviendo en una continua distopía. Ya no sé si vivo en el 2018 o en la realidad inventada por Ray Bradbury en Fahrenheit 451 en la que Guy Montag se dedicaba a la quema de libros por orden del gobierno.

Hace unas semanas me enteré de la campaña del gobierno aragonés para erradicar el término “catalanoaragonés” de los libros de Historia. La noticia por más surrealista que parezca no deja de sorprenderme, tanto en sus coletazos posteriores como en las reacciones consiguientes. Verdaderamente hemos caído en el caos más absurdo y nada ni nadie se salva ya. Estamos tan acostumbrados a vivir en esta distopía en la que ha caído España que leemos las noticias sin reflexionar un momento sobre su carácter absurdo. No pondré hoy ejemplos cotidianos, aunque ganas no me quedan. Lo haré únicamente con el absurdo y el ridículo que está haciendo el gobierno aragonés.

El gobierno aragonés ha censurado tres libros de texto por utilizar el término catalanoaragonés en ellos, pero no se ha quedado contento con ello sino que ha decido crear un Comité de vigilancia de la Historia aragonesa, dentro y fuera de Aragón. La consejera de educación, Mayte Pérez, dice que “en este proyecto se quiere implicar a toda la comunidad educativa”, por ello, ya ha habido reuniones con familias y directores de instituto. Supongo que con la intención de que no dejen pasar ni uno y al menor atisbo del uso del término, ¡zasca!, denuncia al canto y que se le caiga el pelo al editor, al profesor o a quien sea, no vaya a ser que los niños al leer el término catalán junto al de Aragón se les pegue el catalanismo y decidan huir en peregrinación a Bruselas a hacer reverencia al president Puigdemont.

Además, dice que velará por la veracidad de la Historia de Aragón, dentro y fuera de la comunidad autónoma. ¡Por fin! Llevo años investigando sobre Aragón, con debates historiográficos en congresos y reuniones en las que no nos ponemos de acuerdo sobre algunas cuestiones relacionadas con su historia, pero ahora ya podemos estar tranquilos. Tenemos un consejo asesor de Historia de Aragón para que nos diga dónde está la verdad. Lo que digo, de tan absurdo, parece una distopía.

Muchos de mis colegas estarán de acuerdo, pero callarán o se pondrán en contra porque estamos en una estación del asunto, la configuración de España, en la que no puede haber términos medios: los ahora llamados “equidistantes”.

Yo no soy un equidistante en este asunto. Soy un profesional de la historia con veinticinco años dedicados a la docencia y la investigación relacionados precisamente en el ámbito de la Corona de Aragón. ¡Ya salió el término! Y, especialmente, a cómo dejaron de tener personalidad propia las instituciones catalanoaragonesas (¡ya la he liado, seré censurado en Aragón!) a partir de la llegada de los Borbones.

El asunto es tan sencillo que ponerse a explicarlo da un poco de pereza. Pero vamos a ello. Primero dejando claro que deberían los políticos dejarnos claras sus intenciones y no lo hacen. Esta polémica, en realidad, proviene del extendido odio que se está propagando por toda España contra Cataluña. Y ¡dejaos de pendejadas!, que dicen los argentinos. Sin el denominado procés a Aragón le importaría un carajo que en los libros de Historia pongan Corona de Aragón, corona cataloaragonesa o Conferenderación catalanoaragonesa. Llevan haciéndolo desde hace décadas y nunca dijeron nada. Pero ahora hay que ganar votos a costa del odio a Cataluña y no hay más. Que desde algunos círculos políticos catalanes se ha utilizado la Historia para dicho procés y se ha tergiversado la Historia, dicen. Sin duda, y con profusión. Luego pondré algún ejemplo. Y es que en España se ha pasado de la discrepancia al odio en un visto y no visto. A mí me parece muy bien que les caigan mal a los aragoneses (espero que no a todos) los catalanes (supongo que no todos), pero de ahí a convertir tu devenir político en un esperpento hay un abismo. Como dice un vídeo que me pasó recientemente una alumna, donde se explican los errores de nuestro sistema, mal denominado democrático, los ciudadanos ya no somos tales, somos simplemente votantes y como tales nos tratan los políticos. Somos una clientela que debe ser satisfecha y, para ello, qué mejor que la propaganda.

No sé muy bien a qué se denomina ahora adoctrinamiento catalanista. La verdad es que ando un poco desconectado. Pero si entre ello está el uso de los términos catalanoaragonés o Confederación catalanoaragonesa, vaya con el adoctrinamiento. Quizá quien esto dicen lleven a sus hijos a un colegio concertado (recordemos que pagado con dinero público) de la religión católica y allí no se sientan adoctrinados. ¡Es tan fácil desmontar tanta tontería que da pereza, ya lo decía!

Vamos con un poco de Historia. He leído por ahí que el término catalanoaragonés es una imposición catalana que nace en el siglo XIX y por ello no es defendible ya que en la época medieval no se utilizaba. ¡Es que en la época medieval, y en gran parte en la moderna, no existían los estados ni las naciones, sólo territorios gobernados por un monarca o noble! Y si no, intentad entrar en el debate sobre el uso del término España. Pero en un debate serio, como el que iniciaron hace más de un siglo Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz no el que se sucede de tanto en tanto en los comentarios de blogueros y noticiarios digitales. Claro que el término catalanoaragonés aparece a mediados del siglo XIX y claro que en Cataluña, pero no porque el nacionalismo incipiente en aquella época tuviera nada de malvado, sino simplemente porque es en esa época cuando nacen las historias nacionales (en España también) y en Cataluña había un deseo intelectual por recuperar esa historia nacional, naturalmente con el interés de potenciar el hecho nacional catalán (como en España también), cosa que, por desgracia, no ocurrió en Aragón hasta la llegada de la democracia, un siglo más tarde.

Y desde entonces el término catalanoaragonés se ha utilizado sin ningún problema hasta la llegada del procés y el consiguiente surgimiento (mejor dicho resurgimiento) del odio a Cataluña. Sólo un dato. En el portal bibliográfico Dialnet se recogen 22.550 títulos bajo el epígrafe “catalanoaragonés”, mientras que en el de “Corona de Aragón” solo 2.232. ¿Es que la pérfida Cataluña se ha apoderado del término y todos los que lo usan son catalanistas o procatalanistas? Veamos algún ejemplo. El primer título que Dialnet nos da con la búsqueda del término “catalanoaragonés” es el titulado “La frontera catalano-aragonesa”, de Manuel Alvar López, publicado en 1976 en… ¡Zaragoza! ¿Sería Manuel Alvar un catalanista infiltrado en Aragón en aquellos primeros años de la Transición? Pues no. Filólogo, valenciano de nacimiento (Benicarló, 1923), estudió en Zaragoza, se licenció en Salamanca y doctoró en Madrid. Nada de contaminación catalana por esta parte. Simplemente un científico, nada sospechoso de izquierdismo por cierto (académico de la RAE desde 1974 y de la Real Academia de la Historia desde 1999), que veía en el uso de ese término una forma de llamar al conjunto territorial surgido con el matrimonio entre Petronila y Ramón Berenguer IV.

A los aragoneses (al gobierno, al menos) les gusta más que se llame Corona de Aragón, pues así eliminan cualquier referencia a Cataluña, pero que sepan que tan poco sentido histórico tiene uno como otro. El término más usado en la Edad Media oficialmente era el de “Casal d’Aragó”, pues los reyes consideraban los territorios como algo suyo, nada de naciones, estados, pueblos ni otras moderneces. Si se debe aplicar el término Corona de Aragón, que nunca se usó en la Edad Media y poco en la Moderna, ¿cómo llamamos al resto de territorios? ¿Corona de Castilla, término que tampoco fue usado hasta la época borbónica? Cuando en mis clases dentro de unos días tenga que hablar de Felipe II, ¿cómo lo llamo, rey de España, que no existía según el Tribunal Supremo? Todo verdaderamente absurdo.

¿Por qué un término se convierte en habitual y pasa más tarde a estar proscrito? El origen de la mayoría de los términos históricos que usamos está en el siglo XIX y su proscripción en las pugnas étnico-culturales que suceden con posterioridad. Un ejemplo: la lengua serbocroata. El término nació en 1836 (usado por el lingüista Jernej Kopitar) y dejó de usarse con las guerras en la antigua Yugoslavia en la década de los 90 del siglo pasado. Ahora al idioma (que es básicamente el mismo, pero escrito en dos alfabetos) se denomina croata en Croacia, serbio (o serbocroata entre los nacionalistas paneslavos) en Serbia, montenegrino en Montenegro y serbio, croata o bosnio en Bosnia-Herzegovina, dependiendo del origen de quien lo habla.

Que desea el gobierno aragonés que el nombre de Cataluña aparezca en la terminología de la entidad política que existió, al menos, desde el siglo XII al XVIII, pues puede así hacerlo en toda la documentación que de él emane. Pero ponerse a prohibir el uso de un término (catalanoaragonés) que todos sabemos a qué se refiere, tiene un nombre bien simple: censura. Y diría más. ¿Qué están fomentando entre la juventud aragonesa cuando estigmatizan a sus vecinos del este? También eso tiene un nombre: odio.

Pero, ¿de verdad el gobierno aragonés va a vigilar que no se use el término en ningún libro de texto en Aragón y fuera de él? ¿De verdad va a vigilar dicho Consejo Asesor de la Enseñanza de la Historia de Aragón las exposiciones con material aragonés dentro y fuera de Aragón? ¿Cómo lo van a hacer? ¿Crearán además del Consejo Asesor unas especies de brigadas al estilo de los cazafantasmas para que vayan por todas las exposiciones y vigilen todas las editoriales? Pues ya tienen faena. Naturalmente, el objetivo es crear un estado de opinión. Que el pueblo aragonés sienta que su gobierno les defiende del enemigo. Y, en este momento, el enemigo está al este.

Por otra parte, por idénticos motivos, es evidente que desde Cataluña se han hecho todos los esfuerzos posibles por crear identidad. Y no siempre utilizando la Historia de la forma más científica. En algunos casos cayendo en el ridículo, como en el de denominar a Carlos I de España y V de Alemania Carlos I de Castilla y Cataluña-Aragón y V de Alemania (Editorial Barcanova, Cicle Superior 2 de Primària, 2014). O como aquella anécdota que contaba mi estimado Enrique Giménez cuando en 1988 le presentaron al conseller de Cultura catalán un proyecto para celebrar el centenario de Carlos III y dijo que lo que hiciera falta, hasta que se dio cuenta de que no se trataba del Carlos III el Archiduque, coronado como tal en Viena en 1703 contra el pretendiente francés Felipe V, sino el denominado “mejor alcalde de Madrid”.

Y es que ya lo decía mi abuela, “zapatero a tus zapatos”. Pero aquí cualquiera puede hacer de la historia “su sayo”, parafraseando otra frase de mi abuela. Aquí pontifican de Historia los intelectuales varios, aunque no sepan más que lo que cuenta la Wikipedia, como decía Sánchez-Cuenca en La desfachatez intelectual, políticos de todo signo que crean observatorios para el buen uso de la Historia y hasta el Tribunal Supremo. Hace unas semanas el alto tribunal español dictaminó (a raíz de la disputa por un título nobiliario) que los Reyes Católicos no crearon España y que Felipe II, su bisnieto, no era rey de España sino de varios reinos autónomos. ¡Vaya palo, Soraya! Tu queriendo que el Tribunal Supremo sea martillo de nacionalistas y ahora resulta que esa España histórica que tanto deberían estudiar los catalanes no existió hasta…. ¡Vete tú a saber!

Y es que la Historia es algo muy complejo, como todas las ciencias. Hay discusión, hay teorías, hay tendencias, hay disputas. Ya lo decía Álvarez Junco en su imprescindible obra Dioses útiles. Naciones y nacionalismos: “Evitar la emoción es justamente lo que intento hacer aquí: racionalizar un problema que es presa habitual de la emocionalidad; someter los sentimientos a la razón, en lugar de, como tantas veces ocurre, poner la razón al servicio de los sentimientos”.

Me gustaría saber qué pensaría mi amado Labordeta de semejante estupidez acometida por el gobierno aragonés. Él, que tan buena acogida tuvo siempre en Cataluña, no creo que aplaudiera la medida. Seguro que recordaría aquel multitudinario concierto (12.000 personas) en junio de 1978 en el Palacio de Deportes de Montjuic cuando un grupo de cantautores aragoneses propusieron reunirse allí para obtener fondos con los que pagar el millón de pesetas que había puesto el juez de multa a la revista Andalán por criticar al director de la caja de ahorros Campzar, el opusdeista José Joaquín Sancho Dronda, otro “demócrata de toda la vida”, que hizo su fortuna durante el franquismo. Ese Labordeta que creó el verdadero himno de Aragón:

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