VUELVE LA TRANSICIÓN: Mariano, van a por ti

El País ya ha decidido comenzar la Segunda Transición. Hacia mediados de 2015, desde las filas de ese movimiento que se quiso bautizar como transversal que era Podemos se comenzó a hablar de la Nueva Transición. Todo eran algarabías en los diarios (digitales, por supuesto) más o menos próximos al movimiento. Las elecciones municipales de 2015 y el triunfo de las llamadas confluencias en algunas grandes ciudades, hizo albergarles esperanzas. Aún recuerdo aquella noche del 20 de diciembre en la que jóvenes cercanos al movimiento se reunieron en casas de amigos a escuchar el escrutinio de las Generales al calor de programas radiofónicos alternativos como  Carne Cruda. Y recuerdo, con una mezcla de sonrisa malévola y algo cínica, cómo las encuestas a pie de urna daban a entender que se iba a producir el famoso sorpasso y Podemos iba a adelantar al PSOE. Y cómo algunos tertulianos daban vítores y reían ante tal evento. La realidad de los resultados no fue tal: ganó el PP, como estaba previsto, quedó segundo el PSOE y Podemos, aun uniendo las denominadas “confluencias” no pudo sino ser tercero a larga distancia de los socialistas. Al menos les quedó el regusto de haber ganado a Ciudadanos, partido que ya había sido aupado a los altares por grupos mediáticos como  El País.

Ahora, dos años más tarde, poco se habla ya de esa Nueva Transición. Bastante tienen los podemitas con lamer sus heridas, reconstruirse continuamente, buscar cuál debe ser su grado de entendimiento con IU, hacer limpieza de elementos poco adictos al egolíder e, incluso, buscar un nuevo nombre para el partido. No es bastante con que en varias circunscripciones se presenten con nombres diversos, sino que ahora, solo dos años más tarde, ya quieren cambiar de nombre.

Acabose la Nueva Transición, pero El País, aunque admira la vieja e Inmaculada Transición ya ha iniciado desde principios de 2018 la Segunda Transición (el nombre, por cierto, fue utilizado por primera vez por José María Aznar). Confieso que llevo años sin leer el diario fundado por los Polanco y dirigido, ahora desde la sombra, por ese prócer de la Transición denominado Juan Luis Cebrián, pero solo con las portadas me basta para saber qué pretende el ahora llamado Periódico Global (antes llamado Diario Independiente de la Mañana, pero, claro, no es preciso mentir desde la portada). El viernes pasado se publicaba la encuesta, adelantada en la versión digital el día anterior, realizada por Metroscopia (sí, esa empresa que dijo que los votantes del PSOE no estaban de acuerdo con la eliminación de Tomás González en la Comunidad de Madrid solo seis horas después de producirse). En ella, nos anuncia El País que “Ciudadanos rompe el tablero y se dispara hacia el gobierno”. Os confieso que, al principio, el titular me provocó cierta náusea y me dije, “no puede ser, no pueden ser tan burdos y tan poco profesionales; eso no es periodismo”. Pero, después, me contesté, con una sonrisa lo más irónica que me fue posible, “pero qué te esperas, con la línea que lleva el periódico en los últimos años”. Luego lo analicé y me salió este escrito.

Lo que pretende El País es conducirnos a la Segunda Transición: nuevo rey, nueva Transición. Nunca nos lo dirá porque ama la primera, la Inmaculada Transición, y a su rey Campechano. En realidad ya hizo lo mismo allá por los años setenta. ¡Cuánto acaba repitiéndose la Historia en este país! El 4 de mayo de 1976 se publicaba el primer número del periódico y ya en el primer editorial echaba el cenizo a la reforma del presidente Arias y patrocinaba una más profunda. En aquella portada no era casualidad que la única foto que había fuera la del entonces ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, el candidato del establishment. Un hombre preparado, de mundo, con idiomas, de perfil liberal, pues había sido secretario personal de don Juan. Se producía así la primera traición del clan Polanco. Como ha relatado el periodista Martín Prieto, el diario El País fue una idea de Manuel Fraga para hacerse con un grupo mediático que contrarrestara el poder de ABC, pero Arias Navarro lo descubrió y lo envió a Londres como embajador en un retiro dorado. Hasta allí se desplazó Juan Luis Cebrián para ser nombrado director del futuro periódico; cuando a Arias no le quedó más remedio que nombrar a Fraga ministro del Interior por intercesión del Rey, éste aprobó la publicación del nuevo diario. Pero en el año que transcurre entre la llegada de Fraga al ministerio y la publicación del primer número, el clan Polanco se impuso al dirigido por Calos Mendo y la candidatura de Fraga como conductor de la Transición fue sustituida por la de José María de Areilza.

Pero la sorpresa llegó en julio de 1976, solo dos meses después de publicado el primer número de El País, cuando el rey Juan Carlos decidió que el conductor debía ser Adolfo Suárez. Es mítico el artículo de aquel 8 de julio del columnista Ricardo de la Cierva, “Qué error, qué inmenso error”, hablando del nombramiento de Suárez como presidente del gobierno. Nunca le perdonó El País a Suárez que sustituyera a su candidato Areilza, aunque ahora se lean, de cuando en cuando, loas a su política y comparaciones, como no, con su nuevo candidato Albert Rivera (“Rivera y el fetiche de Adolfo Suárez”, 26 de octubre de 2016).

El País ya ha encontrado la nueva UCD, Ciudadanos. Tiene una indefinición política semejante a la del partido de Suárez, se ha montado en torno a un líder carismático creado por los mass media, joven y atractivo. Ahora se trata de cocinar la Segunda Transición. Y en eso están. Dicen que el IBEX y el Santander están detrás de la operación. Nada nuevo con lo ocurrido en los setenta cuando la Banca, que se decía entonces, y las llamadas doscientas familias patrocinaron a Suárez, hasta que quiso ir por libre, y a la UCD. Vuelve el centro, dice en un artículo de ayer el sociólogo José Juan Toharia (“España vira al centro”), casualmente, o no, director de la empresa, Metroscopia, que ha realizado la encuesta.

Mariano, tienes los días contados. Van a por ti. De nuevo El País quiere apartaros del poder. ¿Qué harán ahora el resto de los diarios mainstream? Se presenta un invierno caliente y una primavera ardiente. Hasta ahora Albert Rivera ha sido el niño mimado (por no hablar de la nueva Juana de Arco del soberanismo Inés Arrimadas) de toda la prensa madrileña. Pero, ¿qué hará ahora Jiménez Losantos desde su columna de El Mundo? ¿Seguirá atizando a Mariano y su gobierno de gallinas? ¿Continuará ABC navegando entre dos aguas? ¿Pondrá Marhuenda y La Razón toda la carne en el asador contra Albert y su Ciudadanos? Será interesante verlo.

Aunque ya me imagino la solución. En realidad todo son fuegos de artificio. No olvidemos que las políticas que propugna Ciudadanos (economía, educación, libertades públicas, configuración del Estado) no se alejan mucho de las del PP (incluso de las del PSOE, no seamos ilusos, pues cuarenta años han tenido para poner en práctica por ejemplo una educación verdaderamente laica). Se habla de Ciudadanos como la “marca blanca” del PP, a semejanza de lo que las grandes superficies hacen con muchos productos. Pues, qué queréis que os diga, yo prefiero la original. No para votarla, sino para saber a qué me enfrento. Siempre he estado de acuerdo con la opinión de un compañero sobre el profesorado de religión católica de los institutos: que debían ser monjas y curas, pero de los de antes, con sotana, alzacuellos y hábitos. Para que se les viera venir, para que alumnos y padres supieran de qué va la asignatura. Nada de moderneces de profes guays. Catecismo y oración, como Dios manda. Pues lo mismo digo de la política. Si se tienen que hacer políticas de derechas, que las hagan los de derechas, pero los de verdad, nada de imitaciones de guaperas.

Y, mientras tanto, ¿qué ha sido de la Transición propugnada por los podemitas? Pues quedó en nada. Como en los setenta quedará el grupo reducido a ese 15% residual que le augura Metroscopia (en 1977 el PCE más otros grupos de izquierda ya tenía ese porcentaje). Y, como entonces, se dará paso a unas luchas intestinas entre pablistas, errejonistas, garzonistas y los grupos territoriales que abandonarán el barco: Compromís, En Comú, En Marea… Nada nuevo. Como en los setenta entre los marxistas-leninistas, los eurocomunistas, los estalinistas, los trotskistas, los maoístas…

Como entonces, todo es también una cuestión de estética. En los ochenta, los pelos largos, las trencas, las barbas pobladas, llevar la revista Triunfo bajo el brazo, escuchar a Paco Ibáñez dejó de estar de moda. Ahora otra vez los pelos largos, la palestina, leer Mongolia o escuchar a Krahe (como confesaba Pablo Iglesias que se atrevió a un dúo con él) es sólo cosa de unos cuantos perroflautas, nombre que ha sustituido a los denominados hippies melenudos, como mi abuela y sus amigas catalogaban a aquellos jóvenes radicales de finales de los setenta. Estéticamente los podemitas no son agradables. Lo dicen los abuelos en las vallas de las obras, las señoras de bien en las cafeterías mientras toman el desayuno cotidiano que les permite su pensión, los conductores que cada día más decoran sus parabrisas con la bandera española, los obreros que se ríen de los jóvenes intelectuales que les quieren dar lecciones, los estudiantes que están más preocupados por dónde se irán de Erasmus que por cuándo tendrán un trabajo digno.

Me diréis que todo el mundo no es así. Es cierto, pero sois (¿somos?) un 15%. No más. Y todo proviene de aquella Inmaculada Transición que, entre otros, diseñaron los Polanco y compañía. Sólo hace falta mirar a Portugal para contrarrestar nuestra Transición con aquella revolución (la de los claveles) que hicieron nuestros vecinos. Allí el movimiento se denominó “Proceso Revolucionario en Curso” con una alta participación popular (vecinal, obrera, estudiantil) con las denominadas “conquistas de la revolución”, como la nacionalización de sectores estratégicos y de la banca, o la reforma agraria. Además los militares, lejos de dar golpes de Estado antidemocráticos, formaron un Consejo de la Revolución que actuaría como garante del cumplimiento de la constitución durante los primeros años. Luego, los nuevos líderes políticos de la década de 1980 obtuvieron suficiente poder para paralizar la reforma agraria y luego revisaron la constitución de 1976 para poder iniciar la reprivatización del sector público de la economía. Las instituciones de democracia directa cayeron en el desinterés y nunca fueron organizadas efectivamente, por lo cual esa parte de la constitución sigue vigente pero como letra muerta.

Sin embargo, allí gobierna António Costa, socialista, en coalición con el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda que ha logrado rebajar el paro a los niveles de 2004 con políticas totalmente alejadas de las que aquí propugnan PP, Ciudadanos y PSOE, ha reformado el sistema de financiación de partidos políticos que provocaba la corrupción política, actúa con ética política, como la dimisión de la ministra del Interior después de los incendios del verano pasado o la de tres secretarios de Estado por ir gratis a la Eurocopa y son premiados incluso por la Unión Europea por su gestión de las cuentas públicas.

Así que, Mariano, tienes los días contados como presidente del gobierno. Ya hasta os han quitado el monopolio de la banderita. Pulseras, banderolas en los taxis, banderas en los balcones, escarapelas en los coches se ven en los nuevos salvadores de las esencias patrias contra el comunismo, el separatismo, quizá incluso contra la masonería, como se decía entonces. Como Fraga en los ochenta después de la Transición te convertirás en un residuo de esta Segunda Transición. Quizá, como gallego, siempre te quedará la opción de convertirte en presidente de Galicia. El País, esa reserva espiritual de la Democracia, ha dictado sentencia: la Inmaculada Transición ha muerto, ¡Viva la Segunda Transición!

P.D. Escribo esto sin ningún tipo de preocupación por lo que se anuncia. Como decía Pío Baroja en “El árbol de la ciencia”, ya sólo me queda esa contemplación intelectualista ante lo que sucede. Porque, parafraseando a mi compañero que le dijo a la directora hace unas semanas que había vida más allá del Instituto, hay vida más allá de la política. Por ejemplo descubrir a jóvenes milenials que continúan haciendo buena música, no sin renunciar a un pasado que no conocieron pero que siempre está ahí, cansino, como las “madres manchegas”. Hoy, mientras me llegaban las ideas de este artículo, he escuchado la canción “Camaradas” de Ángel Stanich, uno de mis últimos descubrimientos. Como si algo hubiera unido esa canción a lo que eran mis pensamientos, he escuchado la letra llena de referencias de aquella época: “turgente y comunal” (Amanece que no es poco), los conciertos de Lluis Llac, los panfletos del PC…

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Un socio sin club
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