LA HIJA DEL ESTE: Yugosalvia, el baloncesto y educación

Sin saber muy bien porqué desde hace un tiempo bastantes cosas en mi tiempo libre giran entorno a Yugoslavia. Hace poco recuperé los cómics de Joe Sacco sobre el conflicto balcánico, el otro día entrando en Jot Down encontré una entrevista a Žarko Paspalj, quizá el más enfant terrible de aquella generación baloncestística de los noventa, y cierto mediodía acabamos viendo, mientras tomábamos café, las imágenes del suicidio de Slobodan Praljak en el Tribunal de la Haya. Entrando en modo bucle en internet acabé descubriendo la historia de otro acusado protagonista hace semanas por su intervención en el mismo tribunal que juzga los crímenes en la guerra de Yugoslavia, Ratko Mladić, y la de su hija Ana. Ello me llevó a la excelente novela de Clara Usón La hija del Este.

Creo que uno de mis primeros contactos con Yugoslavia, especialmente con su historia, debió producirse en las clases de COU cuando mi profesor (el querido Emilio Laparra, culpable de que yo derivara mi vida hacia la Historia) nos explicaba las causas de la Primera Guerra Mundial. Aún recuerdo cuando nos exponía, a aquel grupo heterogéneo de alumnos que habíamos caído por diversas causas en ese instituto de barrio obrero que era el Virgen del Remedio, los sistemas bismarckianos de aquella forma tan gráfica (que después yo he copiado en mis clases). Y recuerdo cómo tuvo que interrumpir su explicación ante nuestro escaso interés e incluso el alboroto de algunos. Fue entonces cuando apareció por primera vez en mi vida un término geopolítico cuyo mismo nombre ya encarnaba un halo de misterio y enigmático interés: Bosnia-Herzegovina. A mis compañeros les costó aprenderse el nombre. A mí se me quedó grabado desde el primer día. Y recuerdo cómo lo situé geográficamente con rapidez en aquel mapa que Emilio había colocado en la clase y que yo tenía a cada momento a la derecha de mi pupitre. Y recuerdo echar vistazos de cuando en cuando a aquel mapa para situar Bosnia-Herzegovina. Precisamente ese curso (1980-81) era el primero de la era post-Tito. El mariscal, que gobernó Yugoslavia durante treinta y cinco años, había fallecido en mayo.

Unos años antes había conocido yo otro de los aspectos de aquella Yugoslavia unida: su poderío baloncestístico. Fue en 1973. Es uno de los acontecimientos deportivos más antiguos que recuerdo. Yo apenas tenía diez años y comenzaba a apasionarme por este deporte, seguramente por mi torpeza en el fútbol. El campeonato tuvo diversos aspectos extraordinarios. En primer lugar, se celebraba en España en aquella época en la que no ocurría como ahora en la que cada mes hay acontecimientos deportivos de primer orden en nuestro país, pues el régimen dictatorial del general Franco aún impedía que nuestras relaciones internacionales funcionaran de forma más o menos normal. Para mayor singularidad, el torneo se celebró íntegramente en territorio catalán (en Barcelona y Badalona), cuando el régimen consideraba aquellas tierras como territorio indomable. Pero, además, la selección española tuvo una actuación extraordinaria. No recuerdo que la televisión retransmitiera los partidos de la primera fase, pero sí el enfrentamiento en semifinales entre España y la Unión Soviética (que era como los locutores se referían entonces a la URSS). Era aquella selección soviética una selección temible (un año más tarde ganaron la medalla de oro olímpica por primera vez contra los americanos en una final envuelta en la polémica y cuya derrota no han aceptado aún oficialmente los americanos). Allí jugaban nombres que aún resuenan entre lo mejor del baloncesto europeo de todos los tiempos: Sergei Belov (primer no estadounidense incluido en el Hall of Fame), Anatoly Myshkin o Sergei Kovalenko (un bigardo de 2,16, altura que entonces nos parecía extraterrestre). Pero España la derrotó un cuatro de octubre por 80 a 76. Dos días más tarde no pudimos con Yugoslavia, a la que los comentaristas no creían tan temible como a los terribles (en todos los sentidos) soviéticos. Al fin y al cabo, los yugoslavos eran un poco como nosotros: eran mediterráneos y su régimen comunista era poco comunista, uno adaptado a su propia idiosincrasia. Igual que nuestro régimen democrático, la democracia orgánica franquista, era también adaptada a la nuestra. Pero habíamos menospreciado a, quizá, el mejor grupo de jugadores que nunca han pisado España (Dream Team del 92 aparte): Ćosić, Dalipagić, Kićanović, Slavnić, Plećas…, entrenados por el carismático Mirko Novosel.

Recuerdo que la selección española había sido promocionada de forma mediática en los colegios con una campaña auspiciada por Coca-Cola que organizó una especie de concurso de pintura entorno a ella. Participamos todos los alumnos (yo con la ilusa ensoñación de poder ganar a pesar de mis pocas dotes para el dibujo, presentando, aún lo recuerdo, uno con jugadores de basket en silla de ruedas) y nos regalaron a todos una postal con los jugadores de la selección y sus firmas sobre su figura. Hace años que creo haberla perdido. Allí estaban jugadores míticos como Clifford Luyk, Wayne Brabender, “Nino” Buscato, Rafael Rullán o Carmelo Cabrera y otros ahora menos conocidos, pero de gran recuerdo para los viejos amantes de basket como yo (Vicente Ramos, Manuel Flores, Luis Miguel Santillana, Gonzalo Sagi-Vela, José Luis Sagi-Vela, Miguel Ángel Estrada y Enrique Margall). Todos dirigidos por el sempiterno seleccionador Díaz-Miguel.

Durante años, mi relación con Yugoslavia se situaba entorno al baloncesto. Hasta que a principios de los noventa derivó hacia el mundo de la Historia. Y nuevamente mi vida personal se vio unida a aquel país. En el verano de 1991 los gobiernos de Croacia y Eslovenia decidieron su separación de una ya moribunda Yugoslavia. En Eslovenia el conflicto armado apenas si duró unas semanas, pero se iniciaba entonces una cruenta guerra entre lo que quedaba de Yugoslavia (básicamente Serbia) y Croacia. Magda y yo habíamos decidido casarnos a principios de aquel otoño de 1991 y nuestra ilusión (realmente la mía traspasada a ella) era la de visitar la bella Dubrovnik. Pero no pudo ser, cambiamos nuestros planes por el Tirol austríaco, donde, por cierto, vimos algunos movimientos de tropas que se dirigían a la frontera con Eslovenia, por si acaso el conflicto iba a más.

Y fue a más. Se convirtió en el más tremendo conflicto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Mi amor por el baloncesto yugoslavo, por cómo eran capaces de enfrentarse a la todopoderosa máquina soviética, por cómo eran capaces de luchar contra el dinero italiano (y después español) a nivel de clubes, sin americanos en sus filas, y mi dedicación a la historia me produjo una sensación de horror por lo que allí ocurría. Mi defensa fue el distanciamiento y poco conocí de aquel conflicto en pleno fragor del mismo.

No sé bien porqué, desde hace unos meses he centrado mi interés por aquellas tierras. Y, sin ser demasiado consciente, he ido llenando mi vida de aquellos episodios, queriendo conocer en profundidad lo que entonces no fui capaz.

Acabo de leer La hija del Este, de Clara Usón, y me ha dejado impresionado. Aconsejo a todos los que queráis leer una buenísima novela histórica a que la leáis. Es un ejemplo de como hacer buena literatura histórica. La redacción es amena y brillante. La trama engancha desde las primeras páginas, aunque conozcamos el final. La estructura, con varias voces que nos cuentan la historia, es enormemente atractiva.

¿Es un relato contra el nacionalismo extremo como presenta la editorial? ¿Es una reflexión sobre la manipulación política como también propaga? ¿No son ambas cosas lo mismo? ¿Existiría el nacionalismo extremo (el nacionalismo a secas) sin la manipulación política? ¿Qué fue antes la gallina o el huevo? ¿Son los políticos quienes utilizan instintos identitarios primarios para sus propios intereses o son estos instintos consustanciales al ser humano? Es posible que el libro trate de todo esto, pero creo que desarrolla temas aún más profundos, aunque la editorial haya querido vender la novela bajo el paraguas de la situación política española actual. O quizá es que el nacionalismo no sea sino otra doctrina, utilizada como excusa, para que el poder domine a las masas. A las cuales no les viene mal, les gusta que las dirijan para no tener que hacer algo tan difícil como es DECIDIR. Hay un pasaje muy esclarecedor que suscribo totalmente: “El comunismo es una religión secular y ahora que Tito ha muerto tiene los días contados… las masas tendrán que llenar ese vacío con una nueva fe, necesitan que alguien las oriente y les indique cómo actuar, qué está bien y qué está mal, son incapaces de pensar por sí mismas”.

No imagináis cuantas referencias me trae a la mente ese pasaje. Sólo esbozo algunas que podrían dar lugar a nuevas entradas. Cómo se propagó entre los defensores de la Segunda República el ideal de la revolución comunista después del estallido de la Guerra Civil, frente a quienes propugnaban una revolución libertaria. La primera les ofrecía un modelo impuesto desde arriba, la segunda debía crearse desde abajo y día a día. Cómo se ha impuesto en ese movimiento que se inicio el 15M una estructura jerárquica con líderes bien dispuestos a establecer qué está bien y qué está mal. Han quedado reducidos a una anécdota electoral, excepto en aquellos lugares en los que movimientos urbanos menos jerárquicos los mantienen a flote, quizá no por mucho tiempo. Por ello estoy cada vez más convencido de que si el panorama bipartidista español se rompe no será, como creían algunos de mis alumnos universitarios, por ese movimiento que encabeza Podemos, sino por ese otro mucho más estructurado, guiado, patrocinado y aupado a los altares que supone Ciudadanos. Como bien cuenta un vídeo que hace días me pasó una alumna, la democracia actual consiste en que cada cierto tiempo te pregunten quien quieres que les representes o, mejor dicho, que hagan política por ti.

Pero La hija del Este me ha hecho pensar en otros temas colaterales al que expresaba la contraportada según la editorial. Hasta qué punto somos incapaces de dejar de creernos las mentiras que nos rodean a cada instante por más increíbles que parezcan. Hay varios pasajes en el libro de cómo la televisión serbia desmentía la existencia de campos de concentración diciendo que eran actores pagados por la ONU u otros episodios truculentos de aquella guerra. Pero también de hasta donde es capaz de llegar la maquinaria de guerra para defender los propios intereses. Y de hasta qué punto es difícil conocer con total certeza lo ocurrido en dichas circunstancias. Por ejemplo, la masacre de la cola del pan en Sarajevo de 1992, que informes de la ONU parecen dirigir la culpabilidad ahora hacia el propio ejército bosnio-musulmán que defendía la ciudad para incitar el odio a los serbios en el panorama internacional. Qué importante es la educación en estos temas.

Y en este punto, como siempre, sin saber por qué, parte de mi mundo parece girar entorno al tema que me llevo entre manos. Así, durante la lectura de La hija del Este puse a mis alumnos la película de Christian Carion Feliz Navidad, que comienza con una escena terrible. Tres niños, uno francés, otro británico y otro alemán se dirigen a sus compañeros de clase exponiendo las razones por las cuales esa guerra (la Primera Guerra Mundial) era una guerra justa. “Niño, mira en el mapa el punto negro que hay que borrar, remárcalo con tus deditos y márcalo de rojo”, refiriéndose a Alsacia (ocupada por los alemanes desde 1870) dice el alumno francés; “para borrar del mapa todo el rastro de Alemania debemos exterminar esa raza, no debe quedar ni uno, ignora los gritos de sus bebés, mátalos a todos, a las mujeres también o algún día se alzarán, cosa que si están muertos no harán”, cuenta muy tieso y solemne el chico británico; “un único enemigo tenemos en la tierra que cava la tumba de Alemania, le embargan el odio, la amargura, la envidia y la saña… ya conoces su nombre, es Inglaterra”. Es auténticamente demoledor ver esas imágenes. Y se comprende fácilmente como se puede llegar a tal grado de paroxismo en las guerras si somos capaces de que nuestros niños digan estas cosas.

Por otro lado, el otro día una ráfaga de continuidad del programa Hoy empieza todo, que me acompaña en mi ejercicio semanal, reproducía unas palabras del protagonista de la película Lugares comunes, Fernando Robles (Federico Luppi): “No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Póngase como meta enseñarles a pensar, a que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas. Las respuestas no son la verdad, buscan una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué. Si en esto admitimos, también, eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve.”

Y rápidamente pensé en algo bastante terrible que me ronda la cabeza últimamente fruto de mi experiencia docente. Los alumnos, cada vez más, en todos los niveles, no quieren que les hagas pensar, quieren que les des el conocimiento ya concluso, definitivamente cerrado. Si no están de acuerdo con él, ya se opondrán con argumentos sacados de otros teoremas cerrados, de otras doctrinas, otros pensamientos. Por eso tienen tanto éxito últimamente mensajes ya delimitados por una ideología, por una bandera, por un líder.

Intentar conocer la verdad, aún a sabiendas de que nunca lo lograrás del todo, cada vez interesa menos. Eso es lo que destruyó a Ana Mladic, la protagonista de la novela, si es que realmente ella es la protagonista, pues quizá el verdadero protagonista sea su padre. Aunque en realidad pienso que el protagonista es inmaterial: el odio. El absurdo odio entre semejantes. Y como contrapunto el amor. El amor que sentía Ana por su padre, que sentía por su patria. Y cuan fácil es pasar de uno a otro. Y lo irremediable que puede resultar seguir por un camino que nunca sabes a dónde te conducirá.

Cierro este comentario aconsejándoos un documental sobre Yugoslavia, el baloncesto, la amistad, el odio y lo irremediables que pueden ser muchos de nuestros actos. Se titula Once Brothers (en España si tituló Hermanos y enemigos) y cuenta la historia de la amistad rota entre Petrovic y Divac por el conflicto bélico:

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Un socio sin club
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