EL VERDADERO FINAL DE LA HISTORIA HA LLEGADO: ¡Qué razón tenía el Fukuyama!

A modo de prefacio.

Que conste que escribo todo esto con un profundo desconocimiento de la realidad política más cotidiana de España. Desde mi último escrito aquí, decidí desenchufarme de la corriente diaria que supone leer titulares de periódicos mainstream (hace tiempo que dejé de leer sus contenidos), escuchar noticias radiofónicas (ni siquiera las que con humor cuenta hacia las ocho de la mañana Antonio Vicente en Hoy Empieza Todo de Radio 3) o adentrarme en los diarios digitales (aunque esté pagando con mi aportación alguno de ellos). Fue una decisión de pura salud mental y física. No me pilló en buen momento de lo uno ni de lo otro y ya veía que me estaba afectando a mi equilibrio. Decidí dejarlo estar. Recluirme en otros mundos más interesantes. El tiempo es limitado y, a veces, hay que elegir entre leer otro artículo de Guillem Martínez sobre Cataluña o uno sobre Emilio Bueso y la narrativa de terror en Jot Down.

A modo de antecedentes.

Para los no muy versados en sociología, politología, historiografía o alguna otra ciencia social, el término “final de la historia” (aunque de raíz hegeliana) fue acuñado por Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en 1992 a raíz de la publicación de su obra “El fin de la Historia y el último hombre”. La tesis del libro, resumida hasta la píldora, era que la Historia, entendida como cambio de sistemas sociopolíticos, había terminado con el final de los regímenes comunistas al imponerse el sistema liberal como el único capaz de mantenerse “per secula seculorum”.

La obra tuvo un éxito fenomenal. Rápidamente se convirtió en una obra debatida, estudiada y editada en todos los idiomas conocidos. En España, que no se caracteriza por la rapidez en la edición de obras de carácter teórico sobre Historia o cualquier otra ciencia social (“Combates por la Historia” de Lucien Febvre escrita en 1952 no se tradujo en España hasta 1970 por ejemplo), fue traducido y publicado ese mismo año por la editorial Planeta. Era necesario, pues, en aquel entorno de triunfo socialista (del bueno, no del denostado de los países destruidos por el comunismo, el llamado socialismo real), dejar claro que también aquí habían ganado los buenos.

¿De verdad ha acabo la Historia?

Durante años me tocó impartir en la Universidad la asignatura de “Tendencias historiográficas actuales” y aunque muchos de mis colegas dichas “tendencias” se quedaban en los años sesenta, como mucho, yo me empeñaba, y a veces conseguía, adentrarme en los albores del siglo XXI y explicar algo de lo que se mueve por el mundo de la historia en la actualidad. Y, naturalmente, salía el nombre de Fukuyama y su “final de la historia”. Animaba a mis alumnos y alumnas a debatir sobre las teorías de Fukuyama y prácticamente todos, yo incluido, aunque muchas veces hacía de abogado del diablo para animar el debate, negaban la llegada de ningún final de la Historia con la caída del Muro y los países comunistas. Aunque había varias posiciones: de la más izquierdista que abogaba por el retorno de un comunismo más humanista hasta la proliberal que, aun así, consideraba que el liberalismo debía adoptar también un rostro más humano.

Fukuyama se convirtió en uno de los “popes” de la denominada vía neoconservadora (los neocons) que tanto éxito tuvieron en la época de Bush y sus coletazos europeos (Aznar entre ellos). Apoyó una nueva intervención en Irak e impulsó el denominado Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, con el objetivo de promocionar el liderazgo mundial de los Estados Unidos.

Pero como diría mi abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Una cosa son las teorías políticas o historiográficas y otra la cansina realidad de los hechos. Así, tras lo ocurrido en Irak con la intervención americana, la fracasada política internacional de liderazgo de los Estados Unidos y la adaptación tan particular del liberalismo que han hecho en algunos países del antiguo Telón de Acero (Rusia, sin ir más lejos), el propio Fukuyama ha dado marcha atrás en sus presupuestos (en su obra “América en la encrucijada”, 2007).

Mi visión sobre la obra de Fukuyama también ha sufrido una evolución. Pero en sentido contrario. ¡No des marcha atrás Francis! Creo, ahora, que tenías toda la razón. El final de la Historia ha llegado. Solo hace falta mirar la calle, escuchar las tertulias de las terrazas, oír a tus compañeros en la Sala de Profesorado, ver a personajes varios mientras haces zapping en tu televisor. Y todo ello aun estando desenchufado de la realidad más próxima.

Es cierto que aún quedan algunos frikis que consideran que otro mundo es posible, que las utopías serán realizables algún día, que hablan y hablan de renovar la vida social de este país o de cualquiera. Pero la derrota les espera más pronto que tarde. La victoria es, ha sido hace tiempo, de ellos.

Las empresas capitalistas aprietan cada vez con condiciones más draconianas a sus empleados y no pasa nada. Las grandes empresas controlan las legislaciones de los países denominados liberales y seguimos votando, creyendo que elegimos a quienes nos representan. La justicia se convierte en un apoyo del poder y seguimos pensando en la división de poderes.

Ha llegado el “mundo feliz” que “pronosticaba” Aldous Huxley: la “humanidad es desenfadada, saludable y avanzada tecnológicamente”. ¿Qué más queremos? ¿Para qué queremos la política?

En estos días estamos visionando en casa “1993”, la segunda parte de la “1992”, sobre los procesos judiciales de la denominada “Tangentopolis” y “Manos Limpias” en Italia. Por una parte, da un tanto de envidia que una productora (Sky Atlantic) se atreva a desgranar con toda crudeza la realidad más oscura del poder en la Italia contemporánea, introduciendo personajes reales en ella. Lo más parecido que tuvimos aquí fue “Crematorio” que se adentraba en la España de la corrupción, pero en ella todos los personajes eran ficticios, aunque cada uno buscara paralelismos con su concejal de urbanismo más cercano. En “1992” y “1993” se destripa a Berlusconi, a Craxi, a Umberto Bossi o Giorgio Napolitano, solo por citar los más conocidos entre nosotros. Pero también otros que lo son menos, como Gianfranco Miglio (“il professore”), el que fuera ideólogo de la “Lega Nord”, el grupo secesionista de la Padania (la Italia del Norte), que no se quería mezclar con la chusma del sur y los corruptos políticos de Roma. Aparece “il professore” en la serie como un neofascista pagado de sí mismo, al servicio de ese grupo de demagogos (Bossi ha sido condenado en 2017 a dos años y tres meses de prisión por malversación de fondos de su partido) y racistas (“hay que acabar con los inmigrantes cañoneando las pateras”, U. Bossi). ¿Os imagináis por un momento una serie así en España en la que aparecieran algunos de los ideólogos de nuestro partido gobernante? Pérez Reverte o Vargas Llosa, ahora que están de actualidad. O Laín Entralgo y Cela por hablar de dos ya fallecidos como Gianfranco Miglio. El otro día lo comentaba con mi amigo Joan, ¿os imagináis una serie basada en “El cura y los mandarines” de Gregorio Morán? Al estilo de “Gomorra”, la gran serie italiana basada en el ensayo de Roberto Saviano.

¿Y en qué ha quedado esa Italia? En un país administrado por un grupo de tecnócratas, dirigidos por Paolo Gentiloni, del Partido Democrático, de centro izquierda, que se declara socialista, social-liberal, socialcristiano y ambiental, llegado al poder tras el fracaso de la reforma constitucional de Matteo Renzi. Los italianos se manifestaron en contra de una reforma patrocinada por el establishment, pero éste se reprodujo a sí mismo y continúa gobernando a través de una especie de Gran Coalición formada por el PD de Gentolini, la Alternativa Popolare, de centro derecha, los Centristi per l’Europe y algún independiente (sic), como Pier Carlo Padoan, expresidente del Fondo Monetario Internacional (¡olé! a lo que ahora llaman independencia). ¿Escuchamos algo de la política italiana en la actualidad? No, ha llegado el final de la Historia.

Y mientras tanto, mientras ha finalizado la Historia y ya no existe el peligro de contaminación del comunismo, las ideologías vinculadas al racismo, la xenofobia, la homofobia y todas las fobias que tengan que ver con lo que no valore las esencias nacionales, crecen por Europa y campan a sus anchas, como hemos visto cerca de nosotros hace unas semanas. Lo hemos visto en Holanda, en Francia, y más recientemente en Austria y Alemania. Solo me detengo un momento en este último caso para ilustrar mi teoría de la llegada del fin de la Historia. El partido Alternativa para Alemania (AfD), ya la tercera fuerza política en Alemania, ha obtenido sus mejores resultados en los territorios de la antigua República Democrática de Alemania, aquella que abrazó el comunismo hasta 1991, ésta que sufre las consecuencias de la unificación entre su clase trabajadora, y que culpa ahora a los turcos de sus males. El neoliberalismo ha logrado uno de sus objetivos: desviar el punto de mira de la culpabilidad de ellos mismos y sus políticas económicas hacia los inmigrantes que “nos quitan el trabajo”, ese que ningún “alemán decente” se dignaría a realizar.

Y lo he visto cerca de mi casa. En los balcones de mi antiguo barrio obrero de la Virgen del Remedio, lleno ahora de inmigrantes subsaharianos y magrebíes, como antes lo estuvo de manchegos (como yo mismo), donde ondean banderas rojigualdas que no creo vayan solo contra el independentismo catalán sino contra su vecino magrebí o subsahariano, porque él es “español, español, español”. Como decía aquel agricultor de Marinaleda (refugio de frikis, por cierto) “tú lo que eres es idiota”.

Pero la Historia ha terminado.

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Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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