BOLARDOS Y POLÍTICA: Otro debate de altura política

Cuando ya tenía trazado un borrador de este post, cayó en mis manos (es una forma ya incoherente de hablar, pues ya no tenemos en nuestras manos los periódicos, sino aquí, sobre esta pantalla iluminada) un artículo de Jordi Évole titulado “Y cuando despertamos, todo estaba politizado”. Iba a decir un “estupendo” artículo, pero si lo hubiera hecho, este post ya estaría politizado para alguno de mis lectores. ¡Qué digo! Ya está politizado solo por el hecho de mencionar a Jordi Évole. Algunos de los que esto leáis, ya no seguiréis haciéndolo porque hablo bien del antiguo “follonero”, porque sale en La Sexta, porque es catalán, porque parece de izquierdas, porque… qué se yo, porque os cae mal. Otros habréis leído el artículo y, por ello, ya no seguiréis leyendo el mío, porque os parece mal lo que allí se dice, por poner a la par a unos y otros, por quejarse de que aquí, en España, cualquiera de sus partes, que eso sí nos une, ya todo está politizado.

De eso quería yo hablar, antes de que Jordi Évole me pisara gran parte de mis argumentos. Él habla de que hasta las playas están politizadas. Yo abundaré en ello, pero sobre todo me uno a él en el hastío que me provoca ya todo ello. La lectura del artículo me produjo una sensación de alivio: no estoy solo en la galaxia. Menos mal, pues estaba ya a punto de salir al balcón y gritar: “dejadlo ya, no puedo más, quiero respirar”. Y después, coger la maleta y marcharme a Kapingamarangi, que por si no lo sabéis es una isla, al parecer aún bajo soberanía española, en la Micronesia.

Después de una semana de los atentados de Barcelona y Cambrils, el aluvión informativo ha sido de tal signo que la única sensación que parece quedar en gran parte de los españoles es que da igual. Da igual lo que pase, aquí volvemos a lo mismo: convertir en política cualquier acontecimiento. Tiene ello dos consecuencias negativas a mi entender: la primera, la pérdida de perspectiva, pues no todo debe tener una lectura política, entendiendo esta como el enfrentamiento de pareceres, básicamente entre dos grupos (los “míos” y los “otros”) que es en lo que ha acabado derivando el juego político en España; y la segunda, que aquellos temas que verdaderamente deberían tener un contenido político de alto calado social, deja de tenerlo, pues queda diluido en el ruido diario del enfrentamiento, produciendo hastío entre la población en general, que, como vulgarmente se dice, “pasa”, pues es cosa de políticos, cuando a todos debiera interesar.

Me explicaré con algunos ejemplos. La banalización de la política, a la que hemos asistido esta semana de forma supina, provoca que poner unos bolardos, un e-mail, unas rencillas entre cuerpos de seguridad, el idioma en que se da una rueda de prensa, se conviertan en arma arrojadiza dentro del debate político. Se insiste en que debemos estar todos juntos contra el terrorismo, pero esa unidad duró en este caso poco más de unas horas, hasta que a alguien se le ocurrió el tema de los bolardos. Fue patético escuchar al alcalde de Alcorcón y al cura madrileño culpar a la alcaldesa de la masacre por no poner los dichosos bolardos. Llegabas a tomar café con un grupo de amigos y ya sabías su opción política: debió poner los bolardos o no debió poner los bolardos Ada Colau. Después preguntabas qué les parecía su política urbanística y la respuesta era o “magnífica” o “esa es una mamarracha”. Estaba todo dicho, aunque no supieran qué les preguntaba.

Todo eran parabienes a las fuerzas de seguridad, en este caso los “mossos d’esquadra”, hasta que alguien vino y dijo que ello significaba que Cataluña podía actuar como un Estado independiente y vino otro, no sé si antes o después, poco importa (excepto para los que politizan cada acto de su vida), y dijo que no eran tan buenos, pues no se habían enterado de la que estaban preparando en Alcanar o que habían recibido ya hace tiempo un e-mail alertando de la peligrosidad del imán de Ripoll. A ello se sumó el que el jefe de los “mossos” diera las ruedas de prensa en catalán. Lo que faltaba. Para unos era una demostración POLÍTICA de autonomía, para otros, una vergüenza POLÍTICA, que no se diera en el idioma que todos entienden. Y a partir de ahí, en un tema y en otro, un gran debate político en nuestros periódicos y en nuestras cafeterías. Todo el mundo se convirtió en un experto en seguridad ciudadana. Todo el mundo ponía argumentos a favor o en contra. De los suyos, claro.

Por otra parte, esa banalización de la política provoca que los temas de fondo también se banalicen y pasen a formar parte de ese guirigay diario que inunda nuestra prensa, debates televisivos y, por contagio, nuestras calles, plazas, terrazas y cafeterías. ¿Dónde está el origen del actual terrorismo islamista? ¿Cuáles deberían ser las acciones para acabar con él?

Evidentemente se ha escrito y hablado, no sé si asimilado por ese guirigay del que hablaba, de la responsabilidad de Occidente en ello: el origen colonial del conflicto, la complicidad de Occidente con los países árabes que sostienen el yihadismo, especialmente los de la Península Arábiga, los intereses económicos que nos impiden tomar medidas más drásticas… Y también de que el terrorismo islamista quien más lo sufren son los propios musulmanes, receptores de cerca del 90% de los atentados. Pero el problema está en que cuando estos argumentos se esgrimen, ya estamos, para muchos, introduciendo una visión POLÍTICA particular del problema.

A eso me refería con la banalización de la política, o mejor, con la conversión de cualquier asunto en una cuestión de debate político que proviene de una posición de partida. La vida no es tan sencilla. No está compuesta solo del yin y el yang. Existen tonalidades. Y, existen, sobre todo dudas. No soporto ya esas personas que lo tienen todo claro. Que saben que debieron ponerse bolardos o que no debían ponerse. Creo que le habrán caído por todos los lados al bueno de Jordi Évole. Bueno lo sé, porque, en un ejercicio de masoquismo intelectual, además de leer su artículo leí parte de los comentarios de los lectores. No hay nada más descorazonador para conocer en qué país vives que leer los comentarios de cualquier noticia. El tema da para otro post, pero lo dejo para otro día, hasta que digiráis este. Muchos se ponen de su parte, pero otros se limitan a echar pestes de los musulmanes, a los que poco menos que hay que exterminar, y otros dicen que Évole se ha vendido a la prensa de Madrid (el artículo se publicó en El Periódico de Barcelona, pero eso qué más da) porque no le pareció bien que se usara la manifestación del sábado para sacar las esteladas y gritar contra el Rey. Y además, en el colmo del atrevimiento, dijera que todos aquellos que critican que el rey viaje a Arabia Saudita a vender nuestras armas, no se les vio en la puerta del Camp Nou gritando contra la directiva del Barça, cuando a esta se le ocurrió que el club catalán fuera financiado por Qatar Foundation o Qatar Airways. Debió bastar este argumento para que nacionalistas y gentes de alrededor dijeran que se había vendido al enemigo.

Yo no entiendo de bolardos, no entiendo de seguridad ciudadana. Tampoco entiendo mucho de historia, pero a estudiarla he dedicado casi toda mi vida. Y si sobre ella tengo dudas, no comprendo cómo todo el mundo ya tiene una opinión formada sobre los bolardos y la gestión de la seguridad ciudadana y el funcionamiento de Europol, por ejemplo. Bueno, sí lo comprendo. Porque se trata de un debate POLÍTICO y sobre él todos tienen una posición previa. Es mentira, lo digo a cada momento en mis clases, ese dicho tan repetido por el vulgo de que “yo no entiendo de política, eso es cosa de políticos”. ¡Pero si no hacéis otra cosa! Y, claro, la historia también se convierte en política y cualquiera puede esbozar argumentos sobre el origen del islam, sobre Al-Andalus, sobre el ISIS, sobre los imanes, mientras la mayoría de ellos no saben distinguir un árabe de un musulmán.

Cada vez me pasa más y juego con ello, por ejemplo en mis clases. Es hasta divertido soltar alguna frase del estilo “los Reyes Católicos, que de unidad de España nada de nada”, para que el auditorio te clasifique ya entre los votantes socialistas y puede que hasta en los de Podemos. Al día siguiente, aparecer con el argumento de que “Cataluña se equivocó en la revuelta de 1640” para que esos mismos alumnos te encuadren entre los discípulos de Albert Rivera o, incluso, entre los de Vidal-Quadras. Si al tercer día sueltas algo así como “Cataluña ya era un estado en el año 1.000”, el auditorio quedará ojiplático y no sabrá si es que tienes desdoblamiento de personalidad o que estás tan loco como la mayoría del profesorado universitario español. Y, ¿por qué?, pues porque todo está politizado y cualquier cosa que hagas o digas te encasilla. Si estás a favor del reciclaje, de izquierdas, si te gusta Raphael, de derechas.

Por ello, a muchos manifestarse de una u otra manera les ha costado caro. Dos ejemplos. En 2011, la cantante Russian Red decía en la revista Claire, en una entrevista light, típica de revista de peluquería, partidaria de la derecha cuando le lanzaron una de esas preguntas del tipo “¿carne o pescado?”. Se montó la marimorena; cómo era posible que una cantante indie, fuera de derechas. Le cayeron por todos lados: en la prensa progre, entre sus compys del indi, entre los tertulianos de café… A partir de entonces, si te gustaba Russian Red la habías “cagao”. Eras tan de derechas como ella. Sé de algún conocido que debió esconder sus discos en lo más profundo del sótano para que en las reuniones de sábado por la noche para hablar del “procés” nadie las encontrara.  Al final se arrepintió y en otra entrevista en El País Semanal, dónde mejor, se desdijo. Le habían malinterpretado. No sé si tuvo algo que ver, pero Russian Red se fue a los Estados Unidos y abandonó la música (ahora vuelve con un disco de versiones, pero parece que más para seguir viviendo) en 2014 en medio de un concierto. Así sin más. A la mierda con el dichoso mundo de la música. Claro, su marido es también músico y vendedor inmobiliario (cosas de los Estados Unidos).

Otro ejemplo, del otro lado. En mayo de este año, Antena 3 estrenaba la serie “La casa de papel” un ambicioso proyecto al estilo de las series nórdicas tipo “El puente” o “Forbrydelsen”. Justo antes de su estreno, algún intrépido buscador de proetarras descubrió que una de las actrices protagonistas, Itziar Ituño, había participado en una manifestación a favor del acercamiento de los presos vascos. La había “cagao”, pero no sólo la actriz, sino toda la serie (que qué culpa tendría). Rápidamente corrió por ese medio atroz y despiadado que es twitter el lema (hashtag lo llaman) de #BoictotLaCasaDePapel. No parece que tuviera mucho éxito, pues su cuota de pantalla estuvo en un nada desdeñable 16%. La que no sé si se recuperará es la actriz Itziar Ituño, teniendo que volver a ser una actriz apegada al mundo audiovisual vasco como antes de participar en La Casa de Papel. Por tanto, ya lo sabes, si ves La Casa de Papel eres un proetarra.

Así la situación puede llevar a absurdos de lo más estrambótico. Con dos me he encontrado estos días. La Casa Real distribuye una imagen de la manifestación del sábado en Barcelona en la que han borrado con Photoshop las banderas independentistas catalanas que todos vimos. En TV3, la televisión pública catalana, la locutora dice ese mismo día que hay pancartas en todos los idiomas, incluso un grupo de mexicanos traen una escrita en “mexicano”. Ambas estupideces no sé si son comparables, pero lo que deseo explicar aquí es que si vas un día y entras en tu cafetería de siempre, te sientas con tu grupo de colegas de siempre, que por un casual son de derechas y dices, “mira que manipular la Casa Real la foto”, que enseñas en tu móvil, te mirarán con mala cara y te dirán, “que pasa que ahora te has hecho independentista”. Si por esas cosas de la vida tus contertulios son de izquierdas, y dices algo así como “vaya metedura de pata de la presentadora de TV3, parece que le da repelús decir español o castellano”, seguro que te miran como si hubieras asesinado al Ché y espetarán algo como “que pasa, te has vendido a las huestes de Federico Jiménez Losantos”. Porque todos los aspectos de la vida se han politizado y cualquier opinión te encuadra. Decía una amiga mía este verano que me veía taciturno, preocupado y triste. ¡Cómo no quieres que lo esté, si cualquier cosa que uno diga será interpretada bajo este yin y yang en que se ha convertido España! Vaya, se me ocurre aquí otro ejemplo baladí, pero real. Si dices España, eres de derechas, si dices “este país”, eres de izquierdas. Venga otro: en Cataluña, España es siempre el “Estado”, en España, Cataluña es una región. Cosas de la POLÍTICA. Y que no se te ocurra equivocarte.

Y para acabar algo de música, que si no tengo una amiga lectora que no me lo perdonará. Es algo desconcertante, y POLÍTICAMENTE incorrecto, pero qué le vamos a hacer. Así es mi vida, puro desconcierto. Raphael cantando en el Sonorama, festival de culto de la música indie española, junto a Juan Alberto de Los Niños Mutantes:

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