APARTHEID Y SALAFISMO: Dos historias, dos posturas occidentales encontradas

  1. En mayo de 1910, la unión de las colonias de El Cabo, Natal, Estado Libre de Orange y el Trasnvaal formaban la Unión Sudafricana, unida como dominio al Reino Unido hasta el Estatuto de Westminster de 1934. En 1948 el Partido Nacional, que había simpatizado con Hitler durante la II Guerra Mundial, llegó al poder y estableció un sistema político y social de apartheid por el que sólo la población blanca tenía derechos ciudadanos completos. La población negra (mayoritaria, más del 70%) no tenía derecho de voto, no podía circular libremente por el país, debía vivir en lugares apartados de la población blanca, debía estudiar en lugares separados, debía trasladarse en medios de comunicación distintos a los de los blancos y tenía restringidos determinados aspectos cotidianos como poder tener carnet de conducir.

En 1961 se proclamaba la República Sudafricana, lo cual significaba su separación completa del Reino Unido, pero no fue admitida en la Commonwealth (una especie de unión de antiguas colonias británicas) como otros territorios por su política de apartheid. A partir de ese momento, la República Sudafricana fue repudiada por la comunidad internacional a todos los niveles: no fue aceptada en la ONU y fue excluida de todos los organismos internacionales o deportivos (Juegos Olímpicos y mundiales). Muchas naciones europeas y americanas prohibían a las compañías de sus países hacer negocios con la República Sudafricana y eran sancionadas si lo hacían. Ni siquiera la existencia de dos materias primas de gran valor como el oro y el platino (las únicas que importaban los países occidentales), y su feroz anticomunismo (en aquellos tiempos de la Guerra Fría) lograron frenar el aislacionismo occidental sobre el país.

La política de perestroika iniciada en 1985 por Gorbachov en la URSS acabó con la única excusa que gobiernos como el americano y el británico tenían para no acabar de aislar definitivamente a la República Sudafricana. La retirada del apoyo soviético a los gobiernos de Angola y Mozambique (que mantenían un largo conflicto territorial con Sudáfrica) y la crisis económica provocada por el aislamiento económico produjeron que, junto con la cada vez mayor protesta de la población negra, cuyo líder Nelson Mandela se había convertido en un icono mundial de la lucha por los derechos humanos desde su prisión en 1962, el apartheid tuviera los días contados.

En 1989 moría el presidente Botha, siendo sustituido por Frederik de Klerk, mientras una oleada de cambios se cernía sobre el panorama internacional: caída del Muro de Berlín, caída de la Unión Soviética, desaparición de los regímenes comunistas en Europa y del Pacto de Varsovia. De Klerk comprendió que eran momentos de cambio y propuso a su partido el abandono del apartheid. En 1990 el Congreso Nacional Africano, principal partido de la mayoría negra, fue legalizado, su líder Nelson Mandela excarcelado, y suprimido el estado de emergencia. Entre 1990 y 1991 fue desmantelado el apartheid y en 1994 se votada una nueva constitución y se elegía el primer presidente por toda la población, precisamente Nelson Mandela. La nueva República Sudafricana, que adoptó una nueva bandera que aunaba los viejos colores (azul, blanco y rojo) con los tradicionales de la lucha nacional africana (negro, verde y amarillo) pudo participar ya en los Juegos Olímpicos de Barcelona como invitada y pasó a convertirse en un país más del concierto internacional.

Mucho más al norte, otro territorio ha tenido hasta cierto punto una historia paralela, aunque con un final diferente, especialmente en su consideración por las grandes potencias, a pesar de que su trato con gran parte de la población no haya sido mejor que el practicado por la República Sudafricana. También a principios del siglo XX se producía en la península arábiga la unificación de diversos territorios dando lugar al denominado Reino del Nechd y del Hiyaz. Igualmente, a principios de la década de los 30 ese estado acabó derivando en otro de corte más contemporáneo, pasando a llamarse Reino de Arabia Saudita. Desde su fundación, el estado se organizó como una monarquía absoluta en torno a la Ley Básica de Arabia Saudita, que está compuesta por la Sharia (o Ley Islámica) y el Corán. Es, además, el principal país que aplica la corriente político-religiosa denominada wahabismo (o salafismo, como a ellos les gusta decir), que preconiza la aplicación estricta de la Sharia, considerando al resto de musulmanes como apóstatas, y persigue la constante expansión de la religión musulmana por el resto del mundo. Uno de los principales elementos del wahabismo es la segregación de una parte de la población, que queda excluida, como la población negra en Sudáfrica, de todos los derechos civiles y políticos: la población femenina.

Las mujeres en Arabia Saudita están excluidas y apartadas de la sociedad. No pudieron votar hasta 2015, pero con limitaciones, no pueden conducir un vehículo, no pueden salir de casa sin estar totalmente cubiertas, no pueden usar el transporte público, excepto que esté íntegramente dedicado a las mujeres, no pueden viajar, abrir una cuenta o trabajar sin permiso de un hombre, la educación está totalmente segregada entre chicos y chicas… Como vemos, una situación semejante, sino peor, que la que sufrió la población negra en Sudáfrica hasta 1989.

La pregunta ahora es, ¿por qué la comunidad internacional no ha reaccionado como lo hizo con Sudáfrica? ¿Por qué no ha practicado una política de aislamiento internacional con Arabia Saudita para presionar al gobierno a fin de eliminar este injusto y degradante trato con una parte de su población? Sí, ya sé que todos conocéis la respuesta: el petróleo. Pero, ahora viene una pregunta más, ¿por qué los gobiernos occidentales dicen que estamos en una guerra contra el yihadismo, islamismo radical, el ISIS, antes Al-Qaeda, si está más que demostrado que la financiación y la fuente ideológica de dichos grupos proviene de jeques, líderes religiosos y grupos de presión sostenidos por Arabia Saudita? Leed sino este artículo en titulado “El dinero del wahabismo de Arabia Saudí y Qatar en España”.

En estos días de conmoción por los atentados de Cataluña, ha sido mucho lo que se ha escrito sobre el asunto. Se han comentado, desde círculos progresistas (poco he visto publicado, por cierto, en los medios mainstream, subvencionados por el gobierno de España), las relaciones amistosas entre España, y en especial su Casa Real, con el reino de Arabia Saudita. Se ha recordado como España, y todos los países occidentales, son el principal soporte de dicho país y su principal suministrador de armas para atacar a sus vecinos (por ejemplo, a Yemen) o defenderse de posibles ataques (el siempre temido en Occidente Irán). Pero a mí, todas esas lecturas me han llevado a un ejercicio de historia comparada. Debe ser deformación profesional. Comparar el sufrimiento que padeció la población negra en Sudáfrica con el que padecen las mujeres saudíes. Comparar cómo se comportó la comunidad internacional en aquel episodio, el apartheid, y cómo lo está haciendo ahora. Porque mucho se habla, desde antaño, de la situación de la mujer en el mundo árabe, y especialmente en Arabia Saudita, pero ¿alguien tiene previsto hacer algo? Evidentemente, no.

Y todos sabemos cuál es la razón, el dichoso petróleo. Pues mejor sería que fueran nuestros políticos claros en sus mensajes, cosa que ya sé no serán nunca, y nos digan: “mirad, sabemos que las mujeres saudíes son tratadas de forma denigrante, sabemos que el yihadismo tiene su fuente de financiación y su origen ideológico allí, pero ¿qué queréis que hagamos?, dependemos de su petróleo”. Yo, al menos, dormiría mejor sabiendo que van a dejar de mentirme cada día.

Mentirme cuando dicen que estamos en guerra contra no sé muy bien quien, cuando el que paga e instruye es nuestro aliado y le vendemos nuestras armas; mentirme cuando dicen que debemos aislar a no sé quien cuando el deporte mundial está pasando a manos de los estados de la península arábiga (Fórmula 1, tenis, golf, ciclismo…); mentirme cuando dicen que no hay que permitirles construir mezquitas, pero les permitimos comprar equipos de fútbol, patrocinar otros y quedarse con la celebración del Mundial de Fútbol, aunque fuera comprando los votos de los compromisarios.

Pero la hipocresía en este tema va mucho más allá de la practicada por nuestro gobierno. Es también personal e intransferible a muchos de nosotros. Me vienen a la memoria casos cercanos sobre los que cada uno de nosotros deberíamos reflexionar. También todos aquellos que estos días inundan las redes con mensajes racistas, xenófobos, fascistas o como queramos llamarles.

¿Salió la población de Cádiz a protestar porque en sus astilleros se vayan a construir cinco fragatas para el reino de Arabia Saudita? No, es más, salió contra las declaraciones de Podemos contrarias a dicha construcción y su alcalde, afín a dicho grupo político, por cierto, llegó a decir que “lo importante es el empleo, venga de Arabia, Venezuela o Alemania”. ¿Si hubieras estado en los años 30 dirías lo mismo de la Alemania de Hitler? Seguro que ahora es uno de los que brama en las redes contra el yihadismo y a cada momento se queja de la situación de la mujer en dicho país. ¡Sé sincero Kichi y dinos que prefieres no tomar una medida impopular a la situación de las mujeres en Arabia Saudí!

Pocos barcelonistas contrarios a la presencia musulmana en sus colegios, en sus calles o en sus trabajos dejaron de asistir a los partidos del Barça, de celebrar sus éxitos, mientras Catar se mantuvo como principal patrocinador del equipo, a pesar de la más que presunta vinculación del reino árabe con Al-Qaeda, el ISIS en Yemen, o sus relaciones amistosas con el ogro Irán (El Barça, més que un club?: Vicenç Navarro). Además, ningún país ha pensado en dejar de acudir al Mundial de fútbol de 2022 a celebrar en Catar. Tampoco lo han hecho los parisinos xenófobos o islamófobos tras la compra del Paris Saint Germain por un fondo de inversión catarí y el acceso a la presidencia del jeque Nasser Al-Khelaïfi. Es más, en 2012 se le concedió el premio Sport Business. ¿Cuántos votantes de Marine Le Pen son socios o simpatizantes del PSG?

Estos días trágicos, en fin, se han hecho virales unas declaraciones vía tweet de la periodista Isabel San Sebastián en las que decía semejante burrada: “Ya os echamos de aquí una vez y lo volveremos a hacer”, refiriéndose a los islamistas, pero atacando a todos los musulmanes como se desprende de su frase. Ya se le ha contestado en diversos medios digitales, pero a mí me gustaría insistir, por el discurso que vengo pergeñando, en un elemento. ¿Piensa Isabel San Sebastián en expulsarlos a todos, todos los musulmanes? ¿También a los jeques árabes que atracan sus yates en Puerto Banús, alquilan villas millonarias en Marbella, invierten millones en lujo en la Costa del Sol? Ya me imagino a Isabel San Sebastián en el puerto de Marbella con una pancarta diciendo “¡moros fuera de España!”.

Pues bien, ¿se podría hacer algo más que llenar nuestra prensa de hipocresía con el tema del islamismo? Necesitaríamos mucha valentía, dosis de unión internacional y una fuerza moral que no nos hemos ganado en Occidente últimamente. Sólo deberíamos repasar la historia y mirar, por ejemplo, con lo ocurrido con Sudáfrica.

Es evidente que no podemos prescindir de su petróleo, pero ellos tampoco de que nosotros se lo compremos. Además, gran parte de su poder económico ya no está en el “oro negro”, sino en el dominio del capitalismo financiero que están logrando con sus beneficios. Por ello, debemos darnos prisa, antes de que sea tarde y ya no necesiten que les compremos el petróleo, pues habrán comprado la economía occidental y el panorama descrito por Houellebecq en “Sumisión” se convierta en realidad.

Podríamos comenzar por limitar nuestro comercio con dichos países al petróleo como ocurrió durante la época del apartheid con Sudáfrica a la cual sólo se le compraba oro y platino en el mercado internacional. Ello debería ir acompañado de una política decidida de sustitución de los hidrocarburos y de la búsqueda de mercados alternativos a ellos, aunque fuera a costa de engrandecer a Rusia o a Irán, razones de geoestrategia por las cuales seguimos prefiriendo el petróleo saudí. Seguro que, al principio, habría presiones económicas sobre Occidente, pero habría que aguantar con una decidida solidaridad internacional. ¿No estamos en guerra según los gobiernos occidentales? Pues en la guerra hay que estar unidos, como en la II Guerra Mundial. Y, después un aislamiento total de dichos países amparándonos en su apoyo al yihadismo y el nulo respeto a los derechos humanos, especialmente con la población femenina, a la que tienen sometida de forma intolerable. Clausura de todos los grandes eventos deportivos en dichos países, entre ellos el Mundial de Catar en 2022, expulsión de todos ellos de los organismos internacionales y deportivos. Negativa a la entrada de sus jeques, reyezuelos e imanes en territorio occidental y rescate de sus propiedades actuales.

Se ha insistido hasta la saciedad que esta guerra es muy compleja pues no es contra un estado o contra una coalición. Pero los servicios secretos occidentales estoy seguro que saben dónde se sitúan sus fuentes de financiación y adoctrinamiento. No es casual que el auge del hiyab entre la población árabe femenina en Occidente desde principios de siglo esté ligada a la expansión del wahabismo (o salafismo, como a ellos les gusta decir). Diferentes autoras árabes, ligadas a movimientos laicos, han insistido en ello y en cómo financian los príncipes árabes (en el sentido territorial, es decir de la península Arábiga) la propaganda salafista en Occidente, la cual nos hace dudar a veces, al considerar que si nos oponemos a ella estamos negando su libertad a la hora de elegir la vestimenta, por ejemplo. Incluso se ha llegado a hablar de “feminismo islámico”, para mantener políticas de dominación en el mundo árabe. Quizá nada mejor que escuchar a algunas luchadoras árabes, libres de la propaganda salafista, como Wassyla Tamzali, que exponía hace ya tiempo (2011) que “el «feminismo islámico» es un oxímoron, una impostura que se ha infiltrado no sólo en las universidades… el feminismo es una ideología de liberación y el islam es de obediencia”. Insistía, además, contra el culturalismo imperante en la izquierda actual que opina que el velo, por ejemplo, es un signo de identidad cultural, exponiendo que realmente es una “forma de terrorismo intelectual, religioso y moral contra la libertad de las mujeres”.

¿Qué opinaríamos de un país que tratara a su población de la forma que lo hacen los países árabes, y especialmente Arabia Saudita, con las mujeres? Imaginaos, por un momento, que un país cualquiera, pongamos por caso España, decidiera que una parte de su población, pongamos por caso los gitanos, dejaran de tener derecho al voto, no pudieran salir de sus casas sin tapar su cuerpo, estuvieran separados en las escuelas, no tuvieran acceso a un carné de conducir o una cuenta corriente sin el aval de un payo y que no pudieran entrar en los mismos transportes públicos. ¿Cuál sería la reacción de la comunidad internacional? ¿Por qué no ocurre lo mismo con Arabia Saudita? ¿Porque tienen petróleo? ¿Porque son mujeres? Quizá este último factor sea más importante de lo que nos hemos parado a pensar. El dominio ideológico del patriarcado es más fuerte de lo que creemos y en Occidente aún lo tenemos más arraigado de lo que pensamos. Creo que estoy convencido de que si no fueran mujeres, sino otro grupo social, la contestación de la comunidad internacional sería más contundente. Lo habría sido desde hace tiempo y no hubiéramos llegado a decir estupideces como que forma parte de su cultura. Creo que esa frase que leo entre mis conocidas feministas (“la revolución será feminista o no será”) tiene más valor que nunca en estos territorios.

Y si no queremos hacer nada, no nos pongamos después tremendos con huecas palabras como “lucha contra el enemigo”, “el terrorismo”, “liberación de la mujer árabe”, “derechos humanos”, etc, mientras permitimos atrocidades como que ese estado al que financiamos a cada momento imponga condenas de lapidación a las mujeres por adulterio. Y no es cierto que las mujeres comulguen con dicho régimen y que les parezca parte de su cultura. Casualmente, la noche anterior a los atentados de Barcelona y Cambrils vimos en casa la conmovedora “La bicicleta verde”, la primera película rodada en Arabia Saudita por una mujer, en la que se observa perfectamente cómo viven su drama las mujeres. El rodaje fue un ejemplo más de la situación de la mujer en dicho país, pues debió filmar los exteriores desde una furgoneta con cristales tintados y a través de walkie talkies ya que no podía reunirse con hombres.

 

 

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