TIERRA DE CAMPOS Y LA MEJOR JUVENTUD: El pasado que vivimos

Tiene que ser el verano. Seguro que debe ser eso. El verano o que a estas alturas de la vida el pasado se te acumula, como los libros por leer en la mesita de noche. Tantos que un día, sin querer, los derribas. Como te gustaría derribar tantos de esos recuerdos. ¿Y a qué viene todo esto? Viene a que en las últimas semanas he estado enfrascado en la lectura y el visionado de un libro y una película que recorren, a su manera cada uno, un pasado que me resulta muy cercano. Debe ser también que a esta edad ya los autores consagrados en literatura o cine han llegado a mi edad y se dedican a traernos a la memoria un tiempo pasado que es también el mío.

El libro es “Tierra de Campos” de David Trueba. Llegué a él tras la lectura del excelente ensayo de Sergio del Molino “La España vacía”. La película, o lo que sea, es “La mejor juventud” de Marco Tullio Giordana, cuya referencia recibí a través de Google. Ambas tienen cosas en común a mi modo de ver. O será el verano, que me lleva a ver las cosas bajo un prisma de nostalgia cincuentona. En común tienen el ambiente y la perspectiva que les sirve de punto de partida. El ambiente se sitúa en aquellos momentos en los que creíamos que podíamos cambiar el mundo. En España, tras la muerte del dictador, en Italia tras la revolución de los sesenta. La perspectiva consiste en situar el principio de la trama en los inicios de la juventud y observar cómo todo se va degradando, cómo quienes nos rodean van tomando caminos diversos, dispersos y, en ocasiones, peligrosos.

Sólo para situar a quienes aún no hayáis leído la novela ni visto la película os hago una breve síntesis. En “Tierra de Campos”, el protagonista, Daniel, decide volver a su pueblo de nacimiento (en la comarca de Tierra de Campos) a enterrar a su padre. Y lo hace montado en el coche fúnebre, mientras conversa con el conductor, Jairo, un ecuatoriano atento y paciente. En dicha conversación va desgranándonos Daniel su vida. Y lo hace sin orden ni concierto. Convirtiendo la novela en una especie de puzle sin montar, cuyas piezas vamos conociendo poco a poco. Allí nos aparecen las vicisitudes de Daniel y su grupo de música (es miembro de uno de esos numerosos grupos de música creados en el Madrid de los ochenta), las de sus componentes, las de sus amigos, las de sus amantes (de Daniel y de sus amigos). Y lo hace Trueba con gran maestría. Es lo primero que leo de él y reconozco que me ha sorprendido la agilidad de su discurso y la forma en que te atrapa. Todo ello en una forma literaria que no parece fácil a primera vista.

Pero, reconozco también, que lo que más me ha atrapado ha sido la facilidad con la que me llevaba Trueba a paisajes y situaciones vividas por mí en aquellos mismos años ochenta y en los coletazos posteriores: los fastuosos noventa y los críticos inicios del nuevo milenio. Allí están las mismas fiestas de pueblo que ahora mitificamos, pero que eran bastante palurdas, los mismos escarceos amorosos, igualmente vulgares, los mismos amigos al borde del abismo y, a estas alturas de la vida, la pérdida de algunos de ellos.

Por su parte, “La mejor juventud” (2003) narra, durante seis horas (no en vano se la ha catalogado como la “Novecento” de después de la II Guerra Mundial), la historia de una familia italiana (los Carati) y su entorno: amigos, conocidos y parejas. Comienza en los convulsos años finales de los sesenta y recorre, como el fondo de paisaje diluido de esas pinturas renacentistas italianas, la historia del país transalpino. No es una obra reciente, como habréis observado, pero está considerada por la crítica como la mejor obra cinematográfica italiana de lo que llevamos de siglo. Aunque en su momento tuvo muy poca aceptación de público, a pesar de estrenarse en dos partes de tres horas. Fue su pase en la RAI, en forma de miniserie, lo que le dio mayor popularidad.

A mí me llegó, como dije, por casualidad mientras buscaba obras para ver este verano de solaz vacacional. Decidí adentrarme en cinematografías poco usuales (sin llegar al frikismo de las películas iraníes, coreanas o incluso de Senegal) como la argentina (no conocía la magnífica comedia negra “Esperando la carroza” de 1985, pero con una temática tan actual: qué hacer con nuestros mayores cuando ya no pueden valerse por sí mismos) o la francesa (divertida y también actual “El juego de los idiotas”). Al llegar a la italiana visioné “Il Divo”, la historia de Julio Andreotti contada por Paolo Sorrentino con su particular forma de narrar (fantástica, por cierto, con la insuperable “La Gran Belleza”) y después me encontré con “La mejor juventud”.

Alguien dirá que mis gustos cinematográficos tampoco son tan extraordinarios como para narrarlos en forma de descubridor de talentos ignotos. Quizá, pero no olvidemos que la invasión de la cinematografía estadounidense nos deja huérfanos de obras, muchas no tan lejanas como las de Argentina, Francia o Italia, que pasan sin pena ni gloria por nuestros cines, cuando pasan, a no ser que se introduzcan en el circuito mainstream norteamericano vía los Óscar. Así, la argentina “El secreto de sus ojos” logró su bien merecida fama gracias al premio Óscar obtenido, al igual que las nominadas “El padre de la novia” o “Relatos salvajes”, mientras “Ciudadano ilustre”, una de esas comedias negras que tan bien diseña el cine argentino, apenas si llegó a los cines españoles.

Lo mismo sucede con el cine francés, algunas de cuyas mejores obras del siglo no llegan a estrenarse en España como “Les jours où je n’existe pas”, o el italiano como “I cento passi”, del mismo Marco Tullio Giordana de “La mejor juventud”, o “Si pùo fare” de Giulio Manfredonia. Tal será nuestro desconocimiento de la cinematografía italiana actual (¡qué tiempos aquellos en los que nos vanagloriábamos de conocer toda la obra de Fellini, Antonioni, Pasolini, De Sica, Rossellini, Visconti o Bertolucci!) que me llevé una gran sorpresa cuando me puse a indagar, tras ver “La Gran Belleza”, quién era esa atractiva actriz que acompañaba a Gep Ganbardella en las noches romanas. Era Sabrina Ferilli. Imagino que, excepto aquellos muy puestos en cinematografía europea actual, asiduos a “El Séptimo Vicio”, de Radio 3, pocos habéis oído hablar de ella. Su cinematografía es poco conocida en España, la mayoría ni falta que hace, pues se trata de un cine comercial de consumo, pero es una actriz de primer orden en la Italia actual. En cambio, si queréis conocer más de ella no os acerquéis a la Wikipedia, su página no está traducida a ninguna de la lenguas del Estado español. Al portugués sí, por cierto.

Ambas obras (“La mejor juventud” y “Tierra de Campos”) vistas y leídas a un tiempo, me han llevado, como os decía, a releer mi propia historia. Como pasamos por aquí, vamos generando nuestra biografía, encontramos gente, perdemos gente, nos topamos con la realidad y, de pronto, nos da por mirar atrás y ver que estamos donde estamos por pura casualidad. Y la historia que nos rodea no deja de ser un marco (horrendo en ocasiones) de nuestra propia existencia. Esta última parte tienen en común ambas obras. La reciente historia de Italia y de España se convierte en un escenario que transcurre al lado de los protagonistas, unas veces más cerca, otras más lejos, pero está siempre presente. Me recordaba un poco a cómo estaba presente la voz cansina de Mussolini a través de la radio en la película de Ettore Scola “Una jornada particular” con Mastroianni y Sofía Loren. Así es un poco la realidad en nuestras vidas, un fondo con el que convivimos. A veces alguno de nuestros allegados se adentra más profundamente en ella, como le ocurre a Giulia en “La mejor juventud” cuando ingresa en “Las Brigadas Rojas”, pero tampoco demasiado, pues siempre la vemos como un personaje atrapado por dicha realidad, que modifica su vida para siempre.

Es lo que tiene hacerse mayor. Que te pones muy pesado. Que casi cada cosa que ves, oyes o lees no deja de llevarte a referencias vitales propias, convirtiéndolas unas ahora en absurdas y, adoptando otras, un tinte de tiempo perdido para llegar donde hemos llegado. Así, en “Tierra de Campos” el pasado parece haberse convertido en una especie de comedia al estilo de Paco Martínez Soria, mientras en “La mejor juventud” nos da la impresión de que perdimos el tiempo y la ocasión de cumplir sueños verdaderos más allá de llegar a ser pequeños burgueses.

Ambas obras tienen en común convertirse en la historia de seres comunes. Como nosotros mismos. Envueltos por la realidad. Y los personajes que allí aparecen podríamos ser nosotros mismos. Esto es lo que les da su grandeza. Cuando acabas su lectura o su visionado, te queda la sensación de querer continuar conociendo sus vidas. Son como la tuya. En parte tan desencantada. En “La mejor juventud”, hacia el final, una de las hermanas de Nicola, uno de los protagonistas, le dice que aún conserva una postal que le envió desde Noruega cuando era joven y recuerda que en el texto decía algo así como que en todas las cosas del mundo hay belleza, acabando con tres signos de exclamación. Y le pregunta si aún cree en ello. Nicola contesta que sí, pero que ya no cree en los signos de interrogación. Lo suscribo, yo tampoco.

Quizá sea una sensación bastante común al hecho de cumplir años. Existe una escena bastante conocida de una película de Garci (“Las verdes praderas”) en la que en 1979 ya se manifestaba ese cierto desencanto con el propio pasado. Quizá la escena en su conjunto sea algo sensiblera, como todo el cine de Garci, pero alguna frase podría ser compartida aquí como eslogan. Por ejemplo, esta que también suscribo: “llevo cuarenta y dos años pensando que lo que vivía no era importante porque era como provisional, como si estuviera esperando destino… y ¿sabes qué pasa?, que ya ha llegado”.

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Acerca de José A. Moreno

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