OTRA VEZ CHIRBES: El fango de la orilla de nuestro mundo

Ya dije en mi reseña de lectura de “Crematorio” que la culpa de mi enamoramiento por Chirbes es de mi amigo Joan, y no quiero comenzar estas líneas sin volver a mencionarle. Él, yo mismo, tú que lees este escrito podías haber sido un personaje de las obras de Chirbes, especialmente de la ya citada o de “En la orilla”, la que ahora me trae por aquí. Me animaba Joan a que leyera “Crematorio” porque allí iba a encontrar a muchos personajes conocidos. Ya dije entonces que creía que se refería a personajes públicos, pero no, se refería a los de nuestro entorno cotidiano.

Cuando algún día se escriba la historia de principios del siglo XXI en España, no podrá dejar de citarse a Chirbes como referencia, especialmente las dos obras citadas. No es posible encontrar tal densidad de personajes arquetípicos ni tantas situaciones de nuestra sociedad postransición. Dije entonces que “Crematorio” era LA NOVELA DEL TODO. “En la orilla” abunda en lo mismo, describirnos, a través de una mínima trama, casi innecesaria, porqué estamos donde estamos y quien nos rodea. Podría complementar aquel apelativo diciendo que ambas novelas de Chirbes son LA NOVELA DE TODOS, porque todos estamos allí.

“En la orilla” se desarrolla en el mismo pueblo mediterráneo imaginario, Misent, al cual ha llegado la crisis que aún nos ocupa (excepto para la consideración del presidente Rajoy, quien dice que gracias a él ya salimos de ella). Aparecen personajes semejantes a los de “Crematorio”, pero tamizados por la llegada de la crisis. Aún diría más, ya no están esos grandes corruptos que han convertido la fachada mediterránea española en el paradigma del pelotazo, ahora se centra en personajes del tres al cuarto, pequeños detritus de nuestra sociedad. Ahora viven entre el fango de la orilla de un simbólico pantano: el de Olba. El protagonista no es Rubén, el magnate de la construcción en la costa de Misent, ahora lo es Esteban, dueño de una carpintería familiar, que debe cerrar ante la llegada de la crisis.  A cada paso Chirbes nos recuerda la miseria del personaje. Nunca pasó de un simple carpintero, no llegó a convertirse en un ebanista como pretendía su abuelo, que realizaba trabajos más bien vastos y, desde la llegada de la burbuja inmobiliaria, avituallaba a los constructores de la zona.

Por la novela se pasean personajes de todos conocidos, algunos ya presentes en “Crematorio”, pero, estos, aún menos ilustres: un constructor de medio pelo, casi un albañil con aires de grandeza, de esos que poblaban mi barrio de Virgen del Remedio hace unos años. Esos que sólo piensan en dinero, que cuando ven a una docena de “conguitos” como él dice, sólo piensa en el dinero que le producen en las obras que ejecuta. Esos que se tiraban el día en el bar, haciendo como que trabajaban, con el móvil en la mano a cada momento para dirigir desde allí sus “negocios” mientras caían, una tras otra, copas de “Soberano” y de pacharán. Allí aparece el niño de papá de pueblo que te birló la novia y se marchó con ella del pueblo, y que vuelve ahora convertido en un “intelectual” de poca monta. Un cocinero “intelectual”, esos que tan de moda están ahora.

Pero no sólo están todos los personajes de nuestra vida, la de la generación de la primera Transición, que los hemos visto de cerca, también están todas nuestras situaciones vividas. Particularmente cercana me resultó la descripción de aquellos jóvenes fachas de pueblo (en el mío se llamaban “pepsicolos”, nunca supe porqué), a los que describe crudamente: “y, dale, más banderita española en el llavero que sacan al ir a poner en marcha el coche, y el sonido de llamada en el móvil te suelta a toda pastilla el himno de España en mitad de la comida en el restaurante, y colocan el Cara al sol en el CD en cuanto te subes al todoterreno, sin contar con la ropa de camuflaje con la que se viste en este espacio tan urbanizado, y el gusto por las armas disfrazado de pasión por la caza”.

Esta nueva moda de la banderita española en pulseras y banderitas de coche, a muchos nos retrotrae a aquellos primeros momentos de la Transición, cuando Fraga y los suyos se apropiaron de la bandera para hacer de ella arma arrojadiza para los que deseábamos una España nueva, que, dicho sea de paso, nunca logramos. Como bien nos ilustra Chirbes, lo único que hicimos fue traicionar nuestros orígenes, como me contó Joan que le dijo su profesora de Antropología cuando estudiaba Magisterio, allá por los primeros ochenta. Si me permitís un paréntesis personal, quizá sea un intento de no olvidar dichos orígenes lo que me ha llevado desde hace semanas a embarcarme en una lucha particular por la educación pública y por la recuperación de la Memoria Histórica. Quizá sea porque se lo debo a ellos, a los que lucharon hace tanto tiempo y perdieron. Como, seguramente, perderemos nosotros (no estoy solo en este combate), pues esos personajes de Chirbes son ahora el modelo a seguir por nuestra sociedad postransición.

Algunas frases descriptivas de esa clase media que cree haber ascendido en el escalafón social porque ya no toma cubalibres sino “ron con cola” perfumado con granos de café (pero nada de Baccardí, sino un Matusalem Gran Reserva) ni gin-tonics de Larios sino de Martin Miller con tónicas de importación. Así los describe cuando a Esteban le realizaban “encargos para salir del paso y engatusar a clientes de esos que se creen de clase media porque no trabajan con un pico y una pala y son justo la más triste clase media contemporánea”. Esa clase media que prosperó y se compró un pequeño yate que atracaba en los “pantalanes que construyó el ayuntamiento para los barquitos de la que se define como nueva clase media y es un conglomerado de variantes de la clase obrera sin conciencia que trajo el thatcherismo y se está llevando consigo la crisis actual desarbolándole los humos”. Imposible ser más claro.

Ya lanzaba punzadas a ese socialismo democrático que nos engatusó durante tantos años, pero en “En la orilla” vuelve a describir imágenes que los de nuestra generación hemos observado estupefactos: “y si lo que les llama es el psoe, un estilizado Patek Philippe, que es el que usa Felipe González. Patek Philippe, un buen Cohibas, un trasero brasileño en forma de manzana reineta, y un vermut con oliva rellena y un chorro de ginebra, el cielo. Felipe, el más consecuente: al fin y al cabo, el socialismo es riqueza, bienestar, pasta para todo el mundo”. Brutalmente verídico. Yo, que también frecuento estos ambientes, nunca pregunté qué era un Patek Philippe cuando lo mencionó uno de esos miembros de la clase media, funcionario del aparato socialista él, para no descubrir que yo provenía del Liang Shan Po, quizá como él, pero con menos ínfulas de grandeza. Pues la sociedad de consumo nos ha embaucado a todos, a mí incluido, a pesar de mi resistencia a algunas serpientes tentadoras, tan antiguas como el mundo: “y siguen conservando el valor que tenían el octavo día de la creación del mundo, cuando Eva vio una serpiente y le echó mano creyéndose que era un collar de esmeraldas”.

Así acaba “En la orilla”. Y es una pena. Es una pena que Rafael Chirbes muriera tan joven (66 años) y nos dejara huérfanos a aquellos que amamos la descripción del mundo y sus personajes. Muchos de los personajes con los que nos cruzamos dejarán de ser contados con la maestría que él lo hacía. El otro día, mientras comenzaba mi camino al trabajo en el coche, me crucé con algunos de ellos y no pude dejar de pensar en lo que Chirbes hubiera escrito de ellos. Me rebasó rauda en su Peugeot “crossover” un personaje cada vez más frecuente, la “choni-neofacha”, un poco pasada de peso, que lleva sobre el retrovisor una cinta con la banderita española; también se me cruzó un “cani” conduciendo un Golf GTI, muy bronceado él, que se iba a trabajar seguramente en algún negocio poco claro, también con el consabido colgante rojigualda; y el que podríamos denominar “nen”, de cabeza rasurada y gafas de sol de espejo, al mando de un pseudeportivo de origen japonés, que te mira despreciativamente cuando te adelanta por la autovía.

Son “Cematorio” y “En la orilla” libros para releer habitualmente. No es necesario hacerlo por completo. Son collages sociales. Un buen ejercicio consiste en abrir estos libros por cualquier parte y leer una parte de ellos. Será como sentarte en una terraza de cualquier bar español y ver pasar la gente. Allí están, en Chirbes, todos. Estamos todos.

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