AQUEL VERANO DEL AMOR, ESTE VERANO DEL AMOR: San Francisco 1967/Madrid 2017

Se han cumplido cincuenta años, dicen las crónicas. Pero, qué verano no es el verano del amor? Para los que, como yo, hayáis traspasado con creces la edad juvenil, os parecerá que dicha pregunta no tiene sentido, pero, recordad, cuando erais jóvenes, ¿no eran todos los veranos, tiempo para enamorarse? ¿Cuántas películas italianas, especialmente, o españolas en su versión más kitsch no nos hablaban de veranos llenos de escarceos amorosos en playas y pueblos de interior? Aquellos maravillosos años, como ilustraba la serie americana que tan bien refleja aquellos años finales de los sesenta, estaban plagados de historias de amor. Historias que quedaban en nada con los primeros días de refresco del otoño, pero que era la ilusión para el año siguiente.

Llegaban al pueblo amigos o amigas de tus conocidos, ibas a la playa a pasar unos días, la rutina de tus amistades del resto del año quedaba rota por el caminar solitario en una playa o en una alameda junto a alguien a quien constabas tu vida adornándola con las mayores gestas, explicando tus proyectos vitales como si fueras a convertirte en un nuevo guerrillero por una causa justa o dándotelas de conocer el último disco de Grateful Dead.

Pero dicen las crónicas que aquel verano de 1967 fue especial. Fue el Verano del Amor. San Francisco, explosión hippie. Un preludio musical de lo que al año siguiente acabaría explotando.

Pero aquel Amor que se pregonaba en 1967 no era sino la reacción a un mundo que poco tenía de amoroso. Era un mundo profundamente violento. Violento, especialmente, con los más desfavorecidos. En abril, se inauguraba en Grecia una dictadura militar que perduraría hasta 1974, en junio Israel y los países árabes de la zona (Egipto, Siria y Jordania) se enfrentaban en la denominada Guerra de los Seis Días, mientras la Guerra de Vietnam se encontraba en su momento más álgido. Ese año se inauguraba el denominado Programa Phoenix, consistente en el control de la CIA del sistema de espionaje survietnamita para utilizar cualquier sistema de destrucción del enemigo, incluidos todos aquellos que se situaban fuera de la Convención de Ginebra.

La sociedad americana no podía callar frente a la barbarie que allí se estaba produciendo, especialmente cuando en Estados Unidos una parte de la población, los afroamericanos, no tenían ningún derecho civil garantizado, excepto el de ir a morir a Indochina. Martin Luther King lo expresó en abril de aquel año durante un servicio religioso con estas palabras: “Mandamos los jóvenes negros ya  arruinados por la sociedad a 8.000 millas de aquí para garantizar en el Sudeste asiático las libertades que no disfrutan en Georgia o al Este de Harlem”. Una semana más tarde, varias manifestaciones concentraban a miles de personas en San Francisco y en Nueva York. Las protestas tenían como protagonistas a los estudiantes. En mayo 400 de ellos tomaban el edificio administrativo de la Universidad de Pensilvania.

En realidad el Verano del Amor comenzó en pleno invierno, en enero cuando se celebró el en Golden Gate Park de San Francisco el festival Human Be-In al que acudieron más de 35.000 personas donde tocaron grupos como Jefferson Airplane o The Grateful Dead. Allí también John Phillips (The Mamas & The Papas) cantó por primera vez la canción San Francisco con aquella estrofa que se hizo famosa (Si vas a San Francisco,/asegúrate de llevar flores en el cabello…/ Si vas a San Francisco,/ el verano será una celebración de amor”).

Pero con el final de curso a mediados de junio, San Francisco se convirtió en lugar de peregrinación. Más de cien mil personas invadieron la ciudad (especialmente el campus de la Universidad de Berkeley y los parques aledaños al Golden Gate) y los pueblos cercanos. Allí, en uno de ellos, en Monterrey, se celebró el más conocido de los conciertos. La nómina de artistas es ingente, pues ahí estuvieron The Animals, Simon & Garfunkel, Steve Miller Band, Jefferson Airplane, Otis Redding, Ravi Shankar, Buffalo Springfield, Scott McKenzie, The Who, The Jimi Hendrix Experience, Grateful Dead o The Mamas & the Papas.

Jóvenes adolescentes, estudiantes universitarios, turistas de clase media se sintieron llamados por los vientos contraculturales de San Francisco (la generación beat de Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg o Michael McClure o Timothy Leary) y, porqué no decirlo, los efluvios de la marihuana y el sabor del LSD, prohibido en California el año anterior, pero que se convirtió en producto de primera necesidad durante aquel verano.

Hay que recordar que no fue el único gran evento musical de aquel año. Entre finales de julio y principios de agosto se celebró en Cuba el I Encuentro de la Canción Protesta en la que participaron cincuenta músicos de dieciocho países. Quizá no es tan conocido como aquel festival de Monterrey, pero en España los nombres de sus participantes fueron durante años referencia de una lucha contra la dictadura que nos unía a uno y otro lado del Atlántico (Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Daniel Viglietti, Carlos Puebla o nuestro Raimon).

Pero ni la Canción Protesta ni las Flores en el Pelo pudieron frenar la violencia que se cernía sobre el mundo en aquel Violento 1967. El 20 de agosto, en México, pistoleros profesionales contratados por líderes de Unión Regional de Productores de Copra del Estado de Guerrero y por Raymundo Abarca Alarcón mataban, oficialmente, a treinta y dos campesinos y dejaban heridos a un centenar, aunque las cifras extraoficiales parecen más elevadas. Unos días más tarde, en el cerro Pancasán (Nicaragua), la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza asesinaba a varios guerrilleros del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Finalmente, concluido aquel Verano del Amor, en octubre agentes de la CIA y oficiales del ejército boliviano mataban al Che Guevara.

¿De poco sirvieron todas aquellas protestas, todas aquellas canciones? Probablemente. La Guerra de Vietnam continuó hasta mediados de la década siguiente, Martin Luther King fue asesinado al año siguiente, el candidato Bob Kennedy, ante el peligro de que acabara con aquella guerra, también fue eliminado en 1968 y nuevas dictaduras se inauguraban en Latinoamérica (Bolivia, Perú, Panamá).

Cincuenta años más tarde, las guerras continúan. El viejo slogan hippie “haz el amor y no la guerra” sigue sin cumplirse, el verano y la vida no son fáciles como nos prometía Janis Joplin en Summertime; sí, ha sido un largo y solitario invierno, pero no ha venido el sol, como auguraban los Beatles (Here comes the Sun).

Cincuenta años más tarde, una ola de Amor recorrerá Madrid este fin de semana. Un amor prohibido hasta hace poco en España, aún prohibido en más de ochenta países del mundo. Y cuando digo prohibido no me refiero a su ilegalidad, sino a la posibilidad de ser asesinados (el Estado lo denomina ejecuciones) por Amor. No serán todos jóvenes, como no lo eran tampoco en aquel Verano del Amor de 1967 (allí le pilló la revuelta hippie a nuestro filósofo José Luis López Aranguren, expulsado por el régimen franquista, que de joven ya tenía poco), pero espero que sean los protagonistas. Sólo ellos, y las mujeres, pueden dar un paso más para convertir este mundo en algo más tolerable.

Será también una celebración muy musical, pero debo reconocer que leído el cartel poco me identifica con lo que ofrecen. Debe ser que cincuenta años no pasan en balde; que entre escuchar a Janis Joplin, como estoy haciendo mientras escribo estas líneas, y a Fangoria no hay color. Donde sí lo habrá y mucho será en las calles de Madrid. Espero que este también sea un verano del amor recordado como aquel de 1967.

Nosotros seguiremos con nuestras innumerables guerras y conflictos, con los derechos civiles recortados en numerosos países donde todavía es delito la homosexualidad o el adulterio. Donde parece que aún el Amor es un delito.

Quiá no será una causa perdida, porque como he tenido ocasión de recordar esta semana a mis más íntimos allegados, hay que recordar las palabras de Gert, uno de los anabaptistas de la novela “Q”, “la derrota no vuelve injusta una causa. No lo olvides jamás”. Y algún día, como decía Janis… “quizás, quizás…” (¡atención a esa entrada de viento, una de las más emocionantes de la historia de la música!)

 

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