CARTA DE UN VOTANTE DESPECHADO

Has vuelto a prometerme que vas a cambiar, que vas a dejar tus amantes, esos que viven en el centro de la ciudad e incluso algunos que lo hacen en la margen derecha del río. Lo dices con esa cara angelical que ahora se te ha puesto. Vestido tan moderno, con camisa blanca casi siempre, tan apuesto y tan alto. Me recuerdas a aquellos tiempos del pasado, cuando la moda era de pana y pantalón acampanado, que también te sentaba estupendamente y que provocaban que más de medio país fuera detrás de ti. Incluso cuando decías un día no y al otro sí. Aquella gracia al hablar, tu juventud, tu modernidad nos llevó de calle. Pero yo, después de la primera vez, me sentí engañado, percibí que algo iba mal, que tras aquella fachada de moderno, locuaz y atrayente discurso se escondía un sibilino amante al que había que dejar antes de que me devorara y no pudiera tener vida propia, pensamiento propio.

Veía como año tras año te ibas convirtiendo en un ser poco recomendable. Te veía en las noticias o cuando salías en los periódicos y contaban que cada vez te metías en manejos de lo más turbios. Que si te encontraban dirigiendo tramas oscuras, que si tu contabilidad no era del todo limpia, que si al hermano de un íntimo amigo tuyo lo detenían, que si traicionabas a tus antaño colegas… Pero, no sé como, siempre salías indemne. Siempre estabas rodeado de tus fieles votantes. Yo dejé de serlo, hasta que…

Hasta que nos dijeron que había que salvarnos del caos. Entonces apareciste nuevamente con tu cara más angelical. Algunos decían que eras el nuevo Peter Pan, por lo buenazo que parecías y por la candidez de tus promesas. Y volví contigo. Me prometiste que todo iba a ser distinto. Que ahora sí ibas a olvidarte de tus malas compañías, malas y ricas compañías. Que te ibas a venir a vivir conmigo a este barrio de clase media de las afueras, que ibas a sacar a tus niños del colegio concertado, que incluso dejarían de ir a catequesis para hacer la primera comunión. Que ya no ibas a salir por la noche a juntarte con tus amigotes banqueros, periodistas de postín, turbios jerifaltes extranjeros y gente que vive más allá de la ley. Incluso me prometiste que te ibas a venir a vivir conmigo aquí, a nuestro barrio en el que cada vez queda menos gente, situado a la izquierda del río.

Pero no. Volviste a caer en tus viejos vicios y me volviste a engañar. No era verdad que ibas a sacar a los niños del colegio y desapuntarlos de catequesis, no era cierto que te ibas a venir a mi barrio. Lo más que hiciste es hacerme una visita de cuando en cuando, sobre todo si había cámaras por medio para hacerte una foto en él. Y cuando llegaron los problemas económicos no hiciste nada por nosotros. Al principio dijiste que no era nada, que nos recuperaríamos enseguida. Después volviste a echarte en brazos de tus amigos de siempre: banqueros, constructores, industriales. Todos de ese club, al que a ti tanto te gustaba acudir a tomarte caros whiskys con ellos. IBEX, creo que lo llaman.

Y ahora, cuando has visto que todos esos amigotes te han abandonado vuelves a mí. Prometes que te vienes, ahora sí, en serio, a vivir a nuestro barrio a la izquierda del río. Ahora que te insultan tus viejos amigos en periódicos, televisiones y cadenas de radio, ahora pides que te vuelva a creer. Que eres de los míos, que no me vaya con esos nuevos vecinos que han llegado al barrio y dicen que van a salvar la ciudad. Mira, yo, a mi edad, sé que no van a salvar la ciudad. Que esta ciudad ya tiene mala solución. Está llena de agujeros profundísimos en todas las calles. Está completamente abarrotada de basura que a nadie le interesa recoger, pues las ratas la han inundado y viven de ella. Sé que estos nuevos habitantes del barrio no son sino cuentistas a los que les gusta que la televisión les venga a entrevistar. Algunos parecen gente sana. Me recuerdan incluso a ti, cuando eras joven. Pero yo ahora vivo aquí, tranquilo, con mis lecturas, mis pequeños trabajos para el barrio. Pero nada de pretender cambiar la ciudad y convertirla en una Copenhague del sur. Lo único que me interesa es que el vecino de al lado se sienta más feliz, aunque sólo sea dándole una charla sobre sus antepasados.

No. No te voy a hacer caso esta vez. Ahora no. No creo en tus promesas, aunque me digas que si no tus amigotes de antaño se comerán esta ciudad. Sé que vendrás a prometerme lo de siempre, pero yo ya estoy mayor para creerte. Seguro que te saldrán amigos aquí, a la izquierda del río, donde dices que te vienes a vivir. Pero la familia no sé si te va a dejar. Llevas tantos años viviendo en los barrios altos, que quienes allí dejas seguro que te piden cuentas. Y no sé si aguantarás mucho tiempo por aquí, sin hacer caso a los cantos de sirena de tus viejos y ruines amigos.

Que te vaya bien. No puedo desearte nada malo. Ya sabes, a los primeros amores nunca se les olvida ni se les desea nada malo, aunque se hayan portado como tú. Pero nuestro momento pasó. No me pidas que vuelva.

Afectuosamente, tu antiguo y despechado votante.

P.D. Ah! Escucha esta bellísima canción, quizá entiendas lo que te he querido decir:

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Un socio sin club
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