NOSTRA CULPA: Ahora lo entiendo todo, señor Cebrián

juan-luis-cebrian-felipe-gonzalez_914618556_1297716_1020x574Los católicos, cuando aún la misa se hacía en latín, como Dios mandaba, entonaban durante la oración del Confiteor el “Mea Culpa” para confesar sus pecados. En la letra de la canción Gloria, del último disco de León Benavente, titulado “2”, en un momento de ella se dice “ahora lo entiendo todo”. Yo también, yo también lo entiendo todo ahora y entono el mea culpa, que debería ser asumido por todos los que nos formamos en la Transición y convertirlo en un coro que entone la “nostra culpa”. En otro momento de la misma canción, León Benavente dicen “tengo la cara que me merezco, tengo el país que me merezco”. Pues de eso vengo a hablaros hoy. De eso y de las declaraciones de mi tan citado aquí Juan Luis Cebrián: “La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo… El franquismo no fue una junta militar, sino la mitad de España. La España profunda”. Fuera máscaras, se acabó la comedia. Como dice León Benavente, “ahora lo entiendo todo”. Ahora entiendo por qué tengo el país que me merezco.

En primer lugar, me gustaría tener cerca al señor Cebrián para que me explique, él que se sienta en el sillón “V” de la Real Academia de la Lengua Española, qué entiende con el término “España profunda”, que según él fue la esencia del franquismo. Puede referirse a la acepción 5ª (“Intenso, o muy vivo y eficaz”) y querernos indicar que el franquismo significaba lo más intenso y verdadero de España, pues lo contrapone a “junta militar”, que parece tener una connotación negativa; o puede que esté hablando de la acepción 10ª (“Dicho de una comunidad: Conservadora, tradicional, resistente a la influencia externa”). Con Cebrián nunca se sabe. Él estaba allí, dirigiendo TVE y en los periódicos del Régimen, así que quizá debamos quedarnos con la primera, pues no creo que él se considere un retrógrado, sino la “crême de la crême”. No en vano estudió en el Colegio del Pilar. Lo más del Madrid megapijo.

Y es que me pilla de nuevo Cebrián en mis clases de Historia de España en plena explicación de otro cambio de régimen: el producido el 14 de abril de 1931 con el advenimiento de la República. En aquella ocasión, no hubo transición. Al rey se le dio la patada, electoralmente, tras su derrota en las municipales producida dos días antes. No se esperó a que muriera tranquilamente en la cama. Los españoles, y españolas, de aquellos primeros años treinta decidieron dar por finalizada la farsa democrática de la Restauración y su epílogo dictatorial con Primo de Rivera, padre. Y se pusieron manos a la obra: reforma agraria, supresión de privilegios de la Iglesia, laicismo educativo, autonomías, voto femenino, reforma militar… Todo ello acabó en fracaso. Fracaso de las propias reformas, bien por mala aplicación, bien por la presión de las fuerzas antisistema (antisistema republicano, claro), bien porque los tiempos no estaban en Europa para ensayos democráticos. Ese es un largo debate, pero lo que sí ocurrió fue un intento por dar la vuelta a más de un siglo de falso liberalismo “a la española”.

Cuando llegó el 20 de noviembre de 1975, la lección estaba aprendida. Nos dijeron que era mejor que ellos condujeran la nave, que no hubiera excesos. Nada de laicismo, nada de reformas económicas anticapitalistas, nada de modificación de la estructura territorial del Estado (vía federalismo), nada de depuración militar, nada de supresión de los privilegios de la Iglesia. Por eso dice Cebrián que la actual izquierda no sabe lo que fue el franquismo. Él sí lo sabe. Él sabe que cuando llegó la muerte del dictador, quienes estaban bajo su paraguas, quienes habían mamado de su ubre, no iban a quedarse a “cuerpo gentil” o huérfanos del poder. Había que reinventarse.

Cuenta Gregorio Morán en su biografía sobre Adolfo Suárez (“Adolfo Suárez, ambición y destino”) que nada más producirse el nombramiento del abulense como presidente del gobierno, hubo una reunión de los más importantes banqueros españoles en un chalet del barrio de Salamanca para dilucidar qué derroteros podía tomar España tras la designación regia. Nada sabemos de lo que allí se habló, pero como aquella hubo otras reuniones semejantes: entre Suárez y Carrillo, entre Suárez y Felipe González… Ellos condujeron la Transición, nada de algaradas populares, nada de “excesos” como en 1931. Sí, hubo mucha manifestación al grito de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, pero sólo sirvieron para amedrentar a los incautos y que los “conductores”, entre los que situaba el propio Cebrián, al mando de El País, tiraran de las cinchas y frenaran las ansias de “galopar” como decía Alberti y cantaba Paco Ibáñez.

Y nos creímos que estábamos haciendo algo grande. O nos dedicábamos a disfrutar de nuestra recién estrenada juventud y divertirnos a los acordes de La Movida. Sí, fue divertido y yo sigo tarareando muchas de aquellas canciones y me hacen vibrar. Pero reconozco que nos ocultaron gran parte de la verdad. Nos ocultaron que aquella música copiada de los estilos británicos (el punk, new wave, ska…) encerraba en su versión original un mensaje subversivo que aquí, nuestros modernos, no solo no quisieron imitar, sino que odiaban profundamente.

Siempre tuvimos indicios, ahora tenemos pruebas. Ahora sabemos que quienes creímos eran los adalides del progresismo, ocultaban su verdadero rostro: arribistas que por alcanzar una cuota de poder (nacional, autonómico, local, universitario, cultural…) eran capaces de mutar como el virus de la gripe cada otoño. Ahora entendemos que viejos, y nuevos, comunistas se transformaran en historiadores ultras, en profesores universitarios adalides del neoliberalismo, en políticos más conservadores que la Thatcher. Ahora entendemos por qué el íntimo amigo de Cebrián, Felipe González, ha pasado de propugnar la nacionalización de la banca a sentarse en el consejo de administración de una empresa privatizada, por qué se muestra tan preocupado por los opositores venezolanos y caya con las tropelías de los jeques árabes que azotan y encarcelan a los suyos.

Efectivamente, tiene razón el señor Cebrián. La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo. Las bondades que les produjo a ellos y toda su caterva de adláteres que se fueron pegando a sus faldones. Y todo con nuestra aquiescencia. Con la connivencia de varias generaciones. La que llegó madura a la Transición y no quería excesos, la que llegó joven y queríamos diversiones que antes no nos podíamos permitir, la que se crió con Ella y le dijeron, y creyó, que vivía en la Arcadia feliz.

Y llegó 2007 y con ella la crisis económica y la crisis política. Y llegó 2014 y las elecciones europeas de mayo que hicieron temblar las cimientos del Régimen. A ello se refiere Cebrián con la “izquierda actual”, pues la vieja él sabe que ya había quedado engullida por los resortes del sistema, por la corrupción que todo lo puede, por los sillones que otorgan pingües beneficios. Pero esa izquierda se ha creído que el cielo está al alcance de la mano, que sólo basta con sentarse en un plató de televisión, sacar unos miles de personas a la calle o hacerse unas risas con las parodias de “El Intermedio” para destruir lo que las huestes de “El Pilar” y sus compinches urdieron durante más de medio siglo.

Efectivamente, Cebrián no es ningún cazurro y sabe bien que todo comenzó en 1951, cuando Franco quiso dejar de dar la imagen de una junta militar a su gobierno y dio una mano de pintura a su gobierno para quedar bien a los ojos de los Estados Unidos, a los que procedió inmediatamente a lanzarse a sus brazos. A aquel gobierno llegaron el almirante opusdeista Carrero Blando (como Subsecretario de la Presidencia, algo así como un presidente del gobierno en la sombra), los nacionalcatólicos Ruiz-Giménez (que acabaría expulsado en 1956 por no reprimir las primeras protestas estudiantiles) y Alberto Martín-Artajo (que logró el ingreso de España en la ONU), y los tecnócratas Manuel Arburúa (ministro de Comercio) y Francisco Gómez de Llano (de Hacienda), que propugnaban la liberalización de la falangista economía española de posguerra. Y siguió vendiéndonos el franquismo que era el símbolo de la “España profunda”, la auténtica, hasta su muerte y más allá de ella.

Por todo ello, creo que esta nueva izquierda, como la llama Cebrián, son una panda de ilusos. Inocentes que se creen que por que logren aprobar Proposiciones No de Ley en las Cortes para que la Iglesia pague impuestos, para paralizar la LOMCE, para declarar a las mascotas como seres inembargables ya están haciendo la revolución. Muchas de esas medidas no tienen ninguna transcendencia práctica y otras son preciosos gestos que contentan electorados marginales.

Soy pesimista, diréis. Quizá no tanto. Quizá ya sólo me contente con pequeñas victorias cotidianas. Con que mis hijos ya no lean su panfleto, señor Cebrián. Con que no les importe lo que usted dice o piensa del franquismo. Con que reconozcan que es usted tan poco de fiar como siempre creímos que era su archienemigo PedroJ. Con que no les engañe su aspecto de progre de otra época, una que ellos ya no reconocen. Me siento aliviado por ello. Que logren un día que este país se parezca al que imaginan en sus sueños, ya lo dudo más. Quizá busquen infructuosamente la “Gloria”, como León Benavente, pero no seré yo el que les diga que lo hacen en vano. ¡Qué lo intenten, que demonios! Mientras lo hacen, al señor Cebrián y al señor González se les agría cada vez más el semblante.

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