A DONALD TRUMP: Desde este lado del muro

trump-admite-equivocacion-sobre-dinero-entregado-a-iran-por-eeuuSoy consciente de que el destinatario de esta misiva no la leerá nunca, pero, ¿quién sabe? Quizá ese algoritmo matemático que tiene instalado Google y que controla qué, cómo y cuándo debemos leer una información le envíe a alguno de los asesores internáuticos de Donald Trump un informe de qué se cuenta en la red sobre él y Un Club Sin Socios se convierta en viral. ¡De ilusión también se vive! En realidad sólo se vive de ella a estas alturas del camino.

No es que desee amargarle la toma de posesión al que será el 45º presidente de los Estados Unidos a partir de mañana. Insisto, seguro que este mensaje nunca llegará a sus manos. Seguro que tampoco sirve para mucho, pero se queda uno descansando. Como escuché el otro día que decía el escritor italiano Erri de Luca, a veces uno escribe para no pegarse un tiro. Y en este caso está justificado, pues si las cosas se ponen como la llegada de Trump al poder nos anuncian, será para hacerlo, antes de que él nos lo pegue a nosotros.

Señor Trump, cada vez estoy más convencido de que debe usted construir ese muro en la frontera con México. Es más, creo que debe construirlo también en la frontera con Canadá. No para que no entremos ninguno de nosotros, los de este lado del muro, sino para que ninguno de sus “locos” votantes y usted mismo puedan salir de allí. Sugiero, por tanto, que construya una barrera de hormigón en el Atlántico y el Pacífico, para evitar la salida por mar, y que llene de baterías antiaéreas ambas costas por si un avión americano piensa en salir de esa tierra prometida que un día fueron los Estados Unidos.

Estoy seguro que un día fue al colegio, al instituto, incluso a la Universidad, bueno a una escuela de negocios de Pensilvania, que debe ser algo así como la FP en España, tampoco nos pongamos espléndidos con el sistema educativo americano, que es lo que es, un poco “tocomocho”. Seguro que allí tuvo clases de Historia de América (o sea, de los Estados Unidos), pero creo que debió estar bastante despistado y no se enteró de mucho. Creo que incluso ha olvidado la historia de su propia familia.

¿Por qué, explíqueme, qué sería de los Estados Unidos sin la llegada de inmigrantes? Un territorio poblado por infinidad de pueblos dedicados a la apacible vida campestre hasta que llegaron esos colonos malcarados y ávidos de riqueza. No estaría mal que leyera algo en su tiempo libre, seguro que se le pasa esa tontería de construir un muro para que no entre nadie. ¿Qué tal “Manituana” del colectivo italiano Wu Ming? Sí, los mismos de “Q”, aunque entonces se llamaran Luther Blissett. El subtítulo ya es sugerente: “Una historia del lado equivocado de la Historia”. Y es que es lo que tienen los muros. Que los construyes y ya no sabes cuál es el lado bueno de él. Recuerde usted quién construyó el muro más famoso de la Historia y dónde estábamos los buenos y dónde los malos. ¿O era al revés? Es lo que tiene la Historia, señor Trump, que tiene dos caras por mucho que siempre intentemos ver la mism. Como la luna.

Por si no se lo han contado o no se acuerda, Estados Unidos tenía menos de cuatro millones de habitantes en 1790, recién inaugurada su independencia. En 1870 había multiplicado por diez su población. ¿Es que los americanos criaban como conejos? No, pues además el puritanismo era la versión predominante del cristianismo entre la población blanca y sólo había que acostarse con la propia (follar, vamos) para procrear. Entre esas dos fechas unos ocho millones de inmigrantes llegaron a los Estados Unidos. Claro, seguro que dirá que no eran pordioseros mexicanos como ahora. Pues se equivoca. Eran pordioseros irlandeses, que huían de la famosa “crisis de la patata”, hambrientos alemanes expulsados por la industrialización del campo de los principados germanos, ingleses expulsados por la reconversión industrial de mediados del XIX y escandinavos y rusos de similar ralea. Y estos sí que criaban como conejos. Es lo que tiene ser pobre, aunque cristiano, que haces poco caso a tu pastor o al Papa y no se te ocurre otra cosa que hacer por la noche. Eso y que cuántos más hijos tengas, más sueldos entran en casa. Sobre todo si se permite el trabajo infantil como ocurría en aquella Arcadia feliz que eran los Estados Unidos del XIX. Y todo ello sin mencionar los cientos de miles de esclavos importados de África por los propietarios de plantaciones (futuros miembros del KKK).

Entre 1870 y la posguerra de la Segunda Guerra Mundial (1950), la población se multiplicó por cuatro, pasando a más de ciento cincuenta millones. Continuó el flujo irlandés y británico (inglés y escocés), pero ahora los protagonistas de la inmigración eran europeos del Mediterráneo (especialmente italianos) y Oriente (rusos, lituanos, polacos…). Otra vez no estamos hablando de diseñadores italianos, ajedrecistas rusos o modelos eslavas. Eran campesinos expulsados de su país por la industrialización. También se inició la llegada de asiáticos, especialmente chinos y japoneses. Como eran gente rara, “inasimilable” decía la Gentlemen’s Agreement (1908), el primer muro legal, se procuraba que vivieran apartados de la población wasp (White, Anglo-Saxon and Protestant). Ahí nacieron los guetos italianos, polacos o chinos.

No se crea usted, señor Trump que ha inventado algo nuevo con el muro antimexicano. Ya en esa época, como ya no eran necesarios como mano de obra barata para su floreciente industria, se comenzaron a aprobar leyes antiemigración, como la citada Gentlemen’s Agreement, específicamente contra japoneses, o la aprobada en 1917 por el Congreso para que no entrara en los Estados Unidos, cito textual, “personas que pudieran convertirse en una carga pública”. Mano de obra sí, pensionistas no.

Entre 1950 y 2010, la población estadounidense volvió a duplicarse. En esta época el protagonismo de la emigración recayó sobre la población latinoamericana. Otra vez se reprodujo el proceso: necesidad de mano de obra barata y salida de los países de origen debido a la pobreza extrema que en esos países situados al sur de frontera americana provocaban las propias empresas americanas.

Y es que será usted muy cristiano, seguro que mañana jura su cargo sobre una Biblia, seguro que pide una oración por los americanos caídos en “sus” guerras contra nosotros, los que vivimos al otro lado del muro. Pero quizá no sepa que la hipocresía es un pecado. Que no lo digo yo, que lo dice su Iglesia y su mentor Jesucristo: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados”. (Lucas 12, 1-3).

¿Porqué, vamos a ver, cuáles son sus orígenes familiares? Su madre, Mary Anne MacLeod, era una emigrante escocesa proveniente de las más que pobres islas Hébridas. Llegó a Estados Unidos como inmigrante (aunque cuando se enriqueció dijo que fue como turista) con 50$ en el bolsillo, teniendo que dedicarse a trabajos domésticos en sus primeros años. Su abuelo, Frederick Trump, era un emigrante alemán que llegó a Nueva York, en 1885 desde Kallstadt, aunque durante años dijo que era de origen sueco, ya que muchos de los primeros inquilinos de su incipiente negocio de alquiler de viviendas eran judíos y no eran buenos momentos para ser alemán en Estados Unidos.

Así que, ¿ahora quiere usted construir un muro y que lo paguen los inmigrantes? Pues podían haberlo construido los amerindios en el siglo XVIII y que no hubieran entrado esos WASP. ¿Se imagina dónde estaría usted? ¿A lo mejor ni estaría? Es “la otra cara de la Historia”, que dicen Wu Ming.

Y, claro, nosotros no podremos entrar, pero, y ustedes, ¿podrán salir? Pues mejor no. Mejor se quedan ahí, pues cada vez que se les ocurre salir la “lían parda”. ¿Quiere que le recuerde cuantas veces han salido con sus aviones y barcos de guerra a invadir países? Sólo en Latinoamerica, el propio Congreso de los Estados Unidos contabiliza veintiséis. Ah, claro, que venían a traer la democracia. ¿Pinochet? Hipocresía, que le repito que eso se llama hipocresía.

Pues tenga cuidado, ya hace muchos años uno de nuestros bardos proféticos más abyectos, pendencieros, camorristas y cachondos cantó lo que les podría pasar a los Estados Unidos si se empeñan en cabrear a los pobres espaldas mojadas:

Ya, ya, que hipócritas hay en todas partes. No se lo niego. Esta semana, sin ir más lejos, aquí, a este lado del muro, al otro lado del Atlántico, en este trozo de la vieja Europa que se llama España, hemos tenido un buen ejemplo. El rey Felipe VI ha decidido visitar a uno de sus mejores amigos, el rey de Arabia Saudí Salmán bin Abdulaziz. Es un amigo de la familia. Su padre le tiene entre los íntimos: le visita en Mallorca en verano y le pagó el famoso viaje a Botsuana con su querida Corina. Y se preocupa por españoles en apuros inmobiliarios: compró al expresidente Felipe González su casa a medio hacer en Tánger por 2,5 millones de euros. Y es que Arabia Saudí es un gran país: 2.208 decapitaciones, la mayoría en público desde 1985, algunas por delitos como apostasía, brujería o adulterio; inexistente libertad de expresión; derechos para las mujeres o los homosexuales que son considerados delincuentes y castigados con pena de latigazos. Todo muy moderno, democrático y avanzado. Nada que ver con esa dictadura abyecta que es Venezuela.

De hecho, El País no le ha dedicado ni un solo editorial a la visita del rey Felipe VI a Arabia Saudí. Todo lo contrario, el día 15, cuando ya estaba el rey allí, su editorial (“Enroque venezolano”) se lo dedicó a ese terrible gobierno que es el de Venezuela y no a Arabia Saudí. Tampoco creo que entre los planes de Albert Rivera esté marchar a ese país árabe a abrazar al bloguero Raif Badawi, condenado a diez años de prisión y 600 latigazos. El rey tampoco ha tratado el tema de los derechos humanos en Arabia Saudí. El amigo de papá no se puede enfadar, sino no le hubiera regalado esa tan alta distinción. El País dice que esto es Realpolitik. Lo de reclamar todos los días democracia en Venezuela un acto de justicia. ¡La hipocresía es un pecado tan extendido!

Y es que en Arabia Saudí son ricos. No se les puede llamar “moros” sino “árabes”. Ya lo decía el excelente libro “El florido pensil” de Andrés Sopeña. En la historia de España cuando nos invaden les llamamos “moros”, cuando construyen la Alhambra son “árabes”. Son ricos y “compran cosas” como diría nuestro presidente Rajoy. Cosas como infraestructuras y armas. Bueno, armas no, los diarios españoles les llaman material de Defensa. Por cierto, la ministra del ramo no ha ido en la visita oficial, ¿será porque es mujer? No, seguro que no. En Arabia Saudí todos sabemos que las mujeres son… nada, no son nada más que procreadoras. Y el rey se ha rodeado de lo más preclaro de nuestro empresariado: hasta veintidós empresas se encontraban entre el séquito de Felipe VI. Organizaciones por los derechos humanos, ninguna. Hay que ir a ese país a invertir lo que aquí no invertimos para eliminar el paro, y molestar lo menos posible.

Así que Donald, tampoco te agobies mucho con las críticas, que en “todos sitios cuecen habas”, que decía mi abuela. Y para acabar te dedico una canción para que veas que esto del mestizaje no es tan malo, puede crear cosas tan interesantes como esta canción del anglo-irlandés Morrissey transformada en un corrido mexicano, ¡que lo disfrutes! ¡Viva México! Y mueran todos los hipócritas:

 

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Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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Una respuesta a A DONALD TRUMP: Desde este lado del muro

  1. MCRUZ VALERA ALBERT dijo:

    Magistral “clase online” de Historia….I sempre descobrint noves melodies i artistes.
    Demanaré un desitg…..”If only the 45th president od USA received this letter….”

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