DÍA DE LA CONSTITUCIÓN (Lección 3): Teatro, puro teatro

MADRID 06/12/2016 Política. Recepción día de la Constitución. FOTO de AGUSTIN CATALAN

MADRID 06/12/2016 Política. Recepción día de la Constitución.
FOTO de AGUSTIN CATALAN

De nuevo me pilla metido en faena otra celebración cívica en España. Mientras se celebran los fastos anuales del aniversario de la Constitución española de 1978, tengo a mis alumnos que explicarles el inicio de la Restauración y la Constitución de 1876. Comienza mal el día, pues no se me ocurre otra cosa que poner la radio y oír como un periodista se dedica a estropearme el principio de mi lección del día. Dice que debemos amar la Constitución de 1978 porque, entre otras cosas, por algo será la más longeva de la Historia de España. ¡Pues no tenía yo previsto decirles esto mismo de la de 1876! ¡Cómo me van a creer ahora mis alumnos, que a la mínima están pendientes de si uno comete un error! Ya les puedo sacar las cuentas: de 1876 a 1923 van 47 años y de 1978 a 2016 van 38. Seguro que soy menos creíble que las matemáticas y, por supuesto, que ese periodista que pontifica desde su tribuna radiofónica. Y, lo peor, si pudiera desdecir al susodicho periodista, seguro que encuentra algún argumento para no decir que se ha equivocado y que está en un error. En este país, como decía mi abuela, nadie “se baja del burro”, algunos ni aunque les empujes. Seguro que dirá que yo no tengo en cuenta que… o que él se refiere a… o que hay que tener en consideración que… El caso es no decir “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. ¡Pero si hasta el venerado rey constitucional Juan Carlos I lo dijo! Pero, ¡qué os cuesta! Pero nada, aquí no se desdice un periodista o político (a estos los entiendo, pues su oficio consiste en la defensa a ultranza de las posiciones actuales, aunque sean contrapuestas a las de días atrás) ni con las matemáticas.

Se han mencionado con frecuencia los parecidos entre aquella Restauración borbónica (1875) y ésta otra restauración borbónica (1975), con lo que llevamos tres, si contamos la primera producida en 1814, tras la ocupación francesa, con el retorno de Fernando VII, con lo que deberían plantearse los republicanos que aún les queda cuerda a los borbones, pues parecen tener siete vidas como los gatos. A una restauración borbónica cada cien años aproximadamente, aún quedarían unos cuatrocientos años de dinastía. En ambas restauraciones (la de 1875 y la de 1975) se aprobó una longeva Constitución, se instauró un bipartidismo basado en un sistema electoral acorde con él (el “pucherazo” y la Ley d’Hondt, respectivamente), la periferia (léase Cataluña y País Vasco) comenzó a pensar en abandonar el barco, el poder económico era el que realmente controlaba el sistema (entonces los caciques y ahora, dicen, el IBEX35), tras las crisis no paraba de hablarse de “regeneracionismo”, mientras la gente estaba más preocupada por quién era mejor si Joselito o Belmonte entonces y ahora por saber si lo es Messi o Cristiano.

Dejando de lado semejanzas constitucionales o institucionales, lo que me ha llamado la atención estos días de fastos son las posiciones de unos y de otros ante el evento. ¡Tan diferentes de aquellas de hace un siglo! Entonces la política se cocinaba en privado, como mi abuela hacía el puchero. No le gustaba que nosotros, especialmente los elementos masculinos de la casa (mi abuelo, mi padre y yo mismo) nos metiéramos a “cocinicas” y entráramos a preguntar qué estaba haciendo, qué le había echado o cuánto le quedaba. Y menos aún, levantar la tapa del puchero o hacer alguna observación sobre cocción o posibles alternativas culinarias. Aquello era cosa de mi abuela y nadie tenía derecho a intervenir. Luego nos lo comíamos y comentábamos lo bueno que estaba. Lo cual siempre era cierto, todo sea dicho. Ahora la política es todo espectáculo. Como la cocina. Todo es público, como esos cocineros que te guisan sus estrambóticos platos delante de ti. ¿No habéis visto esas cocinas acristaladas en las que desde las mesas o la barra se ve al cocinero en plena faena? Hay incluso platos que el cocinero elabora delante de ti: allí flambea un postre, lanza hidrógeno sobre una reducción de cualquier excentricidad o te deja la carne cruda para que tú te la hagas a la piedra. O seguro que habéis tenido ocasión de escuchar como el “maître” os describe el plato con pelos (¡esperemos que no!) y señales: “Huevo con temblor de tierra: huevo cocido a baja temperatura con trufa, hongos y bolitas de plata que simulan la tierra que se mueve sobre la textura “de gelatina” del huevo”.

Alguno dirá que es mejor así. Saber lo que uno se come. Que la política sea pública y transparente. Quizá. Pero la verdad, no sé qué elegir. Si ver lo que me cocinan y cómo lo hacen, como engañan los sabores con texturas y reducciones o abrir el puchero y comerme lo que me pongan. Que el político se oculte en su cubículo y me haga un “buen guiso” o que esté todo el día de tertulia en tertulia, de radio amiga en radio amiga, de periódico fiel en periódico fiel, haciendo política espectáculo y después el “guiso” quede muy aparente, pero indigerible.

En estos días de fastos constitucionales hemos tenido buena ración de ello. Los unos, los constitucionalistas, pregonando las bondades de la Constitución de 1978. Que si el consenso, que si es la que nos dimos todos los españoles, que si un nuevo proceso constitucional acabaría poco menos que en guerra civil. Es curioso que este argumento lo defienda, a capa y espada, un partido (el PP), fundado sobre las cenizas de AP, que durante la votación de la Constitución en el Congreso en octubre de 1978 dio libertad de voto a sus 16 diputados, votando sólo ocho a favor, con cinco votos en contra y tres abstenciones. Además, el refundador del partido en 1989 con su actual denominación, José María Aznar, decía en mayo de 1979, una vez aprobada ya por referéndum, que “vientos de revancha son los que parecen traer algunos ayuntamientos. Las calles dedicadas a Franco y a José Antonio lo estarán a partir de ahora a la Constitución”. Ahora siguen sin desear que se eliminen las calles dedicadas a franquistas y falangistas, pero se han hecho “constitucionales de toda la vida”. Y se les ve en tertulias diversas machacando a quienes osan decir que la Constitución necesita un “apaño”.

Pero el espectáculo va por barrios. Los líderes de Podemos se ponen bravos con la Constitución a la que acusan de todos los males del mundo. A poco debió ser la culpable de la muerte de JFK o de Malcom X, que les pilla más próximo intelectualmente. Se niegan a acudir a los fastos de la Constitución, como esos niños desobedientes que no querían ir a ver al abuelo enfermo (¡vaya, qué bien me ha quedado el símil!): “es que huele mal, es que me da cachetes, es que no se le entiende cuando habla, es que no se acuerda de mí”. Sin embargo, se enfadan en Podemos porque a los diputados que han enviado en lugar de sus líderes mediáticos (Iglesias y Errejón) no les dejan entrar en la sala VIP. ¿En qué quedamos, hay que ir a ver al abuelo o no hay que ir? Claro, Zipi y Zape no quieren ir porque están con el twitter debatiendo sobre desarrollo estratégico de la consideración puntual de aplicar una especial retrospectiva al análisis de la superestructura habitacional. O sea, como los platos de los restaurantes finos y caros, que no sabes si comes carne o pescado.

Y en la periferia también nos dan una buena dosis de política espectáculo. En más de 300 ayuntamientos de Cataluña deciden ir a trabajar el 6 de diciembre porque no se sienten identificados con la Constitución de 1978. ¡Si al final va a ser verdad que los catalanes son diferentes! ¡Ir a trabajar un día de fiesta! Eso sí que no es nada “español”. Pero la excusa sí que es buena: no se sienten identificados con lo que se celebra. Supongo que los de la CUP, ateos todos ellos (supongo) también irán a trabajar el día 8 de diciembre que es el día de la Purísima Concepción.  Y el día 6 de enero que es la Epifanía del Señor, y Viernes Santo (bueno, éste a lo mejor sí en 2017, ya que cae el 14 de abril), y el 15 de agosto, Día de la Ascensión de la Virgen. Puro espectáculo, “teatro, puro teatro” como cantaba La Lupe.

Por su parte, los socialistas no se sabe muy bien a qué carta juegan. En privado los oyes decir que si hay que reformar esto y aquello, que si la Constitución debe eliminar el tratamiento dispar de la religión católica, que si hay que poner en práctica su política social (vivienda digna, incluida), todo muy progre, muy “ochentero”, de cuando ganaban las elecciones. Pero en público se suman al coro de “constitucionalistas” de pro. Quizá en una futura votación de reforma de la Constitución le pidan a Antonio Hernando que salga al estrado y haga otra pirueta dialéctica y justifique la abstención que significará un NO a la reforma y un SÍ al cambio constitucional.

Los nuevos “regeneracionistas” de Ciudadanos, que tanto recuerdan a aquellos de principios del siglo XX, con sus líderes provenientes de escisiones varias y de restos de naufragios políticos, se han apuntado a la reforma constitucional, pero sólo de aquello que mejoren sus expectativas electorales. Nada de federalismos que rompan España o de consultas sobre la forma de Estado (monarquía o república). Para ello llevan a los platós televisivos a sus huestes más “guays” y “guapetonas”: Arrimadas, Rivera, Cantó. Dan un buen primer plano. Lo dicho, como esos platos que da gusto verlos salir de la cocina, pero que no tienen gusto a nada.

Mientras tanto, Marhuenda e Inda harán subir las audiencias poniendo a parir a todo el espectro político, a excepción de Rajoy, que les subvenciona sus tan “leídos” periódicos, y Wyoming hará unas gracietas en La Sexta, mientras Planeta se hace más y más poderoso.

Lo dicho, todo “teatro, puro teatro”:

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