LECCIONES DE HISTORIA (2): La trampa de la victoria de Trump

20734761216_5b331d16e9_bMucho se ha escrito estos días sobre la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Poco original puedo aportar a lo que tertulianos, analistas y periodistas más o menos informados han expuesto. Por cierto, si queréis análisis que se sitúan más allá de los lugares comunes que hemos oído, os aconsejo la serie de artículos de una de mis nuevas páginas de referencia en cuanto al análisis de la actualidad, y que le debo, como tantas cosas, a mi amigo Joan. Se trata de la página Contextos, que ha realizado un especial sobre el triunfo de Trump. De todas formas, me he sentado a juntar unas ideas que me recorren desde aquel miércoles por la cabeza por si a alguno de mis aún seguidores les apetece escucharlas. No son muy positivas, lo advierto, por lo que si lo queréis dejar aquí estáis en vuestro derecho.

Lo primero que a todos nos produjo aquella noticia en la mañana del miércoles 9 de noviembre es un sentimiento de incredulidad. Aunque algunos lo habíamos vaticinado en tertulias de café, en el fondo pensábamos que el establishment se haría con las riendas del asunto. Más tarde hubo palabras de enfado contra el electorado americano que había cometido semejante “locura”. Después siguieron palabras de apaciguamiento, pues no creen muchos que las “sandeces” que ha expuesto Trump en campaña sea capaz de ponerlas en práctica, bien por irrealizables, bien porque dicho establishment no le dejará. Luego vinieron las comparaciones con el Brexit, la subida de la ultraderecha en Europa (y el temor a que se amplíe en las próximas elecciones francesas o alemanas) e, incluso, la victoria del corrupto PP en España.

Desde mis conocimientos de la historia americana y desde el análisis de quien no deja, en parte, de formar parte de ese establishment (en mi condición de intelectual, lo quiera uno o no), contra el que parece que se rebela el electorado, creo que se debe poner en su justo término algunos de estos comentarios.

En primer lugar, debemos tener en cuenta el peculiar sistema electoral americano. No únicamente en cuanto a su técnica (el que se asignen todos los votos electorales de un estado aunque ganes por un solo voto), pues si la elección se hubiera hecho de forma directa hubiera ganado Hilary Clinton (según el último recuento por el 0,2% de los votos), sino por como conciben la propia elección. Recordemos que para poder votar es necesario, en la mayoría de los estados, desplazarse a la oficina electoral e inscribirse en el censo; además de que la votación se realiza en un día laborable y, tal y como funciona el tejido empresarial americano, dudo que el tiempo perdido en la votación sea sufragado por la empresa o el Estado. Por lo tanto, cuidado con “fliparse” con análisis del estilo de “la clase trabajadora, desesperada, ha votado a Trump”, pues habría de preguntarse cuánta de dicha clase trabajadora se ha molestado en ir al censo y después en ir a votar. ¿Cuántos españoles dejarían de ir a la oficina censal para poder ejercer su derecho al voto? Daos una vuelta por las terrazas, los centros comerciales o las paradas de autobús y contestad. Recordemos que la participación no ha llegado al 57%, aunque ha subido dos puntos respecto a la de 2012 y ha sido casi semejante a la de 2008, con el ciclón Obama en pleno desarrollo. Además, cuidado con sospechar que el electorado americano es más “estúpido” que el europeo.

Yo también pensé como Iñaqui Gabilondo que este resultado suponía, como dijo hace casi cien años Ortega y Gasset, “la rebelión de las masas”. Pero ya no estoy tan seguro. ¿De qué masas hablamos? ¿Nuevamente de esos “incultos” trabajadores de fábricas casi desmanteladas por la globalización o “pueblerinos” granjeros que se dedican a mascar tabaco en las mecedoras de los porches del Medio Oeste? Para contestar a dichas preguntas deberíamos echar un vistazo al mapa de los resultados electorales y a sus cifras, pues quizá todo sea más sencillo.

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Si nos fijamos en los mapas que comparan las elecciones de 2012, ganadas por Obama, y las de 2016, observamos cuánto se parecen ambos mapas, ya que el electorado americano es sumamente fiel a su partido, casi como a su Alma Mater universitaria a la que siguen en sus partidos de basket o beisbol como aquí al Barça o al Madrid, y no se cambian de equipo aunque lo dirija un inútil o fichen a un “tuercebotas”. Allí, demócratas y republicanos votan a su partido casi “religiosamente”, aunque se presente “un negro” o “una mujer” o un “loco”. Vamos, como aquí dicen que lo hacen los votantes del PP (o del PSOE en Andalucía, no se me enfade nadie).

En 2012, Obama ganó en 26 estados, mientras en 2016 Clinton ha ganado en 20, pero estos son los mismos en los que ganó Obama. Por su parte, la victoria de Trump se ha fundamentado no en una derrota total de Clinton, que es lo que parece que nos publicitan los medios de comunicación. Lo que ha ocurrido es que le ha “robado” seis estados respecto a las elecciones de 2012 a los demócratas. Y estos se sitúan en una zona muy concreta, además de Florida, el área de los Grandes Lagos: Iowa, Wisconsin, Michigan, Ohio, Pensilvania. En muchos casos, la victoria de Trump ha sido “por los pelos” en muchos de dichos estados. En Michigan, estado que todo el mundo pone como ejemplo de ese voto “obrero desindustrializado” a Trump, sólo ha ganado por 12.000 votos. En Florida, otro ejemplo, en este caso del voto del “jubilado blanco”, Trump se ha llevado los 29 votos electorales por 120.000 votos (un 1.15%). Sólo con esos dos estados, a Hilary le hubieran faltado tres más para ser elegida presidenta. Por lo tanto, no nos “flipemos” tanto, como decía, con la victoria de Trump. Seguramente, cualquier otro candidato republicano, hubiera derrotado a la Clinton y por mayor margen de voto popular y de votos electorales.

No olvidemos que Trump ha perdido el 1,1% del electorado total republicano respecto al candidato de 2012, Mitt Romney, unos 700.00 votos. El problema es que Hilary Clinton ha perdido el 7,7% del electorado demócrata, es decir cinco millones de votos. Ahí ha estado la clave de la derrota demócrata: en su candidata. Mientras la fiereza de Trump ha permitido mantener casi todo el electorado republicano, la tibieza de Hilary, su convencimiento de que “nadie” iba a votar a un “loco” como Trump, y la connivencia del establishment (los grandes medios de comunicación, fundamentalmente) alejaron al tradicional electorado demócrata. Hemos oído en diversos foros que Hilary representaba el “pijismo” intelectual que muchos odian en Estados Unidos y en la propia Europa, España sin ir más lejos. ¿Cuánto votante del PP no se ha mofado de las camisas blancas impolutas de Pedro Sánchez o de esos intelectuales podemitas de la Complutense?

Por último, no debemos olvidar el mensaje de Trump, que no es tan “estúpido” como hemos querido interpretar. Además debe explicarse en clave americana, aunque, en cierta manera, ya ha llegado a esa Europa que creíamos vivía en el Olimpo de la diversidad, la interculturalidad y la “alta cultura”. Ese eslogan tan repetido por Trump de “América Primero” es bastante antiguo en la política americana. Es la denominada cultura del “aislacionismo”, que se hunde en el mismo nacimiento de los Estados Unidos. El propio Thomas Paine o George Washington ya mostraron sus deseos de no intervenir en la política europea: “Europa tiene unos intereses prioritarios, de los cuales nosotros no compartimos ninguno, o muy pocos. Los europeos están sumidos en controversias frecuentes, las causas de las cuales son esencialmente ajenas a nuestras preocupaciones. Por lo tanto, es una imprudencia para nosotros implicarnos de forma artificial en los entresijos de su política, o en las alianzas y las rupturas entre ellos”, dijo este último en su discurso de despedida de su mandato presidencial.

Desde entonces el aislacionismo está fuertemente arraigado en la cultura del americano medio. Fuera de Estados Unidos se distribuye un mundo que sólo debe servir a sus intereses, pero al que consideran ajeno. Tampoco desde Europa hemos ayudado mucho, pues hemos considerado al americano medio como un ser paleto y sin cultura, rico, pero ignorante. En infinidad de análisis de estos días se insiste en tildar de “paleto” al votante de Trump. Recordemos que esa América amante de la libertad y la democracia se mantuvo al margen de ambas guerras mundiales del siglo XX hasta que sus intereses se vieron amenazados y eso que en ambas ocasiones gobernaban presidentes demócratas, menos proclives al aislacionismo (Wilson y Roosevelt). La política aislacionista americana cambió a partir de 1947 con la llegada de la Guerra Fría. Estados Unidos dijo convertirse en el gendarme de la democracia y la libertad y se embarcó en todos los conflictos en los que decía que el comunismo las amenazaba: Corea, Vietnam, Sudamérica… Pero ahora ya no hay Guerra Fría, ya no hay que “vender” una América garante de la democracia y la libertad, ahora toca replegarse sobre sí mismos y dejar que los europeos se busquen la vida con sus problemas. Que no son pocos, por cierto.

En realidad, como se ha señalado en diversos lugares, pero sin insistir demasiado por el peligro de contagio que genera, el triunfo de Trump es el triunfo de la antiglobalización, de quienes están en contra de un mundo diverso, de quienes se miran el ombligo nacional para “cerrar filas” ante lo extraño. Es un tipo de nacionalismo que ha dejado de parecerse al que surgió en el siglo XIX y buscaba la identificación de Estado con Nación. Lo que ahora está de moda es la potenciación de lo propio frente a lo ajeno. Al tratarse de un sentimiento mucho más primario que el “nacionalismo” político del siglo XIX es mucho más fácil de arraigar en diversas capas sociales (transversalidad, se llama ahora). Es la defensa de la tortilla de patatas frente al “cous-cous”, es la defensa de los toros, que acaba de ratificar el Tribunal Supremo, es la defensa del Ford frente al Hyundai, en el caso americano, la defensa de la Sachertorte, en el caso austríaco, y así hasta la saciedad. Ese mensaje cala hondo en cualquier ciudadano, sea trabajador mal asalariado, profesor universitario, taxista autónomo, escritor de novelas policiacas o granjero del Medio Oeste o de la Vega Baja. Ese es parte del discurso de Trump que ha triunfado: no quiere una América llena de coches coreanos, de restaurantes mexicanos, de tiendas de chinos. La política internacional pasa a segundo orden. Ha llegado a amenazar con la salida de Estados Unidos de la OTAN, que ellos crearon en 1949 para evitar la extensión del comunismo. Exactamente lo mismo hizo el aislacionista Woodrow Wilson en 1919 cuando se creó, a su instancia, la Sociedad de Naciones, antesala de lo que fue la ONU. Una vez instituida, Estados Unidos no se integró en la SDN, pues el Senado americano consideraba que Europa debía solucionar ella misma sus problemas, cosa que hizo como sabemos haciendo estallar Hitler la Segunda Guerra Mundial.

Por tanto, ni todos los americanos están tan “locos” como parece con la victoria, por los pelos, de Trump, ni nosotros lo estamos menos que ellos, ni estamos vacunados contra un mundo que ha decidido encerrarse en sí mismo por miedo al “otro”.

Si queréis pasar un buen rato conociendo los entresijos de las ideas aislacionistas en Estados Unidos y esta oleada de ideología “nacional”, podéis leer la magnífica novela de Philip Roth “La conjura contra América”, que se basa en la idea contrafactual (que pudo ocurrir si…) de que Roosevelt hubiera perdido las elecciones contra Charles Lindbergh, el famoso aviador americano admirador de Hitler, en 1940. La novela parte de un hecho real y es la idea de algunos senadores de que Lindbergh se presentara a las primarias del partido demócrata, pues el aviador se había convertido en el portavoz del America First Committee (Comité de América Primero, término usado también por Trump en la campaña). No deseo haceros spoiler, pero la novela, que se centra en la vida de la familia Roth durante el supuesto mandato de Lindbergh, es un buen ejemplo de lo que puede ocurrir con Trump y cómo puede reaccionar la sociedad americana ante sus políticas.

P.D. musical. Por si todavía está por aquí una de mis amigas lectoras a la que le gusta que acabe con una canción mis escritos, qué mejor que acabar con una canción que nos recuerda a quienes lucharon por la libertad hace tanto tiempo, cuando la gente, y los americanos también, pensaban que pertenecíamos a un mismo mundo, con problemas semejantes. A ella y a Leonard Cohen, con quien comencé a aprender el poco inglés que se.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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2 respuestas a LECCIONES DE HISTORIA (2): La trampa de la victoria de Trump

  1. Un antic alumne. dijo:

    Hola José Antonio!

    Em pareix un article molt clarificador, ha sigut molt útil per posar en ordre totes les informacions i opinions que ens han anat arribant desde la notícia.

    Però no puc deixar de pensar en eixe electorat americà que, en teoria sense estar tant boig, ha votat un home que s’ha anat donant a conèixer amb declaracions masclistes o racistes, o que inclús ha arribat a defensar que el canvi climàtic és una invenció falsa. No has comentat res d’això a l’article, què opines? No és gran part de lo que ens deuria preocupar sobre la ideogia d’eixe electorat?

    • Hola “antic alumne”: Gràcies per llegir el meu article, en primer lloc. Efectivament, és preocupant que l’electorat americà haja arribat a votar un individu com Trump, però aquí, a la vella Europa, no estem tan lluny d’ells. El que és preocupant és que tant als Estats Units com a Europa, que quan jo era jove eren el paradigmes de la democràcia i la llibertat hagen decaigut fins a convertir a aquests personatges (Trump, Farage, Le Pen, Berlusconi, Jesús Gil) en dirigents polítics. Això explicaria el poc interès que la majoria de la societat té per temes com el canvi climàtic. T’aconselle, si no ho has vist ja, l’inici de la sèrie “Newsroom” (i tota la sèrie). Hi ha una frase del protagonista que és demolidora: “saps per què no agraden els liberals (a Amèrica és sinònim de progressista)? Perquè perden.Si aquests cabrons són tan llestos, ¿per què perden sempre?” Doncs això. Occident és a la cultura de l’èxit, entès com diners i fama.

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