BREVE HISTORIA DE UN PAÍS EXTRAÑO: O de quién es el tonto aquí

jester-hat-clipart-best-uhm887-clipartÉrase una vez un país en el que vivía un señor muy tonto. Era tan tonto que era el centro de todos los chascarrillos de los que se creían muy listos en ese país. Todos se reían de él y de sus ocurrencias. Pero él sabía que nada tenía de tonto. Lo que tenía era mucha paciencia y mucho aguante.

En aquel país era raro que no hubiera un día en que una radio, una televisión o un diario digital no se hiciera eco de alguna de sus meteduras de pata. Éstas eran celebradas en bares con terraza y en cafeterías de centros de trabajo. Siempre había un listo que las refería y hacía mofa ante una concurrencia fiel y dispuesta a reír la gracia. En ocasiones, la tontería de aquel señor tan tonto provocaba que la tertulia se convirtiera en un aluvión de comentarios a cual más ocurrente sobre ella. Era como una cascada para ver quién era el que glosaba con más gracia la tontería. De una se pasaba a otra, se recordaba la del día anterior, se rebuscaba en el archivo de whatsapp para enseñar el último chiste que se había enviado a propósito de la frase mal construida, el gesto gracioso o la supuesta ocurrencia del señor más tonto de aquel país.

La ingente cantidad de meteduras de pata habían dado lugar a la creación de tiras cómicas en su honor, a series de cortos en youtube, a su inclusión en todo tipo de sketchs televisivos. No era extraño encontrarlo como un personaje de ficción en alguna de las banales comedias cinematográficas con monologista de protagonista que tan de moda se estaban poniendo en aquel país.

Todo en él era origen de risas y chanzas. Sus frases mal construidas, sus intentos por parecer culto e inteligente, su dicción, sus gestos al hablar, su forma de caminar y hacer deporte y hasta sus contestaciones públicas o privadas en correos electrónicos filtrados por la prensa para mayor chanza de la concurrencia.

Él asistía a todo ello con total impasividad. Nunca se le escuchó criticar a quienes hacían guasas con sus cosas. Nunca interpuso una querella contra el honor ni nada parecido. En público se mantenía incólume ante tanta gracieta con su persona. En privado, sonreía las más de las veces con las lindezas de sus críticos. Cuando escuchaba alguna de ellas, una levísima sonrisa se dibujaba en su rostro y una cara de sibilina maldad se le esbozaba. Sólo él sabía lo que pensaba en aquel momento.

Sus amistades más cercanas se podían dividir en dos categorías. Aquellas que se lo tomaban a mal y montaban en cólera cada vez que su líder era objeto de guasas y aquellas que hacían como él: sonreían malévolamente. Sí, su líder porque él era el líder. Pero no el líder de una panda de amiguetes que se reunían para ver el fútbol o ir de tardeo. No, era el LÍDER SUPREMO. Él dirigía aquel país tan extraño desde su aparente estulticia.

Cómo lo había logrado era ahora, cuando ya parecía tal lejano el momento de su encumbramiento, un misterio insondable en aquel curioso país. Incluso se habían intentado redactar un par de tesis en la Facultad de Sociología sobre el fenómeno, pero sus impulsores habían abandonado el proyecto ante la falta de elementos de juicio para elaborar unas conclusiones creíbles. Habían iniciado toda una batería de encuestas pergeñadas con las reglas mejor testeadas en las facultades de mayor prestigio a nivel mundial. Los resultados de dichas encuestas, una vez baremados los resultados bajo criterios de la mayor fiabilidad según dichas facultades, eran sorprendentes. Los encuestados eran más tontos que el tonto del líder. No podía ser. Algo fallaba en el proceso. Los doctorandos intentaban repetir la encuesta y su baremación, con diversos factores correctores, pero los resultados no variaban. De hecho eran incongruentes, pues todos decían que les parecía un líder muy tonto, pero mucho. Que ellos también se reían con sus meteduras de pata y sus frases sin sentido, y que, naturalmente, no les gustaba como líder de su país. Entonces, ¿por qué lo elegían como su líder? En este momento del estudio sociológico los doctorandos decidían abandonar. El director de tesis no se creía las conclusiones iniciales que le presentaba su tutorando: que la gente era más tonta que su líder. No era posible que hubiera tanto tonto suelto en aquel país. El director le conminaba a iniciar el estudio desde el principio, analizar los factores externos, los fenómenos transaccionales, la estructura sociométrica del proceso y no sé cuantas más variables binarias. El doctorando se rendía y decidía enviar currículums al Mercadona y a Decathlon.

Era un fenómeno inexplicable el de aquel país liderado por alguien de quien todo el mundo hacía burla. ¿O quizá no?

Todo comenzó cuando el anterior líder del grupo de los Láridos decidió decir “ahí os quedáis, me voy a dedicar a la buena vida y a daros la lata de cuando en cuando como os desmandéis”. Había sido un líder carismático, al que sus huestes femeninas le habían llegado a gritar “guapo” en alguno de sus multitudinarios mítines. Aquello había sido el súmmum para una persona a la que las chicas ni miraban de joven y de la que sus compañeros hacían burla, especialmente desde que de adolescente se dejó un bigote anticuado e irrisorio. Pero es que aquel país era un país extraño. Se decía que Murakami quería venir a visitarlo para convertirlo en escenario de una nueva novela, pues sin duda rebasaba en rareza a aquellos que él había inventado con dos lunas o con señores sin sombra.

Cuando aquel líder carismático dejó su cargo, se estuvo pensando mucho tiempo a quién elegir como sucesor. Se barajaron varios nombres. Finalmente quedaron dos. Uno era un señor un rato listo, tenía varias carreras, sabía unas cuantas lenguas extranjeras, era referente a nivel mundial en algunos quehaceres, especialmente referidos a las cuentas del país. El otro era nuestro tonto líder. El primero no paró de salir en los medios explicando lo que le gustaría servir a su país y ser su líder, pues se sentía preparado para ello. El segundo comenzó a utilizar una táctica que todo el mundo pensó entonces que era suicida. Hablar poco y cuando lo hacía decir alguna tontería, una obviedad o un sinsentido.

Cuando el líder carismático dimisionario eligió a aquel candidato que parecía un tonto apático y poco capacitado para dirigir un país, todo el mundo pensó que era un error. Incluso los miembros de las huestes de los Láridos comenzaron a hacer gracietas con el nuevo líder. Las mañanas en la radio se llenaron de tertulianos riendo sus tonterías y convirtiendo los estudios de las emisoras en lugares que más bien parecían cantinas de barrio. Incluso se podía escuchar si estabas atento como abrían latas de cerveza o encendían cigarrillos.

No fue su culpa que a la primera no pudiera suceder a su líder carismático, fue culpa del destino. Del destino y de, quizá, que el grupo opositor había encontrado otro que tal. Aquel no parecían tan tonto, pero también tenía ciertas ocurrencias que pasaron más tarde a los anales históricos del país. En realidad los Magnolios, que así se les llamaba, había elegido a este líder porque pasaba por allí. En una de las trifulcas internas a que tan aficionados eran los “magnolios”, habían acabado nombrando a una especie de chico bueno, de sonrisa bonachona y cara de no haber roto un plato jamás. Todo vino motivado también por la difícil sucesión del que había sido su superlíder, un señor que era tan adorado en las filas de los “magnolios” como los viejos santones. De hecho ahora parecía un viejo santón que, cuando se enfadaba, montaba en cólera y lanzaba sus rayos destructores en forma de declaraciones incendiarias contra sus propios correligionarios.

Pero nuestro líder, él que parecía tan tonto, se armó de paciencia. Resistió los ataques provenientes de sus propios supuestos amigos, de los tertulianos más acerados, de los que cada día publicaban sus gracias y decían que un hombre así no podía ser líder de un país como aquel. ¡Vaya si podía! Tuvo que esperar varios años, pero cuando fue elegido lo fue con la aquiescencia de la mayoría de aquel país. La mayoría de aquellos que se reían de sus ocurrencias, de sus gestos, de su torpe caminar.

Mucha gente se lo seguía sin explicar. Había teorías para todos los gustos. Unos decían que los sociólogos que habían iniciado aquellos estudios estaban en lo cierto y que las encuestas, por una vez, tenían razón: el país estaba lleno de tontos más tontos que el propio líder. Otros pensaban en teorías conspiratorias. Que tras la figura de aquel líder que parecía tan mentecato había un lobby económico que manejaba los hilos de sus decisiones e incluso de sus ocurrencias. Que todo estaba pensado y muy bien pensado: crear una especie de clown del que todos se reían para poder llevar a cabo decisiones que el país no hubiera soportado de otra manera. Había quien se ponía en plan trascendental y decía que era un castigo divino por las faltas cometidas en el país desde tiempos que la memoria ya había casi olvidado.

El caso es que todo el mundo hablaba mal de él, pero aquí estábamos, ante una nueva elección del líder. Había podido, de nuevo, con todos. Y había utilizado su táctica de siempre: la paciencia. No sabemos si Paulo Coelho dijo alguna vez esta frase, pero bien podía ser suya: “la paciencia oculta el rostro del más memo para convertirlo en el más perspicaz”. Sus oponentes habían dicho que “ya no”, que no le volverían a querer como líder y que si de ellos dependiera no sería nunca más el líder. Él no dijo nada, esperó. Esperó a que unos cambiaran de opinión viendo que no había otra opción y a que otros, los “magnolios” se despellejaran vivos otra vez para aceptarle. “Pero le controlaremos y no le dejaremos respirar”, decían. Él escuchaba esas palabras y sonreía. Con esa sonrisa entre picarona y bobalicona, que quería decir, “ya, eso os creíes; pero que tontos sois”. O como decía aquel grupo de los ochenta, “pero que público más tonto tengo”:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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