FINAL DEL VERANO: Un nuevo año comienza, quiera o no el Papa Gregorio

summer-is-over-280x210Faltan cuatro días, como aquel que dice, o justamente esos, para el final de un nuevo verano. Ya huele a él. Ya se puso el cielo de ese color azul intenso que recuerda la vendimia en mi pueblo. Hay nubes como algodón que ensucian ese azul. Aquí apenas si crecen. Allí lo hacían desde el mediodía y, de cuando en cuando, se convertían en tormenta vespertina de septiembre. Debe oler allí a pueblo que se vacía. En la plaza apenas si debe quedar gente que se reúna en las matinales de los días de diario. Hoy es domingo y, quizá, haya más gente que de costumbre. Pero ya olerá a despedida, a pueblo que se vacía. De cuando en cuando algún joven se verá atravesar la plaza con la bolsa al hombro camino de la estación. Quizá salude, sin acercarse, a ese otro joven que lee el periódico sentado, solitario, en la piedra que circunda la iglesia parroquial. Es posible, incluso, que otro rezagado aparezca más tarde que pronto y se acerque a saludar. “El verano se acaba”, dirá. “Sí”, contestará lacónico el otro, mientras busca otra excusa para iniciar una conversación que no le aleje definitivamente.

Ahora que tantas reformas de las costumbres hispanas se proponen para igualarnos a Europa (el cambio horario, la hora de las comidas, las vacaciones de los estudiantes, el horario continuo en los coles), nadie ha planteado la reforma más radical de todas: el cambio de calendario. Está muy mal montado este calendario que llamamos “gregoriano” y que el cristianismo ha terminado por imponer en todo el mundo. El calendario debería tener sus inicios ahora, cuando el verano se acaba y el otoño comienza. ¿Cuántas veces no habéis dicho hacia el mes de noviembre “el año pasado, cuando le ganamos al Madrid”, refiriéndoos a la Liga pasada, ocurrida antes del verano del mismo año en curso? ¡Tantas cosas se inician en septiembre! El curso escolar, el ciclo biológico de muchas plantas y animales, las nuevas temporadas de las series (ese icono contemporáneo que acabará por convertirse en una nueva religión, si no lo es ya) o la Liga de fútbol. Bueno, esta última no, porque ahora se avanza su inicio a finales de agosto, no vaya a ser que la población deje de tener fútbol durante más tiempo del debido y se atonte, dejen de votar como Dios manda, y les dé por ejercitar peligrosas actividades como la lectura. El resto de deportes de equipo, en cambio, sí comienzan sus ligas con el inicio del otoño. Es lo que tiene no deberse a los deseos de las plataformas televisivas españolas o chinas, pues me dicen que incluso ya hay partidos los sábados por la mañana para que los chinos puedan ver el fútbol español a una hora decente. Debe ser que al gigante chino tampoco le interesa que su gente lea mucho y es mejor tenerlos pegados a la pantalla con la Liga española. ¡Un sábado por la mañana! Si en mi época a esa hora sólo jugaban mis amigos en los equipos juveniles y los equipos de barrio en campos de tierra mal apisonada, con las líneas de juego marcadas con una cal que les hacía tropezar y todo.

Y es que los historiadores creemos, y vendemos en nuestras aulas, que la Revolución Francesa cambió la historia de la humanidad para siempre, pero es una gran mentira. Sólo cambió las piezas del poder y los nombres de sus elementos. Durante los primeros años, sí que intentaron, con su espíritu enciclopedista, ilustrado, masón y deísta, cambiar el mundo y la humanidad, pero se dedicaron a cortar cabezas y la gente se asustó. Entre los cambios “revolucionarios” que acometieron estuvo el del calendario. El calendario republicano se impuso en la Francia revolucionaria en octubre de 1793, pero retrotraía el inicio de la nueva Era al 22 de septiembre de 1792. Mataban así dos pájaros de un tiro: era el inicio de la Primera República Francesa por decisión de la Convención, que destituyó al rey Luis XVI, y el del equinoccio de otoño en el hemisferio Norte. Fue ideado por el matemático Charles-Gilbert Romme, un masón de Auvernia que acabó sus días víctima de Robespierre, como tantos otros, aunque se suicidó en 1795 antes de que hicieran rodar su cabeza. Además de varios astrónomos se asesoró del poeta Fabre d’Églantine, otra víctima de Robespierre, éste sí guillotinado en 1794, que puso los nombres a los nuevos meses.

Duró poco el calendario, pues aquel traidor a la Revolución que fue Napoleón, decidió suprimirlo a finales de 1805, ya que estorbaba en sus ansias por convertirse en Emperador. Lo de siempre, todas las revoluciones acaban con “el listo de turno” que pretende sublimar los logros ideológicos de ella en beneficio propio. ¡Oh, Q, qué presente estás en todo momento!

Racionalizaron y descristianizaron el calendario. Ahora tendría doce meses de treinta días (nada de eso de contarse los nudillos para saber si el mes tiene treinta o treinta y un días, o si es bisiesto y toca añadir uno al pobre y esquilmado febrero) y cada mes tres semanas (llamadas décadas) de diez días, desapareciendo las semanas. Los cinco días, o seis si es bisiesto, que faltaban para completar el año solar, se declaraban festivos.

¡Qué maravilloso sería recuperar ese calendario republicano francés! Aquel sí que reflejaba el devenir del mundo, del ciclo de la vida, de nuestros ritmos biológicos, laborales, deportivos o televisivos. ¡Y sería tan poético recuperar aquellos nombres que el poeta Fabre d’Églantine ideó para los nuevos meses, todos relacionadas con el ciclo meteorológico y de las cosechas! Quizá el cambio climático nos impediría reconocer algunos nombres como propios de nuestra maltrecha climatología, pero quizá también podría ser un homenaje a aquellos tiempos en los que nevaba en diciembre y sólo hacía viento en marzo. Y tenían sentido aquellos refranes como aquel que decía “en septiembre, el que tenga trigo que siembre”. Podríamos enseñar a nuestros alumnos como era la vida agrícola antes y como se desarrollaba el clima sin los desajustes que odiamos los alérgicos: todo comenzaría con la vendimia (Vendimiario), seguiría el tiempo de las brumas de mediados de octubre y las escarchas de finales de noviembre (Brumario y Frimario); así pasaríamos al frío invierno, con sus nieves, sus lluvias y sus vientos (Nivoso, Pluvial y Ventoso), que se continuaría con la primavera, llena de germinaciones, flores y verdes prados (Germinal, Floreal y Pradial) y acabaría el nuevo año con otros tres meses de cosechas estivales, calores y nuevos frutos cuasi otoñales (Mesidor, Termidor y Fructidor). Como nos faltarían cinco o seis días, nosotros también podríamos copiar aquellas fiestas dedicadas por los masones revolucionarios, ilustrados enciclopedistas y republicanos liberales a la Virtud, el Talento, el Trabajo, la Opinión, las Recompensas y la Revolución. Así cada año podríamos premiar en esos días a quienes se hubieran significado más en aquellas facetas de la vida. Ya sería el summun si lográramos transformar el santoral católico en los apelativos que aquellos locos ilustrados franceses pusieron a cada uno de los días con nombres de plantas, animales, rocas y aperos de labranza.

Era, como reza el título de la excelente obra de Philip Blom, Gente peligrosa. No aquella revolución que Robespierre y Napoleón traicionaron bajo las ideas de Rousseau o Voltaire, sino la que patrocinaban los radicales Diderot y el barón d’Holbach, personaje casi olvidado al que está dedicada la citada obra. La descripción de Philip Blom de cómo le costó encontrar la vieja mansión del barón en París es paradigmática. Dice que cuando estaba preparando la obra descubrió que debió encontrarse cerca de la iglesia de Sainte-Roch, por lo que se entrevistó con el viejo párroco que al oír el nombre del barón d’Holbach, le despidió con un lacónico “Au revoir, Monsieur”. Más tarde descubrió que el ateo barón, nada de medias tintas deístas, estaba enterrado en la misma iglesia de Sainte-Roch, junto a Diderot en una anónima tumba. Volvió a la parroquia, pero el viejo sacerdote ya se había jubilado. Ocupaba su puesto un joven algo más comunicativo que le aseguró que Diderot estaba en aquella cripta común junto con otros personajes de la Revolución como André La Nôtre o Pierre Corneille. Philip Blom le dijo que también estaría el barón d’Holbach, pero entonces el dicharachero joven párroco le despachó con un “de eso no estoy muy seguro”. Era gente peligrosa y, parece, que aún lo son.

Como lo fue Jean Meslier, sacerdote católico y filósofo ilustrado que ejerció a finales del XVII como párroco en Étrépigny y de Balaives (Ardenas). En su obra póstuma, “Memoria de los pensamientos y opiniones de Jean Meslier”, rebate la existencia de Dios, critica la Iglesia católica, a Jesús, a la aristocracia y a la monarquía, y denuncia la injusticia social, la moral cristiana basada en el dolor y se convierte en uno de los primeros antecedentes del comunitarismo anarquista. Voltaire publicó su obra en 1762, pero suavizó su radical ateísmo. Gente peligrosa, como decíamos. Tanto que en España la obra no se tradujo hasta, ¡pásmense!, el año 2010. Los ateos bolcheviques rusos lo incluyeron en su monumento a  los pensadores socialistas, en el jardín Alexandrovski de Moscú, el primero en erigirse en la capital del socialismo tras el triunfo de la Revolución. En mayo de 2013, el gobierno de Putin levantó junto a él un monumento al patriarca Hermógenes y retiró el obelisco a los pensadores socialistas “para su restauración”. Debió ser que los nuevos jerarcas de la Iglesia Ortodoxa Rusa no se encuentran muy cómodos con la presencia junto a Hermógenes de ateos como Jean Meslier, pues aún no se ha repuesto en su lugar original el citado obelisco. Gente peligrosa, ya lo decíamos.

Pero no será así, con el final del verano no llegará un cambio en el calendario y tendremos que esperar al final de la Navidad, si el presidente en funciones Mariano Rajoy no se la acaba de liquidar con su empeño de celebrar allí las terceras elecciones. ¿Será Rajoy un ateo infiltrado como Jean Merlier y lo que desea con su ocurrencia es “matar la Navidad”?

Lo que sí llegará seguro la semana próxima es el final del verano. Para mí es un momento lleno de imágenes: maleta en el andén de la estación, largos días de vendimia, tardes que se acortan y se llenan de lecturas (algunas peligrosas, ciertamente), un nuevo curso que comienza, gente nueva a la que conoces y otra que reencuentras. Quieran o no los partidarios del Año Gregoriano, UN NUEVO AÑO COMIENZA.

Aquí, Día de la Fiesta del Talento del año CCXXIV de la República

Seguro que mi lectora Maku está esperando el final de este escrito para ver qué tema musical he elegido y se teme que como los “indies” españoles me haya apuntado a la moda de rescatar cantantes melódicos españoles y os ataque con una versión de “El final del verano” del rescatado por el Sonorama de Aranda de Duero Dúo Dinámico. Pero no será así, os sugiero esta historia algo triste (como el final de cada verano) que Green Day dedicaron a una pareja separada al final del verano por la Guerra de Irak.

Acerca de José A. Moreno

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