JUEGOS OLÍMPICOS: Ante la ética, la estética y la política

imagesAhora que se ha pasado la resaca patriotera de los Juegos de Río y ya está cerca la borrachera de un nuevo curso en el que se ha dado un nuevo bocado al estudio de la filosofía, apartándola un poco más de los planes de estudio, me entran ganas de unir ambas cosas a ver qué sale. Y es que fue el viejo pensador griego el que sentó las bases acerca de lo que en Occidente entendemos por ética, por estética y por política. Y es de Grecia, no lo olvidemos, de donde procede esta idea de juntar un grupo de atletas cada cuatro años para que diriman sus fuerzas. Durante estos días hemos visto ponerse en práctica en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro los conceptos aristotélicos de ética, estética y política. La ética, según Aristóteles, es la parte de la filosofía que estudia la moral y los comportamientos del hombre, mientras que la estética, es la ciencia de la belleza nacida del espíritu. La ética comprende las virtudes morales más importantes de los hombres: fortaleza, templanza, amistad, verdad, equidad y justicia, que se expresan en los comportamientos, ya que el deber de las virtudes es proponerse lo más noble como fin. La estética, que tiene por objeto el vasto imperio de lo bello, se manifiesta por las maneras, el estilo y las formas de actuar. La ética, dice Aristóteles, tiene como objetivo alcanzar el fin propio del hombre al que se dirigen todas las actividades humanas, es decir, la felicidad. Mientras que la ética se encarga de la felicidad de un individuo, la política trata de buscar la felicidad de un conjunto social; a su vez, al ser el hombre un ser sociable por naturaleza, la felicidad del individuo está indisolublemente unida a la felicidad del cuerpo social al que pertenece, por lo que Aristóteles concluye que la ética es, en realidad, una parte de la política y que debe estar supeditada a ella: la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo. No perdamos estas palabras de vista en lo que voy a contar, aunque parezcan un tanto fuera de lugar, pero no lo están.

Hemos visto durante los Juegos de Río infinidad de gestos y comportamientos que entremezclan los conceptos aristotélicos de ética, estética y política, mientras estos mismos gestos y comportamientos provocan en nosotros reacciones al respecto de esos tres conceptos.  Todos hemos oído hablar del espíritu olímpico como un comportamiento ético en el que se debe olvidar que el objetivo de los deportes es ganar, pero no a cualquier precio y que durante los juegos debía producirse una especie de tregua olímpica que dejara a un lado por unos días los enfrentamientos entre naciones, pueblos y civilizaciones, como se dice ahora. Un ejemplo que ilustra lo lejos que estamos de ese espíritu y dicha tregua fue el gesto del yudoca egipcio Islam El Shehaby que se negó a dar la mano a su oponente israelí, Or Sasson, después de perder el combate. ¿Lo hizo por su odio a Israel o por haber perdido ante un enemigo no sólo deportivo sino también político? ¿Se la hubiera dado si hubiera ganado? Tras conocerse la noticia, pude comprobar cómo se hacían eco de ella (la compartían, se dice ahora) algunos de mis amigos del Facebook aplaudiendo el gesto del yudoca egipcio, pues pertenecen a movimientos de defensa del pueblo palestino o, simplemente, apoyan su causa. Yo también estoy más cerca del pueblo palestino que del israelí en estos momentos, pero ¿fue ético o estético el comportamiento de Islam frente a su oponente no sólo deportivo sino también político? ¿Por qué nos parece bien? Recordad a Aristóteles, la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo.

Pero seguramente el comportamiento ético, estético y político con más eco en España ha sido el producido a consecuencia de la medalla de plata del vallista Orlando Ortega y los posteriores comentarios de Willy Toledo. No es un caso aislado el de Orlando Ortega y la nacionalización exprés de atletas del Tercer Mundo por parte de federaciones del mundo desarrollado o simplemente rico. Ya escribí un post en este mismo blog al respecto de la hipocresía que veía pulular por nuestros medios y nuestra sociedad en su conjunto respecto al trato de los inmigrantes según las glorias que eran capaces de producir para nuestro deporte y, digámoslo claro, nuestra patria. Cuentan, y me baso aquí en lo publicado por diversos medios cuya credibilidad sé que no es siempre mucha, que Orlando Ortega desertó de Cuba en 2013 y llegó a España con una mano delante y otra detrás. Vicente Revert, expresidente de la Federación Valenciana de Atletismo, adoptó a Orlando, le abrió las puertas del CAVA Ontinyent y le ayudó a conseguir los papeles. Me asalta una pregunta que es fundamental, independientemente del comportamiento de Orlando, de Willy y de los españoles que se emocionaron con la espléndida carrera del vallista, ¿y si Orlando hubiera sido un albañil cubano que llega a Ontinyent en busca de empleo? ¿qué hubieran dicho en esos bares del pueblo valenciano donde lloraron aquel día de la final ante la medalla de su ya paisano? ¿cuánto tarda un emigrante en lograr papeles legales en condiciones normales? No, no son preguntas demagógicas o populistas, como dicen ahora los medios mainstream, son preguntas, como dicen mis alumnos, para pensar. Recordemos de nuevo a Aristóteles, lo importante es la felicidad del cuerpo social, en roman paladino, lo importante son las glorias de la patria.

No deseo alargar el asunto de las nacionalizaciones que ya ha tenido mucho eco en la red estos días, únicamente hacer reflexionar a quien esto lea que las cosas no son tan sencillas como un simple tweet o comentario en un diario digital nos puede llevar a pensar. Por ejemplo, debemos cuidar extender nuestro análisis a todos los casos. Ignoro si Orlando Ortega se vino a España por necesidad como lo hacen tantos emigrantes, pero es cierto que en países como Kenia, Etiopía o Nigeria ha habido casos de atletas que han sido, y lo serán, perseguidos por sus creencias o su etnia. Un ejemplo lo hemos tenido en estos Juegos con el gesto del medallista de plata etíope en la maratón, Feyisa Lilesa, al que, después de más de cuarenta kilómetros de carrera bajo la fina lluvia de Río, aún le quedaron fuerzas para alzar los brazos y cruzarlos como si los llevara esposados, lo cual repitió más tarde en el pódium, en signo de protesta por la persecución de que es objeto la etnia oromo en su país, a la cual él pertenece. Él mismo manifestó inmediatamente que, seguramente, no podrá volver a su país. Ante este gesto estético, este comportamiento ético, esta reclamación política, habrá que impedir que Lilesa sufra persecución en su país y algún otro deberá acogerlo para que podamos seguir deleitándonos con sus carreras.

Otro gesto estético muy comentado estos días olímpicos ha sido la presencia, muy superior a otras ocasiones, de atletas femeninas musulmanas tocadas con el velo islámico e incluso con vestimentas que tapaban pudorosamente sus cuerpos frente a las exhibiciones de carne de las atletas occidentales. La foto de la egipcia Dooa Elhgobashy frente a la alemana Kira Walkenhorst en la competición de voleyplaya dio la vuelta al mundo. Este asunto sólo es un episodio más en la actual polémica que en Europa, y especialmente en Francia, se está reactivando por la utilización de determinada vestimenta por parte de las mujeres musulmanas, como el denominado burkini en las playas. Centenares, miles diría yo, de comentarios y argumentos se producen a diario sobre el asunto. La intromisión aquí de la política sobre la estética, con referencia a la ética, es aún si cabe más determinante. Y no debemos olvidarlo, pues los diferentes grupos sociales y políticos pretenden utilizar esta polémica para sacar provecho o para elevar la fuerza de sus argumentos. Así, he visto estos días como la prohibición en Francia del burkini ha sido criticada por los grupos feministas y de izquierda pues ésta va contra la libertad de las mujeres o se trata de un elemento más de islamofobia en esta cruzada que Occidente parece haber emprendido nuevamente contra el Islam a consecuencia de los atentados yihadistas. Y es difícil tomar postura ante una situación tan radicalizada. Por ello, el conocimiento de primera mano del asunto no viene mal. Dejar por unos instantes de mirar la realidad con los ojos de Occidente tampoco. ¿Es cualquier prohibición mala per se? ¿Verdaderamente estas mujeres musulmanas que van a los Juegos vestidas pudorosamente lo eligen así libremente? ¿Podrían hacerlo de otra manera? ¿Podría Dooa Elhgobashy aparecer vestida con un bikini de mínima expresión en un partido de voleyplaya y volver tranquilamente a Egipto? En cambio, ¿podría Kira Walkenhorst ponerse unas mallas, un maillot y un gorro para jugar su partido y volver a Alemania sin ser juzgada por un tribunal eclesiástico? ¿Por qué se ha extendido en estos Juegos de Río la utilización de dichas prendas entre las atletas musulmanas? ¿Por qué ha aplaudido el máximo ayatolá iraní Ali Jameneí la presencia de mujeres musulmanas ataviadas con el velo islámico? ¿Por qué organizaciones feministas y de izquierda aplauden la presencia de mujeres así vestidas en aras la libertad femenina, pero no se recuerda que en Irán aún las mujeres tienen prohibida su presencia en los estadios donde se celebran competiciones masculinas?

Pero claro, para una persona de pensamiento progresista, pongamos el caso de mí mismo, es muy difícil ponerse al lado de argumentos utilizados por la extrema derecha. En diversos comentarios he visto cómo se atacaba la utilización de estas prendas con manifestaciones absolutamente racistas y de odio a todo lo musulmán. Hoy mismo me acabo de desayunar con la propuesta del Frente Nacional francés de prohibir el velo en cualquier lugar público si ganan las elecciones presidenciales. Ahí es cuando entra en escena el no limitarse a leer comentarios banales en la red y profundizar algo más. Así, tengo que agradecer a internet que cayera casualmente en mis manos una entrevista a la feminista socialista y reconocida luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas. Me abrió mis ojos occidentales. Os lo aconsejo encarecidamente. Su título ya es impactante (“De velos “islámicos” y extremas derechas. El significado profundo del laicismo republicano y el cobarde eurocentrismo de las neoizquierdas culturalmente relativistas) y la profundidad del análisis de Marieme-Hélie también. Únicamente os dejo dos “perlas”. Lo que se vende como vestimenta tradicional musulmana es una falacia, pues es diferente en cada país, mientras que lo que se está extendiendo es el velo de tradición saudí, que es quien paga la campaña de extensión de la citada prenda. Y otra, esta vestimenta no es únicamente una prenda de sumisión de la mujer sino que además tiene un significado político: extender la visualización de lo musulmán en Occidente en el contexto del conflicto actual.

Pero quizá el gesto estético más repetido en los Juegos de Río, como en la mayoría de competiciones actuales, es la exhibición de la bandera por parte de los ganadores. No he podido averiguar desde cuando viene la costumbre, aunque creo que se inició en el atletismo allá por los años finales del siglo XX. Ahora ya es una tradición y una fuente de orgullo para los espectadores. ¡”Ha ganado uno de los nuestros”! Y se hincha el corazón de las masas ante tan patriótico gesto, aunque el portador de la enseña nacional no sepa hablar el idioma del país e incluso no lo haya pisado nunca como algunos de los atletas fichados por el emirato de Bahréin. He podido imaginar cómo de enardecidos se ponían los lectores de La Razón cuando este periódico comentó como el vallista Orlando Ortega rechazó una bandera cubana y se puso como loco a buscar una de España. ¡Ahora ya sí eres un español de verdad, Orlando! No por tu juramento de la Constitución sino porque la red mediática ultraespañola ha alabado tu gesto.

Todo español que se precie se ha dedicado estas dos semanas largas que han durado los Juegos a cultivar su sentimiento nacional (¿o nacionalista?). Incluso, diría más, también lo ha hecho cualquier buen catalán que se precie, como explicaré enseguida. Algunos, españoles de bien me refiero, llevan ese ardor nacional hasta producir gestos estéticos un tanto ridículos. No me refiero sólo a los espectadores que se ataviaban con el traje de luces o con la montera torera en los partidos de distintas disciplinas sino a la repetición de mensajes como el de “soy español, español, español”, cuya triple repetición nos recuerda a algunos otras que se producían en tiempos pasados en España. O esa otra aún más patética de “soy español, a qué quieres que te gane”, que se escuchaba a algún comentarista deportivo el día que ganábamos dos medallas seguidas. ¡Hombre, tampoco es para tanto! Sólo hemos logrado diecisiete medallas, una menos que Nueva Zelanda y dos menos que los Países Bajos, cuyos países tienen cuatro y dieciséis millones de habitantes. Pero, en fin, el español es asín (que dice Reverte y los suyos de la RAE, que ya se puede decir). Un día dice que esto es un desastre, que llevamos una semana de competición y sólo tres medallas, y, después, gana dos seguidas y ya sale con la frasecita.

Y después llega la decepción. Cuando te enteras de quien es el español que ha ganado tu medalla. Las redes se hicieron rápidamente eco de las declaraciones de la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, que, a través de su cuenta de twitter, aseguró que “el PP es el partido del sacrificio, de la lucha, del trabajo y esos son los valores del atletismo”, a propósito de la saltadora Ruth Beitia, medalla de oro en Río y diputada regional en Cantabria por el PP. Muchos de los que habían aplaudido el triunfo de Ruth, dieron marcha atrás al enterarse de la adscripción política de la atleta y comenzaron a criticarla, pues “tampoco era para tanto”, su marca, decían algunos comentarios, no hubiera servido para lograr medalla desde los Juegos de Moscú’80. De heroína a villana. Pero es que la gente lee poco y está poco informada. Si lo hiciera, sabría que una buena parte de las y los atletas españoles han manifestado, cuando no ejercido directamente, su pertenencia al PP: Jesús García Bragado, Antonio Peñalver, Sandra Myers, Abel Antón, Daniel Plaza, Carlota Castrejana, Manolo Martínez, Marta Domínguez, Niurka Montalvo. Se acaba entonces el ardor guerrero patrio y ya no nos caen tan bien los  vencedores.

Un caso similar ocurre con el simpatizante español y conservador, de derechas que se decía toda la vida. En Río también se lio una buena por la baja puntuación que recibieron las nadadoras de sincronizada Gema Mengual y Ona Carbonell. Las nadadoras acusaron a los jueces de parcialidad, atendiendo a “cuestiones políticas”, que nunca aclararon. Pero el honor patrio estaba siendo mancillado y sus defensores, vía comentario de noticia en Marca, salieron en defensa de las maltratadas nadadoras. Ya se sabe, el mundo está contra España y nos odian por nuestra fortaleza sin par. Todo hasta que conocieron unas viejas declaraciones de Ona Carbonell en las que decía que en el caso de tener que elegir entre competir con la selección española o con la de una Cataluña independiente, lo haría con la catalana. Se acabó el buen rollo. Ahora los comentarios se volvían contra ella: “pues no vengas a competir con España, pues devuelve el dinero de la beca, pues ya veremos cuántas medallas ganas con Cataluña…”. Todo muy visceral, pero poco ético y nada estético. Recordemos, es cuestión de política. Ona quizá compita con España porque no puede hacerlo con Cataluña, quizá el dinero de la beca que recibe venga en parte de los impuestos que pagan los catalanes y quizá tampoco le iría tan mal con Cataluña a tenor que cómo se encuentra la natación catalana y la del resto de España. Y no es el único caso, pues son conocidas las posturas del jugador de hockey Alex Fábregas y la campeona de España de ciclismo Anna Ramirez, u otros que directamente han apoyado el proceso separatista, como la tenista Laura Pous, la nadadora Claudia Dasca, la gimnasta Melodie Pulgarín, el futbolista Jofre Mateu, el ex jugador de balonmano Enric Massip, el técnico de baloncesto Salva Maldonado, el entrenador del Sabadell de waterpolo Nani Guiu o el triple campeón del mundo de carreras de montaña, Kilian Jornet. Algunos han ido más lejos, como la jugadora de baloncesto Helena Boada, que decidió nacionalizarse eslovena (es pareja del jugador local, Lakovic) y jugar con ese país “ya que no me dejan hacerlo con la selección que me gustaría, la catalana”. ¿Ya no son “de los nuestros” por tanto y repudiamos sus éxitos?

Pero la ética, la estética y la política se reparten en todos los lugares por igual. Y sino recordemos otra polémica de estos Juegos, suscitada por TV3 al asignar en un gráfico el diploma olímpico de ciclismo en ruta a Joaquim Rodríguez a Cataluña. Era la victoria de “uno de los nuestros”, debió pensar el redactor de la noticia, sin preguntarle al corredor cuál era su opinión sobre el asunto. Numerosos medios catalanes se apresuraron, a la clausura de los Juegos de Río, a echar cuentas. ¿Cuántas medallas hubiera conseguido Cataluña si tuviera Comité Olímpico propio? Los más optimistas las elevaban a ocho de las diecisiete totales (aunque algunas se lograran en parejas “mixtas”, Nadal-Marc López o Saúl Craviotto-Cristian Toro, o en conjuntos –el baloncesto masculino y femenino-). Qué harían en caso de independencia cada uno de estos deportistas es lo de menos, lo importante es “el conjunto social” feliz y satisfecho, que decía Aristóteles.

Porque las competiciones deportivas son en el mundo actual una palmaria manifestación del sentimiento nacional. Si es “uno de los nuestros” estamos con él a muerte. Haga lo que haga, tenga el comportamiento ético que tenga (como intentar pagar menos impuestos como el abanderado Nadal que radicó entre 2006 y 2012 sus ingresos deportivos en Guipúzcoa para beneficiarse del régimen especial del País Vasco) o el estético (como el de tocarse “literalmente” los huevos que hizo el ciclista Carlos Coloma al conseguir la medalla de bronce). Pero, repito, si es de “los nuestros” te tiene que caer bien.

Yo tengo que confesaros que, con frecuencia, me cuesta comulgar con ese ardor patrio y no en pocas ocasiones me pongo de parte del “enemigo”. Ahora todo el mundo conoce a la jugadora de bádminton Carolina Marín y se idolatra su figura. Todo son loas a sus gestas. Evidentemente la chica tiene mérito. Haber conseguido ser campeona mundial, europea y ahora olímpica en un deporte que practican en España algo más de 7.000 federados, frente a los cientos de miles de Malasia o Dinamarca (por no hablar de los cien millones de chinos), tiene un mérito enorme. Ahora bien, ello no quita que la chica me parezca un poco repelente. Ya la había visto en numerosas ocasiones comportarse con sus gritos en la pista como Sharapova y utilizar diferentes “truquillos” para sacar de quicio a sus oponentes. Claro, si es española diremos que es parte de la estrategia de juego, pero si es japonés, como Nishikori cuando se ausentó diez minutos en el partido por el bronce con Nadal, diremos que es un ventajista y poco cumplidor del espíritu olímpico. Incluso estuvo un poco desagradable con su entrenador (le pedía un poco de espacio con un gesto poco amistoso) mientras éste le daba una charla motivadora que se ha hecho viral, tras perder el primer set.

En la final entre Carolina Marín y la india Pusarla Sindhu reconozco que acabé decantándome por el “enemigo”. No sé si fueron las continuas paralizaciones del juego de Carolina (para cambiar el volante cada dos por tres, para secarse el sudor, para beber agua, para secar la pista…), que exasperaban a Pusarla, la cual se quejaba infructuosamente a la juez, sus gritos estentóreos de ánimo o el hecho de que la India no llevaba aún ninguna medalla, pero algo en la estética y en la ética de la india me llevaron a olvidarme de la política y mi “conjunto social”.

En resumen, el deporte (como la vida) necesita cada vez más de ética y de estética y menos de política, aunque en España vamos por el buen camino pues nos encaminamos a nuestro primer año sin gobierno oficial. Y aun así baja el paro, sube el PIB y ganamos más medallas que nunca (a excepción de aquel 92 de grato recuerdo, personal en este caso que no nacional, me refiero).

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Acerca de José A. Moreno

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