CREMATORIO: Chirbes y la Novela sobre el Todo

chirbes2--644x362Cuando hace algún tiempo mi amigo Joan me dio a conocer la existencia de la novela “Crematorio” de Rafael Chirbes insistió en que cuando la leyera disfrutaría al reconocer en ella a tantos personajes que han pululado por nuestras vidas. Creí, influido por la serie que sobre ella se rodó en 2011, que se refería a personajes de la política nacional o de la sociedad civil, como se dice ahora. Ahora, una vez concluida su impactante lectura, he averiguado que no hablaba sólo de personajes de la vida política o civil, sino de TODOS los personajes, los que pueblan nuestro día a día, incluso nosotros mismos.

Me ha ocurrido con “Crematorio” algo parecido a lo que nos ocurre a todos en alguna ocasión cuando nos presentan a alguien. La primera impresión no es del todo buena. Nos han hablado bien de esa persona, de sus enormes virtudes, de sus atractivos y de la necesidad que tenemos de contarlas entre nuestros amigos, pero cuando nos la presentan nos parece un tanto pretenciosa, complicada y hasta petulante. Pero un día en soledad con ella, dejando que su conversación nos embauque, que su mundo se nos haga presente para enamorarnos de ella, pensamos que no queremos separarnos nunca de ella. Eso me ha pasado con “Crematorio”. Además, determinadas circunstancias personales, y que tienen unas referencias emocionales, han convertido a esta novela en algo que me acompañará mientras viva.

Cuando Joan me prestó “Crematorio” confieso que comencé su lectura algo mediatizado por la existencia de una serie que no había visto y que, a pesar de sus excelentes críticas, me daba la impresión de que podía ser otro bluff creado por los medios de comunicación que han convertido a las series en una referencia casi vital. De ello escribí aquí no hace mucho. No vi la serie en su momento, pero mis prejuicios sobre ella influyeron en que llegara a “Crematorio” algo quemado. Me adentré, pues, en su lectura, pero no pude pasar de la página 30, lo confieso. Varias circunstancias influyeron en ello además de la ya descrita sobre la serie. La principal, su densidad. Es una novela para cogerla cuando te sobra el tiempo y puedes dedicarle más de una hora de lectura seguida, cuando puedes centrar tu mente sólo en lo que estás leyendo, cuando, en fin, te quedas a solas con ella. Ya os decía, como cuando os presentan a una persona que, sin saberlo, será fundamental en tu vida.

Y pasó el tiempo. Pensé que “Crematorio” no era para mí. Que era una novela difícil o que quizá en otro momento, con más tiempo, me apeteciera adentrarme en ella. Entonces apareció Berta y todo cambió. Esta otra amiga sí había leído la novela en un club de lectura en el que disfruta de su jubilación y nos sugirió que viéramos la serie. Así lo hicimos (por cierto, convirtiéndose por circunstancias emocionalmente impactantes en algo inolvidable). No es intelectualmente muy profundo lo que os voy a confesar, pero es la realidad que me ha permitido adentrarme en “Crematorio” y disfrutar (¿no existe otro verbo para indicar con más fuerza un sentimiento de placer?) como no lo hacía hace tiempo con una novela. La serie me ha permitido tener una referencia de los personajes y de la trama que se hace difícil de seguir, por lo que contaré más adelante de esta magnífica novela. Es lo que os aconsejo si, como yo, os cuesta adentraros en novelas tan densas y de factura poco lineal. No es, en este caso, un sacrilegio ni os perjudicará con ningún spolier, como dice la juventud actualmente, pues en la novela no es importante la trama, realmente no la tiene, sino su contenido, que es inmenso.

La serie y la novela no tienen mucho que ver, debo advertir para los que tras leer estas líneas se adentren en una o la otra. Lo dijo el propio autor, Rafael Chirbes, cuando se estrenó la serie, con estas palabras que yo entonces no comprendí, pero ahora se han llenado de significado: “la serie, sí, bueno, pues es otra cosa… Han cogido la novela y han hecho su lectura, esto… Es que Crematorio, la novela, huye de la trama, huye de lo policiaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico”. El secreto está cuando dice que la novela “se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje”. Ese es el fundamento de la novela. Si la serie se muestra como una visión de la corrupción en la costa mediterránea, bien descrita y bien facturada, la novela es… LA NOVELA DEL TODO, parafraseando el título de la película sobre la vida de Stephen Hawking.

Muchas cosas en la serie son muy diferentes a la novela. Muchos personajes de una no aparecen en la otra, muchas situaciones son bien distintas y, sobre todo, el tempo es totalmente diferente. La serie se desarrolla a lo largo de un tiempo más o menos largo, unas semanas, quizá meses, con incursiones en el pasado remoto, mientras la novela se desarrolla casi en un instante: cómo vive cada personaje la muerte de Matías, el hermano de Rubén, el constructor/destructor de Misent, ese pueblo que no existe, pero es todos ellos, en la costa mediterránea. Ni siquiera el título, siendo el mismo (“Crematorio”), viene a significar lo mismo en la serie y en la novela. En la serie hace referencia al crematorio, uno de tantos pelotazos urbanísticos de Rubén, donde se esconden los restos de unos caballos portadores de droga de Sudamérica. En la novela el sentido de la palabra crematorio es bien distinto, pues es el que da sentido a la obra. Crematorio se refiere al lugar donde van a acabar llevando a Matías y donde, con él, se van a quemar no sólo sus restos sino las vidas de todos los personajes con él relacionados. Por ello cada capítulo de la novela, por llamarlos de alguna manera, está dedicado a la vida de diferentes personajes del universo de Misent, que no es sólo el trasunto de cualquier localidad mediterránea, sino del propio mundo. En cada capítulo dicho personaje, relacionado con el resto a través de Matías, quema su pasado contándonoslo, a través del lenguaje, como decía Chirbes en aquellas declaraciones. Es la novela, por tanto, ese sillón del psiquiatra en el que algunos desnudan su vida, es ese momento, sentados en una fría sala de tanatorio o crematorio en la que recordamos nuestras vidas, las del difunto con nosotros, pero, en realidad lo que queremos hacer es “quemar” nuestro pasado, incinerar nuestras miserias personales. Verbalizarlas, porque el lenguaje es liberador. Como cuando le contamos a nuestra amiga más íntima nuestras miserias cotidianas, personales, emocionales o triviales.

Verdaderamente impresionante es la precisión con que lo hace Chirbes. Leer esos inmensos párrafos es un placer absolutamente indescriptible. Abrir el libro, afrontarlo en soledad, envolverte en sus palabras es como enfrentarte a tu propia vida. ¡Bien decía Joan, ahora te comprendo, que en la novela reconocería muchos personajes que me rodeaban! De lo que no me había advertido es que yo también me reconocería entre ellos. Allí estaba yo cuando Chirbes cita a Larry, el personaje principal de “El filo de la navaja”, la novela de Somerset Maugham, que yo creía que pocos conocían, o la referencia a “El lobo estepario”, esa obra que a todos nos marcó cuando la leímos con quince años. Dice Chirbes que sus protagonistas eran seres a los que todos queríamos imitar en nuestra adolescencia para luego quedarnos en esto que ahora somos. ¡Touché!

La frase que para mí mejor describe la obra “Crematorio” es que es LA NOVELA DEL TODO. Con un lenguaje técnicamente perfecto por cómo te permite seguir la descripción de los pensamientos y las situaciones y como es capaz de poner en palabras lo que otros más torpes no somos capaces, pero tenemos dentro de nosotros. Cuántas veces no hemos dicho “si yo lo sé, pero no sé decirlo”. Pues Chirbes lo sabe hacer en “Crematorio”. Puedes abrir una página al azar y allí encontrarás la plasmación en palabras de un pensamiento contemporáneo. Dicho de otra forma, allí se “quema” una idea de tu propia vida. Lo acabo de hacer. Página 276, dice Chirbes, “lo que vale no es lo que se produce, sino el gesto, la escenografía”. Se refiere al cultivo de vides y olivos que hace Matías, pero podría referirse a cualquier cosa de nuestro mundo actual: lo importante no es lo que hacemos, sino el entorno en el que lo hacemos, para quién lo hacemos, las palabras de admiración que nos reporta.

¡Cuántas imágenes! Como eleva a categoría de literatura (¡qué frase más pretenciosa!, pero es que yo también soy un personaje a quemar en el crematorio del mundo actual) ideas que muchos hemos tenido en la cabeza mucho tiempo. La descripción de ese albañil, en el fondo amargado por reconocerse como un fracasado, que se transforma en un constructor de poca monta, pero tiburón del ladrillo. Ese idealista Matías, transformado en revolucionario que quería utilizar la violencia como método de conquista del poder por parte del proletariado: “sacar a la luz la violencia que se esconde detrás de las buenas maneras”, “convertir en explícito lo que está escondido”. Pero al paso de los años, dócilmente amaestrado en las filas del PSOE (Chirbes no escribe nunca las siglas, pero no es necesario), transformarse en captador de izquierdistas desencantados y cansados de tanto luchar sin obtener reconocimiento ni gloria: “los convertía en los reyes del asador, en los publicistas de la Ribera del Duero; en los emperadores de la alta cocina, el restaurante con sumiller y con estrella Michellín”. Pero en el fondo, “todo eran estrategias del yo”. Impresionante, como se puede describir de forma tan bellamente precisa, con imágenes tan cercanas, a tantos fulanos con los que nos hemos tropezado a cada paso.

Cada personaje es un arquetipo de esta sociedad postmoderna, postransición, postfacebook, postWhatsApp: la restauradora experta en arte que no pierde ocasión para deleitarnos con sus conocimientos de arte, el crítico literario que conoce los entresijos de las obras que nosotros nunca seremos capaces ni por asomo de dilucidar, el constructor trepa que se enamora de la putita rusa, la niña de papá a la que le cuesta acabar con el graduado, la abuela que ha controlado la familia durante décadas… y tantos y tantos otros. Un universo que es nuestro mundo cotidiano.

Y también la política. Quizá sea Chirbes el autor que más certeramente ha descrito las miserias de nuestra sociedad postransición. No es frecuente que entre nuestros literatos se convierta la Transición y sus efectos colaterales en centro de la trama. Pero Chirbes lleva el asunto a  cotas que sólo he visto en los autores de la denominada “nueva novela americana” por como describen las miserias de la sociedad americana. No únicamente la alta política, sino su cotidianeidad. Los efectos, en eso que ahora se llama la sociedad civil, del devenir político, que todos contribuimos a forjar, no lo olvidemos. Tiene la novela reflexiones de una amargura tremendamente real. La alta política casi no tiene presencia, aunque algún giño nos ofrece. Al principio de la novela, habla de “el conseller de territorio (tan listo, un lince: orígenes comunes, de joven militó en la extrema izquierda con Matías” y no hace falta ser muy perspicaz para reconocer en dicha referencia al señor Blasco, ahora en prisión. Pero es la política, con minúscula, en su acepción más puramente etimológica (πολιτική, politikḗ, “de, para o relativo a la ciudadanía”), la protagonista del “Crematorio”. Esa que nos ha llevado a muchos a una situación de total desencanto. Dice Chirbes. “creo que lo peor que te pasó fue descubrir que la democracia acaba con la política… Pasarte veinte, treinta años, luchando contra el franquismo, exigiendo que llegara la democracia, y descubrir que la democracia era la forma más perfecta de exterminio de la política”.

Hay infinidad de párrafos con los que te puedes identificar en “Crematorio”, no en vano ya la he calificado de NOVELA TOTAL, para poder incinerar tu propio yo. Lo dice el propio Chirbes, que sabe que durante la lectura de la novela nos estaremos identificando con alguno de sus personajes y situaciones: “vosotros leéis los libros, os miráis en ellos, os reconocéis, os creéis reconoceros, y decís, yo soy éste, yo soy aquel o el de más allá”. Yo lo he hecho en innumerables ocasiones como me vaticinaba Joan cuando me animó a su lectura, pero en ninguno como en éste que os dejo para finalizar:

“Puedes librarte de todo cuando ya lo llevas dentro. Te falla la religión, el más allá, la eternidad y todas esas monsergas, y entonces te queda la política, que es la búsqueda de la felicidad aquí, el bien común, el banquete universal; y cuando la política también se te viene abajo, y tienes la impresión de que te has quedado sin nada, cuando alcanzas ese nihilismo, es cuando te das cuenta de que por primera vez estás pisando el suelo; empiezas a apreciar la verdad de las cosas, extraes fuerzas de esa nada, porque es una nada productiva, eres tú contigo mismo, te quedas tú sólo, con los restos de todo lo que quemaste en la vida; con la ceniza que el cura te pone en la frente al empezar la cuaresma. Te queda saber que eres sólo parte de la naturaleza, y entonces deseas confundirte con la naturaleza, volver a eso que antes se llamaba la madre tierra, identificarte con el polvo, saber que en el polvo se guardan vidas anteriores”.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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