EL MUNDO DE LAS SERIES: Un mundo sobrevalorado

Series-TV-Prometo que lo he intentado. He intentado ponerme al día con el tema de las series, pues muchos de mis conocidos, aunque sólo sea por Facebook, no paran de insistir en la importancia de las series en el panorama cultural actual. Pero no he podido. Creo que al final me va a pasar como en el mundo real, que no paso de cuatro amigos (a lo mejor me he pasado) y algunos conocidos más. Creo que al final seguiré viendo hasta el final de mis días las cuatro series de toda la vida, con alguna incorporación que caiga, quizá sin quererlo (como con los amigos). Y no saldré de Retorno a Brideshead, Arriba y abajo, Frazier, Yo Claudio, Alf, Aquellos maravillosos años, Cheers, Colombo…, o recientes incorporaciones como Borgen, The Newsroom, Gomorra, 1992 o 1864.

Este verano, aprovechando el solaz estival y la falta de ganas para emprender proyectos de mayor enjundia, me decidí a visionar algunas de esas series de las que todo el mundo habla y que uno no puede perderse a fuer de convertirse en un marginado social, especialmente en las tertulias veraniegas de terraza. Por lo que veo, esto de las series se ha convertido en tendencia, que se dice ahora. No sólo los frikies se vuelven locos con ellas, sino que ha pasado a formar parte de la cultura más seria. El diario digital progre eldiario.es dedicó uno de sus especiales en papel al mundo de las series, la Universidad de Valencia ya desarrolló en 2012 en la sede la Universidad Internacional Menéndez Pelayo un curso sobre series de televisión y cada vez se publican nuevos libros sobre la influencia de las series en nuestra vida, como Nueva York en serie de Aloña Fernández Larrechi.

Me costó decidirme. Repasé una de mis páginas de referencia por la fiabilidad de sus recomendaciones, teniendo en cuenta mis gustos. Tampoco era cuestión de ponerse hipermoderno y revisar la lista infinita que Aloña Fernández Larrechi  presentó en el programa de radio de internet Carne Cruda. Tampoco en plan adolescente y salvaje con Juego de Tronos. Comencé por la mejor valorada en filmaffinity, The Wire, e intenté ver el primer capítulo, pero motivos personales que no vienen al caso, relacionados con ese ambiente tétrico de los barrios bajos de Baltimore, y el hecho de que tenía que ver sesenta capítulos, me echaron para atrás. Pensé, una vez comenzado el verano, en alguna serie política. Me habían hablado maravillas de El ala oeste de la Casa Blanca y de House of Cards. Como me había encantado The Newsroom y como El ala oeste… también era idea de Aaron Sorkin, decidí comenzar por ésta. Me vi el primer capítulo. Aunque su estética era un pelín antigua, noventera, no comenzaba mal. Tengo que decir que el hecho de que se centre en la política americana no fue lo que me defraudó. Lo que me impidió ver más de un capítulo fue ese tufillo un tanto infantiloide de la trama: el accidente de bicicleta del presidente, la puta de lujo que se acuesta con uno de los altos funcionarios de la Casa Blanca y la cuestión del ataque de la derecha religiosa a otro de ellos por una aparición televisiva poco políticamente correcta con los lobbies cristianos. Sé que esta última cuestión es una de las obsesiones de Sorkin, representante del sector más liberal del partido demócrata americano (lo que aquí en España vendría a ser casi un podemita), pues es uno de los ejes de The Newsroom, pero la resolución final del asunto es poco creíble. Queda muy impactante que uno de los representantes del lobby cristiano confunda el primer mandamiento, pero… que queréis que os diga, aunque me arrancó una sonrisa al ver la cara del personaje que había metido la pata, no me pareció verosímil. Sé que las series no son reflejo de la realidad, como no lo es ningún arte, pero todo tiene un límite. Y ese es el del ridículo. Y ésta es la palabra que define la aparición, al final de ese primer capítulo, de Martin Sheen, que encarna al ficticio presidente americano Josiah Bartlet. No seré yo quien no crea que los presidentes americanos, y alguno más cercano como nuestro Aznar, no pueden rozar (o caer de lleno) en el más completo de los ridículos, después de haber visto al presidente Bush, hijo. Pero la entrada en escena de Martin Sheen, casi como un superhéroe, me pareció patética. No vi más capítulos.

Pasé entonces a House of Cards. Tenía muy buenas críticas y, para mí, el atractivo de volver a ver a Kevin Spacey que tanto me había gustado en American Beauty. Su estética parecía mucho más moderna y tengo que decir que tiene una de las intro más hermosas estéticamente (por imágenes y música) que recuerdo.

He visto seis capítulos, pero no puedo seguir. No puedo, mira que lo he intentado, pero no puedo más. Me parece patética por diferentes cuestiones. Y ellas son las que me han llevado a escribir este comentario.

La trama no comenzó con mala pinta en los primeros tres episodios. Mezclaba la podredumbre de la política occidental actual con las vidas privadas de los personajes de una forma que enganchaba lo suficiente. Todo el elenco parecía maligno, como en la vida misma. Pero poco a poco fui descubriendo la trampa. Hay malos muy malos, que se merecen todo lo que les pase, y hay malos que deben acabar cayéndote  bien: Francis Underwood, el protagonista, y su mujer Claire (Robin Wright), una comprometida con la causa de la pobreza en África que es más mala que Ángela Channing (Falcon Crest). A pesar de su maldad aparente, todo les acaba saliendo bien y triunfan en su maldad. Aguanté la trampa hasta el tercer capítulo. En los siguientes se enreda en el asunto de la reforma educativa, con huelga de profesores incluida. No pude aguantar más. La escena en la que intentan los Underwood reventar la protesta ofreciéndoles a los huelguistas bandejas de canapés a la salida del hotel donde han reunido a un grupo de congresistas me pareció absolutamente ridícula. ¡Esos huelguistas radicales embaucados por unos emparedados de cacahuete! O los huelguistas americanos son más blandos que la mierda de pavo, que diría Joaquín Reyes, o se les fue la pinza a los guionistas al querer presentarnos la astucia de Francis Underwood. ¿Es que no tienen entre los huelguistas americanos a ningún Cañamero que coja los emparedados y se los meta a los Underwood en su linda boca? Si es que son unos blandos estos yanquis.

Mientras seguía viendo capítulos (he aguantado hasta el sexto) comprobaba cómo los personajes eran cada vez más arquetípicos, sin  medias tintas. O eran malos, malos, o malos pero colegas, o tontos tontos, vamos “pa siempre” que diría el Mota. La periodista Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista novata pero arribista que consigue sacar de sus casillas a su jefe (la llama “zorra”), después de que vaya a su bola en el tratamiento de las noticias, es otro ejemplo. Que se lie con Francis Underwood, pase, que su mujer lo sepa y no haga nada, pase, pero que la “nena” se convierta en fija en los asuntos de la Casa Blanca, pasa de castaño oscuro, que se decía en mi pueblo. La citada mujer de Francis, Claire, en los primeros capítulos no sabes muy bien de qué pie cojea: si es una pija que se cree lo de su compromiso en África, si es una arpía que se la pega también a su marido o una aprovechada de su situación. Poco a poco el personaje se va volviendo más estrafalario. Llega a su culmen en el episodio seis cuando visita al antiguo guardaespaldas de su marido, enfermo terminal de cáncer. En un momento en que ambos se encuentran solos, éste le confiesa que siempre le gustó y que adoraba verla cada día. El pobre se va a morir y le importa una mierda lo que piense la pija de la mujer de su exjefe. ¿Cómo reacciona Claire? Pues va y le mete la mano entre las sábanas al enfermo y le acaricia su pene. Naturalmente no se ve nada. Estamos en Estados Unidos y esto no es una serie española o una película de Vicente Aranda. Pero, ¿qué pretendían con la escena los guionistas? ¿Demostrarnos lo malvada que es Claire? ¿Poner un punto picante a la serie? No lo entiendo, me pareció ridículo. ¿Alguien se cree que una señora vestida de Chanel para visitar un enfermo terminal al que conoce sólo de su relación profesional va a acariciarle el pene en su lecho de muerte, aunque le haya confesado que la amaba en secreto? Patético, esa es la palabra.

El colmo llegó en cómo soluciona la serie el episodio de la huelga de profesores. Parecía que podía mejorar la serie pues a Francis Underwood lo cogen en un renuncio en un programa de televisión y parece que no es infalible. Pero nada, mentira cochina. Todo es una argucia para hacer picar al abogado que lleva los asuntos de los huelguistas, que muerde el anzuelo y acaba agrediendo a Francis cuando están a solas para cerrar el acuerdo sobre el fin de la huelga. La escena es espantosa, no por poco creíble, que también, sino por la impresión que nos deja de que Francis es malo, pero nos cae bien, porque consigue lo que quiere. Vamos lo que les gustaría muchas veces a muchos: darles de su propia medicina a sus enemigos. Pues si todo va a ser así, basta. Se acabó House of Cards. No aguanto a un tipo malvado que me tiene que caer bien porque siempre gana, no es mi estilo. Me recuerda a esos polis duros que a tiros y puñetazos resuelven los problemas de la gente y todos aplauden. No es mi estilo, lo siento.

Quizá es que tenga muy cercanas las series Borgen, Newsroom o Gomorra, donde los protagonistas no son ni buenos ni malos, a veces se equivocan, a veces aciertan, su vida no siempre es maravillosa, tienen debilidades, las cosas no siempre les salen bien. Nada que ver este Francis Underwood, malvado al que todo le sale bien y, por ello, se pretende que caiga  bien y nos identifiquemos con él, con los fracasos familiares y políticos (sobre todo en la tercera temporada) de Birgitte Nyborg en Borgen, la triste vida cotidiana de un supuesto triunfador como Will McAvoy en The Newsroom, la maldad sin paliativos del atractivo Ciro Di Marzio en Gomorra o la paulatina caída a los infiernos de Leonardo Notte en 1992, la serie que narra el escándalo de corrupción en Italia conocido como la “Tangentopoli”. Y sólo he citado series más o menos modernas.

Creo, por tanto, que la gran mayoría de estas series de éxito están sobrevaloradas. Creo que es una cuestión de “modernez”. Es muy “moderno” decir que eres fan de The Wire, House of Card  o cualquier otra serie, especialmente si es americana. Y es que el “pijerío socialista”, apoyado por el emporio Prisa hizo mucho mal. Me explico. Antes de mediados de los ochenta, lo “moderno” era que te gustaran las películas francesas, italianas de culto, suecas o, a lo sumo, las americanas para minorías, tipo Woody Allen. Con la llegada de Felipe González al poder y su troupe, sobre todo desde su transmutación en atlantistas, pasando del “OTAN NO, bases fuera” y “OTAN, de entrada NO” al famoso referéndum para quedarnos en la OTAN de 1986, todo cambió. Recuerdo los artículos de Juan Cruz en El País Semanal ensalzando el cine americano más mainstream y recuerdo como se les caía la baba con Terciopelo Azul (1986, ¡qué casualidad!) de David Lynch. Años más tarde, ya fue el súmmum con Twin Peaks, del propio Lynch. Se convirtió en un fenómeno de masas, masas “hipermodernas”, claro. Vi alguno de los primeros capítulos. Me pareció pasable, pero no para convertirla en objeto de culto. Por cierto, Lynch ha amenazado con estrenar una nueva temporada en 2017. Con Perdidos la cosa ya se salió de madre. Recuerdo a algunos amigos que no sólo no se perdían un capítulo sino que tenían que verlo en su original inglés, pues se emitía al mismo tiempo que en Estados Unidos y no querían que nadie les hiciera spoiler en el trabajo. Con la emisión del último episodio la cosa ya se puso en plan histeria total. Alguien me contó que se preparó como si de una celebración se tratara. Diría una misa, si no fuera por el agnosticismo imperante entre este grupo de “hipermodernos”. Luego me contaron que les decepcionó un poco. Bueno, es lo que tiene cuando te esperas que el sacerdote haga un milagro y le sale un churro de consagración, como se diría en Amanece que no es poco.

A lo mejor es que con esto de las series pasa como en la vida misma. Llega un momento en que ya no estás para ir haciendo amistades a cada momento. Ya no eres uno de esos adolescentes que en una fiesta conocen a alguien y se convierten en amigos tan íntimos que parece hubieran nacido siameses. Cambian su foto de perfil de whatsapp y Facebook para colocar una en que estén ambos, están todo el día enviándose mensajes, se apuntan a las mismas fiestas, cambian sus gustos musicales o cinematográficos para caer bien al nuevo amigo de turno. Eres de quedarte con lo que tienes, cuatro amigos a los que das la paliza de tanto en tanto con tus problemas, con los únicos que sales a tomar algo (de uvas a peras, no os creáis) y con los únicos que te mensajeas, tampoco a cada momento, no os penséis.

Así que nada, intento fallido. Creo que casi mejor me conviene dejar El Plus y volver a RTVE que parece que van a reponer Curro Jiménez. Eso o dedicar el verano a intentar ver películas que hacía tiempo quería ver o si la cosa se pone mala volver a ver Retorno a Brideshead, que también tiene una música especialmente bella en su intro:

 

 

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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3 respuestas a EL MUNDO DE LAS SERIES: Un mundo sobrevalorado

  1. Pablo dijo:

    Estoy muy de acuerdo con casi todo lo que has comentado sobre el mundo de las series, a pesar de que yo soy de esas personas que sigue varias al mismo tiempo. Soy capaz de ver que no merece la pena ver la mayor parte de ellas, ahora bien, hay una que considero verdaderamente valiosa y que siempre recomiendo ver (o intentarlo), y es Six Feet Under (A dos metros bajo tierra). Es una verdadera obra de arte, aunque comenzó a emitirse en el año 2001, si no recuerdo mal, por lo tanto no entra dentro de esta “New Wave” que estamos viviendo ahora.

    Por cierto, he encontrado este blog a través de la entrada en la que habláis de La Gran Belleza, y a pesar de que me falten bastantes años para cumplir los 50, esa película me gustó muchísimo también. Quizás debería de empezar a preocuparme…

    • Intentaré hacer una incursión en Six Feet Under, de la que había oído hablar. Y no te preocupes si te gustó La Gran Belleza y aún estás lejos de los cincuenta. Eso que llevas adelantado. Por cierto, recomendación por recomendación, del mismo actor, el gran Toni Servillo, pero en otro registro, te recomiendo Viva la Libertad, muy necesaria en estos tiempos.

  2. Pingback: CREMATORIO: Chirbes y la Novela sobre el Todo | Un club sin socios

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