KOBE BRYANT vs TIM DUNCAN: La vida como espectáculo o como discreción

IFWT_Kobe-Duncan-1El pasado día 11 de julio la NBA ha comunicado oficialmente que Tim Duncan, considerado el mejor ala-pívot de la historia se retira. Lo ha hecho una vez concluida la temporada, sin ni siquiera una rueda de prensa. Ha sido su empresa, la NBA, la que ha anunciado que ya no seguirá con ellos. Desde ese momento, los medios de comunicación y las redes sociales se han hecho eco de la noticia destacando la forma en que ha ocurrido su retirada: discretamente, sin ninguna espectacularidad. El adiós de un hombre tranquilo ha titulado algún periodista, acertadamente.

En cuanto me enteré de la noticia, me vino a la memoria la retirada de otro mito de la NBA, Kobe Bryant. Desde que anunció su retirada cada partido suyo era puro espectáculo y culto a la personalidad de Kobe. Ya no era un simple partido de baloncesto, era como la llegada del circo a la ciudad. Las entradas se disparaban en precio, los estadios, incluso alguno que hacía años no colgaba el cartel de “No tickets”, se llenaban de espectadores que querían ver por última vez al… hombre espectáculo, “el jugador de baloncesto que más tiros ha realizado en la historia”, “el jugador que más tiros ha fallado en la historia”. Pero daba igual, su vida deportiva o la extradeportiva, fue, y es, puro espectáculo. Frente a él, se ha retirado ese hombre tranquilo, nacido en una isla del Caribe, llamado Timothy Theodore Duncan, Tim Duncan, “Tim Siglo XXI” como le llamó el inolvidable Andrés Montes. Seguro que los no aficionados al baloncesto han oído hablar hasta la saciedad de Kobe Bryant y a la hora de su retirada lo han comentado con sus amigos de tertulia de café. Cuando ahora lo ha hecho Duncan, algunos se habrán extrañado de que los medios hablen de este excelso ala-pívot del que nunca habían oído hablar.

Ello me ha llevado a pensar en cómo estos dos personajesson un ejemplo de cómo de diferente vivimos la vida las personas. Quizá me pueda servir para una tutoría en mis clases del instituto para que mis alumnos más apocados no se traumen ante la falta de éxito con las chicas o los chicos, su poca notoriedad en el grupo, su poco reflejo en la vida social del centro. ¡Tiene que haber de todo! Y me viene ahora a la memoria una canción que me dio a conocer una lectora asidua de este blog, y gran amiga a pesar de ello, titulada “Aniversari” del grupo catalán Manel, que dice cosas como éstas: “Els llums s’han apagat, han tret el pastís, / aplaudien els pares, els tiets i els amics / tots alhora, agrupats en un únic crit, / “que demani un desig, que demani un desig”… I jo, en el fons, m’acabava el culet de la copa decidit / a trobar un raconet adequat per fer-me petit, petit. / Del tamany d’una mosca, del tamany d’un mosquit”. Y tengo algunas amigas y amigos a los que les gusta pasar así por la vida, haciéndose pequeños, buscando su rincón en el que ser felices, sin los focos de la popularidad, sin las luces del protagonismo. Me ha constado verles en un escenario para decir únicamente unas palabras, aunque merecieran el aplauso mucho más que los que, por nuestro cargo o por deseo de protagonismo otros, lo recibíamos. Ellos, ellas, saben quiénes son y por ello no aparecen aquí sus nombres, pues sería traicionar sus deseos de esconderse “entre un tap de suro i la paret” (“entre un tapón de corcho y la pared”) como dice la canción de Manel.

Qué nos lleva a vivir la vida de una manera u otra es un misterio que queda indescifrado a pesar de los intentos de psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas e incluso parapsicólogos. A veces intentamos dar racionalidad a algo que quizá no lo tenga. El psicólogo estadounidense Daniel Goleman, padre de la teoría de la inteligencia emocional, dice que muchas de nuestras emociones tienen una base física y que otras se deben al contacto con otras personas o al medio ambiente. Yo no sé qué me ha llevado hasta aquí, pero ya podréis haber descubierto que, entre Kobe Bryant y Tim Duncan, yo admiro más al segundo. Por su forma de vida y también como baloncestista.

La vida baloncestística, y la otra, de Kobe Bryant es la historia del exceso. No sólo ha sido excesivo ese espectáculo de su retirada, sino toda su vida profesional. Siempre le gustó romper récords, ser el primero, el que más… Ya desde su nacimiento, pues sus padres (él Joe también fue un jugador de renombre que acabó sus días jugando en Italia) eligieron el nombre de Kobe cuando descubrieron que era la ternera más cara del restaurante al que acudían muchas noches. El glamour se apoderó de su carrera desde el principio. Fue elegido en el número 13 del Draft de 1996 (sistema para elegir jugadores novatos en el cuál comienzan eligiendo los peores equipos del año anterior) por Charlotte Hornets, pero fue traspasado a Los Ángeles Lakers a cambio de Blade Divac, ya que el joven equipo de Carolina del Norte necesitaba jugadores más experimentados, pues Kobe sólo tenía diecisiete años. Esa es la razón por la cual ocupó un lugar tan bajo en el Draft, frente a otros cracks de este deporte que fueron números uno, dos o tres (Jordan, Magic Johnson, O’Neal o LeBron). Recaló, así, en un equipo hecho a su medida: una gran ciudad llena de estrellas, Los Ángeles, un estadio (Forum de Inglewood, primero, y Staples Center después) visitado cada noche de partido por artistas como el fijo Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Andy García o Denzel Washington, un equipo plagado de triunfos (en aquel año sólo los Celtics de Boston tenían más títulos que ellos). Además el estilo de juego era el que más se adaptaba a su forma de ser, entender el baloncesto, y la vida: el denominado “show time”, baloncesto rápido, poco defensivo, muchos tiros, juego en transición, puro espectáculo. Lo habían impuesto los Lakers de los ochenta (con aquel quinteto mítico compuesto por Magic Johnson, A.C. Green, Byron Scott, James Worthy y Kareen Abdul Jabbar). Disfrutad de las imágenes (y de la música):

Primero tuvo que comerse un tanto el orgullo de joven que no había ni pasado por la universidad, al no poder vestir el número 24 (el que más le gustaba) pues era propiedad de George McCloud, un veterano jugador que había llegado ese año al equipo, ni el 33 (el que llevaba en el instituto), pues estaba retirado desde que lo portara el mítico Abdul Jabbar. Decidió ponerse el ocho, pues era la suma de los dígitos del 143, que fue la camiseta que portó (en una excentricidad más, ya que nadie se ponía camisetas con tres dígitos) en el Adidas ABCD Camp, un torneo de verano para novatos. Pero enseguida comenzó a destacar y a convertirse en un coleccionista de récords.

En su primer año, 1996, se convirtió en el primer novato (rookie) en ganar el concurso de mates del All Star (una especie de fiesta que la NBA realiza a mitad de temporada) y en el jugador más joven en hacerlo, récord que aún conserva. En su segunda temporada logró el récord de ser el jugador más joven en jugar el All Star Game, con menos de veinte años. A partir de entonces sus éxitos individuales y colectivos fueron en aumento hasta convertirse en una superestrella de la Liga: cinco títulos de la NBA, dos veces máximo anotador, dieciocho veces All Star (cuatro veces mejor jugador del partido), una vez mejor jugador de la Liga (más cuatro máximo encestador), once veces en el mejor quinteto de la Liga. Posee treinta récords históricos de su equipo, los Lakers, y otros del conjunto de la Liga como ser el jugador más joven en llegar a los 30 000 puntos, el que más triples ha anotado en un partido (doce), el segundo con más puntos en un solo partido (81 en 2006 contra los Raptors de Toronto) y el tercero con más puntos anotados en su carrera (32.293).

Pero a pesar de todo ello, siempre se incidió en su carácter egoísta. Todos esos récords eran conseguidos tras completar partidos en que era el jugador sobre la pista que más lanzamientos realizaba. En muchos casos con porcentajes paupérrimos. Su porcentaje de tiros de tres puntos no supera el 33%, es decir fallaba dos de cada tres, pero ello no le impedía seguir intentándolo. En total, en su carrera realizó 26.200 lanzamientos de campo, es decir más de diecinueve por partido. Teniendo en cuenta que durante las tres primeras temporadas era sólo un jugador de rotación desde el banquillo, el Kobe estrella realizaba cada noche cerca de veinticinco lanzamientos. De hecho tiene otro récord histórico que siempre le recuerdan sus enemigos, ser el jugador de la NBA de todos los tiempos que más tiros ha fallado: 14.481.

Por todo ello, su relación con sus compañeros nunca fue, podemos decir, fluida. Especialmente con otra superestrella, Shaquille O’Neill, de los Lakers, son conocidos sus enfrentamientos dialécticos. En 2004 Shaquille abandonó el equipo y la desaparición de aquel tándem dejó al equipo muy mermado hasta la llegada de otro pívot, este más comedido en su ego y más inteligente como jugador, que siempre ha sabido cuál es su posición en la Liga: Pau Gasol. Allí nació una gran amistad, o eso dicen ellos, pues con Kobe nunca se sabe. De hecho Kobe le llama habitualmente “hermano” a Gasol, incluso en castellano (idioma que domina ya que su mujer es de origen mexicano), un apelativo que los afroamericanos sólo usan entre sus iguales.

Su vida no dejó de ser de lo más mediática, cobrando ingentes sumas publicitarias y convirtiendo su vida privada en otro espectáculo. Su matrimonio, casi en secreto, con la casi adolescente Vanessa Laine le costó un disgusto con sus padres que se aponían al matrimonio con una no afroamericana. Siempre estuvo bajo los focos de los mass media, lo cual le costó algún contratiempo que otro como en 2003 cuando fue acusado de agresión sexual por una empleada del hotel donde se encontraba alojado. El asunto se solventó con una fianza de 25.000 dólares y la petición pública de excusas, junto con la retirada de la acusación de la fiscalía.

Su retirada, anunciada en noviembre del año pasado, no podía dejar de estar a la altura de su enorme ego. Cada noche los pabellones se llenaban en cada ciudad donde recalaba el equipo para ver por última vez al ídolo, enemigo en otras ocasiones. Los insultos y silbidos se transformaban en palabras de apoyo y en aplausos. Incluso en marzo cuando visitó la cancha de los Phoenix Suns, su equipo más odiado (le habían derrotado en varias finales) y el lugar donde era menos querido en toda América. Los fanáticos del estado de Arizona se plegaron ante la despedida de Kobe. Imágenes para una buena (o mala, qué más da) biopic, sobre el jugador de los Lakers.

Y todo no podía acabar sino de la forma más espectacular. Como en los fuegos artificiales, lo mejor se guardaba para el final: la traca más sonora. Era el 13 de abril y jugaba en su cancha contra los Utah Jazz, otro equipo que le había derrotado en alguna final al principio de su carrera, su último partido. No era un partido normal (un perrito caliente se cobraba a 15 dólares y el parking costaba 60). Cualquier cosa por despedir al ídolo de masas de la urbe californiana. Los espectadores en la primera fila del pabellón recibieron como obsequio un muñeco con la figura de Bryant, una gorra con el eslogan del jugador y una pequeña réplica del helicóptero con el que se desplaza desde su residencia en Newport hasta el pabellón de los Lakers. El resto de asistentes se llevaron una camiseta con la palabra “Love”, bordada con el logo del jugador. Bryant también se llevó un regalo por parte de los Lakers: un anillo con cinco diamantes grandes (uno por cada uno de sus títulos) y 20 diamantes más pequeños (por cada una de sus temporadas en la Liga). Una hora antes del partido, sobre las 18:00, saltó al parqué para calentar y dar su visto bueno a la novedosa decoración de la cancha, con el número 8 y el 24 -los dorsales que ha llevado a lo largo de su carrera- grabados en ambos extremos de la pista. A continuación, apareció Magic Johnson y dijo: “Estamos aquí para celebrar la grandeza y la excelencia de Kobe Bryant durante 20 años. Es la mayor celebridad que ha dado esta ciudad en ese tiempo. No sólo es un icono increíble, sino que es el mejor jugador que ha vestido la camiseta púrpura y oro”. El Staples Center, literalmente, se venía abajo. También enviaron mensajes artistas como Snoop Dogg, Ice Cube, Kanye West, Kim Kardashian, John Legend, Justin Bieber, Taylor Swift, Justin Timberlake, Ashton Kutcher, Zac Efron y Jack Nicholson, además de leyendas de los Lakers como Jerry West, Karee Abdul-Jabbar y James Worthy. Llovía el confeti. Sonaba “The Best”, de Tina Turner. Era un final de película para una carrera espectacular.

El partido no fue menos espectacular, especialmente su final. Bryant lideró la victoria de los Lakers sobre Utah (101-96) y puso punto final a su carrera con una portentosa actuación. A falta del 3:20, los Lakers perdían por 10 (84-94) y fue entonces cuando emergió la figura de Kobe. El escolta anotó 15 puntos seguidos y acabó asistiendo para que Clarkson sellara el triunfo. Había conseguido un total de 60 puntos en el último partido de su carrera. Él solo. Únicamente hubiera faltado que la cancha se hubiera fundido a negro y hubieran salido las letras THE END.

Frente a esa despedida con confeti, fuegos artificiales y mucho glamour, Tim Duncan, considerado el mejor ala-pívot de la historia, el hombre que cambió el baloncesto en el siglo XXI, el jugador total (defensor, anotador, asistente, inteligente…), se retiró con una simple nota de prensa de la NBA. Sin partido de despedida, sin gira de despedida, sin homenajes de quienes le disfrutaron (le disfrutamos) tantos años.

El Ying y el Yang (Kobe y Tim). Es conocido que Tim no tenía que haber jugado al baloncesto, no como Kobe cuyo padre le puso una pelota naranja entre las manos antes que un sonajero, pues su primer deporte fue la natación, hasta que un huracán, Hugo, se llevó por delante la única piscina que había en las Islas Vírgenes Americanas el lugar tan poco mediático donde nació. Debía entrenarse entonces a mar abierto, pero tenía un temor atroz a los tiburones, como cualquiera, qué queréis que os diga. No jugó en un equipo hollywoodiense de una ciudad de estrellas sino en los Spurs de San Antonio, la populosa ciudad tejana que no conoce otro atractivo deportivo que su equipo de baloncesto. Sin estrellas en la cancha ni en las calles. Su mayor evento mediático es la fiesta de San Antonio, un festival de diez días celebrado cada abril para honrar la memoria de los héroes de la Batalla de El Álamo y la Batalla de San Jacinto.

Podríamos glosar los enormes éxitos individuales y colectivos de Tim (cinco anillos de campeón, los mismos que Kobe, dos premios al jugador más valioso de la NBA, tres veces elegido MVP de las Finales, diez apariciones en el mejor quinteto de la NBA y 14 apariciones en el All-Star Game de la NBA). Podríamos mencionar que ha sido uno de los pocos jugadores en cumplir los cuarenta años como titular de un equipo con aspiraciones. De hecho, si Tim Duncan hubiera lanzado tanto como Kobe Bryant le hubiera adelantado como tercer anotador en la historia de la NBA. Pero Tim, los Spurs, tenían otro concepto del juego y, quizá, de la vida. Nunca se dio golpes en el pecho tras una canasta, no se señalaba el nombre de la camiseta tras un mate, no miraba con desdén a los compañeros. Todo lo contrario, tras una canasta señalaba con el dedo al compañero que le había asistido el balón, palmeaba en el trasero al que había fallado estrepitosamente y ponía esa cara de hombre bonachón. Sus mates eran simples… ¡choff! dentro de la cesta, sin violencia. Su tiro escorado al tablero, indefendible. Su movimiento de pies hacia la canasta sólo superado por el Fred Astaire de las canchas, don Hakeem Olajuwon.

Tim Duncan siempre fue solidario con sus compañeros y sabía que el éxito del equipo no podía depender únicamente de él. Por ello, son conocidas las asociaciones que formó con sus compañeros. Primero fue con David Robinson, apodado el Almirante ya que había pasado por la Navy, después con el francés Parker y el argentino Ginobili. Y siempre con un mismo entrenador, Gregg Popovich. Éste experto en Estudios Soviéticos, que jugó para el equipo del ejército americano, de padre serbio y madre croata, ha dicho que él no hubiera logrado nada sin Tim Duncan a su lado. San Antonio Spurs se convirtió, quizá por sus orígenes familiares, por su conocimiento de Europa o por su personalidad en un equipo diferente: jugaban en equipo, a pesar de sus estrellas, buscaban jugadores poco conocidos para hacerlos crecer (Kawhi Leonard) y su entrenador no era partidario de todo el show de la NBA, con unas ruedas de prensa llenas de contestaciones lacónicas. En la temporada 2013-14, la de su último título, completó una plantilla que parecía una delegación de la ONU: contaba en su plantilla, además de Tim Duncan que oficialmente era medioamericano, con tres franceses (De Colo, Parker y Diaw), un argentino (Ginobili), un italiano (Belinelli), un brasileño (Splitter), un medio irlandés (Bonner) y un australiano (Mills).

Por todo ello, el viejo gruñón de Popovich se desmoronó en su despedida de Tim Duncan. Y lo hizo al estilo que Tim hubiera deseado: habló en una esquina de las instalaciones de entrenamiento de los Spurs en San Antonio, el lugar en donde habla con la prensa tras los entrenamientos. No hubo conferencia de prensa, no hubo nada organizado. Incluso para un evento que tendrá tanto impacto en el equipo, la liga y el deporte, los Spurs mantuvieron la ocasión lo más simple posible. Un día le preguntaron que eligiera un personaje histórico para salir a cenar y dijo que primero pensó en la Madre Teresa, Jesús, el Dalai Lama, William F. Buckley, Gore Vidal y al actor John Cleese, pero que “sinceramente les puedo decir que mi cena sería con Timmy”, dijo Popovich, “y sería con él porque es la persona más auténtica, consistente y sincera que he conocido en mi vida”.

Popovich ha expresado las mejores palabras que un deportista, y cualquier persona, puede escuchar: “Puedo reprenderlo en un juego y preguntarle porque no es más agresivo al ir por los rebotes y decirle eso enfrente de todo el mundo”, explicó Popovich. “Y de regreso a la cancha, me diría ‘Gracias por la motivación, Pop. Gracias por el apoyo, Pop’. Luego hará una mueca de desaprobación y ambos nos reiríamos. Es algo que no ven las demás personas. Pero si lo hacen sus compañeros de equipo, por eso lo aman”. Duncan pasará a la historia como uno de los mejores, y Popovich dijo que fue el mejor compañero que cualquier jugador de los Spurs pudo haber tenido. Dicen que el padre de Duncan cuando comenzó a estar a las órdenes de Popovich le dijo “lo haré responsable de que cuando acabe de jugar, sea la misma persona que es hoy en día”. Y lo han cumplido, ambos.

Y ahora disfrutad de las imágenes (y de la música de Sanders Bohlke), de su mirada como queriendo aprender en cada momento, de su gesto de abrazar el balón con fuerza, de su sonrisa un tanto infantil, de cómo escuchaba en los tiempos muertos, de sus giros hacía canasta (pensad cuando lo veáis que medía 2.11, más que la puerta de vuestra casa), de cómo cerraba los puños tras una canasta importante y de cómo abría los brazos tras un triunfo, parecía que intentando abrazar a todo el mundo. Y sobre todo de las miradas, los gestos y los abrazos con sus compañeros y, en especial, con Popovich.

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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