BREXIT: Sexo, historias y cintas de audio

descargaConsumada la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, me ha venido a la mente el título de aquella impactante película, ópera prima de Steven Soderbergh, titulada “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”. Creo que la presencia de Gran Bretaña en Europa ha sido un poco como reza el título del film, con alguna variación de mi cosecha. Ha habido mucho sexo, que no amor, entre Gran Bretaña y la Unión Europea, es decir una de esas relaciones en las que sólo te interesa el placer carnal, bien sea como una relación pasajera o bien previo pago de los emolumentos pertinentes. Ha habido muchas mentiras, muchas historias, viejas historias que provienen de lo más arcano de Europa, muchas de ellas basadas en puras mentiras. Y, al final, quizá lo único que los británicos han aportado al espíritu europeo han sido sus cintas de audio, su música.

En efecto, la relación de Gran Bretaña con el resto de Europa siempre ha sido puramente carnal. Nunca hubo amor. Les interesó sólo nuestro cuerpo en forma de sol y playas baratos, campos de golf verdes todo el año, inversiones inmobiliarias, empresas radicadas en la vieja Europa por sus precios más baratos en forma de mano de obra española, portuguesa, griega o de la actual Europa oriental. Y nosotros nos dejábamos engañar. Como esa persona (quiero evitar términos machistas) que sabe que sólo nos desea la otra por nuestro cuerpo, por esos ratos de solaz carnal. Como aquellas chachas que se tiraban los señoritos españoles en los años cincuenta y sesenta. No podían decir que no. No podíamos nosotros decir que no a las urbanizaciones de ingleses, a las fiestas de borrachos británicos, a los vuelos chárter llenos de fieles seguidores de equipos de fútbol que después nos dejaban las plazas hechas unos zorros, pero las arcas de los restaurantes, comercios y bares llenas. El que paga manda.

Pero no había amor. No nos querían. Venían a Europa como quien visita el pisito que le ha montado a su amante de fin de semana. Sexo, sólo sexo.

Y muchas mentiras. Es lo que tiene el sexo sin amor. Desde la Segunda Guerra Mundial, los británicos se dedicaron a mentirnos sobre la historia europea. Habían perdido o estaban en trances de perder ese inmenso imperio que había superado incluso al de su antiguo archienemigo Felipe II. Ahora eran un viejo estado que se llenaba de antiguos miembros de sus colonias (hindúes, pakistaníes, africanos varios, caribeños…) y tenían que recordarnos de alguna manera que ellos eran la esencia de la vieja Europa. Que gracias a su resistencia frente al nazismo, Europa se había salvado de la guadaña fascista. Sólo ellos habían resistido al avance nazi, como había dicho Churchill, no sin “sangre, sudor y lágrimas”. Allí habían refugiado al general De Gaulle, que había podido, gracias a ellos, preparar la resistencia francesa frente al gobierno colaboracionista de Vichy. Que años antes abandonaran a la República española frente al fascismo de Franco, con su famosa política de No Intervención, era algo que la mayoría de los británicos (excepción hecha de algún rojo del estilo de Ken Loach – Tierra y Libertad-) preferían olvidar. Que un día el presidente Chamberlain bajara del avión procedente de Munich y leyera el documento que acababa de firmar junto a Hitler, haciendo un enorme ridículo, era un error de cálculo. Éstas fueron sus palabras:  “Esta mañana he tenido otra charla con el canciller alemán, el señor Hitler, y aquí está el documento, que porta su nombre y el mío: ‘Consideramos el acuerdo firmado anoche y el acuerdo naval anglo-germánico como un símbolo del deseo de nuestros pueblos de no volver a entrar en guerra entre ellos’”. Justo once meses más tarde Alemania invadía Polonia, Gran Bretaña declaraba la guerra a Alemania y Chamberlain debió utilizar aquel papel esa mañana para limpiar  los efectos de la diarrea que le debió provocar la noticia.

Gran Bretaña contribuyó como no lo había hecho nunca hasta entonces a la salvación de Europa. Pero al acabar la guerra tenían suficientes problemas internos, su propia reconstrucción y las grietas del imperio, especialmente en la India y en Oriente Próximo (Palestina y la cuestión judía) como para seguir implicándose en la Europa continental. El propio Churchill, que había liderado la resistencia antinazi, fue derrotado en las elecciones de julio de 1945 (sólo dos meses después de la rendición alemana) a manos del laborista Attlee. Antes de su derrota, Churchill ya había anunciado su deseo de la formación de una Europa unida para evitar una nueva guerra, pero sin la participación de Gran Bretaña que debía mejorar sus relaciones con Estados Unidos, a su juicio.

En el proceso de formación de lo que conocemos hoy como Unión Europea es donde se sitúa el principal mal de ésta y una de las razones, a mi juicio, de la escasa integración europea, especialmente a nivel ciudadano, que es lo que ha provocado el Brexit y sus coletazos consiguientes con numerosos países apuntándose también a la salida.

La integración europea se inició en 1951 con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, formada por Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y Alemania Occidental. El principal objetivo de esta institución no era la integración europea, como se nos ha querido vender con posterioridad, sino regular el aprovechamiento de los recursos mineros y energéticos de la cuenca del Ruhr y el Sarre, territorios alemanes en aquellos momentos ocupados por las potencias aliadas tras la Segunda Guerra Mundial. La Francia de De Gaulle presionaba sobre la recién creada Alemania Occidental para explotar dichos recursos como compensación por los desastres de la guerra. De hecho, el Sarre había pasado de ocupación francesa a convertirse en un estado soberano, bajo administración francesa, desde 1947. Incluso llegó a tener moneda propia y selección de fútbol, la cual se enfrentó a la propia Alemania Occidental en 1953 en el marco de la clasificación para el Mundial de Suiza. Curiosamente, el Futball Club Saarbrücken jugaba en aquella época la liga francesa en su segunda división, la cual ganó en la temporada 1948-49, pero se le prohibió el ascenso, lo cual provocó su abandono de la competición.

Alemania Occidental y Francia se pusieron de acuerdo para crear ese estado ficticio (el Sarre) bajo control económico francés, pero integrado en una futura Unión Europea, cuya capital estaría precisamente en Saarbrücken. Pero hubo un problema. Se les ocurrió que ello debía ser ratificado por la población del Sarre. Y ya lo sabemos, Pedro Sánchez lo manifestó el viernes pasado en la SER, los referéndums los carga el diablo. El parlamento del Sarre aprobó la creación de este estatuto especial para el territorio, pero expresó en sesión del 1 de octubre de 1953 que era necesaria una consulta popular. Todos los partidos alemanes y franceses eran partidarios de dicho estatuto para el Sarre, que parecía podía derivar en su futura independencia, aunque la población era prácticamente en su totalidad de origen alemán. A pesar de que incluso Adenauer (padre de la República Federal Alemana) patrocinaba el sí al estatuto, un 67,7% votaron por el no. ¿Y ahora qué se hacía? Ni franceses ni alemanes habían previsto qué hacer en caso de victoria del no, ya que estaban seguros de que el pueblo ratificaría el acuerdo de crear un estado ficticio semi-independiente. Como por Centroeuropa son gente seria, al día siguiente el ministro-presidente del Sarre dimitió, el parlamento nombró un gobierno de técnicos y se autodisolvió. En junio de 1956 se acordó la integración del Sarre en la República Federal Alemana.

Aunque nos hemos apartado un tanto de la historia de amor-odio entre Gran Bretaña y Europa, era interesante conocer como el proceso de integración europea se realizó con intereses puramente económicos y a espaldas de la ciudadanía. Cuando en 1957 se firma el Tratado de Roma, entre los mismos seis países que habían formado la CECA, a Gran Bretaña no se le invitó. Gran Bretaña no tenía mucho interés por un tratado económico, pues entonces estaba más interesada en consolidar sus acuerdos económicos con Estados Unidos y en crear nuevos lazos con los estados de la Commonwealth, que estaban aumentando a tenor del desarrollo del proceso de independencia de sus antiguas colonias. Pero tampoco Francia estaba por la labor, especialmente su presidente, el cuasi nuevo emperador De Gaulle, que consideraba que la recién creada Comunidad Económica Europea debía servir para aumentar el poder económico francés, especialmente en aquellos momentos de debilidad alemana. Varias veces se negó De Gaulle a iniciar conversaciones con Gran Bretaña para la integración, por lo que ésta creó su propio club económico en Europa, la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), que integraba también a  Austria, Dinamarca, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza. No fue hasta la dimisión de De Gaulle en 1969 cuando se inicien conversaciones para la integración de Gran Bretaña en la entonces llamada Comunidad Económica Europea, la cual se produjo en 1973 junto con Irlanda y Dinamarca. También debió haber entrado Noruega, pero un referéndum (¡otra vez la maldita palabra!) lo impidió, pues el 53,5% votaron en contra de la adhesión.

No es ningún secreto que Gran Bretaña siempre se sintió incómoda con su presencia en lo que más tarde fue la Unión Europea, especialmente desde que Margaret Thatcher entró en el gobierno y se dedicó a jugar con el denominado “euroescepticismo”. Mientras hablaba de una Gran Bretaña soberana al margen de las instituciones de la Unión Europea, se negaba a apoyar a los primeros grupos que patrocinaban la salida, los antecedentes del Brexit. De hecho, fue su empeño personal en 1990, en contra de la opinión de su viceprimer ministro Geoffrey Howe, que dimitió inmediatamente, el que impidió que Gran Bretaña iniciara un proceso de integración monetaria que dio lugar a la creación del euro. Había jugado durante toda su presidencia con ese sentimiento tan británico, tan conservador en realidad, de la soberanía nacional frente a la integración europea. Le otorgaba muchos votos apelar a dicho sentimiento, aunque había sido ella en 1975 una firme partidaria en su partido por la no salida de la Comunidad Económica Europea cuando se planteó el primer referéndum en Gran Bretaña para la salida de la CEE. Sólo dos años después de entrar. Siempre me ha recordado Tatcher en sus discursos al que protagoniza Cate Blanchett en “Elizabeth: la edad de oro” cuando arenga a sus tropas ante la llegada de la Armada Invencible española.

Y es que a los políticos les encanta jugar con los sentimientos de los ciudadanos. Esos sentimientos primarios a los que se apelan para lograr su favor, pero que después olvidan. No hablo de las promesas electorales incumplidas, hablo de hurgar en las vísceras de la población. En el caso que nos ocupa, no olvidemos que la victoria de Cameron en las elecciones de 2015 se debió, en parte, a su promesa de un referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea. Ese anuncio hizo dar un vuelco a las encuestas que vaticinaban su derrota. Tenía en mente que logrado el triunfo podría convencer al electorado para quedarse en la Unión Europea. Pero ya sabemos lo que ha pasado. El precio de su poder, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, una cascada de contagio (Francia, Holanda, Austria…) y su propio cargo.

Esa apelación a sentimientos viscerales, pongamos por caso en España el anticatalanismo, es tremendamente peligrosa y debería entrar en la categoría de esa palabra que tan de moda ha puesto la derecha española: el populismo. Parece que populistas son únicamente los que apelan a que el pueblo elija libremente su destino, pero también lo son aquellos que se dedican a amenazar al pueblo con la pérdida de sus pensiones, el rompimiento de España, la confiscación de sus bienes, el apocalipsis, vamos. Sobre todo cuando nadie ha hecho más por el deterioro de las pensiones, el rompimiento de España, la incautación de bienes (vía ejecución de hipotecas) que las políticas capitalistas aplicadas por la derecha en este país. Pero Carlos Herrera, paladín del antipopulismo en la radio española, no considera esto populismo. No considera tampoco populismo sus escritos en ABC. Pero Carlos, en serio, ¿qué es populismo? ¿y tú me lo preguntas? Populismo eres tú.

Porque seamos sinceros. Aquí, en España también hay euroescépticos. Y no son los podemitas como se apresuró a decir en la COPE el día que se conoció el resultado del Brexit, sino la derecha española, desde Vox a Ciudadanos. Para ellos sigue en vigor aquel eslogan franquista de “España, una, grande y libre”. Y Europa no es sino un conjunto de burócratas que nos persiguen, nos multan, no nos dejan continuar con nuestras tropelías económicas y que nos visitan para beberse nuestra cerveza y ensuciar nuestras calles con sus vómitos. Porque, realmente, el turista nos cae mal. Nos paga, pero nos cae mal. Y si no lo creéis, visitad un mercado, como hice yo el día del Brexit, y poned oído a lo que comenta el personal. Es por ello, que, a veces, a esa derecha española euroescéptica de puertas para adentro se le escapa un sentimiento tan español como es el anti: antibritánico, antiamericano, antifrancés, antialemán… El último artículo de Carlos Herrera en ABC antes del Brexit (17 de junio), dedicado a la visita de Cameron al Peñón antes del referéndum, acababa con estas palabras: “Nadie en su sano juicio desea una salida británica de la Unión, que tanto perjudicaría a propios y extraños, pero reconozcamos que algún efecto colateral como consecuencia de ese paso sería suficiente para exclamar lo que decía el profesor Sosa Wagner hace un par de días: ¿salida de la Gran Bretaña de Europa? ¡No caerá esa breva!”. Recordemos que Sosa Wagner es un político español de largo recorrido, tipical spanish: se inició en el Partido Socialista Popular en 1976, pasó al PSOE y más tarde a UPyD, partido del cual se desvinculó en 2014 para formar parte actualmente de la comisión de expertos de Ciudadanos.

Y es que ese es el gran problema de la democracia occidental que encarna la llamada Unión Europea. Haber creado un divorcio entre ciudadanía y política. La mayoría de decisiones de los políticos europeos se han creado al margen de la opinión de sus ciudadanos, lo cual ha sido aprovechado por aquellos para crear mensajes viscerales que calan en determinadas capas sociales y les otorgan un puñado de votos. Resulta absolutamente paradójico que el granero de votos de la ultraderecha europea en auge se sitúe entre los trabajadores manuales y los parados. Pero debemos entenderlo como normal si desde la década de los setenta se ha producido un proceso de desideologización de dichas capas sociales a través de su acceso a la cultura popular más vacua (acontecimientos deportivos, especialmente el fútbol, televisión basura, redes sociales alienantes). Hablarles de los peligros de la emigración, de la pérdida de soberanía frente a la Unión Europea o de las maldades de los catalanes es entonces bien sencillo. A eso no se le llama populismo, pero, decidme ¿qué es?

Y se ha interiorizado tanto ese divorcio que no es extraño que al candidato del PSOE Pedro Sánchez se le escapara el día del Brexit en la SER que “ya hemos visto lo que pasa con los referéndums, los problemas los tenemos que arreglar los políticos”. Os juro que no podía creer lo que oía. Tuve que parar el coche y anotar la frase para no olvidarla. Pero no es culpa del pobre Pedro Sánchez, tampoco da para mucho más, pues es lo que piensan la mayoría de políticos, que han propiciado ese divorcio con la ciudadanía.

Es por ello, que en la integración europea se debió primero contar con los ciudadanos y después con las empresas y los políticos. Mi hija, que tiene más amigos en Facebook europeos que españoles, entiende bien el asunto. Sus relaciones con los europeos y europeas se mueven en el terreno de la cordialidad, entendiendo que son miembros de una comunidad en la que les unen más cosas que les separan. Les une la preocupación por su futuro laboral, por la podredumbre de la política (en España o en Finlandia, que también la hay), por los problemas sociales de su tiempo. Les une una cultura común en torno al cine, la literatura o la música.

¡Ay, la música! Aquí sí que los ingleses echaron una mano en la integración europea. Con esas cintas de audio, y antes los discos de vinilo, que de Londres traían nuestros amigos más pudientes. Porque qué sería de nosotros sin la música poprock inglesa en todas sus versiones. Así ha pasado, que el inglés ha impregnado el conjunto de la música ligera europea. ¡Si hasta España presentaba su última participación a Eurovisión con una canción en inglés! Y además, bien cantado. Bueno, al menos pronunciado, no como aquellos tiempos de Raphael cantando, o destrozando, “Aquarius” de la mítica ópera rock “Hair”:

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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