DYLAN CUMPLE 75 AÑOS: Yo más de 50 al calor de sus canciones

Dylan DesireEl próximo 24 de mayo Bob Dylan cumplirá 75 años. Seguro que ese día y los anteriores el evento llenará páginas culturales de los diarios, algún telediario cerrará con la noticia, amenizada con alguna actuación musical, las radiofórmulas se harán eco de ello y, es probable que yo me desayune con algún homenaje en “Hoy empieza todo” (Radio 3), el programa que me acompaña cada mañana mientras ingiero mis nueces contra el colesterol, el vaso con cereales para evitar el insomnio del café, las sanísimas tostadas con aceite, mejor aún si son las que me regala mi panadera amateur, pues además de todo tipo de frutos secos le pone mucho amor. Y es que yo también voy cumpliendo años y necesito cuidarme, ya no tengo los veinte años que tenía cuando conocí las primeras canciones de Bob Dylan. Por todo ello yo también quiero sumarme a los homenajes que se le tributarán estos días. Y lo haré como en otras ocasiones, contando mi vida con… en este caso con Bob Dylan.

Yo no soy experto musical, como no lo soy literario ni cinematográfico ni casi (o sin casi) de nada. “¿Entonces para qué escribes sobre ello?”, seguro que alguno está pensando. Pues porque debo encontrarme entre los seres humanos que se parecen a los caracoles: les agrada ir dejando rastro a su paso, pero un rastro que no es nada espectacular, no es ninguna marca indeleble en la roca de una montaña, no es la muesca enamorada de un amante en el árbol de un bosque. Sería más bien la estela efímera que dejan los aviones sobre el azul del cielo en una primavera luminosa. Pero sería demasiado poético comparar mis escritos con tal cosa, por ello creo que le viene mejor esa imagen de la baba del caracol que va dejando sobre los caminos asfaltados de los pueblos manchegos, que se secan casi de inmediato y desaparecen. Hay quien me ha dicho, incluso, que le gusta leer estos rastros que voy dejando por aquí. Incluso recuerdo a alguien que vino a buscarme a mi lugar de trabajo para conocerme y decirme cuánto le gustaban las cosas que escribía. Ya lo decía el torero Rafael El Gallo, cuando conoció al filósofo Ortega y Gasset, “hay gente pa tó”.

A veces, recientemente sin ir más lejos, me asaltan deseos de dejar de hacer el caracol, meter, como las tortugas, la cabeza dentro de la concha y olvidarme de todo lo que no esté dentro de ella. Si no lo he hecho aún es porque en algo tiene uno que invertir el tiempo que le queda entre tanto quehacer obligatorio. Unos se van a la terraza de un bar cualquiera a pasar horas y horas junto a un café, o una caña, despellejando a todo conocido, o no, que pasa a su lado; otros se van a ver escaparates, aunque nunca compren nada; otros se pasan horas y horas jugando a juegos virtuales de toda índole; otros se tiran las horas muertas deslizando su dedo índice por la pantalla del móvil o de la tablet, mirando lo que él mismo y sus “amigos” han “colgado” en Facebook o Twitter. Pues yo invierto mi tiempo libre en leer, cada vez más, como cuando era adolescente, escuchar música y escribir estas y otras cosas, nada productivas.

Pero volvamos a lo que íbamos. A “celebrar” que el “genio de Minnesota” cumplirá el próximo día 24 de mayo 75 primaveras, como decían los cursis en aquellos programas de radio de los setenta en los que yo conocí su voz nasal y sus melodías desgarradas y desgarradoras.

Tengo tantas imágenes de mi vida unidas a Bob Dylan que seguro me dejaré alguna. De hecho ya tenéis varias entradas en este blog donde he hecho referencia a él. No puedo recordar cuando le escuché por primera vez, pero debió ser nada más salir de aquel Liang Shan Po en el que yo vivía en mi pueblo natal, Villarrobledo. Allí sólo se escuchaba copla española, algo de flamenco light, la denominada canción ligera (Rocío Jurado, Raphael…) y, como mucho, alguna modernidad alternativa y algo contestataria que un primo mayor te traía de alguna capital (Lole y Manuel, Serrat, Víctor Manuel y Ana Belén). Pero un día mi vida dio uno de esos giros insospechados que tanto la han marcado (un día tengo que escribir sobre ello) y mi madre se empeñó que me matriculara en el Instituto. Yo quería estudiar Formación Profesional y ponerme pronto a trabajar. Eran tiempos en los que las madres se empañaban en que sus hijos estudiaran lo más posible para sacarlos de la pobreza. La económica, la social, la cultural, aunque no sé si la personal. Mi contacto con aquellos compañeros tan modernos ellos en los tiempos de la Transición me dio a conocer nuevos horizontes musicales. Entre ellos, Bob Dylan.

Yo ya había quedado prendado por su voz nasal y por lo que me contaban que decían sus letras. Incluso traducimos alguna de ellas en tercero de BUP, con aquella joven (y atractiva, nos parecía a nosotros) profesora de inglés. Así supe que en el final de Blowin’ in the wind, se decía que “¿cuantas muertes deberan suceder / hasta que sepa cuantos muertos ha habido? / La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento”. Y conocí lo que le deseaba a aquellos Masters of war: “Y espero que muráis, / y que vuestra muerte sea pronto. / Seguiré vuestro ataúd / en la pálida tarde, / y miraré como os entierran /en vuestro lecho de muerte./ Y permaneceré sobre vuestra tumba / hasta que esté seguro de que estáis muertos.”

Como yo no tenía ningún reproductor musical, sólo había accedido a Bob Dylan a través de las canciones sueltas que alguna radio, algún amigo o alguna fiesta emitían. No recuerdo bien, ya lo dije, cuando escuché por primera vez a Dylan, pero sí cuando y cuál fue el primer disco completo de él. Fue en el verano de 1982, aquel mítico verano que todos los de mi pandilla recordamos, en casa de Manolo Mangual, cuya enorme casa era nuestro punto de reunión, pues sus padres estaban veraneando en La Manga. No sólo tenía una casa enorme que nos servía para reunirnos, jugar al ping pon, tontear con las primeras chicas, sino que tenía un tocadiscos y una discografía aportada por sus hermanos mayores. Entre ella estaba Desire, ese maravilloso disco que habré escuchados cientos de veces. Quizá el que haya escuchado completo más veces, junto con alguno de Morrissey. Desire me acompañó durante aquel verano y cada vez que llegaba a casa de Manolo intentaba ponerlo para escucharlo emocionado, aunque sus letras aún no me eran del todo conocidas. Este disco siempre estará unido también a la imagen de uno de tantos amigos perdidos por la distancia, el tiempo y la vida, Cefe, que intentaba cantar sus letras mientras lo escuchábamos en su casa, junto a sus hermanas. En cuanto pude me lo gravé para mi primer radiocasete y después fue de los primeros CD’s que compré para mi flamante equipo de música, comprado con uno de mis primeros sueldos como funcionario. Y, con el tiempo, diferentes sucesos lo convirtieron en parte emocional de mi vida. Se convirtió en icónico aquella tarde mientras subía a aquella fiesta final de curso y lo escuchaba ininterrumpidamente en el coche, como siguió sonando toda aquella larga noche.

Cuando pude acceder al contenido de sus letras, Desire alcanzó mayores cotas de admiración: la crudeza de la verídica historia de Hurricane; la enigmática historia de amor de Isis; el juego poético de Mozambique; las historias fronterizas de One More Cup Of Coffee  o Romance in Durango; la sencilla belleza de Oh, sister; la desgarradora Joey; la historia de amor, que casi es un cuento corto, de Black Diamond Bay; y ese impresionante final que es Sara, la canción que mejor cantaba Cefe, y que yo ahora asocio a una pequeña niña en el zoco de Marrakech.

Bob Dylan ha pasado por diversas etapas, no es un secreto. Nació como un cantautor folk ligado a la música más tradicional americana, y a una corriente izquierdista que encarnaba como nadie Woody Guthrie (This land is your land), se electrificó con Bringing It All Back Home, el quinto álbum de Dylan, lo cual le valió abucheos en el festival de Newport de 1965, se enclaustró después de su accidente de moto de 1966, se convirtió al cristianismo en 1979 y pasó a ser un artista mainstream en continua gira por el mundo, no dejando nunca de ser un personaje extraño, huraño y de difícil trato.

Ahora, coincidiendo con su 75 cumpleaños se edita su disco número 37, Fallen angels. Seguro que venderá millones de discos, pero para mí siempre será el Dylan que descubrí en los ochenta. Quizá es que para mí todo comenzó y acabó en los ochenta. Últimamente tengo esa sensación. Pero, ¡qué diablos!, en un mundo lleno de tantos agobios, tantos negros nubarrones que tiene uno encima o se le aproximan, en una etapa de la vida en la que de los bolsillos se nos han caído tantas ilusiones y ya sólo nos quedan escasas pertenencias que se nos han pegado a la ropa como las garrapatas a los niños pobres de la postguerra, seguir disfrutando de aquella música es lo poco que a uno le queda. ¿Mitificación? Sí. No es racional convertir a personajes como Dylan o Morrissey en ídolos. Y lo es menos para una persona que se aprecia de su racionalidad y desprecio por la mitificación de personajes públicos. Pero yo no admiro al Dylan o al Morrissey personas, sino que disfruto de ellos como si fueran personajes de ficción. Como al que le gustan las novelas de Markaris, las películas de Bogart, la música de Mahler, los cuentos de Bucay, los cuadros de Jackson Pollock o las series danesas. Yo pongo a Dylan en cualquier tipo de reproductor y me dejo llevar por ese fraseo nasal, intento entender alguna de las letras y permito que me acompañe en tantos momentos de mi vida.

Y es que con los títulos de las canciones de Dylan, especialmente las clásicas de la primera época, podría hacer un recorrido por lo que un día pensé, por lo que aún creo y por lo que aún espero. Porque un día creí que “Los tiempos están cambiando” y que “La respuesta está en el viento“, especialmente cuando aún pensaba que era posible derrotar a los “Señores de la guerra“; pero ahora sé que no podría ser “Joven para siempre” y a lo más que aspiro es a poder seguir teniendo cerca a alguien a quien decir “Te quiero” “Como una mujer” sólo sabe decirlo, sin tener que pedir ya “Échese, señora, échese“, porque ahora sé que “El mañana es demasiado tiempo“.

Y si tuviera que elegir, quizá os pondría para finalizar Like a rolling stone, porque en demasiadas ocasiones me siento como un verdadero rolling Stone (“un caso perdido”) y cobra sentido alguno de los versos de la canción (“Cuando no tienes nada, nada tienes que perder. / Ya eres invisible. No tienes secretos que ocultar”):

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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