FINAL DE LA EUROLIGA: Dos viejos imperios contra la vieja Europa

cska-moscow-champ-euroleague-final-four-berlin-2016-eb15Se celebró en el día de ayer una nueva edición de la antiguamente llamada Copa de Europa de Baloncesto, que con esta manía de modernizar el lenguaje y llamar a los parados desempleados, por ejemplo, se ha pasado a denominar Euroliga. Muy moderno ello, pero a tenor de lo visto ayer, parece que esa modernidad se ha convertido en zafiedad, lo cual no deja de estar bastante acorde con los tiempos.

Se enfrentaban los dos clubs más ricos del continente: el CSKA de Moscú, el antiguo equipo del ejército soviético, y el Fenerbahce turco. El primero con un presupuesto de unos cuarenta millones de euros y el segundo con unos treinta. Sé que es pecata minuta, para las cifras que se manejan en el fútbol (entre Cristiano Ronaldo y Messi suman ellos solos esas cifras), pero en términos baloncestísticos son una barbaridad. El Laboral Kutxa de Vitoria que también llegó a la fase final (Final Four, para los modernos) apenas si llega a los diez millones.

Son los representantes de los nuevos países emergentes en la Europa que se cae a trozos. Son los representantes de los viejos imperios exteriores de Europa que siempre quisieron ser Europa y nunca lo consiguieron por las buenas, ni por las malas. Muchos sabemos que el deporte actual, y el de siempre quizá, es un trasunto de comportamientos nacionales y/o políticos. Por ello, la final puede leerse bajo esa óptica: si no hemos podido entrar en Europa y nos ponéis todo tipo de problemas para juntarnos con vosotros, la vieja Europa, os vais a enterar porque nosotros estamos forrados y vosotros sois más pobres que las ratas, parecen decir. Y ello se refleja en las plantillas, llenas de tropas de jenízaros (tropas no musulmanas del ejército del sultán del Imperio Otomano) y de cosacos (al servicio del mejor postor). En el Fenerbahce sólo había tres turcos y sólo jugó uno (Mahmutoglu) la friolera de 2.16 minutos. En el CSKA había más rusos, no en vano siempre fue una de las grandes canteras del basket europeo, concretamente seis, la mitad de la plantilla, pero sólo tres (Vorontsevich, Khryapa y Kurbanov) tuvieron un papel destacado. Es más, en ese club que proviene del ejército soviético, juegan ahora cuatro americanos, lo cual nos hubiera parecido increíble a los que nacimos en la Guerra Fría.

Bien claro lo dejó  Aziz Yildirim cuando tomó las riendas del club turco en 2008: “Turquía es tierra conquistada, ahora someteremos a Europa”. Cueste lo que cueste. De hecho Turkish Airlains es el principal patrocinador de la Euroliga. Mientras, el equipo ruso se mueve en una nebulosa presupuestaria, sin quedar muy claro quién es el propietario y quien aporta el dinero. Oficialmente es un club con gestión múltiple, pero todo el mundo sabe que la aportación principal proviene de Norilsky Nickel, la principal empresa mundial de níquel y paladio (minerales estratégicos) y de lo que, bajo manga, aporta el multimillonario Abramovich, ya que oficialmente no puede hacerlo al ser también propietario del Chesea.

Dicho todo esto, ayer se vivió uno de los más grandes partidos europeos de todos los tiempos. Y no exagero. Lleno de todos los ingredientes que lo hacen inigualable. Mi familia y yo nos sentamos a ver el partido con los ojos neutrales de a quienes les gusta disfrutar del baloncesto sin la tensión de estar de parte de nadie. Nos daba igual que ganaran rusos millonarios o turcos millonarios. Y fuimos cambiando de parecer a lo largo del partido. Al descanso ganaban los rusos por veinte puntos (53 a 33). ¿Estaba todo hecho? Sabíamos que no. El CSKA nos había acostumbrado a sus cagadas, a pesar de sus millones. Había participado en doce de las últimas trece Final Four (fase final con cuatro equipos), pero sólo había obtenido dos triunfos, cayendo en algunas ocasiones después de alguna que otra tragedia griega (el Olympiakos le remontó 19 puntos en diez minutos y le ganó en el último segundo en 2012 la final, le volvió a ganar en 2013 en semifinales, barriéndoles de la pista con 17 puntos de ventaja, y nuevamente en semifinales en 2015, otra vez en la última canasta) o drama hebreo ( en 2014 el Maccabi de Tel Aviv le volvió a remontar 13 puntos en diez minutos y le ganó en el último segundo). Por todo ello, mi familia y yo veíamos que, igual que veinte años no son nada, veinte puntos tampoco si del CSKA se trata. Efectivamente, poco a poco, cucharada a cucharada, como un preso cava su túnel de fuga, el Fenerbahce iba acercándose. A final del tercer cuarto, ya estaba a sólo doce puntos. A falta de cinco minutos, a ocho. A falta de tres, sólo a tres. ¡Miedo en el cuerpo! Sale la imagen del presidente del CSKA, Andrei Vatutin, que mira el móvil y parece que envía algún mensaje. ¿Está buscando ya sustituto para Dimitris Itoudis, el entrenador? ¿Le está anulando la reserva para que ni se le ocurra volver a Moscú? El drama llega a su final y el Fenerbahce empata el partido. Pero pudo ser peor si Kryapa, villano en 2015 cuando perdió el último balón que le costó la derrota, no palmea el último tiro para ir a la prórroga. Y el drama no se transformó en tragedia porque en la prórroga los turcos (es un decir, el equipo turco en todo caso) están “derrengaos” y pierden 13 a 18.

Pero el partido tuvo mucho más que baloncesto. Fue una exposición sociológica de lo que está ocurriendo en Europa. Una vieja Europa que se arruina poco a poco y una nueva Europa (cuyos colosos siempre despreciamos) más allá del Vístula: Rusia y Turquía. En la vieja Europa todavía creemos que somos alguien y les obligamos a quedarse con nuestros refugiados y a mantenerse fuera de nuestro alcance. Pero Rusia sigue presente en la política internacional y la tenemos cada vez más en nuestra vida diaria. Daos una vuelta por la Costa Blanca y mirad los carteles, cada vez más en ruso y menos en inglés o alemán.

Sus formas son un poco chabacanas, son nuevos ricos, qué les podemos pedir. No tienen nuestra clase. Cuando delinquen se nota, incluso hacen gala de ello. Cuando son ricos, los son para que se note y se compran los coches más lujosos, los relojes con más oro, las cadenas más ostentosas y las mansiones más espantosamente decoradas. Un incidente durante el partido ilustra lo que comento. Será un incidente que pasará, quizá, a los anales del basket como otros tan recordados como el de las tijeras entre Grbovic y Meneghin en el Eurobasket del 83 (el primero salió corriendo tras el segundo tras una impresionante tangana), el de Ron Artest en 2004 cuando subió a pelearse a puñetazo limpio con un espectador que se había atrevido a lanzarle una bebida, la de Iturriaga y Davis en la primera liga ACB del 84 (el Barça se negó a jugar el tercer y definitivo partido) o la pelea a sillazos entre Bourousis y Krstic en un amistoso (¿puede haber un amistoso con Grecia o Serbia de por medio?) en 2010.

El caso es que a la Euroliga no se le había ocurrido otra cosa que situar a pie de pista una fila de asientos al estilo de lo que ocurre en la NBA. Supongo que el precio no sería barato. Cuando la vieja Europa reinaba, los presidentes de los equipos de fútbol o basket, con todo su séquito, se sentaban en unos palcos VIP, bien atendidos por azafatas profesionales. En el descanso iban a otra zona VIP a ponerse morados de buen vino, buen champán y todo tipo de manjares. Ahora, los presidentes de estos clubs de la nueva Europa prefieren bajar el barro, notar el sudor de sus jugadores, que para eso les pagan millones, increpar a los árbitros si la cosa se complica. Y sentarse también con su séquito. Ya no llevan trajes de Armani, llevan camisetas de fans de su club o enseñas de su país.

Así, durante un lance de la final, el jugador del Fenerbahce Kalinic intentó rescatar un balón cerca de esta fila de sillas VIP. Uno de sus ocupantes (el millonario ruso Dmitry Konov) vestido con una de esas camisetas de saldo del CSKA, ni corto ni perezoso, le propinó un golpe con los puños cerrados. Kalinic, que tiene cara de pocos amigos, de hecho padece una deformación que le hace tener el mentón torcido, se dirigió contra él para propinarle un buen mamporro (hablamos de un tipo de 2.03 y 100 kilos de peso). Y se montó la tangana. Allí acudieron el resto de los VIP del CSKA y del Fenerbahce, con su presidente a la cabeza, para vengar la afrenta. Mientras, Kalinic le dice al árbitro principal, el italiano Lamonica, “ha sido éste, ha sido éste”, señalando al ruso. Lamonica mira al personaje y se da la vuelta, como diciendo “venga tío, que no es para tanto, tú lo que quieres es que yo no vuelva a pitar ni en minibasket”. Entre quienes están en la tangana, una mujer, vestida con un “impactante” (por ser políticamente correcto) vestido con los colores de la bandera rusa. Lleva maquillaje para restaurar de nuevo la Capilla Sixtina, la falta le llega cerca del ombligo y se tapa (por decir algo) con una “chupa de cuero”, cuyo precio sería mejor no preguntar, pues en ningún momento la suelta durante la trifulca. Es la mujer del tal Konov.

La cosa no llega a mayores. Si seguís las imágenes, fijaos bien en como el citado Konov se dedica a twittear (seguro que colgando las imágenes de su hazaña), sonreír y seguir el partido. Mientras, la chica del vestido-bandera se sienta en su silla junto a él y se desabrocha la “chupa” enseñando bien sus poderes, pues seguro que la cirugía debió costarle aún más que el asiento que ocupa.

Dicen las crónicas que al día siguiente Kalinic y Konov firmaron las paces a través de las redes. El primero dice que se pasó tres pueblos, que no había sido para tanto y que lo había exagerado para poder despertar un tanto a su equipo. Una más a sumar a una larga lista de tretas urdidas por jugadores yugoslavos de cualquier nacionalidad.

Y aún la vieja Europa se cree que se domina a sí misma. Mientras, seguimos creyéndonos el ombligo del mundo civilizado, los norteamericanos nos imponen su tratado de la TTIP (y eso que aún no ha ganado Trump las elecciones), los rusos hacen la guerra por su cuenta en Siria y los turcos incumplen a las primeras de cambio el convenio para la ayuda a los refugiados sirios. Me han dicho estos días que China ha pedido, como Australia, entrar en el concurso de Eurovisión el año próximo. ¡También los chinos! Como decían Ilegales, “Europa ha muerto”.

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Un socio sin club
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