LO BEAUTIFUL: Otra teoría sobre la Transición

lec-circulo-bellas-artesAhora que tanto está en boca de todos la Transición española, en la mía también, sólo hace falta echar un vistazo al archivo de este blog, cada uno aporta su visión sobre dicho periodo histórico. No hacemos sino interpretarla bajo diversas perspectivas. Que si fue lo único posible en aquella época, que si la monarquía jugó este papel o aquel, que si la CIA intervino para esto o aquello, que si la oposición se plegó a intereses espurios, que si… Esta semana llevo dándole vueltas a una nueva perspectiva de análisis: la estética. Creo que lo que muchos deseaban era un cambio estético, que nos sacara de la España en blanco y negro. Que convirtiera la España cañí en una España beutiful. Ahora que lo hemos logrado (o eso parece), quienes se han instalado en la cima social, son la beautiful people, nos quieren hacer pensar que todo fueron flores, diversión y vida en color. Por ello, ahora, desde sus altas atalayas se niegan a ser removidos por nuevas formas de entender la sociedad. No parecen saber que en todo tiempo y lugar ha habido grupos que intentan revertir el sistema, porque cualquier sistema crea sus propios enemigos. ¡Uy, qué marxista me está quedando esto! Con lo poco beautiful que ya es Marx. Pero, recordad, miembros de la beautiful, hubo un tiempo en que era cool llevar bajo el brazo la revista Triunfo, comprarse los discos de Víctor Jara o hablar de la dictadura del proletariado. Eran tiempos en que el proletariado era beautiful, bueno, menos para los que estábamos inmersos en él.

Es por ello que creo que lo que hizo la Transición fue crear una nueva clase social, los beautiful. Habíamos salido del franquismo y su tenebroso mundo en blanco y negro. Ese mundo franquista era el del cine de Paco Martínez Soria, López Vázquez, Gracita Morales, las españoladas. Era el de la zarzuela, la copla, los toros, las cacerías. Quienes durante la Transición nos hablaban de un tiempo nuevo renegaban de todo aquello. Lo beatiful eran las películas de Arte y Ensayo, especialmente francesas, (Godard, Truffaut, Chabrol, Rohmer), pero también de otros lugares de Europa: el nuevo cine alemán de Fassbinder, el sueco de Bergman, el italiano de Fellini o Pasolini. Aunque los italianos no siempre eran bien vistos, especialmente en su versión del neorrealismo (Visconti o De Sica), pues reflejaban una Italia que se parecía mucho a la cutrez de España. Se renegaba de la zarzuela y de la copla y salían por doquier defensores de la ópera, el jazz e incluso de Mahler. En teatro, todos decían haber visto en Londres (en el Old Vic Theatre, por supuesto) la obra Equus, incluso decían haberla entendido. Había que renegar de Julio Romero de Torres y hacerse converso del Equipo Crónica, Tàpies o Juan Genovés.

Y en esto llegó la Transición. A los jóvenes nos pilló descolocados. Si éramos de pueblo, ya ni te cuento. Allí toda aquella cultura de la denominada movida, nos calló cual meteorito. Explotó sobre nosotros y se desperdigó por todos nuestros ambientes. Durante un tiempo, la movida también tuvo su versión cutre. No olvidemos que la cultura punk en la que hincaba sus raíces provenía de los ambientes más sórdidos de Gran Bretaña y, en muchos casos, de entornos obreros. Pero aquello no nos lo contaron. Aquí, la versión española, la importó la juventud beautiful, aunque se vistieran con harapos comprados en tiendas de segunda mano y en el Rastro de Madrid. ¡Qué cool eran aquellos que llegaban de Madrid con sus ropas modernas y nos comentaban en qué tienda de segunda mano, en qué puesto del Rastro se habían comprado aquellos andrajos! ¡Y qué habían visto a Alaska o a Cesseppe! Yo, que de beautiful no tenía nada, les miraba y me quedaba un tanto sorprendido, pero reconozco que me parecía todo muy moderno.

Pero, poco a poco, aquella versión cutre de la movida fue dando paso a una versión beautiful. Esta semana se estrena la última película de Pedro Almodóvar, que representa como pocos, la evolución de lo que estoy intentando contar. Él no pertenecía a la beautiful people. Era hijo de arrieros manchegos, fue emigrante gran parte de su juventud y acabó recayendo en el Madrid de la Transición. Sus primeras obras tienen muy poco de beautiful, sino que reflejan aquel mundo contracultural de la más cutre movida: “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón” (1980), “Laberinto de pasiones” (1982), “Entre tinieblas” (1983) y “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984), con chicas que mean sobre sus amigas, con ninfómanas, monjas yonquis o abuelas que tienen como mascota un lagarto de nombre dinero. Luego llegaron dos películas de transición (¡oh, maravillosa palabra!) – “Matador” y “La ley del deseo” –, hasta que realizó “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988). Con ella se adentraba en el mundo de la beautiful. No era un año cualquiera aquel de 1988. El socialismo beautiful estaba en su esplendor, había logrado el año anterior su segunda victoria por mayoría absoluta y parecía inquebrantable. Pero también fue el año de la primera huelga general en la España de la Transición y contra un gobierno socialista, ¡pásmense! Almódovar fue candidato a los Óscars y, según nos hemos enterado esta semana, comenzó a coquetear con los paraísos fiscales. Todo muy beautiful.

¿Qué había pasado? Bien sencillo, la beautiful people se había olvidado de sus orígenes, creía que el pueblo era un ignorante y no entendía los entresijos de la alta política que consistía en hacer reformas laborales, ampliar los conciertos educativos con las congregaciones católicas y privatizar todo lo privatizable, y lo no privatizable. Surgía por doquier una de las especies más peligrosas que ha poblado la Transición Española, el concejal de Cultura (sólo superado por el de Urbanismo). Y organizaba bienales de pintura, semanas de cine, concursos de rock. Ahora bien, todo dentro de la más linda ortodoxia. Porque hubo un tiempo en que aquella cultura juvenil de la primera Transición no era muy beautiful. Si nos salíamos del Madrid de la movida, cuyos representantes eran hijos de la alta burguesía de la capital, encontrábamos personajes bastantes pendencieros. En Euskadi por ejemplo, cuatro chicas formaron “Las Vulpes” y cantaron en abril de 1983, en el programa de Carlos Tena “Caja de Ritmos” su canción “Quiero ser una zorra”. Se montó un cirio del carallo: protesta del ABC, querella del Fiscal General del Estado por escándalo público y cierre del programa. Por cierto, el álbum del grupo nunca llegó a editarse. No era beautiful.

Pero no sólo la cultura se había ido convirtiendo poco a poco en beautiful. Toda la sociedad lo estaba haciendo. Naturalmente la transformación provenía desde el sector pijo que quería ser moderno y olvidar la cutrez de sus antecesores. Ya los hemos visto visitar Londres para comprarse trapitos o para ver novedosas obras de teatro, pero también llegaban, naturalmente, con las últimas novedades musicales (Echo & the Bunnymen, The Smiths, New Order…). Dicen las malas lenguas que cuando les acompañaban sus hermanas o novias el mareo que les daba a su llegada a Londres no era debido a las turbulencias del avión y que, cuando volvían, algo más que dinero se habían dejado allí.

Junto a este grupo, el sector pijo de la beautiful, el pionero, estaban los “acoplados”, pequeños burgueses que querían enterarse de las últimas tendencias. No tenían dinero para viajar a Londres y ni tan siquiera a Madrid, pero asistían a sus fiestas y procuraban que les gustaran las últimas novedades. Por ejemplo, “Blue Velvet” (Terciopelo Azul) la mítica película de David Linch, que yo siempre encontré bastante sosanga, pero aquello no se podía decir en determinados ambientes.

Por último, estábamos los acoplados a los acoplados de la beautiful, que proveníamos del Liang Shan Po, más allá de la frontera, como se conocía a los barrios en los que, decía un viejo chiste, vivíamos “chin lu, chin agua, chin na”. Para los más jóvenes recuerdo que el nombre proviene de una mítica serie japonesa de los setenta, pero que se desarrollaba en la china medieval, donde guerreros buenos luchaban contra los malos, los que venían de más allá de la frontera, el Liang Shan Po. Vamos, como esas series americanas que ahora ven mis alumnos o esos videojuegos que tanto les entusiasman. ¡Si es que está to inventao! No nos enterábamos mucho de lo que nos contaban los de la beautiful y sus acoplados, pero había que estar en la onda. Abandonar a Manolo Escobar y a Martínez Soria y acudir a los lugares donde se escuchaba a The Smiths. Como no teníamos dinero para uno de sus discos, ni siquiera teníamos tocadiscos, nos lo grabábamos en una cinta de cromo, lo más de entonces. Aún la conservo en algún cajón, por ahí. Y, como sabéis quienes me seguís más o menos asiduamente, aún me acompaña Morrissey en casi todo lo que hago. Pecados de juventud, ¡permitídmelos!

Y, naturalmente, en nuestra Transición política también hubo un camino desde lo cutre hacia lo beautiful. A finales de los sesenta y durante todos los setenta, aquella cohorte de opositores que nos iban a sacar de las cloacas del franquismo para trasplantarnos en un nuevo régimen de felicidad llena de una banca pública y solidaria, una escuela pública y laica, una sociedad libre y llena de justicia social, con vivienda digna para todos, se transformó, más bien rápidamente, en miembros de una beautiful socialdemócrata, que dejó pronto de ser una cosa y la otra. Social y democrática, quiero decir. Dos imágenes ilustran claramente lo que quiero decir. La famosa foto del “clan de la tortilla” (luego supimos que eran naranjas lo que comían), los socialistas andaluces que habían tomado las riendas del PSOE en 1974 en Suresnnes, y la de Felipe González en su yate, fumando uno de los habanos que le deben traer aún de su, por entonces amada Cuba, y siendo embadurnado de crema solar por su nueva pareja Mar García Vaquero, veinte años más joven que él y prejubilada de la Caixa, donde asesoraba a importantes fortunas. Quizá, el cambio que nos prometían en 1982 era ese y no nos enteramos entonces. “Por el cambio”, decía su eslogan electoral que tanto éxito tuvo. ¡Lástima que el cambio consistiera en eso! Si lo llego a saber…

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felipe

 

 

 

 

Mucho se ha escrito sobre cómo han evolucionada aquellos marxistas, trotskistas, maoístas e incluso cosas peores (algún terrorista confeso hubo como Pío Moa) hasta convertirse en hombres y mujeres de bien (Jiménez Losantos, Ramón Tamames, Celia Villalobos…). Aquí tenéis una lista más completa.

Muchas han sido las claves con las que se ha querido explicar tan inexplicable evolución: la edad, el dinero, la naturaleza… Pero ahora creo, tras pensar en esta nueva teoría que estoy elucubrando, que todo fue por la atracción de lo beautiful. Entre el jersey de cuello vuelto, la barba poblada, los porros o el viejo Simca 1000 o el traje de Armani, la gomina, la blanca farlopa o el potente Chrysler (el otro día llegó Jiménez Losantos derrapando con uno a la fiesta del cumpleaños de Vargas Llosa) no hay color.

Quizá así podríamos explicar la animadversión que el universo socialista tiene hacia el universo podemita. No les soportan, diga lo que diga Vacío, interesado únicamente por sus votos para ser investido antes de que Susanyaju le dé la patada, porque les recuerdan a ellos cuando eran jóvenes. No han llegado hasta aquí, hasta sus puestos en los Consejos de Administración de empresas privatizadas, para que ahora unos niños con rastas, con coleta, con palestina, les digan que son de la casta. Por supuesto este análisis es aplicable a los peperos y los ciudadanos. Pero aquellos siempre formaron parte de la beautiful y éstos se han criado en ella. No hace falta más que ver lo beautiful que son sus dos iconos mediáticos: Rivera y Arrimadas. Guapos, guapísimos ambos. Que te los llevas a una fiesta (lo hizo Vargas Llosa con el primero) y lucen de lo más estupendamente.

Y el mundo intelectual, harina del mismo costal. Dos hechos han sido noticia estas semanas respecto al mismo. La simpar fiesta de cumpleaños de Vargas Llosa, de la que ya dimos cumplida cuenta en este blog, y las palabras dedicadas por el académico Félix de Azúa a la alcaldesa de Barcelona Ada Colau.

Creo que ambas cosas deben interpretarse en la misma clave del surgimiento de ese grupo social, que la Transición ha encumbrado, la beautiful. Lo que le jode (es palabra aceptada por la RAE, como almóndiga) es que una señora que no es de la beautiful, que tuvo que abandonar la carrera de Filosofía por falta de recursos, que nació en el poco beautiful barrio de El Guinardó, de tradición combativa con centros cívicos como el Círculo Católico, los Joves Amics del Guinardó, el Casal Calassanç, el Grup Torxa, el Centre de Cultura Joan Maragall, el Centre de Cultura Popular Montserrat o la Cooperativa Cultural Rocaguinarda, se siente en el sillón de la alcaldía de la cosmopolita Barcelona.

Hace unas semanas se publicó “La desfachatez intelectual” por Ignacio Sánchez-Cuenca, un ensayo donde se destripa el mundo cultural español. Más concretamente el de los grandes popes intelectuales que se mueven en el entorno de la RAE, el Círculo de Bellas Artes, el Instituto Cervantes, el periódico El País, Prisa y sus adláteres (Alfaguara, la Ser y Canal Plus, hasta hace poco). Son los autores que Guillem Martínez denominó “CT, Cultura de la Transición”. Las vacas sagradas de nuestra cultura, cuyas opiniones son incuestionables, aunque algunas sean tan estúpidas como las que el citado Azúa ha realizado estos días.

Pero los hay más brutos incluso. Cuenta Sánchez-Cuenca que el sagrado Savater ha llegado a escribir a favor de los toros diciendo que tampoco viven tan mal. Total son cinco años de vivir alegremente en el campo para tener sólo quince minutos de sufrimiento y que muchos de los seis millones de parados quizá quisieran esa vida para ellos. ¡Así, como lo leéis! No me invento ni una palabra, aunque os parezca increíble. Aquí tenéis sus palabras y no sacadas de un panfleto podemita o chavista, sino del ABC. Pero hay más en el libro de Sánchez-Cuenca, como la declaración de Jon Juaristi diciendo que los refugiados sirios se traen a sus niños no para evitar que los maten los del ISIS, sino para darnos pena a los occidentales. ¡Se puede ser más mala persona!

Pero, ¿por qué estos intelectuales españoles se han convertido en intocables de opiniones tan abyectas? ¿Por qué, si la mayoría pertenecieron a la izquierda más radical? El propio Azúa se trasladó a París en 1969 con el cierre de las facultades españolas y allí formó parte del movimiento más alternativo que por aquella época se producía en la capital francesa. Vivió en el Barrio Latino, frecuentó la tertulia de Agustín García Calvo, al que consideró su maestro, expulsado de la universidad por Franco. Savater, discípulo también de García Calvo, llegó a firmar en los ochenta un texto (“Euskadi: pensar el conflicto”), junto con Javier Sádaba, en favor de la legalización de Herri Batasuna. Y qué deciros de Jon Juaristi, militante de ETA en los años setenta, en los partidos más extremistas de Euskadi (PCE-EPK), en Euskadiko Ezquerra y en el PSOE, para convertirse en 2009 en director general de Universidades e Investigación de la Consejería de Educación de la Comunidad Autónoma de Madrid, dirigida por Esperanza Aguirre. Esa evolución le permitió  dirigir la Biblioteca Nacional de España y el Instituto Cervantes. ¿Evolución lógica con el paso de los años? ¿Un tunante que nos engañó desde el principio? Quizá nada de eso. Únicamente, como la mayoría de los intelectuales de su generación, atraídos por el mundo de la beautiful. Y es que es muy duro mantenerse toda la vida apegado a la lucha por los desfavorecidos, sobre todo si como Juaristi te has educado en un colegio del Opus Dei de Lejona (Vizcaya).

Este grupo de intelectuales de gran desfachatez no hace sino aumentar y siguen una evolución semejante. Comienzan en provincias en ambientes más o menos alternativos, se van haciendo un lugar en el mundo cultural, los contrata El País, les dan un premio, se marchan a Madrid y allí comienzan a pulular por el ambiente de la beautiful. Hace unos meses descubrí un nuevo espécimen: Javier Cercas. Ya ha comenzado su periplo que acabará, seguramente en la RAE o cualquier otra institución semejante (Instituto Cervantes, Biblioteca Nacional, Círculo de Bellas Artes, Ateneo…).

Así que, no le deis vueltas, no busquéis más elementos de análisis: es que es muy beatiful rodearse de fiestas elegantes en Madrid, tomar café en la terraza del Círculo de Bellas Artes y decir las estupideces más salvajes en los medios de la Villa y Corte. No se van a convertir en escritores de culto al estilo de Thomas Pynchon, Bruno Traven o J. D. Salinger, que jamás dieron ni siquiera una entrevista, y ya no digamos en David Foster Wallace, que acabó ahorcándose harto del mundanal ruido.

Y mientras tanto, tantos y tantos intelectuales españoles quedan en el olvido y pasan sin pena ni gloria por nuestras biografías. Un caso, sobre el que algún día incidiré, es el de Manuel Sacristán, el filósofo español más influyente en la segunda mitad del siglo XX, pero al que no conocen más de cuatro especialistas, pues su temprana muerte (con 59 años) y su negativa a plegarse a los cantos de sirena de la socialdemocracia beautiful lo mantuvieron, y lo mantienen, postergado. Otro ejemplo es de Max Aub, seguramente uno de los mejores narradores españoles del siglo XX, que volvió en 1971 a España, siendo objeto de más completo vacío por aquella intelectualidad que ya estaba preparando su entrada en la Transición. O José Luis Sampedro, al que se quiso premiar al final de sus días con las más altas distinciones, por ejemplo su entrada en la RAE. Y lo hizo a su manera. Provocando. Su discurso de ingreso (“Desde la frontera”) es un ejemplo anti-beautiful. Con sus últimas palabras, ejemplo de lo que él consideraba que era su presencia en tal alta institución, lo que los japoneses llaman wabi-sabi (la belleza de lo imperfecto), quiero acabar este relato:

“En un antiguo monasterio el monje jardinero llevaba varias semanas preocupado. Había anunciado su visita el abad de otro cenobio cuyo jardín era reputadísimo, e importaba no desmerecer ante sus ojos. Para eso el monje venía perfeccionando el pequeño microcosmos de su jardín, repasando las ondas de arena finísima que representaban el océano, tallando el boj delimitador, aclarando el musgo y los liqúenes que envejecían la roca central, símbolo de la montaña sustentadora del cielo. La víspera de la anunciada visita su propio abad acudió a felicitarle, pero el monje se sentía inquieto ante su jardín: algo faltaba. De pronto tuvo una inspiración. Se acercó al cerezo que descollaba entre los arbustos y sacudiéndolo con cuidado logró desprender de una rama la primera hoja del otoño. La hoja osciló despacio en su caída y se convirtió en una mancha amarillenta sobre el verdor impoluto del césped. El monje sonrió: el jardín perfecto quedaba completado con la imperfección. Ahora sí representaba el cosmos.

Quisiera poder desempeñar aquí, al menos, la misma función que aquella hoja. Y quisiera creer, además, que mis palabras no han disonado demasiado en la serena armonía de esta solemnidad. Muchas gracias.”

P.D. musical: Y al igual que tengo una nueva teoría sobre la Transición, ha llegado a mis oídos, gracias a mi compañera Maria, una nueva canción sobre ella: “La Transició modèlica i la mare que m’ha parit”, del joven cantautor valenciano Pau Alabajos. Claretes, molt claretes les coses que diu.

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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