DE NUEVO FINLANDIA Y SU EDUCACIÓN: o cómo ser feliz y no morir en el intento

2660be2b2df02c41fc17abdbfc676d66_XLHe asistido estos días a mi enésima charla sobre el acoso escolar (bullyng). En ella, aparte de las cuestiones referidas al asunto, volvió a salir el tema de la educación en Finlandia. Sus bondades, las causas de ellas y, por comparación, el fracaso de nuestro sistema escolar. Hace tiempo que el tema se ha convertido en repetitivo en nuestros medios de comunicación. No lo es menos las comparaciones entre nuestro sistema político y el de los países nórdicos. Yo mismo me he declarado fan de Borgen, la serie danesa que nos ilustra sobre él.

Desde hace tiempo, las estadísticas sobre el sistema educativo finlandés, paradigma del éxito de los sistemas escolares del norte de Europa, me han llevado a pensar si ellas crean una sociedad más feliz, solidaria y pacífica, pues me chirriaba su comparación con la de otras estadísticas.

“En la quieta campiña cercana a …/…, una viejecita riega su arriate, las golondrinas gorjean y el gato dormita. Pero el idilio es aparente: su vida de octogenaria viuda, es emponzoñada por unos malhechores que cada mes le arrebatan su pensión. Su desnaturalizado nieto Kauko y sus acólitos destrozan todo lo que encuentran a su paso, torturan al gato, golpean por puro placer, sin que ella ose rebelarse, hasta el día en que decide no soportarlo más, llama a la policía y huye a Helsinki. La guerra y la venganza del trío infernal podrían convertirse en una pesadilla si Paasilinna no prefiriese la vía de la farsa y la paradoja para criticar a una sociedad cuyos males observa con toda lucidez. Vejez olvidada, juventud marginada, desmoronamiento de las instituciones, droga, alcoholismo, sida: todo se divisa en las rocambolescas peripecias de la simpática viejecita, que pasea armada con una Parabellum y cuyas verdaderas armas acabarán siendo el candor, una ingenua crueldad y su incansable defensa de la propia dignidad”.

Esta reseña pertenece a la novela La dulce envenenadora de Arto Paasilinna. Y no se desarrolla en la campiña andaluza, extremeña, napolitana o del Peloponeso griego. Se desarrolla en la campiña de Helsinki, Finlandia.

“Precisamente el día de San Juan, la fiesta de principios del verano, Onni Rellonen, un empresario en crisis, decide poner fin a su vida. Pero apenas ha encontrado un granero apartado, unos ruidos lo detienen. Onni salva a otro visitante del granero, el coronel Kemppainen, un viudo que había decidido matarse ese mismo día. Ambos renuncian al común propósito y empiezan a charlar sobre los motivos que les impulsaban. Toman una sauna, beben coñac y empiezan a tutearse, hasta que se rinden ante la evidencia: existe un gran número de candidatos al suicidio. Nace así una larga amistad y la idea de fundar una asociación de «aspirantes a suicida». Así, treinta y tres compañeros deciden partir, en un flamante autocar, en busca de un suicidio colectivo digno: cruzarán Europa hasta encontrar el mejor acantilado desde el que lanzarse deliciosamente al vacío”.

Esta otra reseña pertenece a Delicioso suicidio en grupo, del propio Paasilinna y describe, en clave de humor, uno de los problemas más graves de la sociedad finlandesa: su alta tasa de suicidios.

En mis clases del máster para aspirantes a profesores de secundaria, suelo cada año poner en relación ambos asuntos: el éxito escolar finlandés y sus problemas sociales (alcoholismo, suicidio, maltrato de género…). Siempre surge la misma pregunta: ¿qué tendrá que ver una cosa con la otra? Mi respuesta es bien clara y creo que es la base de lo que uno entiende por educación: es el centro escolar únicamente un lugar donde obtener resultados académicos adecuados o uno en el cual se logren herramientas para una mejor convivencia social y personal. Dicho de otro modo: ¿no podría hacer algo el sistema escolar finlandés para reducir su alta tasa de suicidios y de violencia de género? Porque todos conocemos que Finlandia es uno de los países con mayor tasa de suicidios (el 9º de Europa, todos los primeros pertenecen a la antigua Unión Soviético o sus aliados), pero no se conoce tanto que es un país con una alta tasa de violencia de género. Se sitúa en segundo lugar (un 47% de sus mujeres han sufrido maltrato), tras nuestra, en ocasiones, envidiada Dinamarca, que encabeza la lista. En términos comparativos, España presenta una tasa que es menos de la mitad (22% de mujeres con maltrato) en cuanto a la violencia machista y una tasa de suicidios espectacularmente inferior a la finlandesa, casi un tercio menos (5,1 por cada 100.000 habitantes en España frente a 14,8 en Finlandia). Por cierto, el segundo país en índice de suicidios es Corea del Sur que se sitúa siempre en los primeros lugares de los informes sobre el rendimiento escolar, como el PISA, incluso por delante de Finlandia.

Quizá tampoco sea muy conocido que la también admirada Suecia sea el segundo país en violaciones después del Congo. El dato salió a la luz con el caso de Julian Assange, el fundador de Wikileaks, que intentaba evitar su extradición del Reino Unido a Suecia por acusaciones de violación y agresión sexual que él niega. Diversas organizaciones feministas suecas se han quejado continuamente que los políticos suecos en lugar de intentar atajar el problema no hacen sino buscar explicaciones estadísticas o sociológicas. Una de ellas es la existencia de una sociedad multicultural desde la aparición del estado del bienestar y la afluencia consiguiente de grupos étnicos del sur de Europa, de Asia o de África. Es costumbre en Occidente echarle la culpa siempre al que viene de fuera. Recordemos lo ocurrido durante la Nochevieja pasada en Colonia. Enseguida surgieron los paladines de la defensa de Occidente culpando a los numerosos refugiados en la ciudad alemana del asunto. Ahora, finalizada la investigación, resulta que sólo tres de los 58 detenidos son refugiados. El resto eran alemanes de nacimiento aunque de origen magrebí, pero que ya habían pasado todo su periplo escolar en Alemania. Algo podría hacer el sistema educativo para educar emocionalmente a todos sus alumnos y no sólo convertir el sistema educativo alemán en uno de los más clasistas, con continuos controles sobre las competencias curriculares y filtros que segregan a los menos competentes a opciones cuyo único objetivo es convertirse en mano de obra barata en empresas de ética tan magnífica como Volkswagen. Por cierto, ese era el sistema que pretendió copiar el ministro Wert para España. Al final la creación de itinerarios para “listos” y para “tontos” ha quedado en una copia del alemán. Y, ya se sabe, si encima no sabes copiar, acabas suspendiendo.

No pretendo decir que nuestro nivel de felicidad, si esta se pudiera medir en una fría estadística, tenga que ver con nuestro sistema educativo, pero sí argumentar que quizá determinados países que tenemos como modélicos debieran preocuparse por implementar políticas educativas conducentes a adquirir mejores competencias emocionales, con uno mismo y con los demás, para solventar los problemas que padecen. La escuela no es únicamente un lugar donde adquirir conocimientos sino en el que aprender a vivir con los demás y con uno mismo. Y ahí falla el sistema educativo finlandés, y nórdico en su conjunto, que no es capaz de dotar a sus futuros ciudadanos de herramientas para combatir la violencia de género, el alcoholismo  o el suicidio. Esto es lo que me chirría cada vez que un medio de comunicación o un conferenciante glosan las excelencias del sistema educativo finlandés.

En la misma charla se maravillaba el conferenciante sobre la facilidad del acceso a internet de los alumnos finlandeses y de la utilización de las llamadas TIC’s en la educación del país nórdico. Decía que, de esa forma, los alumnos tienen acceso a toda la información. Incluso leí no hace mucho la noticia de que a partir de 2016 en la escuela finlandesa dejará de enseñarse la escritura a mano para sustituirse por clases de mecanografía. Más tarde salió la responsable del Instituto Nacional de Educación de Finlandia a aclarar el asunto. Sólo se suprimirá la obligación del aprendizaje de la letra cursiva, manteniendo la letra de imprenta (más personal y que no se basa en el entrelazado de las letras). Supongo que caminamos hacia un mundo diferente a marchas forzadas, cuyas implicaciones culturales, sociales y psicológicas no estamos en condiciones de controlar. Lo que es cierto es que no se le pueden poner puertas al campo, el avance tecnológico es imparable y consustancial al ser humano, pero, al menos, podríamos evitar que esas puertas no nos pillen los dedos o, aún peor, nos den en las narices y sean fabricadas por quienes, desde la sublimación tecnológica ocurrida con la revolución industrial, se han dedicado a acaparar los beneficios de ella.

Un historiador francés, Roger Chartier, ha dedicado su labor investigadora a delimitar la influencia de la escritura en el desarrollo de las diferentes culturas. Sin ponerme demasiado académico, su tesis consiste en exponer que la forma de aprehender los conceptos culturales, en el sentido amplio de la palabra (todo aquello que nos permite formar parte de un grupo humano), dependen de la forma en que se transmiten de generación en generación dichos conceptos. Así, primero hubo sociedades orales (antes del invento de la escritura), más tarde sociedades con una escritura limitada a unas capas sociales muy restringidas, que se multiplicaron con la aparición de la escritura. El siguiente episodio lo constituye la aparición de la era digital. Para Chartier, en cada una la transmisión de la cultura depende del soporte (relato oral, manuscrito, libro y relato digital), de la forma de acceder a él (escucha, lectura individual o colectiva) y de la estructura de la edición (tribu, escribas o amanuenses diversos, editores públicos o privados o la edición digital, individual o colectiva). Cada una de ellas comporta unas soluciones a los retos culturales y una forma de aprehender. Así, Chartier dice que con la era digital se alcanzan unas posibilidades inmensas de edición (este blog es un ejemplo), pero la lectura también se modifica, como lo hace el concepto de autor, y, al hacerlo, también lo hace el conocimiento que alcanzamos con ella. Por ello, habla de que la era digital es una era de lectura fragmentaria, hipertextual y con poco valor de la propiedad. Y ello modificará nuestra cultura.

Todo este discurso no es sino para apoyar mi razonamiento de que la llegada de las TIC’s a los centros educativos frente al libro modificará el conocimiento de las próximas generaciones. No digo que lo hagan para mal, sino que debemos estar atentos al lugar al cual nos conducen. El hábito no hace al monje, se decía antes. Un aumento de los recursos tecnológicos en nuestros centros educativos no mejorará nuestros resultados en PISA ni nuestro nivel de fracaso escolar.

También hemos convertido en mítica la política nórdica, pero estos días me llegaba la noticia de que Suecia y Finlandia iniciaban una campaña de expulsión masiva de inmigrantes que habían sido acogidos durante el año anterior. En el caso de Suecia se hablaba de entre 60.000 y 80.000 personas y en el de Finlandia de unas 20.000. Debe ser que en estos superpoblados y pobres países ni les caben los emigrantes ni les pueden atender. Para mayor ilustración del nivel de hipocresía occidental, leía estos días también que en las clases de Finlandia iban a enseñar a los inmigrantes cómo comportarse con las mujeres. Espero que ninguno de los docentes sea uno de los numerosos maltratadores que soporta la sociedad finlandesa y que lo haga sobrio, a ser posible.

También me viene a la cabeza, cada vez que se habla de las excelencias de las sociedades nórdicas, frente a las mediterráneas y en particular la española, nuestro liderazgo en la tasa de trasplante y donaciones de órganos. Nuevamente en 2014, España encabeza la lista de ambos ránquines, aumentando continuamente sus cifras globales, mientras países como Alemania (la envidiada Alemania de Merkel) sufrió un decrecimiento en trasplantes y donaciones en 2014. Desde Bélgica, Francia o Italia se han desplazado delegaciones médicas a España para averiguar las razones de nuestro éxito. Dicen los expertos que son dos: nuestra alta tasa de solidaridad y la excelente gestión de las donaciones en un sistema sanitario que puso a especialistas en cuidados intensivos que en cada hospital para coordinar las actuaciones. Y todo ello, nuestro permanente aumento en los índices de trasplantes, en unos tiempos de recortes sanitarios.

Recordemos que nuestro sistema sanitario y educativo han sufrido desde hace más de un lustro un ingente número de recortes que han afectado fundamentalmente a los recursos humanos y materiales. ¿Qué queremos, que con menos personal y menos recursos nuestro sistema educativo y sanitario mejore? Recordemos que el presidente Obama tenía como uno de los modelos sanitarios públicos a imitar el español, cuando en 2010 inició su intento de acabar con la salvaje privatización de la sanidad norteamericana.

Como decía un columnista del El País, Ángel Ubide, hace unos meses, en un artículo titulado No, no hay que ser como Dinamarca, “No queremos ser Dinamarca. Queremos ser una España mejor”. Y no es que yo adore nuestra sociedad, no tenéis más que repasar el archivo de posts que en este blog encontraréis para apreciar cuán crítico soy con gran parte de sus comportamientos, individuales y colectivos, pero tampoco creo que el resto del mundo sea Jauja, ese lugar dónde ataban los perros con longaniza y los apedreaban con lomo, según decía mi abuela.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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