BOWIE Y SORRENTINO: Dos formas de vida y de muerte

frases-pelicula-la-giovinezza-youth4En la recién estrenada “La Juventud” (Paolo Sorrentino, 2015) hay una memorable escena. En la montañosa suiza, Mick Boyle, director de cine que busca inspiración para el final de su película, habla con una joven guionista mientras observan con un teleobjetivo el hermosísimo paisaje:

Mick Boyle: Ven a mirar. Escucha, ¿ves aquella montaña de allá?
Chica guionista: Sí, parece muy cercana.
Mick Boyle: Exactamente. Esto es lo que ves cuando… eres joven. Todo te parece muy cerca. Ese es el futuro. Y ahora… [Le da la vuelta al teleobjetivo]. Y eso es lo que ves cuando eres viejo. Todo parece muy lejano. Eso es el pasado.

¿En qué momento de nuestras vidas le damos la vuelta al teleobjetivo?

Desde que el pasado sábado vi la película, tengo la sensación de que estoy intentando dilucidar cuando me ocurrió a mí. Cuando eres joven tienes prisa, todo lo ves cercano y quieres que suceda ya. Cuando eres viejo, el teleobjetivo de la vida da la vuelta y ya lo ves todo lejano. Tu pasado, pero también tu futuro, pues quizá ya no lo tengas. Ya no existan proyectos que llenen tu vida de la prisa por alcanzarlos.

“La juventud”, heredera de “La gran belleza”, sin alcanzar a mi juicio su hermosura formal, se trata de una de esas películas que te dejan con las ganas de volver a verla para investigar en detalles que seguro te has perdido. O, como en mi caso, me dejan con ganas de escribir sobre ellas. Quizá porque sea de los pocos proyectos que le quedan a mi futuro. Sentarme aquí y ponerme a teclear mis sensaciones sobre lo que vi o, quizá mejor, lo que sentí.

En otra escena, el mencionado Mick Boyle le dice a su amigo Fred Ballinger, el protagonista de la cinta (Michael Caine): “Yo no. No tengo esa rutina. ¿Sabes qué haré? Empezaré otro filme. Dices que las emociones están sobreestimadas. Pero eso es mentira. Las emociones son todo lo que tenemos.”

He leído en alguna parte que “La juventud” es una especie de continuación de “La gran belleza” en la cual los protagonistas, simbólicos en gran parte, han cumplido quince años más y han perdido su cinismo para acercarse a la apatía del final de la vida, donde ya nada importa, ni siquiera reírse de uno mismo o de los demás. Algo de ello he visto yo también en la película. Da la impresión que Jep (el protagonista de “La gran belleza”), que acaba de cumplir sesenta y cinco años en ella y. como él dice, “el descubrimiento más consistente que he hecho tras cumplir 65 años es que no puedo perder tiempo en hacer cosas que no quiero hacer”, dedicándose a buscar por toda Roma la “gran belleza”, que es lo único que le interesa, al cumplir ochenta (los que tiene Fred Ballinger en “La juventud”) ya ni siquiera está preocupado por ello. Simplemente espera. Espera el final vegetando en un balneario de alto standing con los cuidados médicos y terapéuticos más lujosos.

Fue un director de orquesta de gran prestigio y compuso alguna obra, menor, de algún éxito, sobre todo para la práctica del violín por su sencillez. Ahora vienen a buscarle al balneario para que dirija una de dichas piezas ante la Reina de Inglaterra. Y dice que no. Dice que tiene “motivos personales”. Pone, al final, excusas de tipo personal (no quiero haceros spoiler), pero es mentira. Simplemente no le da la gana. Está retirado y punto.

Esta es, también, una de esas películas que te cuesta decir de qué van. Si alguien me lo preguntara creo que le contestaría que va de la actitud ante la vida cuando ésta se acaba. Cuando da la vuelta el teleobjetivo. Puedes dedicarte a repasar tu vida anterior, hacer balance de ella, escribir tus memorias (Fred se niega a hacerlo a pesar de los requerimientos de su amigo Mick y de su hija). O elaborar una especie de testamento intelectual si has dedicado tu vida a alguno de los menesteres del intelecto. Es lo que ha ido a hacer al balneario Mick, el amigo de toda la vida de Fred. Desea rodar su última película y está en pleno proceso creativo. Ya lo tiene casi todo (casting, guión, protagonista – Brenda Morel, interpretada por Jane Fonda-), pero le falta lo más importante: el final. Claro, es lo más difícil: escribir el final de tu propio testamento creativo. ¿Para qué has hecho todo lo que has hecho?

Mientras veía la escena, mi manía de relacionar las cosas me llevó a David Bowie. A su muerte hace tan sólo un par de semanas. Y a de qué manera cada persona se toma el final de su vida de forma tan diferente. Fred no quería hacer nada. Ya lo había hecho todo. David dedicó el último año de su vida a escribir y grabar su testamento vital. Y a diseñar el final de su película. A él le salió bien. Quizá a Mick también, pero no quiero haceros spoiler, como os decía.

Yo nunca fui un admirador de David Bowie. No conocía más que sus canciones más populares. Esas que todos hemos oído en algún momento. De hecho no sabía que tenía cáncer y que estaba en el final de sus días. Hace algo más de un mes, en mi página favorita de música on-line, apareció el lanzamiento del primer single del futuro LP, “Blackstar”. Lo escuché y me dejó impactado. En los siguientes días lo volví a escuchar. Otro día en un programa de radio alguien habló sobre ese futuro LP y de como David se había rodeado de lo mejor de la música contemporánea y de jazz americanas: el batería y percusionista Marc Guiliana o el saxofonista Donny McCaslin, por ejemplo, que me recuerda en algún sólo a mi admirado Jan Garbarek.

Alguien ha dicho o escrito que Bowie, como artista total que siempre fue, diseñó de forma artística su propia muerte. Lo que sí que sabemos es que ideó el vídeo “Lazarus”, un impresionante documento que debe verse entendiendo que David sabía que le quedaban semanas de vida. Prestarse a rodar las imágenes que allí salen no debe ser nada fácil. Lo que también es cierto es que Bowie ha grabado un disco de una belleza musical inaudita. Inclasificable. Pop, rock, jazz, música contemporánea… Como alguien ha dicho: música rara. Para gente rara.

Y diseñó el final de forma cuidadosa. Dos sencillos antes de final de año y la publicación del disco el 8 de enero, el día de su cumpleaños. Su muerte, cuarenta y ocho horas después.

Alguien pensará que tomarse la propia muerte como un espectáculo es un tanto obsceno, pero fue la suya y tenía derecho a hacer con ella lo que quisiera. Puede parecer un tanto frívolo, pero ya le daba igual. Así lo dice en una de las estrofas de “Lazarus”: “Tengo cicatrices que no pueden ser vistas / Tengo drama, no puedo ser hurtado / Todos me conocen ahora”. También puede haber quien opine que qué sentido tiene escribir, cantar, rodar esa especie de testamento intelectual. ¿Para qué? La respuesta es bien sencilla: realmente para qué hacemos cada una de las cosas que hacemos. ¿Para qué escuchamos música?, ¿para qué leemos?, ¿para qué nos enamoramos?… Podría daros varias respuestas, pero en estos momentos no sé si yo mismo me creo alguna de ellas.

Quizá por ello no me gustó el final de “La juventud”. Ese que da sentido al título de la película. Os pongo en situación. Fred llega al consultorio del médico del balneario para que le dé los resultados de unas pruebas (su próstata parece tener problemas y se teme lo peor):

Doctor: Tengo los resultados de todos los chequeos que se ha hecho en las vacaciones.

Fred Ballinger: ¿Y qué dicen?

Doctor: Está tan sano como un caballo, Sr.

Fred Ballinger: ¿Mi próstata, al menos…?

Doctor: ¿Su próstata? No tiene ningún problema. No ha tenido problemas hasta ahora y no los tendrá.

Fred Ballinger: Entonces… he llegado a viejo sin entender cómo llegué hasta aquí.

Doctor: ¿Sabe qué le espera afuera?

Fred Ballinger: No, ¿qué?

Doctor: Juventud.

Él, que ha sido una persona pagada de sí misma, interesada sólo por sí mismo y su profesión, ¿se va a interesar con más de ochenta años por la juventud, la belleza, la vida…? Sí, ya lo sé, hay que darle sentido positivo a la vida y al final… Fred… bueno no os cuento más, pero yo no hubiera hecho lo que él hace al final. Quizá hubiera sido mejor hacer como Bowie diseñarte un final apoteósico, la mejor de tus obras, para no verla nunca. Eso sí que es un final ¿o no?

Acerca de José A. Moreno

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