DE OTROS TIEMPOS: ¡Qué triste es hacerse mayor! En torno a Gil de Biedma

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En un viejo país ineficiente,

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

Como Gil de Biedma en este breve y bello poema me encuentro a estas alturas de mi existencia. Yo no vivo en un pueblo junto al mar, aunque no estoy muy lejano a él, también tengo poca hacienda, pero mucha memoria. Demasiada. No la memoria que mis alumnos echan de menos cuando intentan aprenderse fechas y nombres sino la que nos lleva continuamente hacia atrás. Hacia nuestro pasado. Quizá ya sólo me queda el pasado. Hace poco le leí a alguien una frase semejante a “acumular recuerdos no es sino una forma de hacer llevadero nuestro propio final”. No puedo recordar a quién se lo leí. Ya decía que mi buena memoria no se refiere a la acumulación de conocimiento. Como Gil de Biedma creo que he decido no leer (sobre el día a día de este “viejo país ineficiente”), para no sufrir, dejar de escribir (sobre esa cotidianidad exasperante), no pagar cuentas (emocionales) y “vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia”.

Es lo que tenemos los viejos “nobles” socialmente arruinados, que vemos la actualidad desde nuestra memoria y todo tiempo pasado nos parece mejor. La idea debe ser bien antigua, pues ya se le atribuye una frase a Quevedo condenando dicho aserto: “Cuando decimos que todo tiempo pasado fue mejor, condenamos el porvenir sin conocerlo”. Pero es que acabo de ver el documental que La 2 emitió en su programa “Imprescindibles” el pasado viernes sobre Jaime Gil de Biedma, uno de mis recurrentes temas, y me ha vuelto a asaltar la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor (en este caso en el mundo cultural español) al ver pulular por él, además del citado poeta, a los Barral, los Goytisolo, Castellet y todo aquel ambiente cultural de la Barcelona de finales de los cincuenta y los sesenta.

Aquí, en este cuaderno de notas breves que repaso ahora, escribí hace unas semanas algunas frases sobre la desazón que me provocaba estar explicando a mis alumnos la denominada Generación de Plata de la cultura española entre los años 1898 y 1936. Anoté entonces que mira uno el panorama cultural español actual y lo compara con el primer tercio del siglo XX y se le abren las carnes. Cuando lees la nómina de aquellos intelectuales y la comparas con la actualidad te entra la depresión. Y más aún cuando sabes que aquel mundo intelectual se movía en una España casi analfabeta, pero con ansias de aprender, sabiendo que la única solución a su precaria situación era acceder a la cultura. Entonces te entra una gran envidia cuando ves como esta patética clase media que ahora inunda nuestra sociedad tiene como único objetivo comprar y comprar más productos que le hagan, piensan, más felices y cuya forma de salir de su triste devenir diario creen que es apuntarse a cualquier reality o que sus hijos se conviertan en unos cracs canis de cualquier equipo de fútbol. Ahora nuestros referentes culturales son los que visita Bertín Osborne en sus lujosas casas para hablar de temas de gran altura intelectual (supongo, pues no he visto, como debéis suponer, ni un segundo de tan infame programa). Una amiga me envió el otro día uno de esos mensajes “virales” (para que veáis que estoy al día en el lenguaje tecnológico actual) en los que se decía algo así como “el ganador de Saber y Ganar se lleva mil euros y el de Gran Hermano 300.000, ¿cómo le explico yo a mi hijo que tiene que estudiar?”. Ese es el valor de la cultura en España.

Es probable, casi seguro, que este pensamiento no sea sino el de un viejo “noble” sentado aquí frente a esta pantalla en la que escribo y que no me entere del fantástico y sólido panorama cultural español de este momento. Es probable. Pero si existe, parece estar bastante escondido, lo cual es aún peor, pues me temo que no sólo yo me lo estoy perdiendo sino toda la sociedad española. Aún recuerdo cuando hacían aquellos programas de Estudio 1 en la televisión, la única, con los clásicos contemporáneos del teatro europeo y español (Ibsen, Chejov, Brecht, Miller, Beckett, Tennesse Williams, Darío Fo, Mihura, Buero Vallejo, Nieva…) o con adaptaciones de la literatura decimonónica (Dostoievski, Dumas, Balzac, Dickens…). Aún recuerdo cuando en casa, con mi madre analfabeta y mi padre albañil, nos sentábamos en torno a aquella mesa camilla con su brasero de picón en los fríos inviernos de mi pueblo a ver aquellos programas (¡cómo le gustaron a mi madre las actuaciones de Jesús Puente en “Doce hombres sin piedad” o de Pepe Martín en “El conde de Montecristo”!). No nos perdíamos un capítulo de “Cañas y barro” con el impresionante “José Bódalo” y esperábamos fieles cada viernes la emisión del siguiente capítulo de “Fauna Ibérica” de Rodríguez de la Fuente. ¡Vi llorar a mi madre cuando se enteró de su muerte!

No me voy a poner estupendo y hacer pensar a mis jóvenes lectores que todos leíamos a Dickens e íbamos a las películas de “arte y ensayo”, pero tengo la impresión de que aquél ambiente era otro. ¿Quiénes son nuestros referentes culturales actuales? No me quiero retrotraer a la mencionada Edad de Plata de la cultura española de principios del siglo XX, pero dónde están siquiera los Antonio Gala, Umbral, Arrabal, Cela, Nieva, Saura, etc. que incluso se paseaban por los talk shows de la televisión de los ochenta, haciendo alguno de las suyas, todo hay que decirlo. Ahora el común de los mortales conoce a un premio nobel como Vargas Llosa porque es el nuevo acompañante en la cama de la Preysler.

Echémosle la culpa a las nuevas tecnologías, al capitalismo salvaje, al cambio climático si queréis, pero yo creo que se debe a estos tiempos atropellados que vivimos en los que la pausa, la reflexión, el momento para la sosegada contemplación del mundo (exterior o interior) se han sustituido por el voraz consumo de “virales” de todo tipo. Ya nadie lee un libro del año pasado, va a ver una película de hace dos años o se compra un disco del trimestre anterior.

A lo mejor algún día descubrimos que en algún lugar de España se están celebrando unas tertulias de gran altura intelectual, que hay movimientos pictóricos de excelsa categoría y reconocido prestigio como los del Grupo El Paso o nos sorprenden los del Nobel con algún escondido poeta como Vicente Alexandre, del que entonces nos enteramos de su existencia. Pero hasta el momento lo único que sabemos es que a nuestro más conocido arquitecto se le caen los edificios a cachos, nuestra película de referencia es “Ocho apellidos…”, lo más comentado de la televisión es la última parida del cani o la choni de turno y las tertulias más animadas son las que protagonizan periodistas de la altura intelectual de Inda y Marhuenda.

Pero, en el fondo, también pienso que estas reflexiones no son sino fruto de la edad, y de que como dice Gil de Biedma en los últimos versos de su poema “Volver”, porque “yo también he cambiado”.

Volver, pasados los años,

hacia la felicidad

-para verse y recordar

que yo también he cambiado.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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