EL DISCURSO DEL REY: comentario histórico

254100-620-282Hoy, que casi todos los medios, catalanes independentistas incluidos, glosan el discurso del Rey Felipe VI (¡cómo me cuesta acostumbrarme a identificar la palabra rey con otra persona que no sea la de Campechano I!) Un Club Sin Socios no podía ser menos. Pero, como sabéis los asiduos, hemos abandonado (al menos de momento) el comentario político por lo que nuestra glosa será histórica. ¡Qué para algo pagaron mis padres una carrera!

Aun así, no podemos obviar el tan comentado detalle de la corbata de color morado PODEMOS que lucía Su Majestad (desde ahora utilizaremos en este comentario dicho tratamiento que es el que HISTÓRICAMENTE, él que tanto reivindica la historia, le corresponde). Creemos sinceramente que no fue un guiño a Podemos ni escondía ningún mensaje subliminal. Fue, tenemos nuestras fuentes (pero no pensamos revelarlas, apelando a nuestro derecho a mantenerlas en secreto, que para algo aprendimos algo de PedroJ), una imposición de la reina republicana Leticia. No es un secreto que Leticia fue republicana en su juventud (y quien tuvo siempre retuvo) y que es amante del indie español como Los Planetas o Supersubmarina, que cantan a la cocaína y a la anarquía. Por ello, cuando le dijo Felipe que pensaba hacer el discurso desde el Palacio Real y no al calor del hogar de la Zarzuela, Leticia le dijo, “bien, pero te pones la corbata nueva que te regalé para el primer aniversario de tu coronación”. “Pero si es morada, como el color de Podemos y la bandera tricolor republicana”, dijo Felipe, compungido. “Pues te aguantas, ¿no querías el Palacio Real?, bien, pero la corbata la elijo yo. Y si no cuando vuelvas, ya sabes, al sofá”.

Dejando de lado estos comentarios papel couché, que sé tanto gustan a nuestro público, hoy nos vamos a poner serios (bueno, lo que nos dejen los personajes de nuestra historia que mencionaremos) y haremos un comentario histórico del discurso navideño del rey Felipe VI, Su Majestad. Los comentarios políticos ya los han hecho otros medios con una unanimidad aplastante entre los denominados mainstream: El País, El Mundo, ABC y La Razón.

Se puso ayer Su Majestad en plan histórico (a veces un tanto histérico también) para la defensa de España. ¡Vuelta la borrica al trigo!, dicen en mi pueblo. ¡Pero qué manía le ha dado ahora a todo el mundo por utilizar la historia para el debate político! ¡Cómo si no tuviéramos suficiente los historiadores con nuestras rencillas academicistas como para que también tengamos que ocuparnos de la política! Que te muestras partidario de la independencia de tu territorio, pues ¡toma ración de historia!, a buscar las raíces que avalan tu decisión. Y mezclas churras con merinas: que si la vuelta de los fueros, que si la recuperación del pasado, que si el sufrimiento del pueblo …/… (poned el que queráis, incluido el español). Como si los fueros fueran la esencia de las libertades cívicas, si el pasado no estuviera lleno de contradicciones o términos como pueblo no deban usarse para un tiempo situado más allá de la Revolución Burguesa. Que te muestras partidario de la unidad de España, pues ¡venga con los Reyes Católicos!, el pasado que nos une, el destino común (a poco vuelve el falangista lema de “unidad de destino en lo universal”) y otras lecciones de historia sacadas de la Enciclopedia Álvarez. Que deseas poner a parir un periodo histórico que te cae como el culo, pues escribes una obra de historia, aunque no sepas de ello más de lo que te enseñaron en tu instituto de Cartagena en Sexto de Bachillerato. Lo digo por el último libro (¿de historia?) de Pérez Reverte (La Guerra Civil contada a los jóvenes) en el que se atreve a contradecir a historiadores tan insignes como Tusell o Santos Juliá.

No es por ello de extrañar que Su Majestad apelara ayer a la historia para defender la unidad de España. Utilizó la palabra historia, o sus derivados, en nueve ocasiones y, en realidad, todo el discurso, excepto algunos párrafos dedicados a mencionar que hubo elecciones y que tenemos que seguir por el buen camino, no hizo otra cosa que justificar que somos una gran nación (le faltó lo de “muy españoles y mucho españoles”) gracias a nuestra historia. Yo no sé qué historia le habrán enseñado a Su Majestad en el católico Colegio de Santa María de los Rosales, donde estudió hasta acabar el BUP, pero me lo imagino.

El mismo detalle de hacer el discurso desde el Palacio Real de Madrid, ya tiene un contenido histórico. Intentó vendernos Su Majestad de que esa era la casa de todos los españoles y que, textual, “es de todos los españoles”. Pues para ser de todos, no lo cobran barato. La entrada está en once euros. Que no digo yo que tenga que ser gratis, como el Museo Británico de Londres, pero “todos los españoles” no se pueden permitir ese precio para entrar “en su casa”. La frase “está abierto a todos los ciudadanos“ no estaba puesta allí de forma caprichosa. El redactor del discurso quiso cuidar bien que nadie criticara que hacía el discurso desde un Palacio en el que el pueblo no puede entrar. Añadía, además, que es “un símbolo de nuestra historia”. Aquí ya sí tengo algo que comentar sobre el sentido histórico de las palabras de Su Majestad. Efectivamente, el Palacio Real tiene un sentido histórico y ayuda a “comprender nuestro pasado”. Pero quizá Su Majestad nos quería vender una moto de un Palacio Real, símbolo de la unidad de los españoles, que no cuela. Sólo hace falta ver la foto que han publicado todos los periódicos en portada (menos El País, que iba a su rollo anti Podemos y anti Pedro Sánchez, si no es lo mismo) para comprender que si de algo es símbolo el Palacio Real es del dispendio, el lujo, la ostentación y el boato del que se rodeó siempre en nuestra historia (si tanto le gusta la palabra a Su Majestad) la monarquía española. Antes de que nadie me lance a los leones, diré que, efectivamente, como todas las monarquías, pero la nuestra con especial profusión de gasto (trece bancarrotas, record mundial, nos contemplan) y sin ningún tipo de adaptación a los tiempos, excepto cuando no quedó más remedio (léase la Inmaculada Transición). Así, la construcción del actual Palacio Real, el anterior fue destruido por un incendio en la Nochebuena (¡qué casualidad!) de 1734, fue encargada por Felipe V, el primer rey borbón (¿se cerrará el ciclo y será éste el último?). Las obras duraron trece años y no se repararon en gastos. Los mejores arquitectos fueron sus artífices, primero Filippo Juvarra y, después, Giambattista Sacchetti, su discípulo. Y desde luego, huelga decirlo, no se erigió para homenajear al pueblo soberano, pues en aquellos tiempos no había más soberano que el rey absoluto, a la sazón, Felipe V. Y tampoco es que destacara este primer borbón por el amor a su pueblo. No digo ya al catalán o valenciano, a los que había sometido manu militari, sino al español (si es que tal cosa existía a principios del siglo XVIII). Sí, en su época se inició el reformismo ilustrado, pero además de que la mayoría de las medidas iban encaminadas a aumentar el poder del rey (regalismo se denomina esta política), el rey poco tuvo que ver, sino que fue obra de sus ministros (Grimaldo, Villalpando, Patiño o Campillo). Como dice la historiadora Janine Fayard, “el despacho le aburría, no sabía divertirse y al final de su vida este aburrimiento le llevaría a sumirse en una inercia total, preso de una profunda melancolía patológica. Solo la guerra lo sacó por breves momentos de su apatía congénita, lo que le valió el sobrenombre de «animoso»”.

Su Majestad nos incita en su discurso a hurgar en nuestra historia, para “conocerla y recordarla, porque nos ayuda a entender nuestro presente y orientar nuestro futuro”. Pues vamos a ello, tú lo has querido, que yo estaba en casa tan tranquilo con mis polvorones y mis turrones. Dice, en su discurso, que “la historia, además, define y explica nuestra identidad a lo largo del tiempo”. Cierto, pero no hace falta ser ningún catedrático para saber que en nuestra historia reciente, me voy a centrar únicamente en la historia contemporánea, ha habido más sombras que luces: el pertinaz deseo de su antepasado Fernando VII por restaurar el absolutismo, liquidando a todo liberal que andaba suelto, incluso llamando a tropas extranjeras para ello (los Cien Mil Hijos de San Luis), las guerras carlistas durante el siglo XIX, los continuos pronunciamientos militares del mismo siglo, los cambios compulsivos de gobierno con su antepasada Isabel II (durante veinticuatro horas entre el 18 y el 19 de julio de 1854 llegó a haber tres presidentes de gobierno distintos), el fracaso de la monarquía constitucional de Amadeo de Saboya, el fracaso de la Primera República, la guerra hispanoamericana de 1898, el caciquismo de la Restauración, la Dictadura de Primo de Rivera, el fracaso de la Segunda República, la Guerra Civil y la Dictadura franquista. ¿Está ahí forjada nuestra identidad? Bien, también hubo una cultura esplendorosa en aquella España analfabeta: Larra, Galdós, Gaudí, Picasso, Unamuno, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Lorca, Miguel Hernández, Alexandre… y tantos otros. Pero la mayoría de ellos luchaban, de una u otra manera, contra la España oficial, esa identidad de España que encarnaba aquella monarquía histórica.

Decía, en su discurso, que tenía “muchas razones para poder afirmar esta noche que ser y sentirse español, querer, admirar y respetar a España”. Quizá las tenga él, pero muchos, todo lo más, lo que admiramos y respetamos es a algunos españoles, pero no por el hecho de serlo, sino por su quehacer diario frente a la injusticia y por la ayuda a los demás. Y no me refiero a esos que reciben premios y salen en los noticiarios. Me refiero a los que trabajan en Cáritas desinteresadamente para repartir comida a los que no se la pueden pagar, ni tampoco la entrada al Palacio Real; me refiero a los españoles anónimos que se han ofrecido a acoger a refugiados; me refiero a los médicos que hacen más horas de las que deben para asistir a los inmigrantes que llegan moribundos a nuestras costas; me refiero a los sacerdotes que trabajan en barrios tercermundistas en nuestras grandes ciudades para paliar la pobreza energética; me refiero a los maestros y profesores que organizan campañas solidarias con los que no pueden pagar sus libros de texto… Esa es la España, los españoles, que yo quiero, admiro y respeto. Desde luego no la España de pulsera, reloj, pegatina y saltos coreando “¡soy español, español, español!” que oímos el día de la noche electoral en las sedes del PP y de Ciudadanos. No la de esos que “aman España” y están todos ellos en la lista de defraudadores a Hacienda.

Que dijera Su Majestad que la España actual ya no es aquella en la que nos enfrentábamos unos contra otros, pues en nuestra Transición hubo un “compromiso de las fuerzas políticas y sociales con el servicio a todo un pueblo, a los intereses generales de la Nación”, es una moto que tiene cada vez menos compradores. ¿Alguien cree todavía que la Transición se hizo al servicio del pueblo? ¿O fue para mantener los intereses económicos enriquecidos durante el franquismo y que la clase política que se había criado a su sombra (entre ellos su padre) se mantuviera en el poder? Leed a Gregorio Morán en El precio de la Transición y saldréis de dudas.

Otras de las ideas expresadas en el discurso es que “la ruptura de la ley… sólo nos ha conducido en nuestra historia a la decadencia, al empobrecimiento y al aislamiento”. Supongo que no se referirá a las rupturas de la ley que hicieron sus antepasados Fernando VII cuando se negó a firmar la Constitución de Cádiz (que habían elaborado los representantes del pueblo español, por primera vez), Alfonso XII cuando aceptó el golpe de estado de Pavía perpetrado contra la Primera República o Alfonso XIII al consentir la Dictadura de Primo de Rivera. Porque si durante la historia contemporánea España intentó acercarse al entorno democrático europeo fue, magré lui, como dicen los franceses: a pesar de la monarquía española. Los constitucionalistas de Cádiz, los liberales de la Gloriosa de 1868 que tuvieron que echar de España a su antepasada Isabel II o los republicanos de 1931 que hicieron lo propio con su bisabuelo Alfonso XIII. Como decía Ortega y Gasset en noviembre de 1930 “desde Sagunto, la Monarquía no ha hecho más que especular sobre los vicios españoles, y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad”. Que Su Majestad nos quiera dar lecciones de historia resulta cuanto menos patético.

Pero más patéticos han sido los comentarios de tanto monárquico que ha quedado impactado con las palabras y la escenografía del discurso. He leído algunos de ellos, pero ninguno tan patético ni tan absurdo como el de Federico Jiménez Losantos en Libertad Digital. Él que siempre se presenta como adalid del liberalismo en España se le ha ido la pluma (o la tecla, depende con lo que escriba) en la loa a Su Majestad. Él que se las da de conocer como nadie el sistema político español patina cuando interpreta la Constitución española. Dice que le encanta que Su Majestad haya, por fin, asumido su labor de defensa del régimen constitucional, desconociendo que esa no es función del rey (artículo 62), pues esa labor corresponde según el artículo 8 al ejército, al igual que defender la unidad de España. Sé que Federico lo sabe y quizá con sus irónicas palabras es que espera que Su Majestad encabece el ejército para entrar en Cataluña, cual Felipe V en 1714, para acabar con tanta tontería independentista, pues, no olvidemos, el rey es según nuestra Constitución, el jefe el ejército (artículo 62).

Le encanta a Federico que escogiera el Palacio Real, “casa de todos los españoles”, pero en sus loas a la monarquía se le va la pinza totalmente. Dice que “la Corona tiene una importantísima función constitucional, pero también un sentido histórico y simbólico, casi mágico”. ¡Toma del frasco, Carrasco!, decía mi abuela. Habéis leído bien. La monarquía es mágica. ¡Acabáramos! ¡Salgamos todos en tropel a la Zarzuela a que nos ponga sus manos sobre nosotros y cure nuestras pústulas en forma de paro o corrupción! Sabía que británicos y franceses habían creído que sus reyes eran taumaturgos, pues entendían que imponiendo sus manos curaban la escrófula (infadenitis tuberculosa cervical), ya que lo había leído en la magnífica obra de Marc Bloch Los reyes taumaturgos, pero desconocía que nuestros reyes tuvieran más poderes que aquellos que les permitían hacer desaparecer la fortuna de los españoles. Pero es que otras frases  de Federico recuerdan más a de viejos liberales decimonónicos a la española, que no se creían realmente lo de la división de poderes y las libertades personales, que a la de un liberal a la europea. Pero, claro, no podemos pedir peras al olmo tratándose de un periodista español que comenzó militando en la izquierda maoístas y ha acabado adorando el liberalismo de Esperanza Aguirre. Y si no me creéis, leed atentamente esta frase: “Y eso no se hace jugando al pequeño burgués o al alto funcionario que no puede ser, sino asumiendo lo que es, que no es poco: Rey de España”. Es decir, que Su Majestad no debe ser el más alto funcionario del Estado, lo cual se asemeja bastante a lo que dice la Constitución de “la más alta representación del Estado” o una especie de burgués, sino que debe ejercer de Rey de España. ¿Y esto qué es? ¿Debe abandonar el palacio burgués de La Zarzuela por el magnífico Palacio Real? ¿Debe rodearse de una Corte como manda la historia de España (nobles, altos miembros de la jerarquía católica y militares) y no de compañeros de pádel? ¿Debe repudiar a Leticia y casarse con una princesa “de toda la vida”?

En resumen, que por mucho que lo intentemos los españoles no aprendemos de nuestra historia. Y si debiéramos aprender algo es cómo alejarnos de ella, acabar con el Antiguo Régimen, como hicieron los franceses en 1789. Pues, en el fondo, la culpa es nuestra, pues como dice León Benavente en El rey Ricardo, “¡Soy un miserable, un ruin, y gracias a vosotros sigo aquí!”.

Acerca de José A. Moreno

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