LA SEGUNDA TRANSICIÓN: antes entendamos la primera

maxresdefaultAhora se habla mucho de que quizá estemos asistiendo al inicio de la segunda Transición. No estaría de más echar una ojeada a cómo fue la primera. En este Club Sin Socios ya he escrito bastante sobre la bien denominada Inmaculada Transición por algunos jóvenes analistas. Y hoy lo vuelvo a hacer después de una reciente lectura.

En plena campaña electoral, de la que nada he escrito ni escribiré, pues tiene para mí el mismo interés que un Barça-Madrid, he leído la nueva versión, no mutilada por la censura editorial, de El precio de la Transición, de Gregorio Morán, autor cuyas obras ya he glosario también por este rincón. Publicado inicialmente en 1991 por la editorial Planeta, ya se procuró ésta de arreglar algunos párrafos para que esta versión un tanto cínica, cruda, sin casamientos por interés, quedara al gusto de los lectores, no fuera a ser que pensaran que el dichoso consenso no fuera más que un nuevo apaño en nuestra historia contemporánea.

Es el libro un ensayo de reflexiones sobre la Transición y no una historia de la misma. Llama por tanto al debate, a la reflexión sobre nuestro pasado y sobre nuestro futuro. Una frase me llamó la atención y creo que, en estos tiempos dicen que de advenimiento de la segunda Transición, deberíamos recapacitar sobre ella: “mientras fue presidente del gobierno (Suárez) sació la obsesión por el orden establecido que la sociedad española tenía metida en la sangre tras cuarenta años de franquismo… una reforma desde arriba seducía a una sociedad cuyas heridas de la Guerra Civil aún estaban visibles” (pág. 185).

La pregunta que yo me hacía mientras leía el párrafo es ¿si tan lejos está ya la Guerra Civil o el miedo a su repetición, como en 1979, porqué seguimos esperando que las reformas (regeneración vuelven a llamar algunos) nos venga desde arriba? Creo que la respuesta es que el Franquismo y la Transición lograron un efecto paralizante sobre la sociedad. No es bueno significarse, no es bueno que sepan de qué lado estás, qué piensas y, menos aún, salir a la calle, implicarte en el trabajo, qué sepan todos qué opinas. Frases como “yo no entiendo de política”, “todos son iguales”, “a mí la política no me interesa” se han hecho parte intrínseca de la sociedad española. O esta otra de “no debemos mezclar (lo que sea) con la política”. Recuerdo ahora una anécdota de cuando uno era alguien y dirigía mi centro educativo, dicho sea de paso con el mejor equipo (con cargos y sin ellos) que lo ha hecho nunca y las fuerzas conservadoras del claustro arremetieron contra mí por unos carteles de un entidad cultural de izquierdas que colgamos en el pasillo y una versión del himno de Riego que unos alumnos cantaron en la fiesta final de curso. La crítica era que el centro no se debía mezclar con la política. Mi respuesta fue doble: explicarle al portavoz de dichas fuerzas lo que Aristóteles ya dijo hacía siglos, que el ser humano es un animal político, y que era famosa la frase de alguien que en España repetía mucho aquello de “haced como yo, no os metáis en política”, pero que no podía decirle el nombre allí en público para que no se ofendiera y pensara que lo comparaba con él. Como los lectores sabrán, ese personaje era Franco, que, efectivamente él no se metía en política, la política era él y sólo él.

Quizá por este adormecimiento, repudio a la política, identificación de la misma como algo ajeno a nosotros mismos, es por lo que en España soportamos lo que en Europa no se acaban de creer que somos capaces de soportar: la segunda tasa de paro más alta, sólo por detrás de Grecia, y un nivel de corrupción que nos sitúa más cercanos a la repúblicas centroafricanas que a la Unión Europea.

El virus de la inanidad se ha propagado a todos nuestros órganos sociales. ¿Cuántos se implican en las reuniones de vecinos? ¿Cuántos acuden a las reuniones de padres y madres en los institutos? ¿Cuántos padres y madres votan a los órganos de gobierno de ellos dónde tienen representación? En las últimas celebradas en mi centro creo que la cifra fue de seis padres, contando los tres de la mesa electoral. Ni siquiera los candidatos acudieron a votar. ¿Cuántos alzan la mano para protestar de las arbitrariedades de la dirección en su centro de trabajo, el mío por ejemplo? ¿Cuántos se plantan ante su ayuntamiento cuando se le ocurre cualquier sandez al alcalde?

Ese fue el gran triunfo del Franquismo y la Transición: crear una clase media adocenada que se siente cómoda en su día a día. Crítica de bar o de pasillos sí que existe. Es nuestro ágora para el debate político (entiéndase en su sentido amplio, no sólo en el de la alta política, el gobierno y demás estructuras del Estado). Incluso durante los últimos años del Franquismo yo oía en mi casa, en los corrillos del mercado, en la barbería donde acudía con mi abuelo, chistes sobre éste o aquel ministro, incluso sobre el propio Generalísimo, y, aún más, críticas a determinadas decisiones del gobierno o a lo mal que iba el país y lo que robaban estos y los otros. En el fondo, la clase media, la extensísima clase media española está (estamos) suficientemente instalados en nuestras comodidades cotidianas: nuestros móviles, nuestra TV de 50 pulgadas de docenas de canales, nuestro fútbol diario, nuestras compras compulsivas. Una imagen me impactó el pasado fin de semana. Tres jóvenes chicas entraron en el restaurante donde mi mujer y yo comíamos. Tendrían poco más de veinte años, quizá no trabajaran o su trabajo fuera un trabajo de mierda, pero habían decidido juntarse y gastarse seguro que más de veinte euros por cabeza, a tenor de lo que pidieron. ¿Podía mi generación permitirse ese dispendio hace unos treinta años? ¿Y nuestros padres hace más de cincuenta? Yo no pude hasta que aprobé mis oposiciones y jamás celebré nada en ningún restaurante hasta los treinta años y había aprobado una oposición.

Cuidado, que no critico el hecho en sí, que cada uno es libre de hacer lo desee con sus veinte euros, pero evidentemente esta sociedad no está dispuesta a arriesgar su modo de vida por causas que le parecen ajenas. Y también tengo que decir, antes de que nadie me apedree en algún comentario, que existe una juventud muy comprometida en la actualidad que desea cambiar, y hace todo lo que su mano está para ello, esta sociedad aborregada. Tengo muchos (bueno, algunos) alumnos y alumnas en movimientos sociales, políticos y culturales luchando contra la injusticia como para que mi párrafo anterior sirva de generalización.

Durante el final del Franquismo (incluso en otros momentos anteriores) y el principio de la Transición, hubo momentos en los que parecía que la sociedad iba a hacer algo más que esperar tranquila a que nos lo dieran todo hecho: las huelgas de estudiantes de 1956 (asalto y quema de los archivos del SEU en la Universidad de Madrid), huelgas en la minería asturiana y nacimiento de Comisiones Obreras en 1962, cierre de universidades en 1968 por las algaradas estudiantiles, el crecimiento del movimiento obrero tras la muerte del dictador y el impacto de la crisis del petróleo (recordad los sucesos de Vitoria en 1976 que se saldan con cinco muertos y 150 heridos) y aquellas manifestaciones multitudinarias pidiendo “libertad y amnistía”, y en otros lugares también “estatut d’autonomia”.

Pero la Transición se encargó de acabar de hacer cumplir el verdadero sentido de aquella frase críptica de Franco: “lo dejo todo atado y bien atado”. Cierto era, atados estamos y como cual nudo gordiano, sólo existe una manera de desanudarlo, pero a ver quién es el Alejandro Magno que se atreve a blandir la espada. El pasaje de El precio de la Transición dedicado a las Pactos de la Moncloa y cómo supusieron la contención de estos emergentes movimientos sociales son de una claridad palmaria. A cambio de la introducción de medidas como el despido libre, la contención de los salarios y la finalización de la conflictividad social, los grupos de izquierda (partidos y sindicatos) lograron la introducción de medidas para un mejor acceso a la vivienda y la mejora de la educación.

Leído ahora el articulado de aquél texto en estas materias da verdadero estupor, por no decir rabia. Resulta que, en materia de vivienda, se facilitaría la “promoción de las adquisiciones de suelo urbano o urbanizable por las Corporaciones Locales y otras instituciones públicas para su cesión temporal con destino a la construcción de viviendas destinadas a las clases de rentas más bajas”, o que se daría “prioridad absoluta a la construcción de viviendas con destino a la población de menor renta durante 1978 y 1979”. Después de varias décadas de pelotazos urbanísticos le dan a uno ganas de enviar los Pactos de la Moncloa y la Transición a paseo, por no decir algo menos políticamente correcto. Por lo que a materia educativa se refiere, la cosa no mejora, es igualmente patético. Según los Pactos de la Moncloa, “deberán constituir objetivos prioritarios de esta política la mejora de la calidad en la enseñanza y la homogeneización técnica de la misma entre los centros estatales y no estatales”, “se considerará la gratuidad total de servicios de comedores y transporte, en los niveles de enseñanza obligatoria” y “se examinará el posible abaratamiento de los libros de texto en niveles educativos obligatorios”.

Y nos lo creímos. Creía la clase obrera que cedía parte de sus derechos a cambio de mejor vivienda y mejor educación pública, pero ya sabemos lo que ha pasado con ambas cosas. Ahora bien, nos transformaron en clase media. Pudo tener coche, televisión digital, ir a restaurantes, celebrar las Navidades con cordero, un piso que no acabará de pagar nunca, llevar a sus hijos a un colegio concertado.

Sobre la transformación de la política en aquellos años de la inicial Transición en lo que a cada momento nos encontramos en España, también tiene palabras para la reflexión la obra de Gregorio Morán.

Así, señala que “con un olímpico desprecio y bastante ceguera hacia la experiencia acumulada en el trabajo militante, se entendió que decir política quería decir elecciones, y quien no era candidato no era nada en política”. Qué apropiadas parecen estas palabras en estos tiempos de campaña electoral en los que vemos como candidatos que militaban en partidos ya casi extintos, como UPyD, han corrido raudos a colocarse en los primeros puestos de las listas electorales de los denominados partidos emergentes, especialmente Ciudadanos; o como todos los partidos han procedido a fichajes estrella para encabezarlas o situarlos en puestos de salida. Lo que dice Morán, confundir política con elecciones. Los casos de Irene Lozano o Toni Cantó son sangrantes. Si ya no estaban de acuerdo con su partido, está bien que se vayan a otro que pueda hacer cumplir mejor sus ideas políticas, pero no lo hacen como militantes de base, sino como candidatos con muchas posibilidades de salir elegidos. Y así, militantes que se han currado durante años la tarea política en barrios, en asociaciones o en tareas oscuras, tienen que ceder su puesto a estos recién llegados. Creo que por ello nunca he militado, ni creo que lo haga jamás, en un partido, pues yo hubiera, en ambos casos, alzado la voz en la reunión del partido y hubiera dicho “si quiere el señor Cantó o la señora Irene cambiar de partido, me parece bien, pero que comiencen como militantes de base, que trabajen para el partido, y si no, aquí tenéis mi carnet”. Ciertamente, se han escuchado voces díscolas contra estos fichajes, pero han sido acalladas en aras a un objetivo: las elecciones. ¡Muera la Política, vivan las Elecciones!

Y así, sin quizá saberlo nuestros políticos, utilizan, y lo harán con profusión tras las elecciones, los conceptos weberianos (Max Weber) de “ética de la convicción” frente a “ética de la responsabilidad”, que menciona Gregorio Morán en su obra. La ética de la convicción es la que define al fanático en política, mientras que la ética de la responsabilidad es la que caracteriza al estadista. La Transición fue la sublimadora de ambos conceptos en nuestra política. Si un presidente, ministro o partido cambiaba de opinión después de lo que había prometido en campaña, no lo hacía por traición a sus ideales, sino por “sentido de estado”. Convertimos así al cuervo ingenuo de Felipe González en un “estadista”. Si de “OTAN no, bases fuera” o “OTAN, de entrada no”, pasó a pedir el voto afirmativo en el referéndum para permanecer en la Alianza Atlántica, era por “sentido de estado”. Supongo que la guerra sucia contra ETA o la financiación ilegal del PSOE, también se deberán a algún “sentido de estado” que se nos escapa a los mortales.

Y nosotros, los mortales, hemos decidido que todo está bien así. Salimos a la calle para protestar en determinadas ocasiones (guerras de Irak, recortes educativos…), igual que se celebra el Día Mundial contra la Violencia de Género o San Valentín; vamos a votar cuando se nos pide, pero que no nos reclamen que nos remanguemos para cambiar nada. En realidad, quizá no deseemos cambiar nada, así nos va bien. Los políticos hacen su trabajo y nosotros el nuestro.

Acerca de José A. Moreno

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2 respuestas a LA SEGUNDA TRANSICIÓN: antes entendamos la primera

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