RITUALES COTIDIANOS: Un mundo que ya no existe y que era el mío

11191704_f8fea49fEn esta era del Facebook y del whatsapp, me vienen a la mente cuántos rituales de otro tiempo se han perdido, he perdido. Eran de otro mundo, eran quizá del mundo donde se debió parar el tiempo y en el que debería haber quedado anclado. Decía esta semana un amigo mío que ya ni siquiera cree que la solución para el agobio que producen muchas situaciones cotidianas en nuestra sociedad no sea abandonar el país sino abandonar este tiempo y marcharnos, como en la serie El ministerio del tiempo, a una época de la que nunca debimos marcharnos.

Hace tiempo, parece no ya otro siglo sino otra era, todo transcurría muy despacio. Se podía perder el tiempo (¡qué frase más odiosa!) en rituales verdaderamente inútiles, pero que nos acercaban los unos a los otros.

Hoy, que llevo más de dos días casi sin salir de esta habitación que es refugio de trabajo y de melancólicos entretenimientos (como este de escribir “inútiles” frases), recuerdo otros tiempos en los que los miembros de la familia no nos encerrábamos cada uno en nuestro cubículo a “deleitarnos” en nuestros quehaceres solitarios. A ponernos en contacto con nuestro mundo a través de máquinas que no nos dejan ver la mirada del otro, los gestos de sus manos, las muecas de su boca, la quietud de sus palabras. Sólo leemos sus mensajes fríos que no nos transmiten sus sentimientos por muchos emoticonos que pongamos.

A mí, sólo si me une una relación especial con la persona que está detrás de esos mensajes, soy capaz de apreciar lo que siente cuando me envía un mensaje y puedo emocionarme como me ocurrió la mañana del sábado pasado cuando alguien compartió conmigo una foto de su paraíso. Pero lo logro porque he desarrollado una capacidad algo extraña para imaginarme a esas personas, no son muchas, ciertamente, junto a mí, que es como me gusta tenerlas. Quizá sea un sistema de engaño a mi propia mente para combatir la soledad. Si yo tuviera la capacidad literaria, y la imaginación desbordante, de Murakami escribiría un cuento sobre ello al estilo de los que forman el excelente libro de relatos Hombres sin mujeres o, incluso, iniciaría una novela con universos paralelos y animales parlantes como La caza del carnero salvaje, pero quizá con un pájaro viajero que es más poético. Pero me tendré que conformar con “escribirme” estas líneas llenas de incorrecciones gramaticales, frases desatinadas y algún que otro error ortográfico. Pero, lo necesito. Necesito hacer algo que me una a este mundo que va dejando poco a poco de ser el mío.

Como decía, ya hemos perdido gran parte de nuestros rituales colectivos, especialmente en familia, pero tampoco en otras colectividades, más allá de algún acontecimiento de masas, que no dejan de convertirse en mundos de multitudinarias soledades. Yo, que trabajo con adolescentes, sé bien el poco ritual familiar existente en la actualidad lo que influye, sin duda, en la poca consideración que la educación tiene en nuestro tiempo y en su consiguiente fracaso.

Durante mis largas estancias en mi pueblo natal, la vida discurría en una armonía llena de rituales cotidianos que nos unían y daban sentido a nuestras vidas.

El día comenzaba con un desayuno que se hacía casi siempre en grupo. Unos se levantaban antes que otros, pero esperaban para celebrar el desayuno en familia. Mientras nos levantábamos los más retrasados, mi abuelo se dedicaba a cortar el pan del día anterior en trozos para mojar después en la leche. Eran las sopas, que tanto le gustaban a él y que a mí me producían cierta desazón. Si eran para mojarlas en chocolate, era otra cosa. Para la leche, aquella leche condensada diluida en agua, apenas manchada con un poco de café, yo prefería las galletas; galletas que comía formando montones de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro y así sucesivamente, hasta que ya no cabían en el vaso. Mi tía, mi abuela, mi abuelo, sonreían y comentaban el gesto. Juntos en la mesa hacíamos de este ritual un momento de unión.

El trabajo colectivo en torno a las comidas no finalizaba allí. Durante la mañana había otros quehaceres que nos distribuíamos cada uno según sus cualidades. Ahora lo llamamos en educación Trabajo Cooperativo y creemos que hemos inventado “la piedra filosofal” de la nueva metodología. Unos mondábamos las lentejas o las alubias, quitando ramitas y piedrecitas que se le habían colado al tendero. Mi abuela, con aquel carácter un tanto agrio, que creo haber heredado, decía que también pesaban y que así nos engañaban en la tienda. Increpaba a mi abuelo para que la próxima vez estuviera más atento y no le metiera tantas piedras y ramas en la bolsa. Mi abuelo, con su santa paciencia, que creo no hemos heredado ninguno, asentía. También había que pelar patatas, cebollas y preparar la lumbre, cosa en la que mi abuelo era un experto, aunque mi abuela siempre decía que no estaba bien hecho y que así no se cocerían bien las lentejas. Cuando se acercaba la hora de la comida, excepto en invierno, mi abuelo me llamaba para espantar las moscas. Lo hacíamos con un trapo de la cocina, siempre que estuviera sucio, sino había bronca. Abríamos la ventana de la cocina y nos dedicábamos a perseguir las moscas para que se marcharan por ella.

En invierno el ritual cambiaba, ya que todas las comidas las hacíamos en la que llamábamos cocina de invierno. Más grande, con estufa y una ventana que daba a un hermoso patio con pozo. En invierno había que preparar la estufa desde bien temprano. Hasta que murió, el encargado era mi abuelo que sacaba la ceniza del día anterior, colocaba los sarmientos en la parte baja y unos tarugos de encina para que dieran calor lo más pronto posible. Más tarde fue tarea de mi tía Bony y a mí me encantaba ayudar. Antes, con el cambio de tiempo habíamos realizado otro ritual en que todos colaborábamos: preparar la estufa. Había que sacarla, junto con los tubos que se introducían en la chimenea, del cuarto donde se guardaba durante la primavera y el verano. Se pintaba de un minio de color gris que el primer día que se probaba echaba un humo pestilente muy característico. Un olor que se me ha quedado grabado en la memoria de los sentidos y que no he vuelto a percibir. Pero aquí lo tengo en mi archivo de percepciones perdidas.

Un ritual especialmente hermoso era el del peinado de las mujeres a la tarde. Después de hacer la siesta, mis tías y mi abuela preparaban unos neceseres de madera en los que guardaban todos los utensilios para el peinado. Si hacía buen tiempo el ritual se producía en el patio cubierto que daba a la cocina de verano, sino se hacía en el pasillo cubierto que unía este patio con el del pozo. Sí, la casa del pueblo estaba llena de espacios, patios, corrales, pasillos que no sólo eran para transitar. Eran espacios comunes, en los que, en comunidad, nos relacionábamos. Tras colocar los neceseres en una silla, ellas se sentaban en otra y unas a otras se iban peinando. Era un ritual lento. Se pasaba el peine cientos de veces por aquellos cabellos que iban perdiendo su color natural. Se aplicaban productos de los que desconocía su origen. Cada peine tenía una función y, finalmente, se recogían el pelo en moños diversos. Aquello se repetía cada tarde, aunque mis tías y mi abuela no salieran prácticamente nunca de casa. Pero todas las tardes se peinaban. Nunca entendí muy bien para qué, pero nos unía aquel ritual, pues se hacía en comunidad. Yo, que no había llegado ni a la adolescencia, me sentaba en los escalones que daban acceso al patio y escuchaba alguna historia que contaban mientras se peinaban. Más tarde, cuando el vicio de la lectura me inundó, leía junto a ellas y, a veces, les contaba algo de lo que leía.

Hasta cuando llegó la televisión a casa, verla se convirtió en un ritual. Tenía unas horas para ser encendida, como si la hubiéramos programado para que en ciertos momentos no interrumpiera el resto de rituales. Hasta la hora de la comida no se encendía para ver las noticias, eso si comíamos en la cocina de invierno que era donde estaba. Durante la siesta se apagaba siempre y sólo volvía a encenderse a media tarde, a la hora de los programas infantiles. Pero sólo si el programa era de algún interés; especialmente querido era el programa de los payasos Fofó, Miliki y Milikito. No siempre la encendíamos por la noche pues en verano había otro ritual mucho más importante: salir a tomar el fresco a la puerta de la calle. La televisión siempre fue consideraba un intruso en la casa, aunque yo les obligaba en encenderla más veces de la cuenta, especialmente para algunos acontecimientos deportivos. Quizá por ello, cuando murió tempranamente mi tía Bony, la televisión se tapó con un paño y jamás volvió a ser encendida.

Ahora, este mundo ha desaparecido. Mi mundo ha desaparecido y, me temo, que no volverá. Me gustaría recuperar una parte de él, sé que lo podría hacer, pero ahora ¡tantas decisiones no dependen de uno mismo! Ahora, cada uno se acaba preparando su cena, cogiendo su bandeja y encerrándose en su habitación para ver su serie favorita, conectarse al Facebook o “wasapear” durante horas. Lo veo en los pisos de estudiantes universitarios, donde ya no hacen comidas en común y han decidido, en el mundo del “tupper” maternal, dividirse el frigorífico en partes y los cajones de la cocina para, cada uno, guardar allí sus cosas. Incluso dentro de la familia, cada uno se limpia su habitación, mientras la madre (a veces, también el padre) limpia las zonas comunes. Dicen que esto es la modernidad, que es todo muy europeo. Pues prefiero África. Prefiero esas tareas comunes, incluso de puertas para afuera de la casa o el establecimiento, que vi en mi visita a Marrakech.

Como decía Pío Baroja en El árbol de la ciencia, refiriéndose a 1911 “las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación”. ¿Cómo queréis que la gente se implique en mejorar su sociedad si sólo les importa lo que hay dentro de su cueva? Sólo les mueve un mundo de líderes políticos virtuales, que salen mucho por la tele y que actualizan diariamente su página del twitter. Que lanzan mensajes primarios para encerrarnos más en nuestro mundo, nuestra patria, nuestra civilización, frente al enemigo. Olvidando que aquí al lado tenemos un vecino que se ha quedado sin trabajo, un amigo que lo pasa mal por su enfermedad, un familiar que está solo. Pero seguro que es feliz porque tiene muchos “amigos” en el Facebook y muchos “like” en el último vídeo estúpido de gatos que colgó en su cuenta de twitter o el selfie que se hizo junto a su estrella futbolística preferida.

Cómo dice Murakami, el gran escritor sobre la soledad contemporánea, “En este mundo nada hay tan cruel como la desolación de no desear nada” (gracias por la cita Juanjo). Por ello, desearía tanto buscar “El sitio de mi recreo”:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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2 respuestas a RITUALES COTIDIANOS: Un mundo que ya no existe y que era el mío

  1. Maku dijo:

    Hay ciertos momentos……sensaciones…..experiencias pasadas …que he recordado al leer este artículo. Y me alegra ver que hay ” a hundred million castaways…looking for a shore” (cientos de náufragos buscando una orilla”) como ya decía POLICE en “MESSAGE IN A BOTTLE”.
    Mis experiencias pasadas se trasladan a una calle, en cuesta, con mi abuela y las vecinas cosiendo en la calle y mis hermanas, primas y demás amigos jugando en la misma calle…todos juntos, compartiendo risas, riñas y terminando el día cenando una tortilla de (1 patata y 1 huevo) que sólo mi abuela Antonia sabía hacer.
    Tus recuerdos han despertado los míos…Gracias otra vez.

    PD: Quizas va siendo hora de buscar un ratito para un “timonet”
    Un abrazo

    • Porque tu y yo somos de un mundo que ya no existe. Se perdió cuando las familias decidimos cerrar la puerta de la calle, encerrarnos en nuestros cubículos, enchufar múltiples cacharros para creer que estamos unidos a nuestros semejantes, pero, en realidad, estamos “más solos que los padres santos en Roma” (frase mítica de mi abuela).
      Y sí, va siendo hora de hacernos un “timonet”… yo estoy aquí, “pa lo que usted quiera”, que también decía mi abuela.

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