ODIO: en torno a los atentados de París y otros sucesos odiosos

fad72ef7-7278-4798-9433-56d27b0efe8c¿Cuál es el mecanismo del odio? Un exalumno, quizá uno de los más brillantes que he tenido, lleva años investigando en Estados Unidos cuál es el mecanismo cerebral del miedo. Le propondría desde aquí, sé que hace tiempo me leía, que abran una nueva línea de investigación y busquen cuál es el origen del odio en el ser humano. El Centro para la Ciencia Neural de la Universidad de Nueva York, en el que trabaja Lorenzo Díaz Mataix, mi exalumno, ha descubierto que el origen del miedo se esconde en una pequeña glándula denominada amígdala, pero seguimos sin saber dónde se sitúa el mecanismo que lleva a unos seres humanos a odiar a otros seres humanos.

Es el ser humano, además, único en este asunto entre todas las especies. El resto de los seres vivos también son violentos, en ocasiones, pero siempre por “necesidad”: suministrarse alimento, defender su camada, controlar sus recursos. Pero es una violencia sustentada en instintos primarios, la nuestra es una violencia sustentada en el odio. El resto de animales no odian como nosotros. Y es el odio el más estúpido de los errores humanos, la causa de la mayoría de desgracias que la humanidad se empeña en infringirse a sí misma desde el origen de los tiempos.

Pensadlo bien. Detened por un momento vuestros pensamientos cotidianos y haceos una simple pregunta: ¿qué puede haber en la mente de una persona que empuña un kalashnikov y decide, mientras tiene en su cuerpo atados kilos de explosivo para autoinmolarse, disparar indiscriminadamente a personas que no ha visto en su vida, que no conoce de nada, que no le han robado su comida, que no han atacado a sus crías, que no han ocupado su territorio? Sí, lo sé, soy historiador, no lo olvidéis y sé algo sobre las causas políticas del conflicto que envuelve todo Oriente Próximo y Medio desde la Segunda Guerra Mundial; pero no me interesan ahora los motivos geoestratégicos del terrorismo, pues también hago la misma pregunta a ese piloto occidental que envían unos generales que se esconden en un despacho situado a miles de kilómetros del objetivo y que lanza sus bombas sobre un hospital en Siria. Lo que me interesa es preguntarme dónde se sitúa el mecanismo de nuestro odio. El global, el cotidiano, el particular, el general. El que tenemos hacia nuestro semejante más cercano, hacia el que piensa diferente a nosotros y se sitúa a miles de kilómetros, hacia el que nada nos ha hecho nunca.

Observo últimamente que muchas de las discusiones sobre diferencias de pensamiento, de opinión, política, social o simplemente sobre la vida cotidiana, llevan un odio subyacente cada vez más enconado. Hace unos meses dejé de visitar mi perfil de Facebook y de publicar en él (tengo pendiente su cierre definitivo, para convertirme en un casi exiliado de las redes sociales, como publicaba El País estos días). Lo hice cuando observé que muchas de las noticias y comentarios que se publicaban en él no eran sino una forma de atacar al contrario que, además de totalmente previsible y con documentación muchas veces falseada, no eran sino una espiral de odio hacia él.

Sé también que no es comparable con lo ocurrido ayer en París, pero estamos diariamente rodeados de odio que genera violencia más o menos palpable. Sé, también, que existen motivos para la diferencia de criterio, pero observo cada día más, en los razonamientos de unos y de otros, que hay una base de odio cada día más evidente. Debates preelectorales, la cuestión de Cataluña, la crisis de los refugiados sirios… cualquier elemento de debate está cada vez más envuelto en una espiral de odio, que nos aleja de lo que debería distinguirnos del resto de los seres vivos. Como decía, cada vez más nos distinguimos de ellos, pero precisamente por nuestra tendencia hacia el odio más visceral e irracional. Por ello, cuando tildamos ese odio de inhumano, no somos precisos. Cada vez más el odio es una característica más humana. Acabaré haciéndole caso a una gran amiga que cada día ama más, si ello era posible, a los animales y se aleja (en ella no cabe la palabra odio) de los seres humanos. Comparto cada vez más con ella su decepción por el género humano.

Sólo es preciso pasarse por los comentarios que cualquier noticia produce en los diarios digitales o en las redes sociales para ver cuánto odio se destila en ellos. La semana que viene tenemos, desgraciadamente, otro denominado clásico del fútbol español, otro Madrid-Barça. Más odio. Es el no parar.

Sí, sé que no es comparable a lo ocurrido ayer en París, ya lo dije, pero la estupefacción que la noticia me ha producido, aunque sabía que más tarde o más pronto sucedería (y volverá a suceder) me ha llevado a pensar más allá de los orígenes históricos o políticos del suceso. A pensar en qué mecanismos nos llevan diariamente a tanto odio. Cómo podemos haber llegado hasta aquí. Cómo las denominadas sociedades avanzadas hemos avanzado tan poco en suprimir nuestra forma de dirimir las diferencias. Cómo no hemos sido capaces de eliminar el odio de nuestros comportamientos.

Confieso que mi alejamiento de los problemas sociales más candentes, me han llevado en ocasiones a los primeros estadios del odio. Y me preocupa. Por ello necesitaba sentarme aquí, tranquilamente, sin la vorágine de las noticias espeluznantes de la masacre de París, que no son sino una parte del infierno en que se ha convertido el problema de Oriente Próximo y Medio.

Por ello, no me apetecía hoy escribir sobre los orígenes del problema, buscando culpables, escribiendo que eso que ahora hemos sufrido en la capital francesa, la capital de la modernidad en otro tiempo, es lo que diariamente ocurre en tierras de Oriente Próximo y Medio desde hace decenios. Hoy, consternado, sólo me salen palabras de incomprensión. Incomprensión por tanto odio. Y la necesidad de reflexionar sobre mí mismo y mi propio odio, que debo contener si deseo ser cada vez menos humano. Es, creo, el mejor homenaje por los muertos de ayer en París, por los muertos de cada día por el odio humano.

P.D. (20 noviembre): Como podéis ver en el comentario de mi amigo Diego, estoy bastante desconectado de la ciencia actual, él siempre tan al día en tantas cosas, pues ya está descubierto el mecanismo del odio. Y resulta que se encuentra muy cercano al mecanismo del amor romántico. Y se encuentran en una zona del cerebro que se denomina “putamen”. Ya me parecía a mí que tanto el amor como el odio son una “putada”.

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Acerca de José A. Moreno

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Una respuesta a ODIO: en torno a los atentados de París y otros sucesos odiosos

  1. Diego dijo:

    http://cordis.europa.eu/news/rcn/30232_es.html
    El odio activa el putamen. El nombre se lo debe haber puesto el profesor Bacterio.

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