A VUELTAS CON EL REGENERACIONISMO: La revolución desde arriba

ilVaya por delante que éste no es un artículo político. Que no es que me haya arrepentido de mi desazón por la política y vuelva a castigar a mi auditorio con otro artículo de crítica política para poner verde a diestro y siniestro o para expiar mi cabreo con la política nacional y la ciudadanía en general. No tienen remedio y “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”, como dijo Talleyrand, uno de los políticos más chaqueteros que ha conocido Occidente.

Hoy vengo a hablar de Historia, a propósito del término REGENERACIONISMO, que tan de moda se ha puesto. Tienen costumbre los políticos de creerse con capacidad para decidir cuándo se puede hablar de Historia y cuándo no. Estos días vuelve también a repetirse el término MEMORIA HISTÓRICA: unos para, dicen, recuperarla, y otros, para que no se remueva. Lo que a mí se me remueven son las tripas al escucharles. ¡Cómo si tuvieran que decidir ellos cuándo tengo yo, historiador, que poder averiguar qué sucedió, cómo se ha contado, qué trascendencia ha tenido el pasado! Hablan unos de recuperar y otros de no remover el pasado. ¿O sea que tengo yo, historiador, que preguntarles si puedo remover el pasado o no? A veces los políticos se creen el centro del Universo y la ciudadanía no piensa en las frases tan estúpidas que dicen algunos. Es lo que tiene tanta educación memorística en la que no se analizan las cosas, sino que se repiten cual papagayo.

Pues bien, detengámonos un momento en analizar históricamente el término REGENERACIONISMO, antes de que se haga una ley que impida su estudio o se cree una Ley para la Regeneración Democrática que nos impida conocer realmente en qué consiste eso de la REGENERACIÓN.

Y es que la mayoría de partidos han puesto de moda el término. Fueron los primeros UPyD, con su exlideresa Rosa Díez a la cabeza, quienes utilizaron el término en sus programas políticos y la llevaron a los medios que, en aquel entonces, se hacían eco de las andanzas nacional-carpetovetónicas del partido magenta. Pero el uso del término se ha extendido como una plaga desde entonces. Era natural que un partido como Ciudadanos, creado con la misma intención que UPyD, es decir reformar el sistema, dentro de un orden, para que quede más o menos igual y el personal se vaya al fútbol tan contento, se hiciera eco del término. Y aparece en su página web en letras de amplia tipografía. Pero también lo han copiado los dos partidos turnistas (ahora explicaré qué esto) de fines del siglo XX y principios del siglo XXI. Tanto el PP como el PSOE hablan de Regeneración Democrática en sus programas y mítines precampaña.

Pero, ¿de dónde sale el término? ¿Podemos inferir algún paralelismo entre la situación política de la España en la que surgió (principios del siglo XX) y la actual? A la primera cuestión intentaré contestar sin ponerme muy académico ni extenderme en demasía. A la segunda tendréis que responder vosotros mismos.

El término, aunque aparece con anterioridad, comenzó a popularizarse en el vocabulario político a principios del siglo XX para designar los intentos de modificación de un sistema político que el denominado Desastre del 98 había puesto en evidencia. Hacia 1875, Cánovas del Castillo había decidido, junto a un grupo de militares conservadores, que la mejor solución para el caos provocado por la I República y el rebrote de la Guerra Carlista era el retorno de los Borbones en la figura de Alfonso XII, hijo de la expulsada, por esos mismos políticos y militares, reina Isabel II. Se encargó Cánovas de “diseñar” un sistema político, la Restauración, que copiara el inglés, de larga tradición en cuanto a estabilidad. Para ello escribió una Constitución (la de 1876) que fuera del agrado de todas las fuerzas burguesas, que dijera mucho y se aplicara poco, y se puso a trabajar en la formación de dos partidos que cumplieran la función que en Gran Bretaña hacían los conservadores y liberales (llamados coloquialmente tories y whigs). No es que la imaginación de Cánovas fuera un portento, pues a su partido acabó llamándolo Conservador y al que formó, por sus deseos de tener una “fiel oposición”, Sagasta se acabó denominando Liberal.

El sistema estaba montado. Ahora sólo había que hacerlo funcionar. Pero como entre los españoles no había tradición de dóciles y ordenados votantes como en Gran Bretaña, había que adobar el sistema. España tenía una tradición de despelote político desde la derrota de los franceses en la Guerra de Independencia. Habíamos pasado por la vuelta al absolutismo (dos veces), la instauración fracasada de la avanzada Constitución de Cádiz (otras dos veces), el intento de instauración de un régimen liberal burgués con hasta cinco constituciones diferentes, el convulso reinado de Isabel II, que cambiaba de gobierno como de amantes (a veces siendo una misma cosa lo uno y lo otro), llegando el 19 de octubre de 1849 a tener tres presidentes del gobierno en un mismo día. Mientras, los carlistas deseaban la vuelta al absolutismo bajo la bandera de “Dios, Patria y Rey”.

Aquello no se podía aguantar y Cánovas pensó que lo mejor era que los dos partidos creados a imagen y semejanza de Gran Bretaña se turnaran en el poder. Pero, ¿y si los españoles se empeñaban en liarla y votar otras opciones? Todo lo tenía pensado Cánovas: pues no se hace caso de lo que voten. Así, en vísperas de la muerte de Alfonso XII (1885), y viendo que se podía volver a estropear el sistema ideado por Cánovas, éste decidió reunirse con su opositor Sagasta y firmar (hay quien dice que no se firmó nada, pues no era necesario) el denominado Pacto de El Pardo (auspiciado por el general Martínez Campos, que había traído de la mano a Alfonso XII desde Gran Bretaña, donde estudiaba en la academia militar de Sundhurst). El acuerdo consistía en turnarse de forma pacífica en el poder, dando apariencia de que se cambiaba de gobierno, cuando en realidad ambos partidos hacían la misma política una vez instalados en el poder.

El mecanismo era bien sencillo. Cuando un presidente perdía la confianza del rey (entonces la regente María Cristina, esposa viuda de Alfonso XII), éste nombraba otro y convocaba elecciones. El pueblo votaba (desde 1890 a través del sufragio universal masculino) y, ¡oh, casualidad!, siempre (pero siempre, siempre) obtenía mayoría el partido del presidente que acababa de nombrar el rey. Así hasta 1923, sin fallar ni una vez. ¿Es que el rey era visionario y sabía qué iban a votar los españoles? Evidentemente, no. Ya lo habéis adivinado, ¿a qué sí? Si los españoles no son tan tontos como dice el informe PISA, lo que pasa es que somos un poco gandules y nos cuesta ponernos a pensar. Efectivamente se hacía trampa. Pero trampa, trampa.

Con la connivencia de los caciques y apoyados en un sistema electoral que facilitaba la trampa, el fraude electoral se perpetraba a través de dos sistemas: en encasillado y el pucherazo. El encasillado consistía en distribuir a los diputados ganadores, antes de las elecciones, en los distritos electorales (únicos, como en Gran Bretaña, es decir un diputado por cada circunscripción electoral) para lograr la mayoría requerida. A la leal oposición, es decir la del partido turnista perdedor, y la otra (nacionalistas, republicanos y, pasado el tiempo, socialistas y otros grupos menores) se le concedían algunos escaños para que no pareciera muy burda la trampa. Se distribuían en “casillas”, una para cada distrito. El gobierno mandaba estas listas al gobernador civil de la provincia que después se encargaba de patearse los distritos para hacer saber a los caciques cuál debía ser el resultado. Al cacique lo mismo le tenía que ganaran unos u otros, pues ambos eran iguales, y él seguía dominando la situación.

Como el sistema era de distrito único, era fácil el día de las elecciones perpetrar el final de la trampa, pues sólo era necesario que hubiera un voto más a favor del candidato colocado en la casilla. Para ello se utilizaba la segunda estrategia: el pucherazo. Aquí no había pudor para la trampa. Son bien conocidas las estrategias: censos electorales manipulados, coacciones el día de la elección, votos de los difuntos… Cualquier cosa valía. Todo era bien conocido por el electorado español, pero no le importaba en demasía. Como decía Pío Baroja en El árbol de la ciencia, una excelente novela que se enmarca en esta época, “El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa. Por falta de instinto colectivo el pueblo se había arruinado”.

Todo rodaba a las mil maravillas hasta que en 1898 estalla la guerra hispano-americana y España sufre una humillante derrota ante los Estados Unidos que provoca la pérdida de los restos del imperio colonial. Esa plácida Restauración descubrió que el sistema estaba podrido. Que aunque imitábamos el sistema inglés, estábamos muy lejos de tener un sistema liberal consolidado. Eran tiempos difíciles en Occidente, y en España aún más. Un país sin tejido industrial, con tasas de analfabetismo tercermundistas, con tasas de mortalidad, especialmente infantil, que ahora sonrojarían, con un campesinado hambriento, de tierras y de algo que llevarse a la boca, con unos caciques que dominaban el entorno rural, no podía sentirse orgulloso.

Así surgió un grupo de intelectuales que comenzaron a llamar la atención sobre el atraso español, sobre las mentiras del sistema político de la Restauración. Pretendían la regeneración de España: darle al botón de reset e iniciar la historia de España desde el punto en el que todo se torció. Ahora bien, no todos estaban de acuerdo en el momento en el que todo se torció. Pero en lo que sí estaban de acuerdo era en señalar los males del sistema de la Restauración. Lo expresó el que fue quizá el más profundo de los pensadores de este Regeneracionismo (Joaquín Costa) en los términos “escuela y despensa”. España necesitaba más cultura y menos hambre. Un pueblo que no tiene cultura es fácil de engañar y un pueblo que pasa hambre no es libre para elegir a sus gobernantes. ¿Os suena?

Las propuestas de los regeneracionistas eran ambiciosas: reformas económicas para mejorar las infraestructuras, reformas sociales para romper las desigualdades entre ricos y pobres, reformas culturales para acabar con el analfabetismo, reformas políticas para derrotar al caciquismo y reformas nacionales para valorar el ser español dentro de un contexto de modernidad (volver la vista a Hispanoamérica y europeizar España, pues el movimiento regeneracionista tenía un sesgo de nacionalismo españolista que no ocultaba. ¿Os suena?

Todos aquellos regeneracionistas estaban vinculados sociológicamente a la burguesía. Eran miembros de ella. Pretendían regenerar el sistema para que el nuevo fantasma que recorría Europa, el socialismo marxista revolucionario, no acabara por dinamitar el orden burgués en España, donde las desigualdades sociales y el fraude político podían llevar a las masas a destruir el sistema, como finalmente ocurrió en la Rusia zarista en 1917, que tan cerca se encontraba a la problemática española.

Los políticos de la época tomaron nota. Dentro de los partidos dinásticos, los turnistas conservadores y liberales, comenzaron a alzarse voces que hablaban de “regeneración política”. ¡Los mismos partidos que eran culpables de la situación se ofrecían a regenerar el sistema! Y si no eran ellos mismos eran escisiones de ellos como ocurrió con los liberal-demócratas, los mauristas o el Partido Reformista. Todos tenían un plan de regeneración que consistía en llevar a la práctica las ideas de intelectuales como Joaquín Costa: acabar con la corrupción electoral, con el caciquismo y con el sistema oligárquico; introducir mejoras sociales para acabar con el hambre y el analfabetismo; y llevar a cabo una descentralización administrativa que mitigara el avance del nacionalismo en Cataluña y el País Vasco. Eran los propios presidentes del gobierno, mención especial merecen Antonio Maura, José Canalejas y Eduardo Dato, quienes impulsaban estos programas políticos de REGENERACIÓN. Mientras tanto, seguían usando la trampa electoral, al caciquismo, la corrupción política para llegar el poder. Y de reformas estructurales para acabar con el atraso español, nada de nada.

Asustado estaba el sistema y razones tenía para ello: la Semana Trágica de Barcelona en 1909, cuando los reservistas se negaron a acudir a una guerra, la de Marruecos, en la que nada se les había perdido; una revolución general en 1917, fracasada por las discrepancias entre socialistas y anarquistas; el denominado “Trienio Bolchevique” (1918-1920) en el campo andaluz; y la época del pistolerismo en Cataluña entre 1917 y 1923 con la contratación de “matones a sueldo” por parte de los empresarios para acabar con el anarquismo. Finalmente, un militar que se denominaba también regeneracionista, Miguel Primo de Rivera, decidió pactar con la monarquía para mantener ésta y convertirse en ese “cirujano de hierro” que habían buscado muchos de los intelectuales regeneracionistas. El dictador Primo de Rivera llevó a la práctica algunas de las propuestas regeneracionistas, especialmente las relativas a las infraestructuras, pero no logró acabar con la principal lacra del sistema: el caciquismo y el atraso social consecuente de España. El fracaso de esta última tentativa por regenerar el sistema liberal provocó la búsqueda de una solución rupturista, la Segunda República.

Ahora, cien años más tarde se vuelve a hablar de regeneración, ahora llamada democrática. Y todo parece repetirse: unos intelectuales pagados por el sistema (ahora en tertulias y columnas periodísticas), unos políticos que están dentro del sistema, pero que dicen querer regenerarlo, unos nuevos políticos, nacidos de los partidos mayoritarios (no creo que haga falta recordar de donde proceden Albert Rivera o Rosa Diez), que aseguran que ellos sí tienen la solución y una sociedad española que, mientras tanto, dice estar harta del sistema, pero que, como decía Pío Baroja en 1911, no tiene el más mínimo sentido social, se meten en sus casas (para ver el fútbol, día tras día, por ejemplo), faltos de solidaridad, sin usar la fuerza de la asociación, yendo al trabajo, a los bares del tardeo, a las nuevas misas que son los realities televisivos y sin ningún instinto colectivo.

Así que, de nuevo, ha vuelto el Regeneracionismo (la “revolución desde arriba” lo llamó Maura a principios del siglo XX). Si me quedara algo de credulidad en la sociedad española creería que, quizá, acabe igual, con la ruptura del sistema, pero esta vez con éxito, si un dictador salvapatrias no lo remedia. Pero no, a mí, como a Andrés Hurtado, protagonista de El árbol de la ciencia, hace tiempo que se me acabaron las esperanzas. Como él, pienso que todo esto es necesario y que “también que se podía llegar en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida”.

Acerca de José A. Moreno

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