EL SUR TAMBIÉN EXISTE: El rugby, ese deporte raro, raro, raro.

RugbyScrumDespués de más de un mes de campeonato, comenzó el día 18 de septiembre, terminó ayer con la victoria de Nueva Zelanda sobre Australia (34 a 17) el campeonato mundial de rugby. Tiene este deporte ciertas particularidades que lo hacen único. Inventado por los ingleses durante el siglo XIX cuando William Webb Ellis en 1823 cogió la pelota con sus manos y corrió hacia la portería contraria (el partido se celebraba en la localidad inglesa de Rugby) es el único deporte en el que el dominio se sitúa en el hemisferio sur. Era ya una evidencia, pero se ha consumado durante esta edición de los mundiales. Los cuatro semifinalistas se sitúan en dicho hemisferio: los dos citados más Sudáfrica y Argentina. En el hemisferio sur se ha dicho siempre que desde el Norte tendemos a ver el mundo a nuestra manera y que hemos impuesto una forma de entenderlo con la que no comulgan. Quizá sea cierto y no sólo se refieran a la cartografía, pero quizá deberíamos utilizar para explicar el mapa del rugby mundial éste que se utiliza en determinados colegios de Australia. (Ver este artículo interesante sobre diferentes perspectivas del mapamundi).

Quizá lo que más se conozca del rugby sea ese baile tribal que el equipo neozelandés realiza al principio de los partidos (la hakka), pero existen numerosas particularidades que hacen a este deporte único, aunque alguna de ellas se estén perdiendo ante la profesionalización del mismo desarrollada en los últimos tiempos.

Seguramente la más sorprendente es el denominado Tercer Tiempo. En el rugby, al finalizar los dos tiempos reglamentarios, los jugadores de ambos equipos, y también los aficionados, se reúnen en un pub para confraternizar en torno a una cerveza (o varias) y una cena, en ocasiones. Es tan o más importante que el partido en sí. En un deporte tan rudo como el rugby, con tanto contacto físico de alta intensidad, este Tercer Tiempo sirve para suavizar las pasiones, dejar de lado los enfrentamientos del encuentro y valorar al contrincante, individual y colectivamente. Porque el rugby tiene una parte ética de primer orden. Sin ella sería imposible sobrevivir en un deporte en el que los golpes, los encontronazos y hasta la sangre son habituales.

El respeto al contrario es una de sus principales virtudes. Para los que nos hemos criado en un deporte con tan poca ética, entre jugadores y aficionados, como el fútbol, nos resultan extraños ciertos comportamientos. Hasta que te metes de lleno en él y comprendes ciertas conductas. El respeto al contrario sucede tanto en la victoria como, especialmente, en la derrota. Si un equipo es superior al otro y lleva una enorme ventaja, no deja de atacar por ello. No para humillarlo sino para cumplir un código de honor que dice que en rugby no se contemporiza con el resultado. Existen tácticas, naturalmente. Existen equipos más defensivos que otros, pero en rugby no puedes meterte en tu campo a defender. Ni la ética del deporte ni la forma en que está diseñado permite tal cosa. Siempre debes marchar hacia adelante, hacia la línea de ensayo. En cambio, si un equipo es inferior a otro no deja de intentar lograr el mejor de los resultados posibles. Se marca un objetivo. Y ese objetivo es conseguir un ensayo, aunque sólo sea uno. Es decir, atravesar las líneas enemigas y depositar el balón ovalado más allá de su línea de gol. En el partido por el tercer y cuarto puesto celebrado el pasado sábado, Argentina estaba recibiendo un severo correctivo (24 a 6), pero ésta no ha cejado en su empeño por lograr, al menos, un ensayo. Cuando sólo faltaban unos segundos lo han logrado después de apretar con su delantera sin parar. Tirándose al suelo, empujando con cada hombre, hasta llegar a línea con un rack (hombres amontonados en el suelo) después de cinco minutos de dura pelea. Uno de los jugadores sudafricanos, después de empujar, pegar, chocar, patear, a todo argentino que se encontraba a su paso, se ha levantado, derrotado, y ha felicitado al jugador argentino que ha logrado el ensayo, como diciéndole “enhorabuena, ha sido una bonita pelea de cinco minutos y lo habéis logrado: felicidades”.

Y la forma de avanzar hasta la línea de ensayo del contrario es bien curiosa. Para los no entendidos es difícil comprender que se avanza echando el balón hacia atrás. No se puede lanzar el balón a la mano hacia adelante. Sólo con el pie cuando tus compañeros están detrás de ti. Y después correr hacia adelante para chocar contra los contrarios.

Alguien pensará que un juego tan físico provoca numerosas faltas, pero no es así. Alguien pensará que todo está permitido, pero no es así. Alguien pensará que debe haber polémicas constantes y peleas, pero no es así. Y que el árbitro tiene mucho trabajo, pero no es así. El comportamiento de los jugadores es noble y el del árbitro parece el de un profesor, buen profesor, que aplica el reglamento, lo explica para que entiendan en qué se han equivocado y nunca se pone arisco con los jugadores. Cuando se ha cometido una falta violenta y el árbitro tiene que expulsar temporalmente a un jugador, lo llama, le explica lo sucedido, en un tono auténticamente didáctico, mientras el jugador amonestado atiende a la explicación, asiente y nunca, nunca, protesta. Coge camino de la banda y espera diez minutos para poder entrar. Cuando se monta una pelea, cosa poco habitual, especialmente por el tipo de juego rudo que es, el árbitro no intenta a empujones separarlos, espera que sean los propios jugadores los que separen a sus compañeros. Cuando se calman, el árbitro llama a ambos capitanes y les explica que no puede volver a suceder y que hable con sus compañeros para que se calmen. Y lo hace en un tono suave y tranquilo. Nada de aspavientos y provocaciones a los jugadores que aumente la tensión. Por cierto, otra rareza más, el árbitro de la final, de este deporte que todos llamaríamos, machistamente, de hombres (por cierto, naturalmente, también tiene sus versión femenina) ha sido Nigel Owens, quien después de algún intento de suicidio decidió declarar su homosexualidad.

Quizá por todo ello, ambos deportes nacidos juntos, el fútbol y el rugby, sean tan diferentes. De hecho existe una frase que define las diferencias entre ambos: “el fútbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros”. En el rugby no hay lugar para la vil simulación que ocurre en cada partido. Nadie se tira al suelo intentando engañar al árbitro, nadie se revuelca por el suelo después de una leve patadita en la espinilla (protegida, por cierto). En el rugby si te vas al suelo es porque un tío de 130 kilos de peso que corre casi como Usain Bolt ha chocado contra ti en un placaje descomunal.

El comportamiento cívico se traslada también a las gradas. No tengo noticia de que se hayan producido altercados en un partido de rugby entre aficionados. No hablo de tragedias como la de Heysel, que se cobró 38 vidas en 1985, o de peleas como la sucedida en el partido Atlético de Madrid-Deportivo de la liga española del año pasado. Ni siquiera riñas o lanzamiento de objetos. De hecho, me ha sorprendido ver en este mundial de rugby como los espectadores presencian el partido, animan y vitorean mientras beben cerveza sin parar. Mientras tanto, en los campos de fútbol ingleses hace tiempo que está prohibido beber alcohol en el campo incluso en los alrededores durante las horas previas al encuentro.

Ese comportamiento ético tuvo una de sus expresiones más aleccionadoras con la formación de la selección de Irlanda. Cuando Irlanda accedió a su independencia en 1922, la selección de rugby irlandesa (al igual que otros deportes tradicionales británicos como el cricket) se siguió nutriendo de jugadores de los cuatro condados: los tres del sur, que formaron la República de Irlanda, y el del Ulster, que siguió adscrito a Gran Bretaña. Así ha sido siempre, incluso durante los momentos más duros del enfrentamiento entre el IRA y el estado británico. Con cientos de muertos, pero con una selección irlandesa única: protestantes y católicos unidos por un deporte raro.

El mayor problema lo tuvieron con los símbolos y el lugar de celebración de los partidos. Desde 1954, se decidió romper la tradición de que los partidos de la selección irlandesa se celebraran alternativamente en Dublín y Belfast. La razón era que cuando se celebraba el partido en Belfast, el himno que sonaba era el “God save the Queen”, que es el himno oficial británico. Aquello lo consideraban una ofensa los jugadores del sur y obligaron a que ese año sonara otro himno menos insultante, “The Salute”. Además ese fue el último partido en Belfast. Mientras tanto, en los partidos en Dublín seguía sonando el himno oficial irlandés, el “Amhrán na bhFiann” (La Canción del Soldado). Cuando el encuentro se celebraba en el extranjero, no sonaba ningún himno. Desde abril de 1995 y para solventar este problema, la Unión de Rugby irlandesa encargó un himno que pudiera ser utilizado en los encuentros fuera de la República de Irlanda, “Ireland’s Call” (La Llamada de Irlanda), se usa en Dublín tras el himno nacional. En 2007, tras el proceso de paz, volvieron a celebrarse partidos de la selección irlandesa en Dublín. Entonces, los denominados unionistas, partidarios de mantener el Ulster dentro de Gran Bretaña, pidieron que se usara el “God Save the Queen” junto al “Ireland’s Call” pero la Federación Irlandesa lo prohibió.

Algo semejante ocurre con la bandera. La bandera de la selección irlandesa es la de las cuatro provincias, con el trébol en el centro. Sólo cuando se juega en Dublín ondea, junto a esta bandera, la de la República de Irlanda. En algunos encuentros, el estandarte del órgano regulador, la Irish Rugby Football Union, se muestra en el campo durante las ceremonias prepartido.

Es el rugby un deporte donde se sienten los colores desde la emoción. Convertirte en seguidor de un equipo, de una selección, aunque no represente a tu país, es algo más que convertirte en un tifossi o un aficionado descerebrado cuyo principal objetivo es odiar al contrario. Por ello, el rugby ha unido más que ningún otro deporte a personas en torno a una idea. Ocurrió en Sudáfrica cuando fue admitida en los Campeonatos Mundiales en 1995. Hasta 1992, Sudáfrica sufrió el aislamiento deportivo de toda la comunidad internacional por su política de apartheid contra la población negra. Aunque durante la década de los setenta y ochenta algunas selecciones, especialmente Nueva Zelanda, se saltaron dicho bloqueo y fueron a jugar a Sudáfrica, ésta no participó en las primeras dos ediciones del Mundial. Cuando finalizó la política racista del gobierno sudafricano en 1992, a Sudáfrica se le encomendó además la organización del Mundial de 1995. Aquel evento se convirtió en un acto de reconciliación nacional en Sudáfrica, con Nelson Mandela ya como presidente, que se narra de forma excelente en la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood.

Es tan profundamente sentimental amar los colores de tu equipo de rugby que incluso se permite ir más allá de toda lógica racional. Durante estos mundiales hemos visto cómo los hijos del futuro rey de Inglaterra, si alguna vez le llega el momento, el Príncipe Carlos, se decantaban por las selecciones de Gales (Williams) y de Inglaterra (Harry), rompiendo cualquier previsible neutralidad que se espera de dos personas que representan la familia real británica. A principios de octubre se enfrentaban Gales e Inglaterra, los dos organizadores del torneo en Twickenham, la catedral del rugby, y allí los teníamos a los dos luciendo la camiseta de sus respectivos equipos, que no olvidemos son sólo una parte de su país, ese del que un día quizá sean reyes. Vamos algo así como si en la final de la Champions de 2014 hubiéramos visto al entonces príncipe Felipe con la camiseta del Atlético de Madrid, del cual dicen que es seguidor, y al rey Juan Carlos con la del Real Madrid de sus amores. Todo ello a una semana del anuncio de la abdicación del segundo en el primero.

Quizá por ello, uno de los momentos más emotivos en el mundo de rugby no sea la hakka, que los jugadores neozelandeses hacen a sus contrincantes al inicio del partido, sino el canto de los himnos con todos los jugadores abrazados y todo el estadio cantando. Quizá por ello España nunca sea una potencia en rugby y si llegamos a jugar algún Mundial, no se convertirá en un elemento de unión nacional, pues no podemos cantar el himno. Un país que no puede cantar su himno emocionadamente mientras se abraza a su compañero de asiento cerveza en mano no es un país ni es nada. Y si cualquier himno se canta con emoción, para mí, y para muchos amantes de este noble deporte, escuchar el himno escocés en el viejo estadio de Murrayfield el día que se enfrentan a Inglaterra es como para echarse a llorar. A mí me emociona cada dos años (los partidos no tienen ida y vuelta en el Torneo de Seis Naciones, sino que se alternan cada año en un país) escuchar a todo ese estadio cantar el Flower of Scotland. Por cierto, un himno adoptado para el rugby que se ha convertido en el himno oficioso de Escocia. No es por ningún sentimiento nacionalista, pero siempre he ido con Escocia, desde bien pequeño, no sé por qué, quizá por su fama de perdedores. No en vano, Escocia tiene el récord del más antiguo de los trofeos que se disputan en rugby, la Cuchara de Madera, el premio que se concede al equipo que no gana ningún partido en el torneo de las más antiguo del rugby (primero jugado entre los equipos de las islas, después denominado Cinco Naciones con la inclusión de Francia en 1910 y ahora Seis Naciones tras la llegada de Italia en el 2000). Siempre acabo arrimándome a los perdedores, una manía que tiene uno.

Y ahora escucha esto y si no te emocionas es que no estás vivo:

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