CATALUNYA: ¿por fin la revolución burguesa en España?

Presentacion-de-la-lista-unita_54434027707_53699622600_601_341En mi época de estudiante universitario estas discusiones teóricas estaban de moda. Aún recuerdo el día en que mi maestro Enrique Giménez llegó a clase y nos repartió unas fotocopias, en varios idiomas (francés, inglés, catalán y castellano) sobre la cuestión del origen del capitalismo, pues alrededor de ello iban a girar, en gran parte, sus clases sobre la Edad Moderna europea. Así tendríamos un marco teórico para los acontecimientos que después nos iba a desgranar con una dicción espléndida, una voz telúrica y una arrebatadora forma de engancharte a los temas. Pero no debíamos perder de vista aquel marco teórico sobre el que giraban los acontecimientos: el origen y desarrollo del capitalismo. Creo que Enrique nunca fue marxista en lo político, pero pasó, como gran parte de los docentes españoles de aquellos primeros ochenta, por una fase de descubrimiento del marxismo como teoría histórica.

Y si en Historia Moderna hablábamos del origen y desarrollo del capitalismo, en Historia Contemporánea de España lo hacíamos de la existencia o no de revolución burguesa en España. Al primero que se lo escuché fue a mi otro maestro en esta cosa de la Historia a la que he dedicado, y dedico (aunque cada vez menos), gran parte de mi vida: Emilio Laparra. En la Universidad, el entonces comunista Salvador Forner (ahora pasado a las filas del europeísmo de derechas) nos dio a leer al gran pope de la historiografía marxista española del siglo XX: Manuel Tuñón de Lara. A sus Coloquios de Pau, donde estaba exiliado desde el final de la guerra, acudían los historiadores españoles en peregrinación como si a Lourdes lo hicieran. La sola presencia junto a don Manuel infundía la curación de los males del franquismo y te otorgaba la salvación: ya podías decir que habías estado en Pau, junto al maestro. Ya eras alguien entre los historiadores españoles y entre los antifranquistas. Creo, por la ingente tropa a la que he oído decir que estuvieron en Pau, que pudo ocurrir como en el primer concierto de los Rolling en España, que si sumas todos los que dicen haber estado te salen como dos o tres millones.

El debate sobre la existencia o no de revolución burguesa en España no era baladí en los tiempos del final del franquismo, pues la gran pregunta que se hacía el marxismo entonces era qué hacer a la muerte del dictador. Ahora parecerá una bobada, pero entonces los marxistas se contaban por millones. O eso parecía. ¡Si hasta Ana Belén y Víctor Manuel, hasta Marisol militaban en El Partido!, que no era otro que el PCE. En aquella hora postrera del franquismo la cuestión era si a su muerte había que trabajar por implantar la República Popular a través de la revolución o apuntarse a aquello de la ruptura reformista como paso previo, burgués por supuesto, a la llegada de la revolución proletaria. Una especie de NEP rusa de los años veinte. Para los no avezados en Historia, les explico que durante la revolución rusa, surgida en 1917, Lenin decidió en 1921 permitir un margen de maniobra a la libre empresa dentro de la URSS hasta que la revolución pudiera implantarse de forma definitiva. Según Lenin, todo ello cuadraba en la teoría marxista, pues el viejo filósofo alemán había dejado dicho que para llegar a la fase comunista de la historia era preciso pasar desde el feudalismo a la revolución burguesa y, en Rusia, ésta no había tenido lugar. Por similitud, en la España del tardofranquismo y el postfranquismo se debatía si España había tenido revolución burguesa.

Hasta la década de los setenta, la mayoría de la historiografía española negaba la existencia de una revolución burguesa en España durante los siglos XIX y XX. Para quienes esto creían, la ocasión se perdió en 1814 cuando, ganada la Guerra de Independencia, los diputados de Cádiz se lanzaron en brazos del reaccionario Fernando VII, mientras las multitudes, en lugar de derrocar al rey cuando abolió la constitución de Cádiz, lo recibieron al grito de “vivan las cadenas y muera la Nación”. Otra oportunidad fracasó en 1823, después de tres años (el Trienio Liberal), con la llegada del ejército francés de ocupación (los Cien Mil Hijos de San Luis) a liberar al rey que había jurado la Constitución de Cádiz bajo la presión de los militares liberales. Para estos historiadores negacionistas de la revolución burguesa, lo que ocurrió más tarde no fue sino un engaño. Los supuestos liberales no eran sino continuadores de las clases aristocráticas de finales del feudalismo, aliados con el ejército, que, aunque burgueses en las ideas eran nobles en sus formas, interesados más por las rentas agrarias y las rentas fijas que otorgaban las concesiones mineras o ferroviarias. Además, estos liberales permitieron y se sirvieron del sistema caciquil para el mantenimiento del sistema durante la Restauración borbónica de Alfonso XII y XIII.

A partir de los años setenta, el pionero en España fue un valenciano, por cierto, Enric Sebastià con su obra La transición de la cuestión señorial en el País Valenciano (1971), las teorías sobre lo que era una revolución burguesa comenzaron a cambiar, incluso dentro del marxismo. El golpe de gracia lo dieron los historiadores revisionistas franceses de derechas, especialmente François Furet y Denis Richet. Cuestionaban la confrontación social durante la Revolución francesa entre burguesía y nobleza. Los excesos de 1792, con las masas populares, campesinas y urbanas, fueron rápidamente reconducidos durante la etapa del Directorio. La revolución, para la burguesía, fue principalmente una cuestión política, de dirección del Estado. Su contenido se expresa en la creación de un Estado dominado por las minorías poseedores ilustradas y en el respaldo al liberalismo económico.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el proceso al que asistimos desde hace un tiempo en Cataluña? Vamos a ello.

Para quienes negaban la existencia de una verdadera revolución burguesa en España, la razón estaba principalmente en la inexistencia de una auténtica burguesía comparable a la francesa, la inglesa, la alemana o, incluso, la italiana (en el Norte, que es quienes fundan la actual Italia). Los que en España se tildaban de burgueses no eran sino rentistas que vivían en el centro del poder (Madrid) donde lograban rentas generosas con la compra de tierras, concesiones mineras o ferroviarias. No eran lo que ahora se llama emprendedores. Su afán más deseado era la concesión de un título nobiliario. El caso más paradigmático es el del marqués de Salamanca (José de Salamanca Mayol), que da nombre al barrio más pijo de Madrid, pues a él se debe su construcción. Liberal revolucionario en sus primeros tiempos en su Málaga natal, llegó a participar en la conspiración de Torrijos, amasó tal fortuna tras sus contactos en la Corte (donde llegó a ser ministro de Hacienda) que poseía palacios en media España y parte de Europa, todos abiertos y preparados por si se le ocurría aparecer por allí, y que se granjeaba de tener a su servicio el mejor cocinero del momento, el cual le quiso ser arrebatado por el propio emperador francés Napoleón III, pero no pudo igualar el sueldo que el marqués de Salamanca le ofrecía. Esa era la burguesía española del siglo XIX. Pero había dos excepciones: en el País Vasco y en Cataluña.

Allí existió ya durante el siglo XIX una burguesía cuyo principal deseo era la prosperidad de su negocio. Hubo excepciones, como los Oriol-Urquijo, en el País Vasco, creadores de Hidrola y ennoblecidos. Pero era una burguesía que se sentía menospreciada por el poder central, proteccionista de sus intereses agrarios y mineros. Por ello, cuando en toda Europa la burguesía pregonaba el concepto de nación, en España la burguesía catalana y vasca adquirió su carácter nacionalista. A fines del siglo XIX nacen el PNV y la Lliga de Catalunya, germen de lo que será más tarde la Lliga Regionalista, principal grupo nacionalista catalán hasta la II República.

No deseo alargarme en la historia del nacionalismo catalán y vasco, pues lo que intento exponer es que estamos, a mi juicio, ante la irrupción de la revolución burguesa en España. Creo que, por fin, la burguesía, en Cataluña, está logrando realizar su revolución. Alguien dirá que ya controlan el poder político y económico, pues CiU han gobernado Cataluña casi desde el final del franquismo y que la burguesía catalana domina el mundo económico en el Principado. Sí, pero no habían hecho la revolución. No habían roto los lazos con el Antiguo Régimen. Y el Antiguo Régimen es la política española dirigida desde Madrid y controlada por una oligarquía cuyas raíces se remontan a lo más arcano de los tiempos. ¿Habéis oído hablar de las doscientas familias?

Ahora Cataluña quiere hacer su revolución burguesa. Tomar el poder no como algo subsidiario de un poder que se le sobrepone. También durante la Revolución Francesa la burguesía ya era el grupo político dominante en muchos centros de poder (los parlamentos provinciales y las comunas locales), pero no dominaba el poder. Y en estos días asistimos a toda la escenificación de una revolución burguesa: apelaciones al procés, el tránsito del Antiguo Régimen a la Revolución, que llamaban los franceses, a las declaraciones programáticas, el “Juramento del Juego de la Pelota”, incluso a la promulgación de una “Constitución Nacional”. También tenemos los mismos grupos en escena que en aquel ya lejano 1789 en Francia. Está la burguesía negociante que no se ensucia las manos en batallas callejeras, léase Convergència, ya sin el lastre de los democristianos de Unió Democràtica; la burguesía comercial (el botiguer) forjado en su trabajo diario en el comercio, a pie de obra; la burguesía ilustrada (los conde de Mirabeau, Benjamin Constant o Condorcet franceses) representados por Raül Romeva, Carme Forcadell y Muriel Casals, los tres primeros en la lista del Junts pel Sí; y también sus sans-culottes (las masas radicalizadas de artesanos y clases urbanas), que estarían personificados por las CUP.

La burguesía catalana se caracteriza, como la francesa del XVIII, por su refinamiento, su cosmopolitismo, su cultura y su ilustración frente a la rancia, campestre y de costumbres algo atávicas (por ejemplo, gusta de espectáculos sangrientos como los toros) y poco leída que es la española. No hay más que ver los componentes de la candidatura de Junts pel Sí: mucho profesor universitario (los tres cabeza de lista por Barcelona, citados anteriormente, pero también Oriol Junqueras, número cinco, o Germà Bel, número uno por Lérida), alguno de Secundaria (Josep Maria Forné, cabeza de lista por Tarragona), artistas como Lluís Llac (que encabezaba la de Girona) y escritores como Jaume Cabré (aunque en un puesto testimonial).

Pero la Historia suele ser terca y tiende a repetir sus esquemas. Esta alianza de la burguesía más ilustrada de Catalunya se ha hecho al margen de la alta burguesía financiera que considera que la independencia es un riesgo innecesario para sus negocios. Por ello, se han cuidado mucho de marcar distancia con ella. Y esa distancia se sitúa en los símbolos, como hace más de doscientos años en Francia. Los ámbitos de sociabilidad, como dice la antropología histórica, por ejemplo. El centro de la vida artística se ha trasladado del Liceo, a pesar de los abucheos al Príncipe en 2013, a Omnium, una entidad nacida a principios de los años sesenta en la lucha contra la persecución franquista del catalán y convertida, en la actualidad, en el eje de la burguesía ilustrada catalana. Y no sólo en los ámbitos de sociabilidad, también en lo más visible en la actual sociedad de la imagen: el atuendo. Igual que los burgueses revolucionarios de 1789 se ponían la escarapela tricolor, los miembros del Junts pel Sí, no dejan de lucir su lazo cuatribarrado y llevar dicho símbolo a las multitudes en las calles. Y, naturalmente, el vestuario. En la Francia revolucionaria se acabó abandonando el esquema de peluca rizada, casaca, calzón, camisa, medias de seda y calzado con tacón, preponderante en las clases altas durante los siglos XVII y XVIII por la moda inglesa, el denominado traje burgués: chaquetas de paño sin bordados ni adornos, pantalones de cuero o de otro género de carácter duradero. Sólo hace falta echar un vistazo a las imágenes de estos días durante la campaña y postcampaña de los miembros del Junts pel Sí. Se acabaron las corbatas, hasta Mas aparece sin ella en la mayoría de ocasiones, y llegaron las chaquetas casual, los vaqueros, las zapatillas y los trajes de lino (en las candidatas). Mientras tanto los sans-culottes (la CUP) hacen honor a su nombre y se presentan en camiseta, las más de las veces con eslóganes reivindicativos.

El procés se ha puesto en marcha. La revolución burguesa se ha iniciado en tierras ibéricas, por fin. Lo que está por ver es si seguirá la misma dinámica que en Francia. La burguesía ilustrada y del botiguer necesita de los sans-culottes (la CUP) para tomar el poder, pero quizá después se olvide de ellos. Tal vez, la burguesía nacionalista de siempre en Cataluña, encuadrada en torno a Convergència, dejará pasar los tiempos de la Asamblea Nacional, la Asamblea Constituyente, la Convención (esperemos que sin el Terror) y tomará, de nuevo, las riendas con un periodo semejante al Directorio (1795-99): reacción frente a revolución, depuración de los elementos exaltados, liberalización económica (abolición de la Ley del Máximum, tasa de precios de los bienes esenciales) y sufragio censatario. Mientras, los sans-culottes volverán a las barricadas como en el verano de 1795, para ser derrotados definitivamente por la burguesía ordenada.

Muchos pensaréis que si todo este esquema se produce, habrán fracasado las esperanzas de mucha gente. Si lo que te esperabas con el procés era la Arcadia feliz del poeta Virgilio vete quitándotelo de la cabeza. Además, si no te interesa siempre podrás ser acogido en España, donde seguirá imperando el Antiguo Régimen, que es a lo que se ha acabado pareciendo la Inmaculada Transición. Para los no versados explico que se conoce como Antiguo Régimen en historiografía al periodo final del feudalismo (siglos XVII y XVIII), que mantiene sus características esenciales, pero con un barniz de novedad. Especialmente, en el ámbito económico, pues se han eliminado muchas de las ligaduras feudales para que la burguesía financiera y rentista se sienta cómoda y no pretenda acabar con el sistema. Vamos, como diría Pío Baroja, puramente España. Por lo tanto, subscribo lo dicho por Fernando Trueba el otro día. Yo también hubiera preferido haber perdido la Guerra de Independencia contra Napoleón y que nos hubiera dado una pasada por la Revolución Francesa, quizá nos hubiéramos liberado de “las cadenas”, aquellas que tanto deseaban los españoles en 1814. Y quizá el llamado problema catalán no existiría. Echad un vistazo a Francia.

Acerca de José A. Moreno

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2 respuestas a CATALUNYA: ¿por fin la revolución burguesa en España?

  1. Juan Castells López dijo:

    Per fí una lectura de la “situació catalana” digne i plé d’humor i una certa enveja ¿No?

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