CARLOS, REY EMPERADOR: Historia para dormir plácidamente

descargaComo aún debe quedar algún antiguo alumno o alumna, o compañero o compañera, aficionado a la historia que esté esperando dé mi opinión sobre la serie estrenada hace unas semanas en RTVE, me pongo manos a la obra. ¿O quizá no? Quizá ni una cosa ni la otra: ni anden ya por aquí, ni les interese lo que opine. Pero, de todas formas, allá va.

Ya he escrito en otras ocasiones que no me considero un crítico cinematográfico, ni musical, ni literario, ni de nada. Si escribo aquí sobre lo que veo, escucho o leo es porque la Piedra de San Blas me pilla un poco lejos en el espacio y en el tiempo. Si algún día fue mi ágora intelectual, quedó ya lejos. Ahora que lo pienso, la he sustituido, a veces, por la Piedra del Parque Enric Valor donde otros amigos, estos con la autenticidad que da la madurez, soportan algunas de mis peroratas intelectuales. Pero aunque no sea un crítico cinematográfico, es muy fácil catalogar la serie “Carlos Rey Emperador” como un auténtico “peñazo”. Es infumable. Han conseguido lo que las corrientes historiográficas modernas (Annales, Mentalidades, Vida Privada, Nueva Historia Cultural, Historia Narrativa, Microhistoria) han intentado anular con tanto esfuerzo: la historia como “tostón”. No tenía muy claro si mi opinión estaba sesgada por lo poco que me atrajo su antecesora “Isabel”, pero al final del tercer capítulo vi la luz: si una de esas amistades, que comparte conmigo la Piedra del Parque Enric Valor, se había dormido durante él, es que la serie era realmente un peñazo. Es una apasionada de las series históricas, por lo que su opinión es de total confianza.

No hace falta ser un crítico cinematográfico para catalogar la serie con los adjetivos antes mencionados y cuantos sinónimos se os ocurran. La abundancia de personajes históricos que aparecen y desaparecen es abrumadora. Un día sale Carlos de Borbón, “el traidor”, en la historiografía nacionalista francesa, y ya no volvemos a saber de él. Aunque supongo que cuando estemos en plenas guerras de Italia volverá a la escena. Otro día aparece el duque de Alba, sin mucho sentido histórico, dicho sea de paso, y tampoco volvemos a saber de él. Ese es el principal problema de la serie: se les ha ido la mano en el número de personajes. Pero lo más gordo está en la aparición de la trama superpuesta de Hernán Cortés. ¿Qué demonios pinta en una serie sobre Carlos V? Ya, son contemporáneos y querían ilustrar que mientras Carlos se pegaba de hostias con todo Cristo (y no es una forma de hablar, como veremos), Hernán Cortés también le endiñaba a todo indio viviente. Pero, ¿era necesario hacerlo así? ¿Era necesario cortar la trama de Carlos V, de cuando en cuando, para meter una cuña de las andanzas de Hernán Cortés? No he visto jamás un engendro tal. Cuando en el cine coexisten tramas paralelas, se les da un sentido de complemento, acaban encontrándose, explican una a la otra, dan una nota de ambiente. Pero esto es un auténtico bodrio. Si quitas todos los trozos de la trama de Hernán Cortés, la serie no se resentiría. Es más, ganaría en agilidad. Es la demostración de que algo sobra, lo quitas y no pasa nada, o queda mejor. Como el ser humano en el planeta Tierra.

Se anunciaba la serie como una de las más caras de la historia, alardeando de vestuarios, escenarios y reparto multitudinario. En España tenemos la costumbre de pensar que si algo es caro es que es bueno. Deben ser los restos del refrán castellano “lo barato sale caro” o ese otro de “burro grande, ande o no ande”. Nos lanzamos a películas de alto presupuesto y series millonarias como si ello garantizara su calidad. Creo que es también un poco de complejo de nuevo rico. Le gustan los coches caros, los trajes caros, los relojes caros, aunque no sepa ni conducirlos, ni lucirlos, ni leer la hora. Pero son caros. Así, no es extraño en la salida de un cine escuchar a alguien preguntar “¿te ha gustado la peli”?, “no sé, está bien, pero, tío, que efectos especiales, valdrán una pasta y dicen que el protagonista ha cobrado cien millones y sólo sale quince minutos; ¡qué pasada, tío!” Alto nivel de erudición, como se ve.

Es sabido, por quienes esto siguen, mi desapego a las series y películas históricas, pues o bien me tiro toda ella buscándole gazapos, o no paro de buscar una razón sociopolítica para su existencia. Eso me pasó con Isabel. Un intento de volver a colarnos la Unidad de España, como algo inmarcesible. Pero quienes la vieron dicen que era de factura agradable y no tan nacional-carpetovetónica como yo pensaba. Cuando me enteré que su continuadora iba a ser una serie sobre Carlos V, se me abrieron las carnes: “más madera, esto es la guerra”, que dirían los hermanos Marx. Más nacional-españolismo en nuestras pantallas en tiempos de secesión periférica. Pero una de mis amistades me pidió que le dijera si creía que era interesante verla y no podía darle una opinión sin hacerlo. Además, estoy enfrascado en estos momentos en plena docencia en la Universidad de una asignatura sobre los primeros tiempos de la Edad Moderna y Carlos V es un personaje central en toda la primera parte de la materia. Tenía que estar informado por si surgía una pregunta capciosa de alumnos espabilados sobre éste o aquél hecho que la serie reflejara. Por ello me lancé a ver la serie. Y voy a intentar aguantar hasta el final, si el sueño no me vence.

En serio, la serie es difícil de ver. Demasiados personajes. Demasiadas tramas. Y, sobre todo, mucho hablar. Ser tiran todo el tiempo largando sobre el devenir histórico. Demasiado diálogo, falta acción, falta sangre y algo de “folleteo”.

Es cierto que Carlos tuvo una vida ajetreada y le tocó vivir la etapa más compleja de toda la Edad Moderna: luchas por el poder en Occidente (España, Francia, Inglaterra, el Papado), el problema de Italia, que todos querían apropiarse, el asunto de su difícil llegada a España y las rebeliones en Castilla, Valencia o Mallorca, el problema religioso (protestantes y católicos a la greña), los turcos que acechaban por oriente, los problemas financieros, América… Se ha querido abarcar toda la problemática de la vida política de Carlos V y ello era imposible sin llenar la serie de personajes, de tramas y de asuntos que al espectador le abruman. Una serie histórica no tiene que ser un tratado o una tesis doctoral sobre un personaje. Para ello ya está don Manuel Fernández Álvarez y su “Carlos V, el César y el hombre” con sus 888 páginas llenas de cada uno de los momentos de la vida y milagros políticos del Emperador. Una serie debe acercarnos a la historia, entretener, motivar para conocer y leer más, dar una visión de una época o personaje.

Pero además está el tono. El tono es auténticamente panegírico. El Carlos que ha llegado a España desde los Países Bajos es un buenazo. Han elegido además un actor que les da el tipo de lo quieren transmitir. Las decisiones de Carlos, hasta ahora, parecen tomadas por un tío que es buena gente. Veremos en qué deriva la cosa y cómo trata la serie algunos asuntos delicados. Por ejemplo, ese Carlos “buen rollo”, publicó en 1520 un edicto en Worms (no confundir con el que al año siguiente firmó contra Lutero) en el que condenaba a todos los comuneros levantados en Castilla a muerte u otros castigos ejemplares. A la vuelta del Rey Emperador, la represión se recrudeció y más de cien comuneros fueron ajusticiados, entre ellos el obispo de Acuña, lo cual provocó que el papa Clemente VII, profrancés, le excomulgara.

Habrá que ver, efectivamente, como trata la serie las relaciones de Carlos con  la Santa Sede. Ese buenazo de Carlos, católico por los cuatro costados, dirigió en 1527 un ejército al mando de Carlos de Borbón, ese que en el segundo capítulo se convierte en el enemigo más acérrimo del rey francés Francisco I y que parecía un alma cándida. Pues ese, protagonizó uno de los episodios más sangrientos de la vida de Carlos Rey Emperador: el Saco de Roma, que ya glosé en otro momento. En resumidas cuentas, las tropas imperiales entraron en la Ciudad Santa, después de la muerte de su comandante el duque de Borbón, por un arcabuzazo lanzado por el pintor renacentista Benvenuto Cellini, según el mismo contaba, (que mucho renacimiento y mucho humanismo, pero si había que matar se mataba) el 6 de mayo de 1527. La guardia suiza fue masacrada en las mismas escalinatas del Vaticano, el papa huyó, a la carrera, sayas en mano, por un pasadizo secreto que une la Basílica de San Pedro y el castillo de Sant’Angelo. Todas las iglesias fueron saqueadas, menos las que estaban bajo dirección española, los palacios esquilmados, las monjas violadas, los obispos maltratados, algunos perseguidos hasta la muerte, otros vejados de forma cruel por las tropas del Rey Emperador. Según cuenta el cronista Gregoribus “algunos soldados borrachos pusieron a un asno unos ornamentos sagrados y obligaron a un sacerdote a dar la comunión al animal, al que previamente habían hecho arrodillarse. El desventurado sacerdote engulló todas las sagradas formas antes de que sus verdugos le dieran muerte mediante tormento.” No sé cómo resolverá el asunto la serie, aunque me lo imagino. Todo fue culpa de los alemanes. Unas tropas mal pagadas que se lanzan en tropel para cobrarse lo que el Rey Emperador no puede pagarles porque los castellanos no aceptan pagar más impuestos. Llamo sobre esto la atención, pues creo que la serie nos puede hacer ganar más enemigos de los que ya tenemos por Europa. Bien está que el rey de Francia sea el malo de la serie, que el de Inglaterra no le vaya a la zaga, que los flamencos tengan la culpa de todo, que el Papado sea corrupto, pero ¡cuidado con los alemanes! Como ahora culpemos de todas las maldades de Carlos a los alemanes, nos vamos a ver en un lío.

Efectivamente, veremos cómo digiere la serie el tema de Lutero. Ahí sí que nos la jugamos. No puede la serie presentar a Lutero como un agustino atormentado con su salvación que un día se le va la olla y se pone a despotricar contra el Papa. Más de media Alemania es luterana, la propia Angela Merkel lo es. Es más, es hija de un pastor luterano. ¡A ver si la vamos a liar y la Merkel nos toma ojeriza y nos pide la devolución de lo prestado para el rescate de la banca! (Perdón, rescate no quise decir, era “un préstamo en condiciones muy favorables”, según el ministro De Guindos). Sea lo que sea, como tengamos que devolver los cien millones de euros prestados, adiós recuperación económica, adiós a mi paga extra recobrada para después de las elecciones (si Rajoy gana, por supuesto), adiós a la bajada del IVA cultural. A ver cómo soluciona la serie, por tanto, el lío en el que se metió Carlos en Alemania: intentos de que abjuraran de su nueva fe, excomuniones por doquier y, finalmente, una guerra contra los protestantes que Carlos dio por finalizada, por lo que se pintó un cuadro y todo por el gran Tiziano (barato no le debió salir), tras infringirles más de 800 bajas en la batalla de Mühlberg (1547).

Y todo esto costaba una pasta. Carlos Rey Emperador no dejó de gastar a manos llenas y de pedir dinero a espuertas, pues ni todo el oro y la plata de América eran suficientes. Y cuando no se tiene dinero se pide prestado. He visto en la web de la serie que también saldrá Jacobo Függer, uno de los principales prestamistas del Rey Emperador que logró amasar, a cuenta de las minas de Almadén, los barcos que llegaban de América, los impuestos cobrados en Castilla y otras “privatizaciones” una fortuna de 2,1 millones de florines, unos 125 millones de euros en la actualidad. Tal fue la deuda que el hijo de Carlos Rey Emperador sí podría haber hablado con razón de la “herencia recibida”. Tanto que al año siguiente de su coronación, Felipe II tuvo que declarar la primera bancarrota de la Historia de España. La primera de una larga serie, trece, que nos sitúan en el primer lugar a nivel mundial. ¡Que se chinchen los griegos! Nosotros sí sabemos hacerlo. Dejamos de pagar y a otra cosa. Habrá que ver cómo trata la serie el asunto. Seguro que es culpa de alguien, pero como se la echemos a los avaros alemanes, la tenemos liada.

Y espero que pronto veamos a Carlos sentado a la mesa para disfrutar de su más pertinaz vicio: la comida. Algunos historiadores apuntan a que padecía de bulimia y que de ello devino su carácter retraído, solitario, depresivo y porte un poco alelado. Además, cuentan los cronistas, que verle comer era un espectáculo dantesco ya que su prognatismo exacerbado (una mandíbula saliente hasta la exageración), de origen genético por parte de su abuelo Maximiliano, le obligaba a deglutir con dificultad, masticar con la boca abierta, salivando en exceso. Por ello le gustaba de comer en soledad, donde se daba grandes atracones. Sin embargo, el que apenas si modificara su peso durante la edad adulta ha dado pie a considerarle como un enfermo bulímico. Incluso ya retirado en Yuste le eran enviados toneles de cerveza alemana y flamenca, sus predilectas, ostras de Ostende, sardinas ahumadas, salmones, angulas, truchas, salchichas picantes, magros chorizos, etc., que no hicieron sino empeorar el estado de salud del Emperador hasta el punto de tener dificultades para vestirse solo.

Veremos también como trata la serie sus últimos años de vida. Espero que lo retraten con veracidad y reflejen la decadencia que el personaje sufrió. De César pasó a convertirse en un ánima en pena. La muerte de su bellísima esposa Isabel de Portugal lo llevó a la depresión (dos meses encerrado en el convento de La Sisla de Toledo prácticamente sin comer); sus derrotas a partir de 1553 a manos de alemanes y franceses le llevaron a pasarse horas sumido en cavilaciones y llorando como un niño como narran los embajadores ingleses en los Países Bajos. Con la muerte de su madre en 1555 su estado empeoró. Permanecía horas de rodillas en una estancia sin apenas luz y aseguró en una ocasión haber oído a su madre difunta para que la siguiera.

Espero que esta parte humana, de la debilidad humana, también aparezca en la serie y no conviertan al personaje en una especie de guerrero exitoso, gobernante perspicaz, un Hombre de Estado, en suma. Si no saben hacerlo, lo tienen bien fácil, que se vean la serie “Los Tudor” y modifiquen lo que tienen grabado. ¡Ah “Los Tudor”, siempre “Los Tudor”. Pero es que es difícil superar una serie de tal factura, emoción, calidad y sugestiva trama. Realizada por británicos, no tuvieron problemas para retratar a su rey como un mujeriego empedernido, un político astuto, pero bastante rencoroso y brutal. Recordemos el episodio de la decapitación de Thomas Cromwell al que mandó decapitar por un verdugo borracho que casi acaba su faena, para más tarde hervir su cabeza y colgarla en el puente de Londres mirando hacia las afueras de la ciudad. Adicto también a la comida y al juego, todo ello era reflejado la serie en la que casi nadie se salvaba. Incluso el guapo (guapísimo dice mi mujer) amigo del rey, Charles Brandon, duque de Suffolk, (Henry Cavill) se dedica en cuanto puede a pegársela a su mujer y marchar al Norte a matar escoceses a porrillo. Fijaos cómo será la cosa que el personaje que mejor parado sale en la serie británica es la española Catalina, primera esposa de Enrique VIII.

En resumen, que nos seguimos creyendo nuestra propia historia. Seguimos creyéndonos los más grandes. Y aunque ya no lo seamos, somos como ese viejo boxeador, sonado por los golpes, que se pone en el VHS sus viejos vídeos de cuando era una gloria del cuadrilátero. ¿Cuál será la próxima serie con la que nos deleite RTVE para recordarnos que fuimos un día un Imperio? ¿Quizá una sobre la Guerra de Independencia y cómo derrotamos a los pérfidos franceses con su Pepe Botella a la cabeza? No, por favor, que antes se vean la increíble “1864”, serie danesa que glosa la crueldad de una guerra nacionalista perdida, en la que la estupidez de sus políticos convirtieron un país que quería ser más y mejor que nadie (elegido por Dios, decían) en un pequeño estado, que renació de aquella derrota hasta convertirse en modelo de convivencia, desarrollo ciudadano, bienestar y vacío de cualquier atisbo de corrupción. Aquí ganamos la Guerra de Independencia y nos creímos “lo más”, tanto que salimos en 1814 a recibir al nuevo rey Fernando VII al grito de “¡Vivan las cadenas, muera la Nación!”. Como decía el otro día Trueba, hubiera sido mejor haber perdido la Guerra de Independencia.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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