EL VERANO ERA…: en aquel tiempo inocente

descargaPasa el tiempo y los veranos vuelven. Puntuales. Como un metrónomo. Tac, tac, tac, tac… otro, otro, uno más. Miras tu vida por encima del hombro, hacia atrás, tienes que entornar los ojos, pues hay veranos que ya están muy lejos y la vista no te alcanza. Algunos están ya en la penumbra de la memoria, se ven borrosos. Algunos están casi ocultos tras la línea del horizonte. Tienes que caminar hacia ellos, con la memoria, para recordar cómo eran. Entonces te das cuenta de que…

El verano era… la vida. El resto del tiempo era la rutina. El verano era realmente el momento del año en que vivías. Estaba lleno de experiencias. Cuando vivía en el pueblo, todo cambiaba con el verano. Los días se hacían largos, no sólo de horas sino de momentos: una larga mañana en casa notando como el fresco se transformaba en cálido mediodía, mientras jugabas a esto y lo otro; la interminable siesta para leer, escuchar las historias de la guerra de Marruecos de mi abuelo o engañar a mi abuela haciendo como que dormía; la tarde, eterna, de tertulia con mi tía Bony, de visitas a familiares y amigos enfermos, accidentados o deprimidos por la muerte de un allegado; las largas preparaciones de las comidas y las cenas; las prologadas veladas al fresco de la calle viendo pasar la gente y escuchando viejas historias de todos ellos. Y los fines de semana de visita a la plaza, que era como en mi familia se decía cuando íbamos al mercado, de limpieza intensa de la casa (cambiar sábanas, limpiar el polvo, remover los muebles…). Lo llamaban “hacer sábado”. Cuando ya no vivía en el pueblo, era el deseo de que llegara el verano para cambiar mi monótona, simple y aburrida vida en la ciudad por la de él, intensa de momentos, de lugares, de gentes.

El verano era… Un viaje en tren de vuelta hacia mi pueblo, con una clónica estación de aquella España franquista. Un familiar, especialmente mi tía Bony o mi abuelo que me esperaban. Mi adolescencia está ligada al ambiente, los personajes, los olores de una estación de tren. Concretamente de dos: una de pueblo, con su reloj en el andén, con una puerta de aluminio hacia un hall casi desierto con algunos asientos de plástico pegados a la pared, y otra que da a la calle, mejor dicho al mundo de libertad y goce que significaba mi pueblo, especialmente en verano; la otra estación, la de una gran ciudad, tenía numerosos andenes y vías de entrada y salida entrecruzadas, con un enorme hall con olor a viejo hollín de locomotora, con unas enormes puertas que daban a una escalera que te conectaba con un mundo cosmopolita que siempre identifiqué con un calor húmedo que llegaba del mar. En esta estación de gran ciudad me solía esperar mi familia al completo, pues sabían que, en parte, yo pertenecía al otro mundo, al de mi pueblo, y debían hacer méritos para que considerara que aquél también era mi mundo y ganarse mi afecto.

El verano era… Un viaje en tren de vuelta hacia Alicante. La tristeza del final del verano. Los pensamientos de comenzar de nuevo y dejar de hacer las torpezas de siempre. Ser un hombre nuevo. Por ello, y porque me he mantenido unido al calendario escolar, siempre he considerado que el año comenzaba en septiembre, después del verano. Aún, en la mayoría de mis conversaciones me oiréis decir “el año pasado”, cuando, en realidad, me refiero al mes de julio. Pues el verano divide mi vida en partes alícuotas de ella. Y con el final del verano llegaban los nuevos propósitos, como hace la gente en Nochevieja. Dejaré de hacer…, dejaré de ser tan…, dejaré de pensar en…, dejaré de…, seré más… Ahora que se acerca el verano ya estoy comenzando mi lista de propósitos para el año próximo con nuevos dejaré de hacer…, dejaré de ser tan…, dejaré de pensar en…, dejaré de…, seré más… Sé que me durará poco, como el que no llega a Reyes sin encender un nuevo pitillo, sin volver a comer dulces, sin volver a no hacer ejercicio.

El verano era… La Feria. La visita de los familiares, las comidas llenas de gente, el cine de verano, las fiestas de pueblo. Llegaban los primos mayores a los que envidiabas por su madurez. Con sus novias, con sus novios. Los conciertos de Rafael, Víctor Manuel y Ana Belén, Paloma San Basilio, Rocío Jurado, Serrat… que se oían en todo el pueblo desde los Jardinillos. Esas odiosas fiestas del pueblo en las que no me gustaba hacer nada de lo que hacía la gente: montar en los coches de choque, subir a la noria, comprar chucherías, ligar con las chicas, dar vueltas por la Feria.

El verano era… Levantarse tarde, ver el sol entrar por la ventana que daba al corral, coger un libro (siempre recordaré las innumerables horas leyendo en la cama, de mañana, Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet), leer durante un par de horas, la entrada de mi tía Bony para que me levantara y desayunara. En aquellas mañanas pensaba en lo que me quedaba para ser mayor, para dejar de hacer lo que hacía y, sobre todo, para dejar de ser como era, ser otra persona, porque yo creía que con el paso del tiempo te convertías en otra persona y te verías, en la lejanía del tiempo, como veías a los otros, como un extraño. Pero no. Pasan los veranos y sigues siendo el mismo, pero esperas un día ver, por detrás del hombro, al que ya no eres. Vana ilusión.

El verano era… Coger la bici y dar vueltas por el pueblo desafiando a cuatro coches que entonces había.

El verano era… Ver crecer las nubes y esperar la tormenta de la tarde.

El verano era… Tertulias en la plaza, envidiando a todo el mundo por todo.

El verano era… Salir con mi tía y comprar un “chambi” al caer la tarde, cuando el sol dejaba paso al fresco del ocaso.

El verano era… Sentarme con mi abuelo en la plaza Vieja y mirar como regaba el camión de bomberos la arena del centro de la misma. Y notar ese olor a tierra mojada que dejaba a su paso.

El verano era… Esperar, tras el final de la Feria, su propio final. No desear que acabara. Con ello llegaba el momento de le vendimia. Cada año lo temía. No por el trabajo físico, sino porque ello significaba siempre nuevas gentes, siempre momentos para el agobio por no saber estar, no saber qué hacer, qué decir…

El verano… La vida era fácil, y más si ponen música dos monstruos (Joplin y Hendrix):

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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