DECIR ITALIA, ES DECIR…: La culpa es de Il dolce far niente

imagesTengo una amiga un poco egipcia ella, Nemrak, que, de vez en cuando, dice que parece como si los astros se alinearan siguiendo una línea que nos conduce hacia un punto inexorablemente. ¿No os ha ocurrido que os tiráis todo un día pensando en llamar a un viejo amigo y, de pronto, suena el móvil y es ella? ¿No os ha ocurrido que veis una película sobre París y, desde ese momento, no paras de tropezarte con imágenes, personas o cosas de la capital francesa? Pues a mí me lleva ocurriendo desde hace una semana con Italia.

Ya conté que he vuelto a ver la impactante serie Gomorra y que el otro día vi, por tercera vez, la maravillosa película La gran belleza. Pues el sábado pasado enciendo la radio y Juan Pablo Silvestre, con su inconfundible y susurrante voz, dedica se programa, Mundo Babel, a… Italia. Dos horas de Italia en mis oídos. “Decir Italia es decir ópera; decir Italia es helados; decir Italia es decir dolce far niente”. Así comenzaba el programa del pasado sábado (aquí el posdcast) y, “como no todo va ser follar” (léase fustigar al personal con artículos existenciales), que diría el siempre recordado Krahe, me apetece, como Juan Pablo Silvestre no me llamó a su programa, contar que es para mí “decir Italia” ya que parece que me persigue estos días;y todo bajo este relax del “dolce far niente”.

Con Italia siempre he tenido una relación de amor-odio. Si echo la vista atrás se me vienen encima varias imágenes relacionadas con Italia: la vespa, Dino Meneghin, los cuadros del Renacimiento, los bailes “agarrados”, las películas de la Mafia… Son imágenes de una larga nostalgia, pero ya sabéis lo que decía Romano, el amigo de Gep, protagonista de La gran belleza, “¿Qué tenéis en contra de la nostalgia, eh? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro”.

Italia me recuerda a aquellas películas de finales de los sesenta y principios de los setenta con jóvenes que se trasladaban en vespa, con las chicas montadas a la grupa (como mandaban los cánones eclesiales entonces y como permitían aquellos vestidos de faldas de amplios vuelos, que, dicho sea de paso, tanto le siguen gustando a mi chica). En aquellas películas siempre era verano, siempre salían playas todavía con pocos edificios que taparan la playa, siempre había buen rollo entre los amigos. En mi vida no había vespa (aunque mi padre y yo tenemos una vieja foto en blanco y negro subidos a una de ellas que pertenecía a un amigo suyo) ni chicas, apenas era un niño entonces, pero recuerdo que el ambiente era bien parecido al que veíamos en aquellas películas. Tengo una imagen que siempre me viene a la mente cuando visito la Albufereta de Alicante: mi tío Pedro, sus hijos, mi tía Emilia y yo en su flamante Seat 127, de color verde, llegando a la Playa. Eran los mismos edificios, la misma luz, las mismas pintas en los bañistas (bañadores extensos para las señoras, bikinis para las jóvenes más atrevidas y slips, que decían ser bañadores, para los hombres: ¡cómo marcaban paquete aquellas prendas!). También existían en la Albufereta los mismos bares de cañas y calamares, con comidas en manteles de cuadros que yo veía en las películas italianas.

Un poco más tarde, a mediados de los setenta, se produjo otro contacto con Italia: la música melódica italiana. Siempre estará unida ésta a mi primo Antonio. Debió ser 1977, pues recuerdo haber escuchado en su casa la noticia de la muerte de Elvis. Tanto a él como a sus amigos les había dado por la música melódica italiana y me tiré las dos semanas que pasé con él escuchando a Umberto Tozzi, Sandro Giaccobe, Richard Cocciante y tantos otros. Eran los herederos de la ingente pléyade de cantantes que había dado el Festival de San Remo desde 1951. De allí habían salido mitos de la talla de Domenico Modugno (Nel blu dipinto di blu), Gigliola Cinquetti (Non ho l’età), Iva Zanicchi (Non pensare a me), Adriano Celentano (Pregueró), Nicola Di Bari (I giorni dell’arcobaleno)…

Decir Italia es decir Dino Meneghin, Il Monumento se le llamaba en el basket italiano, pues decir Meneghin es decir pallacanestro: jugó 29 años en la Lega, entre 1966 y 1995 (se retiró con 45 años, llegando a enfrentarse contra su hijo Andrea), logrando 12 campeonatos italianos y 7 Copas de Europa. Entre 1970 y 1979 jugó la final de la Copa de Europa todos los años con el Varese, ganando en cuatro ocasiones. De las diez finales, jugó cuatro contra el Real Madrid, con dos victorias y dos derrotas. Y es que en la década de los setenta nadie hizo sufrir tanto al Madrid de basket como Dino. A mi amigo Dani le encantarán algunas secuencias de este vídeo, donde Dino maltrataba, en el sentido literal de la palabra a los jugadores del Real Madrid:

Dino era Italia en esencia pura: racial, exagerado, un poco (o un mucho) marrullero, pero amigo de sus amigos, amante de una buena juerga. Mirad sus gestos en el vídeo, su forma de celebrar canastas y triunfos, parece un condottiero de la Italia del XVI en plena campaña. Pero era, además de pendenciero, noble y honesto, como heredero de la antigüedad clásica italiana. Leed esta magnífica entrevista que Íñigo Domínguez le hizo en Jotdown.

Dino era el líder de la selección italiana con la que nos tocaba cruzarnos casi todos los campeonatos, pues entonces el básket era cosa de tres o cuatro (no como ahora con la desmembración de los Balcanes y la URSS), más la llegada de griegos, turcos o franceses. En aquella selección también se aunaba la doble esencia italiana: por una parte la belleza, la nobleza, el estilo (Brunamontti, Marzorati, Antonello Riba,…) y, por otra, la mala leche, la pasión, la fuerza bruta (Meneghin, Gilardi o Sacchetti, que acabó amenazado con unas tijeras en pleno partido por el yugoslavo Grbovic, tras haberle agarrado de una oreja en un lance del juego). Ahora los echo de menos, ya casi no aparecen por mundiales y olimpiadas, y en los europeos han perdido fuerza. Han perdido sus esencias: ni son bellos, ni son feroce. Dicen que hay un nuevo talento en la selección, lo veremos en septiembre contra España, se llama Gentile, Alessandro, y es hijo del mítico Ferdinando Gentile; tiene 22 años y esa clase y estilo que parece sacada de una pasarela de moda de Milán, y la mirada asesina de los condottiero del siglo XVI, que pugnaban por el retorno de los Sforza a Milán.

Hace unos años vi a Dino Meneghin en directo, fue una experiencia impactante, pues era como ver a uno de aquellos personajes cinematográficos de tu juventud tomando forma corpórea, como en La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen. Allí estaba, en el banquillo del equipo rival de nuestro Lucentum, su Varese de toda la vida, con su gabardina negra de cuero hasta casi los pies, la cual le daba un aire de pistolero de los spaghetti western de los setenta. Y seguía igual. Se cabreaba con todo el mundo: los rivales, los árbitros, sus propios jugadores…, pero sin dejar de mantener ese porte de “maestà”.

Durante los ochenta y noventa también hubo otros odiados italianos en el mundo del deporte. Los futboleros recordarán a Tassoti y su famoso codazo a Luis Enrique en 1994 y los de deportes más minoritarios a Alberto Tomba, aquel bellissimo esquiador que llegó a decir, cuando se enteró de que los Mundiales de Esquí de 1995 se celebrarían en Granada, que no sabía que en África había estaciones de esquí. Todos odiamos al Grandissimo Alberto, pero los mundiales tuvieron que ser aplazados al año siguiente, ya que el destino quiso dar la razón a Tomba y aquel año no cayó ni un copo de nieve en Sierra Nevada. En 1996 se celebraron finalmente y, aunque todos deseábamos que Tomba cayera por las pendientes del Veleta, él se vengó de nuevo y ganó dos medallas de oro. Otro fue el fondista Alberto Cova, al que los seguidores españoles detestábamos por su forma de correr un tanto ratera. Siempre se mantenía agazapado, no gastaba ni un gramo de fuerza, se pegaba como una lapa y cuando quedaban apenas cien metros esprintaba y ganaba, mientras los contrarios, que habían hecho todo el desgaste, llegaban desfondados. Así ganó consecutivamente el Campeonato de Europa (1982), el del Mundo (1983) y los Juegos Olímpicos (1984) en la distancia de 10.000 metros. Y qué decir de aquella épica final de waterpolo en los Juegos Olímpicos de Barcelona (1992) contra l’esquadra italiana. Derrotados por 9 a 8 después de tres prórrogas y de haberles remontado un 4 a 1 adverso. Eran odiosos, pero ahora, con la nostalgia como bandera, era meraviglioso enfrentarse a ellos.

Decir Italia es decir Little Italy. Pocos países han desarrollado una vida nacional fuera de su territorio del nivel de Italia. Existe una Italia en la península itálica y otra Italia fuera de ella, especialmente en Estados Unidos. Quizá sólo los judíos han mantenido sus tradiciones y, sobre todo, han impregnado los Estados Unidos con su cultura al mismo nivel. Es cierto que también están los chinos o los latinos, pero no han producido el efecto que los italianos (e insisto, quizá, los judíos). Alguien también dirá que están los argentinos, que no pierden ni su acento, pero estos no cuentan, pues son medio italianos. Los itaianos han seguido siendo italianos, pero se han sentido un poco, o un mucho, americanos. No hay mejor ejemplo que el que nos ofrece Coppola en El Padrino. El personaje de Michael Corleone (Al Pacino, otro italiano) es paradigmático: llega, en la primera parte de la trilogía, de la II Guerra Mundial como un héroe americano y El Padrino  (Marlon Brando) desea mantenerlo alejado de los manejos de la familia para convertirlo en un hombre de bien: quizá gobernador, quizá senador o, quien sabe, algo más. El cine americano está repleto de ejemplos en el género de gánsters: El precio del poder, Uno de los nuestros, Los intocables de Eliot Ness…, y tantas otras.

Decir Italia es decir cineastas y escritores. De entre los primeros, querencia especial tengo por Pasolini, debe ser su agitada vida o puede que su compromiso, que le llevó a la muerte, como en otra ocasión conté, o quizá una de esas alineaciones de las que hablaba al principio (que mi amiga Nemrak me ha enseñado a observar) y que acercan a Pasolini con Morrissey:

Entre los escritores, no ya los clásicos (Dante, Petrarca…), sino los contemporáneos, tengo cercanos a los ya repetidamente citados en este rincón miembros del colectivo Luther Blisset (ahora Wu Ming) o Roberto Saviano, autor de Gomorra. Pero también a los de la generación anterior como Antonio Tabucchi, Alessandro Baricco o Umberto Eco, sin olvidar, mi chica me mataría, a Andrea Camilleri, creador del detective Montalbano. Para que veáis que las alineaciones de mi amiga Nemrak son ciertas, qué es lo que ha llevado a mis manos esta semana Que empiece la fiesta, de Niccoló Ammaniti, un joven y laureado novelista italiano. Llegué a la biblioteca municipal, que nutre mis lecturas desde los 15 años, y allí estaba, en la estantería de recomendados. Era para mí, seguro.

Y entonces me surgió la idea de escribir esto que ahora casi concluyo. Esto y il dolce far niente, que dicen los italianos, de este verano ardiente.

Y decir Italia es decir música, mucha música. En Italia todo es música: el idioma es musical, el mar es musical, el paisaje es musical, las gentes son musicales. Por ello, debería ser el único país al que se le debería permitir tener más de un himno oficial. Yo propondría dos. Uno para los eventos más populares, festivos, (Azzurro) y otro para las ocasiones épicas (Va pensiero, de Nabuco, de Giusseppe Verdi). Esta última pieza debe cerrar este post. Ricardo Muti lo convirtió en ese himno no oficial que necesitan todos los países para mantenerse vivos. Era el 12 de marzo de 2011. En el Teatro de Roma se representaba Nabuco en los actos del 150 aniversario de la fundación de la moderna Italia, y a ella asistía el presidente Berluschoni. Tras escucharse la pieza Va pensiero la gente comenzó a corear “¡Viva Italia!”; Muti tomó el micrófono y dijo estas palabras:

Sí, estoy de acuerdo con eso de  “Viva Italia”, pero … [Aplausos] Tengo más de 30 años y he vivido mi vida viajando extensamente por todo el mundo, y como italiano me avergüenzo de lo que está sucediendo en mi país. Así que acepto la solicitud de hacer Va Pensiero de nuevo. Esto no es sólo por la alegría patriótica que siento, sino porque esta noche, cuando yo dirigía el coro cantando “Oh, mi país, hermoso y perdido,” pensé que si continúa así, si no ayudamos a la cultura, verdaderamente nuestra patria será realmente “hermosa y perdida”. [Aplausos enérgicos, incluyendo a artistas en el escenario] Me mantuve en silencio durante muchos años. Me gustaría ahora … debemos dar un sentido a esta canción, ya que estamos en nuestra casa, el teatro de la capital, y con un coro que canta muy bien, y se acompaña muy bien con la orquesta, si no os importa, les sugiero que se unan y que cantemos juntos.

Si después de escuchar estas palabras y el arranque de la pieza no se te pone la carne de gallina y te entran a ti también ganas de cantar, coge un cuchillo y clávatelo en el brazo, pues no te harás daño, ya que no estás vivo:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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