DERROTA TRAS DERROTA: Esto no trata de política, sino de …

derrotados-en-democracia2Hace unas semanas un compañero de trabajo puso sobre la mesa de su argumentación, a propósito del tema de los tweets de Guillermo Zapata y los límites del humor negro, que la sociedad se puede dividir en dos partes. No quiso decir derecha e izquierda, más bien hablaba de los que aceptan esta sociedad occidental como la mejor posible (o la menos mala) y los que la critican. En realidad no sé si quiso decir eso exactamente o estaba hablando, verdaderamente, de derecha e izquierda. Confieso que no estaba demasiado atento a las argumentaciones. En aquellos días había escuchado ya tantos argumentos defendiendo o atacando al concejal madrileño que estaba un tanto hastiado, ya que nada más conocer al interlocutor ya sabía si se iba a poner de su parte o en su contra.

Mis jóvenes alumnos me siguen preguntando, de tanto en tanto, pero impertérritamente, casi cada año, cuando llegamos a la Historia contemporánea, qué diferencia hay entre izquierda y derecha. Ellos lo hacen con la inocencia de la adolescencia, con el deseo de ubicarse en el mundo, no con el espurio de querer desorientar al personal que realizan algunos partidos, que queriendo cazar electores aquí y allá, dicen no ser de izquierdas ni de derechas. Confieso que me cuesta darles una contestación veraz, creíble, entendible y no sesgada por mi opinión personal.

Por otra parte, también de cuando en cuando asisto, participo incluso, en alguna conversación de amigos o conocidos, pongamos que situados en eso que solemos llamar izquierda, en la que se acaba concluyendo que la derecha siempre sabe unirse ante las adversidades, que no tiene reparos éticos en cambiar de actitud con tal de mantenerse en el poder, que utilizan con frecuencia la doble moral (antiabortistas que mandan a sus hijas a abortar a carísimas clínicas privadas, católicos de misa diaria divorciados, e incluso vueltos a casar, o, en el peor de los casos, amancebados con la pareja). Mientras, la “izquierda” siempre está con sus reparos éticos, intentando rectificar si algo se descuadra y, sobre todo, dividida frente a una derecha monolítica.

No hablo sólo de la existencia de grupos políticos en el espectro electoral español, sino de una percepción social. Los que vivieron, como yo, el final de los setenta y principios de los ochenta en aquella España de la Transición en la juventud descubridora del mundo sabrán de qué hablo: discusiones entre trotskistas, maoístas, estalinistas, leninistas, libertarios, anarcosindicalistas, comunistas, socialistas, socialdemócratas… A la derecha también había falangistas (de diversa especie), democristianos, ucedistas, liberales, neofranquistas…, pero en sus centros de reunión social (todos, especialmente en los pueblos, identificábamos dónde se ubicaba cada grupo) jamás se les escuchaba discutir de política. Todos tenían conciencia de que pertenecían a un grupo social (en aquella España, los que habían ganado la guerra y los que se habían unido a ellos), y tenían (¿tienen?) el mismo pensamiento básico sobre determinadas cuestiones sociales. Más tarde, a la hora de votar, de afiliarse, cada uno tiraba para un lado, pero como si de una cuestión privada se tratara. No se hacía pública la discrepancia. En el otro grupo, sí. La discusión era abierta: ruptura o reforma, socialismo o autogestión económica, participación democrática o boicot a las instituciones…

Han pasado muchos años, demasiados diría. Pero el otro día, leyendo y escuchando lo que está sucediendo últimamente en Grecia y en España, me dio la impresión de que todo seguía más o menos igual. Que, como decía mi compañero de trabajo, existen dos bandos. Pero no son la izquierda y la derecha, sino los que siempre triunfan, o se salen con la suya, y los derrotados, impertérritos perdedores. Si, vale, os admito que, de cuando en cuando, esos perdedores ganan alguna batalla, incluso parece que van a equilibrar la balanza e incluso vencer, pero sólo dura unos instantes.

Una de esas batallas se ganó hace unas semanas en el referéndum griego y en las elecciones europeas españolas de mayo de 2014. [Repaso la frase, pienso en ella, reflexiono y me digo: “¿se ganó?, ¿qué significa ese se?, ¿que yo gané con ellos?, ¿quién es el sujeto de la frase?”]. Pero la alegría, en el caso griego, no ha durado mucho y en el español, está por ver. Por lo que a España se refiere, muchos fueron los que pensaron que nada sería igual en la política española después de aquel 25M y con la irrupción de Podemos se aventuraba el final del bipartidismo. Incluso tras las elecciones municipales y autonómicas de este mayo pasado, muchos fueron los que pensaron que una nueva etapa se abría en la política española tras la victoria de candidaturas llamadas de “unidad popular” en ciudades tan importantes como Madrid, Barcelona, Zaragoza, Santiago o Coruña. Incluso se abrió con ello la esperanza (claro, para ese sector que hemos denominado izquierda) de que el experimento se podría trasladar a las elecciones generales.

¿Realmente pensabais que Grecia iba a poder derrotar a la Troika por mucho referéndum que se ganara? No he entrado en detalles del acuerdo firmado entre el gobierno griego y las instituciones europeas; no sé, ni siquiera, si el acuerdo ya es firme; estoy en modo “off” desde hace unas semanas por cuestiones personales que no vienen al caso (¿o sí?, quizá sean el origen de este artículo, ¿o no?, quizá siempre fue así: una derrota más). Lo que sí me ha llegado es que ya hay nuevos derrotados: un grupo de ministros griegos y parlamentarios de Syriza que son expulsados por oponerse al acuerdo. También que Podemos, Pablo Iglesias especialmente, desea imponer una lista única en las primarias de su partido para las próximas generales en aras al control de quienes encabezarán las listas provinciales. Nuevos derrotados: los que pensaban que Podemos sería un partido asambleario con decisiones consensuadas por sus componentes. Me imagino a muchos militantes descontentos, a muchos votantes que se convertirán en exvotantes e incluso a algunos que acabarán abandonando la formación. Mientras tanto se sigue erre que erre con la posible candidatura de “unidad popular” en la que Podemos se niega a entrar (a nivel estatal, pero no en Cataluña, por ejemplo). Vamos lo de siempre. Lo de los años setenta y ochenta: que si reforma, que si ruptura, que si las bases, que si la nomenklatura (o el Comité Central, que se decía aquí), que si…

Quizá en esta dinámica de derrotados vs vencedores se encuentren los cambios de rumbo del socialismo español, del PSOE en concreto, y de la socialdemocracia occidental en general. El deseo de pasar de vencidos a vencedores. Para ello era necesario modificar el discurso. ¿Ha tenido éxito? Creo que sí, ahora forman parte de los vencedores, sólo que les queda la mala conciencia y, sociológicamente, se sienten todavía partícipes de los derrotados. Pero veo la cara de Susana Díez, de Pedro Sánchez, envuelto con la megabandera española, y no los percibo como “perdedores”.

Decía que no iba a hablar de política, pero parece que es de lo único que he hablado, pero no es así. Lo único que ocurre es que acaba uno harto de seguir noticias con la esperanza de encontrar una salida y encontrarse con la misma inmundicia de siempre. Con una derrota tras otra. Esta semana: “Tsipras destituye a los ministros que votaron contra el rescate”, “Rajoy legislará para beneficiar a la lista más votada antes de acabar su mandato”, “Podemos Andalucía rechaza que “once pelagatos” firmen el manifiesto de Ahora en Común”, “Los senadores del PP abuchean a Ramón Espinar (Podemos) en su toma de posesión”, “El ministro que propuso multar a los medios critica que Manuela Carmena los rectifique en su nueva web”, “La oposición impide la rebaja de sueldos que proponía Colau”, “Toni Cantó se pasa a Ciudadanos”, “Toni Cantó solicitó al Congreso la ayuda económica para diputados sin ingresos al dejar el escaño”… Y así una derrota tras otra derrota.

Cada una de estas noticias no son sino parte de otras derrotas diarias. Personales, intransferibles. Recurrentes, muy antiguas algunas.  Y, ante unas y otras, qué se puede hacer. La respuesta está en la poesía, como tantas veces. Estos son los primeros versos de “Viaje a Ítaca” de Kavafis (un griego, ¡qué cosas tiene la vida!:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

 

Pues eso. Quizá también en la vida nos dividamos en dos grupos. Unos tienen siempre clara su posición, su postura, disfrutan de grandes éxitos sociales, tienen su mundo lleno de quehaceres mundanos. Sienten cada momento de su vida como una victoria. Otros sólo tenemos pequeñas aventuras y experiencias junto a Murakami, a Morrissey, a Coppola, a escasos amigos verdaderos, a tu familia más cercana. Siempre nos quedará París, como decía Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca: una tarde de tertulia con un estimado amigo, una mañana de tenis con tus hijos, una comida junto a una apreciada amiga, un paseo junto al mar con tu pareja, planificar un viaje, correr bien de mañana, preparar una comida de domingo junto a tu madre octogenaria…  Y luchar contra los monstruos que nos van saliendo al paso. Aunque sepamos que, al final, la victoria siempre es suya, tenemos que seguir en la batalla, alguna ganaremos y la celebraremos como si fuera definitiva. En el fondo como dice Kavafis:

Ten siempre a Itaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

 

Pues el final ya lo conocemos: Ítaca nos espera. Pero lo importante habrá sido el camino. Ellos, los otros, creen que después de Ítaca vendrá el Paraíso. Por ello se pasan la vida agobiados, de victoria en victoria, para que les recompensen al final del camino. Otros sólo nos preocupados del viaje: ¿os parece poca victoria?

P.D. Creedme, a veces hasta yo me creo lo que escribo. Veo mis hijos crecer, luchar contra derrotas cotidianas, obtener pequeñas victorias y sólo deseo que disfruten del viaje. Inculcarles algo en lo que yo muchas veces, la mayoría, no me acabo de creer.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s