ESPAÑA NO ES GRECIA: Pero ya lo fue

cache_2427949512No se cansa el presidente Rajoy en martirizarnos día tras día, de lo que se hacen eco sus voceros más afines en el ABC, La Razón, El Mundo y en cuantas tertulias son invitados, de que España no es Grecia. Que España no está en peligro de rescate. Que España no quebrará, como parece que lo acabará haciendo Grecia. Pero es que España ya ha quebrado. ¡Hasta trece veces! Teniendo así el record mundial de quiebras de la hacienda pública. Un repaso a las claves, las condiciones, los procesos y hasta los actores de aquellas primeras quiebras nos pueden dar una visión algo más ajustada de lo que el titular del día a día nos está dando sobre la situación en Grecia. Dicen que la cancillera Merkel tiene varios asesores historiadores que le ponen en antecedentes para tomar algunas decisiones o realizar determinadas declaraciones. Entre ellos, la figura de Nikolaus Meyer-Landrut se ha convertido en fundamental desde 2011. No quiero yo situar a su altura, pero si algún político español paga bien…  ¿quién sabe?

Mucho se habla de la imposibilidad de Grecia para pagar su deuda si no acomete unas reformas draconianas en su sistema económico y de gestión pública de la hacienda. Y se comenta como si el hecho de no pagar una deuda por parte de un país fuera algo extraordinario, cuando en realidad es lo más ordinario. La historia está llena de casos de impagos de la deuda por parte de la práctica totalidad de los países. Los hay de todos los tamaños y potencias. Desde clásicos como Argentina hasta grandes potencias como Estados Unidos (seis bancarrotas) y la propia Alemania, ahora acreedora. No voy a tratar aquí el tema de la hipocresía de determinados países en el caso griego, como la propia Alemania, que ahora se niega a renegociar la deuda cuando en 1953 se le condonó hasta en un 62% de la suya, adquirida, no lo olvidemos (y no lo he escuchado estos días), para los cuantiosos gastos militares que supusieron la II Guerra Mundial en la cual Alemania pretendía acabar con las democracias liberales que después le salvaron el culo. Pero la política no tiene memoria y vive del día a día. La famosa frase de Aldous Huxley (“Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”) parece más vigente que nunca.

Lo que me interesa hoy es hacer pensar a mis anónimos (y no tanto) lectores que las cosas son en realidad más sencillas de lo que tanto titular, tanto debate en televisión, tanto sesudo análisis está haciéndonos ver estos días. De hecho, desde hace unas semanas, antes del referéndum griego, he vuelto a entrar en uno de mis recurrentes modos “off” y he dejado de escuchar noticias, ver programas televisivos, leer diarios (tampoco los digitales) o entrar en debates de Facebook. Para los que nos hemos dedicado durante años al mundo de la Historia, debería sernos más fácil el análisis: “¡esto ya ha ocurrido tantas veces!”. Y las claves interpretativas no dejan de ser las mismas: la relación concupiscente entre política y economía, el juego diabólico entre estados dominantes y estados dominados. Algún culto y leído lector dirá que esta interpretación no deja de estar contaminada por el viejo y caduco marxismo. Pues a ellos les invito a que vean el segundo capítulo del documental El poder del dinero, titulado “La dependencia de los bonos”, donde se hace un repaso a la importancia de la deuda en la Historia y como las grandes fortunas se han lucrado con la deuda de los estados y como han influido en acontecimientos tan decisivos como las guerras de Italia en el siglo XVI, la batalla de Waterloo o la Guerra de Secesión Americana. El documental está basado, él mismo lo conduce, en la obra de Nial Ferguson El triunfo del dinero: cómo las finanzas mueven el mundo. El autor es nada sospechoso de marxista-leninista, sino más bien de todo lo contrario ya que fue asesor de Margaret Thatcher, se crió en un prestigioso colegio católico de Oxford y actualmente es profesor en Harvard, habiéndose declarado siempre seguidor de las ideas del conservadurismo británico. Las primeras palabras de este segundo capítulo quizá os animen a su visionado a todos aquellos que disfrutáis de un buen documental de historia apegado a la actualidad: “algunos creen que son los presidentes y los primeros ministros los que ejercen el poder desde los parlamentos, pero no es así. En el mundo actual, poder se encuentra en manos de un grupo de élite. Se trata de hombres que trabajan en oficinas anónimas”. El resto de la serie, por cierto, es igual de buena:

Dicho lo cual, ¿de qué nos quejamos los españoles de la situación griega? Las cosas son bien sencillas: cuando un país necesita dinero, lo pide prestado. Normalmente este dinero no sirve para mejorar el bienestar de los ciudadanos. Cuando no puede pagar a los acreedores, solicita prórrogas, reducciones de la deuda e incluso su condonación. Los acreedores se niegan e imponen condiciones para cobrar la deuda o para controlar la economía y la política de dicho país. Eso está ocurriendo en Grecia. Eso ocurrió en España allá por los siglos XVI y XVII.

Muchos nos hemos criado con un relato histórico franquista de glosa de las glorias de nuestro Imperio, especialmente en tiempos de los Austrias, especialmente de los primeros: Carlos V y Felipe II. Por aquel tiempo, la censura no nos permitía leer a hispanistas (historiadores extranjeros dedicados a la Historia de España) como Bennasar, Elliott, Pierre Vilar o Hamilton, que ya hablaban de que el Imperio español no era sino un “gigante con los pies de barro”.

Todo comenzó en 1519 cuando muere el emperador Maximiliano y su nieto, Carlos, hijo de Juana (“La Loca”) y Felipe (“El Hermoso”) tenía la mejor opción a la corona imperial. Ésta era electiva y un grupo de nobles (laicos y eclesiásticos) debía elegir al sucesor. No era el único candidato pues los reyes de Inglaterra (Enrique VIII, que finalmente se retiró, pues estaba entonces casado con una tía, Catalina, del propio Carlos) y de Francia, Francisco I, también pretendían la corona imperial. No era, claro está, una elección “democrática”, pues los denominados príncipes electores no se decantaban por uno u otro candidato si no recibían una recompensa a cambio: favores y, especialmente, dinero en metálico. Finalmente Carlos pudo reunir 852.000 florines y el rey francés sólo 300.000. ¡No había color!, habíamos infringido nuestra primera goleada a Francia. Pero Carlos no tenía dicho dinero. Tuvo que pedirlo prestado. Sus fuentes de financiación fueron las clásicas: el pueblo y los prestamistas. El contribuyente castellano (exentos nobles y eclesiásticos), ya que los pobladores de la Corona de Aragón y el País Vasco estaban librados por sus fueros de pagar contribuciones que no fueran a utilizarse en bien del propio territorio, tuvo que hacer un nuevo esfuerzo para convertir al rey Carlos I de España en Carlos V de Alemania. Y lo hicieron hasta decir basta al año siguiente, en 1520, cuando el rey volvió a pedir más dinero para desplazarse a Alemania a la coronación imperial. La celebración de Cortes en Santiago de Compostela y en La Coruña fue el detonante para el estallido de las ciudades castellanas que se alzaron contra el rey. Son las denominadas Comunidades de Castilla o Revuelta de los Comuneros.

La otra fuente de financiación de la elección imperial fue la solicitud de un préstamo a la banca privada. ¿Y a qué no sabéis la nacionalidad de los dos principales banqueros? ¡Alemanes! Los Fugger y los Welser prestaron la mayor parte del dinero necesario para la compra de los votos imperiales. La primera de las familias, los Fugger, se convertían en los principales acreedores ya que había aportado casi dos tercios del dinero necesario para la elección. Al año siguiente, 1521, en la dieta de Worms (famosa por haber sido el lugar de puesta de largo de un monje agustino de nombre Lutero, que protestaba contra los abusos de la Iglesia), el emperador, que no podía devolver el dinero en efectivo, asignaba a la familia Fugger las minas de oro, mercurio, sal y oro. Estábamos en los tiempos del inicio de la colonización y esquilma de las riquezas americanas. Los Fugger y los Welser forzaron al emperador Carlos V a que abriera la explotación de las colonias americanas al capital extranjero. Así, los Welser lograron factorías en Santo Domingo, minas de plata en México, tierras en territorios de las actuales Colombia y Venezuela, y se lanzaron a la búsqueda del deseado El Dorado, ese reino legendario donde todo era de oro. Los Fugger, para el mejor control de sus bienes en la península, instalaron sus oficinas en Almagro, donde construyeron un almacén y establecimiento administrativo, conocido hoy como el Palacio de los Fúcares (castellanización del apellido alemán).

Pero los gastos del rey-emperador Carlos no dejaban de aumentar. Desde su llegada al trono los gastos militares seguían creciendo, pues los conflictos no cejaban: en Italia contra Francia, en Alemania contra los protestantes, en el Mediterráneo contra el turco… Ni siquiera la llegada de los metales americanos eran suficientes para sufragar dicho gasto, ya que gran parte de ellos apenas si pasaban de largo por territorio castellano pues debía servir para pagar los intereses de la deuda con los banqueros alemanes e italianos. La fiscalidad fue en aumento y la inflación también. Únicamente la búsqueda de nuevos créditos permitía mantener la maquinaria del Estado. Pero todo ello agravaba la situación, pues los banqueros cada vez exigían rentas más seguras y ricas como garantía con lo que el Estado se quedaba sin fuentes de ingresos.

En 1557, Felipe II, hijo del rey-emperador, tan sólo un año después de su llegada al trono, se dio por vencido. Declaró la suspensión de pagos: la bancarrota. En realidad no fue una suspensión de pagos total sino que llegó a un acuerdo con los acreedores para renegociar la deuda, la negociación de quitas (suspensiones parciales de la deuda) y la conversión de deuda a corto plazo por deuda a largo plazo con un menor tipo de interés. ¿Os suena de algo todo esto a los que seguís la crisis griega de cerca?

Pero España debía seguir aparentando ser una gran potencia. Las guerras no cesaban, es más Felipe II se embarcaba (nunca mejor dicho) en aventuras tan arriesgadas y costosas como la invasión de Inglaterra, con el éxito por todos conocido de la Armada Invencible, y con ellas los gastos. En 1576 tuvo que decretar una nueva suspensión de pagos. En realidad, era nuevamente una consolidación de la deuda flotante (asientos) en deuda consolidada (juros). Lo que hacía el rey era asustar a los banqueros con la declaración de bancarrota para, enseguida, llevar a cabo una negociación con los asentistas para reestructurar la deuda. El rey se veía obligado a ceder nuevas parcelas de soberanía. Desde 1576 la mayor parte de la recaudación de impuestos estaba en manos de los genoveses que se habían avenido a sufragar gran parte de la deuda de la monarquía tras el hundimiento de la casa de los Fugger. Pero ningún crédito es suficiente si no tienes otro medio para pagarlo que un nuevo endeudamiento o ahogas tu sistema productivo. En 1597, un año antes de su muerte, Felipe II decretó una nueva bancarrota (¡la cuarta de su reinado!). A cambio de una nueva reestructuración de la deuda, los genoveses lograron una posición de dominio en las finanzas españolas. En noviembre de dicho año, el rey autorizó la formación de una compañía formada por los acreedores, la cual se encargaría de controlar los gastos y los ingresos de la monarquía hispánica (¿un antecedente de la Troika?), su financiación y las ferias financieras de Europa.

Así fue como la poderosa monarquía hispánica (ese imperio donde no se ponía el Sol) se puso a merced de los banqueros. La de 1597 no fue la última suspensión de pagos españolas, pues hubo otras en 1607, 1627, 1647, 1652, 1662, 1809, 1820, 1831, 1834, 1851, 1867, 1872 y 1882. ¡Record Mundial!

Quienes ahora se hacen cruces con la situación griega deberían leer algo de Historia. Que un país quiebre es lo más normal del mundo, que esté endeudado también, que su deuda se convierta en fuente de problemas, lo mismo. Que los deudores presionen para imponer sus condiciones también. Que con dichas presiones no solucionan el problema de la deuda, ya lo saben. Lo único que desean es cobrar una parte de la deuda y controlar políticamente dicho país para que siga pidiéndoles nuevos préstamos. Ahora dicen que los griegos quizá se salgan del euro e incluso de la Unión Europea y caigan bajo la órbita china o rusa. Ya lo habéis leído, nada nuevo bajo el sol, la monarquía hispánica del siglo XVI ya hizo lo propio pasando de la tutela de los acreedores alemanes a la de los genoveses.

Ya lo decía Aldous Huxley: No aprendemos.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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