SUMISIÓN: Houellebecq, l’enfant terrible de las letras francesas no tiene la culpa

Foto1Casi hasta que no acabé el libro no sabía de qué trataba el último libro de Michel Houellebecq, pero él no tenía la culpa. Incauto de mí, me había dejado engañar por la publicidad y las noticias que la inmediatez de los sucesos nos ofrecieron sobre este libro en el momento de su publicación: llegó a las librerías francesas el mismo día del trágico atentado contra Charlie Hebdo. Su trama se consideró un peligro en aquellos duros momentos: “A las puertas de las elecciones presidenciales de 2022. Los partidos tradicionales se han hundido en las encuestas y Mohammed Ben Abbes, carismático líder de una nueva formación islamista moderada, derrota con el apoyo de los socialistas y de la derecha a la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta”. Nos cuenta la editorial Anagrama en la contraportada de la novela.

En aquellos difíciles días, donde todos escribíamos aquello de Je suis Charlie (hasta el propio presidente español Rajoy, no caracterizado precisamente por ser amante de la libertad de expresión y mucho menos del humor negro –negrísimo- que representa la mencionada revista) Houellebecq tuvo que suspender la presentación de la novela y marchar temporalmente al Reino Unido; cuando unas semanas más tarde vino a  Barcelona, en la rueda de prensa, junto a él, se situaban dos circunspectos guardaespaldas. No se hablaba de otra cosa cuando alguien mencionaba la novela: su relación con una ficción posible y que a todo el mundo asustaba, el dominio de Europa por los musulmanes.

Todo este asunto, tan apegado a la inmediatez, y mi tradicional fobia a leer libros de rabiosa actualidad (tardé años en leer El nombre de la rosa, a pesar de su temática tan cercana a mis estudios históricos) me tiraban para atrás a la hora de ir a buscar la última obra de Houellebecq. Y eso que la primera obra que leí, El mapa y el territorio, supuso un descubrimiento esplendoroso; de lo mejor que había leído en mucho tiempo. Como ya escribí aquí, una impresionante reflexión en torno al espacio y la vida.

Tuvo que ser la casualidad de que me lo recomendara mi biblioteca municipal en su estante de novedades y que llevaba tiempo buscando una lectura que me atrajera (últimamente había dejado algunas novelas apenas comenzadas), lo que me llevó a decidirme por la lectura de Sumisión. Lo cogí un poco con desgana, lo reconozco, como diciendo, bueno, lo leeré (tampoco es muy largo, 288 páginas), aunque no es que me atraiga mucho el rollo éste de la historia-ficción de una Europa islamizada; me parecía un poco oportunista y que seguro que encontraría a yihadistas malvados, europeos blancos en peligro, la civilización occidental amenazada y estas cosas.

Pero no, esta novela de Houellebecq no es una novela de historia-ficción sobre la conquista del poder por los musulmanes en Europa y, más concretamente, en Francia. Es algo mucho más duro (si es que lo anterior lo fuera, que en la novela no lo parece, ya os adelanto). Es una novela sobre la capacidad del establishment para adaptarse a cualquier circunstancia, por estrambótica que parezca, incluso a la victoria de un candidato presidencial musulmán (moderado, pero musulmán) en las elecciones francesas. Especialmente, trata el tema del chaqueterismo (permítaseme el palabro) del mundo intelectual, en concreto el universitario. ¡Cuánto de esto sabemos en este país, después de la llegada de la Transición! Poco puedo añadir sobre ello, después de la publicación de El cura y los mandarines de Gregorio Morán.

Y así, ahí tienes, a lo largo de la novela como los catedráticos universitarios, los jefes de departamento, los profesores, los decanos y rectores abrazan en su mayoría la fe musulmana con tal de conservar su puesto. Por ello, la novela se titula Sumisión. La sumisión de todos ellos a los nuevos tiempos y con más razón si la universidad francesa sale de su sempiterna crisis económica y financiera gracias a los nuevos mecenas que llenan de petrodólares las arcas universitarias desde Arabia Saudita, Qatar, Bahreim… Y si algún profesor no desea abrazar la nueva fe, no hay problema, se le prejubila con un sueldo que triplica el que tenía en activo y deja de molestar. Por eso no hay altercados cuando la Universidad de Paris IV Sorbonne se transforma en la Universidad Islámica de la Sorbona y ondea, junto a su tradicional emblema, la bandera verde con la estrella y la media luna. Tampoco las profesoras universitarias se quejan si son obligadas a vestir con arreglo a las normas morales islámicas, ya que su sueldo también ha sido triplicado o enviadas a casa con igual tratamiento. Y todo ello gracias a la ayuda de los países árabes que no paran de aumentar sus donativos a las nuevas universidades islámicas francesas. Algunos pensaréis que Houellebecq es un exagerado, pero ya os digo yo que no. El otro día asistí a una conversación en la Universidad de Alicante, con profesores de todo tipo, que me dejó k.o. Se peleaban por unos euros como si en un zoco estuviéramos y no paraban de discutir para conseguir impartir el mínimo número de horas posibles. A estos lo sitúas en la novela de Houellebecq y se hacen musulmanes con tal de cobrar más y dar menos clases.

Pero, además, Houellebecq, es un poco borde. No sólo trata de la sumisión de los demás, sino de la que cada uno de nosotros hacemos ante los acontecimientos que nos rodean, día a día. Tomando como excusa a Joris-Karl Huysmans, un poco conocido autor francés del siglo XIX, el narrador, que es experto en dicho autor, realiza una excursión por el fondo de las miserias de sí mismo, de cada uno de nosotros, realmente. También el narrador acaba “sometiéndose” a la nueva fe: por prestigio, por dinero, por sexo, por ser alguien en la vida. Lo mismo hizo Huysmans en su vida real cuando se convirtió al catolicismo, diciendo que el catolicismo ya no era, en el siglo XIX, lo que había sido en la Edad Media. ¿Pasará igual con el islamismo algún día si nos interesa por las cuestiones que antes hemos mencionado? Ese es el verdadero tema de la novela. La sumisión que cada uno de nosotros hacemos a cosas que aborrecíamos y como nos autoengañamos para considerarnos aún creibles.

Quien haya ido a las estanterías de la FNAC, El Corte Inglés o La Casa del Libro, o cualquier librería de barrio, a comprarse Sumisión atraído por la publicidad que la vendía como una novelita sobre el dominio de los “moros” en Europa en un futuro cercano, se habrá llevado un enorme chasco. No habrán entendido una mierda de ella y seguro que a la página 25 la han dejado, pues no aparecen yihadistas violando señoras, quemando iglesias o degollando abuelos por las esquinas. Lo que aparecen son una enorme cantidad de referencias a la cultura francesa del siglo XIX y XX, muchos de ellos desconocidos para el gran público español, a no ser que seas un “hombre del renacimiento”, y medio francés, como mi amigo Joan.

Pero además, Houellebecq, con su habitual bordería, incorpora a la novela personajes reales y los destripa, con todas sus miserias públicas y privadas. Allí aparecen el periodista Christophe Barbier, o políticos como Jean-Luc Mélenchon, Michel Onfray, François Bayrou y la propia Marine Le Pen. Porque en la novela no sólo los intelectuales se someten a la nueva fe, también lo hacen los políticos. Pues con tal de que no gane el adversario son capaces de aliarse con el demonio. ¿A qué me sonará esto a mí en España después de las últimas elecciones municipales y autonómicas? ¿A socialistas andaluces pactando con los antes llamados “catalanes” de Ciudadanos? ¿Al socialista Pedro Sánchez arrepentido de llamar bolivarianos a los de Podemos si te votan en ciertas autonomías y ciudades? ¿A los del PP abrazando a los hasta hace poco odiados de Ciudadanos? ¿A los de Ciudadanos votando a corruptos en Andalucía y Madrid? ¿A los de Podemos, que querían conquistar el cielo por asalto, votando a socialistas de poco fiar?

¡Qué fácil resultaría, pues, realizar una versión española de la novela Sumisión de Michel Houellebecq! Pero creo que en España aún no hemos llegado a tener un enfant terrible en nuestras letras.

P.S. A sugerencia tanto de mi citado amigo Joan como de mi asiduo lector Josep Bernabeu, cuyo comentario podéis leer en este post, no debe olvidarse cuan de atractivo sería para los intelectuales españoles, como lo son en el libro para los franceses, el hecho de que pudieran sumar a su parienta, que les hace la comida y cuida a los niños, un par o tres de “jóvenes vírgenes”. De estos rijosos intelectuales también he conocido en la Universidad española.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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4 respuestas a SUMISIÓN: Houellebecq, l’enfant terrible de las letras francesas no tiene la culpa

  1. Jo també l’he llegit i estic totalment d’acord amb les teves apreciacions. La condicó humana és així. Som capaços de qualsevol cosa a canvi diners i prestigi social. I si a sobre t’afegeixen un parell o tres de verges en el salari qui és capaç de negar-s’hi? Hahahahaha!!!!!

    • Precisament avui comentava amb el meu col·lega Joan, el meu oblit sobre com de contents es posarien determinats intel·lectuals si els oferissin, a més d’un sou acrescut i poltrona de per vida, els asseguressin poder sumar a la seva actual parenta, que els cuida els xiquets i fa les feines de casa, un parell o tres de “joves verges “. També d’aquests he conegut a la Universitat espanyola.

  2. Juan José Castells López dijo:

    Ouan apareixem a una novel.la de Houellebecq som eixos que mai no admitim ser davant els altres: molt egoístes, consumidors experts, perduts en un espai i un temps que- com sempre ha passat, de fet- no dominem però orgullosament dictatorials sobre les poques coses que creiem que dominem, No és un secret que els francesos han sigut els inventors d’una mena de simbiosi d’intelectuals amb polítics i famosos ( els que allí anomenen People en un anglicisme tan pobre com revel.lador) i d’aquesta farandula neix un sistema d’autofagocitació on els mitjans de comunicació tenen el paper de portaveus de les principals escuderies de la haute politique francesa. Res de nou sota el cel, ara sí, Houellebecq se’n descollona i això és Sumissió.
    D’una altra banda, aquestes consideracions les fem des de un racó de l’Imperi on ja no es pot dissentir de forma pública sense ser castigat. On és la vertadera sumissió?

    • Jo et diré, company, on hi ha la veritable “Submissió”: en els que assisteixen (assistim) com a veritables papanatas a com el Poder ens deixa “emmordassats” i no hi ha més que la protesta dels de sempre. Mentrestant, el Poder (el seu Puto Amo) ens ofereix avui, a canvi, una rebaixa d’impostos perquè “submisos”, ens apropem a la ranura en les pròximes eleccions i introduïm el nostre prostituït vot.

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