“EL AÑO MÁS VIOLENTO”: otra historia de ficción (im) posible

descargaExisten dos formas de acercarse al arte, concretamente el que nos cuenta historias (la literatura, el teatro, el cine, la televisión…). Buscar la confirmación de la realidad que nos envuelve, es lo que llamamos comúnmente realismo, y escudriñar en un contrapunto frente a la misma. Significan también dos posturas ante la vida. Pío Baroja lo llamaría homeopática (analizar la realidad desde el realismo más crudo) y heterópica (hacerlo desde una realidad muy poco probable). Algunas personas se sitúan permanentemente en una de dichas posiciones y sólo les gusta leer libros o ver películas u obras teatrales que reflejen crudamente la realidad. Si no lo hacen, rápidamente nos dicen “esto no es creíble”. Otros individuos se sitúan en posición contraria, les agradan obras absolutamente fantasiosas. Bien para abstraerse de una realidad ominosa, bien para pensar que otro mundo es posible, que ESTO (todo lo que nos rodea) tiene solución. Pero no siempre las personas somos tan cuadriculadas. En ocasiones, el mismo sujeto pasa por diferentes fases. Hay momentos para evadirse, observar soluciones harto increíbles, y otros para regodearse en la mierda y flagelarse con relatos que nos mantengan pegados al día a día.

Yo no sé en qué fase me encuentro. Lo que sí sé es que en los últimos tiempos he asistido, audiovisualmente, a ejemplos de ese intento por dibujar una realidad poco probable, pero que nos gustaría pensar como posible algún día. Hace ya tiempo comenté, en este mismo lugar, mis impresiones sobre Newsroom, una serie americana, de la prestigiosa cadena HBO, realizada por Aaron Sorkin, el autor de la famosa El ala oeste de la Casa Blanca. La serie intentaba reflejar cómo podría hacerse periodismo desde la ética, sin faltar nunca a la verdad, sin ceder a presiones de ningún tipo, buscando la información más veraz, incluso contra sus propios intereses. La serie me encantó, no sólo por su excelente realización y fantásticos actores, sino porque me sentaba cada noche (lo hacíamos en familia) para darnos un baño de irrealidad posible y poder decir al finalizar el capítulo “¡oh, si pudieran existir periodistas así!”. Pero, después, a la mañana siguiente veíamos las portadas de los periódicos españoles, las cabeceras de los diarios digitales o las noticias en radio y televisión y aterrizábamos en la podrida realidad del periodismo español.

También sabéis, quienes leéis esto asiduamente, mi admiración (quizá algo obsesiva, lo reconozco) por la serie danesa Borgen. Pinta dicha serie un mundo de la política quizá posible en Dinamarca, aunque pienso que no de forma tan i-rreal, pero absolutamente imposible en un país como España. También esta serie la hemos disfrutado en familia, para, al acabar cada capítulo, poder decir “si esto pudiera pasar en España”. Quizá no pase ni en Dinamarca, pero nos era tan grato sentarnos frente al televisor y seguir las peripecias de Birgitte Nyborg, la primera ministra en la primera temporada, y todo el elenco de excelentes personajes (y actores, que de algo más que de Hollywood vive el mundo audiovisual). La semana pasada finalizó su emisión por Canal Plus, pero tanto a mi mujer como a mí nos vino a la mente la idea de que debía ser repuesta urgentemente, antes de que se nos venga encima este año electoral trepidante, en alguna cadena de audiencia masiva y en prime time. Incluso pensamos que un comando ciudadano debería secuestrar a lo más selecto de nuestra clase política, sean de la casta o de los aspirantes a ella (lo siento, mientras no me demuestren lo contrario, es lo que pienso de todos ellos), y encerrarlos en un viejo cine de barrio para obligarles a ver seguidas las tres temporadas de Borgen. Si de allí no salen transformados, el comando se compromete a dejarles en paz y no volver a molestarles. Que sigan robando, extorsionando a los votantes, engañándoles y otras tropelías, pues  prometemos no volver a decir nada (bueno, casi como hasta ahora).

Era fascinante ver en Borgen, como los políticos, la mayoría de ellos, pues también los había pendencieros, pero éstos siempre pagaban por sus fechorías, se preocupaban por defender sus ideas y buscar el bienestar de la sociedad. Cada uno desde su perspectiva, incluso la extrema derecha. Hasta Svend Åge, líder del ultraderechista Partido de la Libertad, acababa en el último capítulo resultándote algo humano, dentro de su patético y bastante cómico papel de derechista estrafalario. En cada uno de los capítulos se trataba un tema que, incluso desde España, nos resultaban muy cercanos. Pero la forma de resolverlos y la actuación de los diferentes personajes era para acabar diciendo “veis, es posible, así me gustaría que pasaran las cosas”. Así ocurrió al principio de la serie, hasta con la actuación del electorado, que hace pagar sus culpas al tramposo Partido Laborista, en la conformación de las coaliciones de gobierno, en el tratamiento de problemas nacionales, como el de Groenlandia, o internacionales, como el de Afganistán. Las luchas internas de los partidos, los manejos de la prensa y el desarrollo de la práctica parlamentaria aparecen en la serie bajo ese prisma: otra política es posible.

Al igual ocurre, dicho sea de paso, con las relaciones humanas en la serie. Separaciones, problemas con los hijos, con los padres mayores, con tu propio pasado inolvidable, son resueltos con un nivel de civilización que creo no sea posible ni en Dinamarca. O quizá sí, quizá allí sí. Pero visto desde aquí, siempre te queda un regusto amargo y unas ganas de huir al finalizar cada capítulo.

Hoy, que es jornada electoral en Andalucía, he recordado la frase de Abraham Lincoln con la que comenzaba el capítulo final de Borgen: “”Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”. Donde dice hombre, quiere referirse a cualquier ser humano, y por ello me he acordado este día de la probable ganadora de las elecciones andaluzas, Susana Díaz, y la he comparado, desde la distancia, con Birgitte Nyborg. He recordado cómo maneja la situación que le dan los resultados electorales en las segundas elecciones que aparecen en la serie. He rememorado cómo al final, a pesar de las presiones y de las tentaciones, incluso personales, se impone la ética. ¿Serás capaz, Susana? Lo dudo. La realidad española no es Borgen, por ello conviene refugiarse, de cuando en cuando, en la ficción, como hacíamos de pequeños cuando nos contaban fábulas con final moralizante.

Y allí, para continuar con nuestro baño de i-realidad, fuimos a ver El año más violento, la última obra de J. C. Chandor (Margin Call y Cuando todo está perdido). La película cuenta la historia de Abel Morales (Oscar Isaac) que junto a su esposa Anna (Jessica Chastain) intenta regentar un negocio honesto en una Nueva York asolada por la corrupción y la decadencia. Ha montado una empresa de transporte de combustible desde la nada, quiere abrirse paso desde la honestidad. En una ciudad corrupta, fiscal incluido, en un negocio dominado por las mafias y en un año, 1981, recordado en Estados Unidos por su extrema violencia. El más violento, según las estadísticas de asaltos, muertes a mano armada, violaciones, etc.

La película es fascinante (lástima el sonido estridente de una sala con mala acústica) y nos devuelve a la idea inicial: ¿es posible un mundo de los negocios desde la ética? El film plantea que sí. No deseo haceros spoiler, como dicen los jóvenes ahora, sólo abundar en la idea que ya he expuesto. Si Borgen debería ser de obligado visionado para nuestros políticos, El año más violento, lo debería ser para nuestra clase empresarial. En este caso no sería necesario que ningún comando ciudadano los secuestrara, sólo haría falta reunirlos en una sola cárcel, ya que, al paso que vamos, acabarán todos en una de ellas, o deberían.

La actuación de Óscar Isaac y el diseño de su personaje (Abel Morales) son magníficos. A la altura de las mejores actuaciones de Brando, Al Pacino o Robert de Niro, pero Abel Morales no es un mafioso. Durante toda la película se le ve luchar contra la presión para convertirle en uno de ellos, incluida su mujer, cuya familia proviene de ese mundo del hampa. La negativa a utilizar la violencia, incluso para defender a su propia familia, los deseos de limpieza económica en sus negocios, la desaprobación de cualquier asunto al margen de la ley parecen un poco i-reales, pero, nuevamente, se te viene una sonrisa a la boca y dices “¿y si fuera posible?”. Insisto, la película deber ser vista como aquellos cuentos con moraleja final que nos contaban de pequeños para forjar nuestra personalidad y no convertirnos en empresarios, políticos o simples ciudadanos sin escrúpulos.

Dos cosas me impresionaron de la película: la destructiva capacidad del protagonista para decir siempre la verdad y lo que piensa, y su mirada penetrante a los ojos de su interlocutor. Así, en varios pasajes llegué a saber lo que iba a decir. Era muy sencillo, sólo tenía que pensar en cuál era la verdad o qué pensarías si fueras él. Si el fiscal de Nueva York la pregunta “creo que está usted en problemas”, le contesta “efectivamente, pero intentaré solucionarlo”. A veces sus reacciones son un tanto ingenuas, pero a muchos nos gustaría que el mundo fuera algo más ingenuo. En la excelente escena de la reunión con el resto de empresarios del transporte de carburante, todos mafiosos, les dice que lo están engañando, que ellos son quienes les roban el carburante, y les dice “dejad de hacerlo”. Así de simple, sin amenazas. No lo hacen, claro, pero no os cuento más. Lo segundo era su mirada. Una frase de la película resume la fuerza que intenta el director dar a esa mirada: “no hay nada más difícil que mirar fijamente a una persona a los ojos y decirle al verdad”. Así de simple, nuevamente, pero así de cierto. Y Abel Morales lo practica durante todo el film, incluso en los momentos más duros.

Cuestiones técnicas como la fotografía, en tonos amarillentos, como el cabello de Jessica Chastain o el abrigo que Abel luce durante toda la cinta, o la música, totalmente acorde con el tono de una ciudad en decadencia y violenta, las dejo para expertos críticos. A mí me encantaron los paisajes portuarios de una ciudad que se cree el centro del mundo, pero que guarda miserias tercermundistas, como ese metro cochambroso que aparece en algunas escenas. Pero en ese mundo es posible vivir con decencia. O eso nos platea esta película.

Como buen cuento con moreleja nos deja algunas frases que desean hacernos pensar y convertirnos en algo mejores, como cuando éramos pequeños y mamá nos los contaba: “Cuando da miedo saltar, es cuando debes saltar, si no estarás toda la vida en el mismo lado”.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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