EL SÍNDROME DEL ENCUESTADOR COMPULSIVO: de Pablo Iglesias a Albert Rivera

encuesta-sobre-las-encuestas-cartc3b3nLos que tenemos ya una edad no dejamos de asombrarnos ante lo que nos están deparando estos nuevos tiempos inaugurados el 25M (de 2014). Algo ha cambiado desde entonces. No hay duda. Pero no creáis que me refiero a la irrupción de Podemos, que también, sino a la forma de entender la política en España. Y, sobre todo, la forma de influir en ella.

Durante la Inmaculada Transición, asistimos a la creación de docenas de partidos que iban a ser el azote del bipartidismo. Iban a ampliar el horizonte electoral para que todos encontráramos nuestra mejor opción entre las papeletas que la mesa petitoria situada en los colegios electorales nos ofrece. Hay casos que han sido recordados estos días, especialmente la denominada Operación Roca en 1984. Para los jóvenes, o desmemoriados, recordemos que fue el intento de crear un partido (el Partido Reformista Democrático) en torno a la figura de Miquel Roca i Junyent (sí, os suena, es el actual defensor de la infanta Cristina en su causa judicial), número dos entonces de CiU, junto a otros preclaros miembros de la política española, desahuciados de otros partidos (especialmente la UCD, como Justino Azcárate o Rafael Arias Salgado), o miembros destacados del establishment socioeconómico, como abogado Antonio Garrigues Walker, el juez Federico Carlos Sainz de Robles y, pásmense, el empresario Florentino Pérez; sí, el presidente del Real Madrid, que también era un desahuciado de UCD, por cierto, pues había sido concejal en Madrid. El experimento de lo que se quiso denominar una derecha centrista, moderna, europea y todo lo demás, fue un fracaso: 194.538 votos (0,96%) en las elecciones de 1986. Vamos, los colegas y poco más. Se disolvieron inmediatamente.

Pero en aquellos felices ochenta hubo más intentos de crear partidos que rompieran lo que ya se atisbaba en el horizonte: el bipartidismo. En 1982, también con los restos de la UCD, se formó el Partido Demócrata Popular, una especie de democracia cristiana a la española, liderada por Óscar Alzaga, que había sido diputado con UCD. Previendo un fracaso estrepitoso, prefirieron unirse en coalición al partido de Fraga (entonces llamado Alianza Popular). En 1986 se presentaron con el atractivo nombre de Coalición Popular, para ver si conseguían romper el entonces denominado techo Fraga, es decir que a los votantes de centro se les olvidara que Fraga era un franquista.

A la izquierda también hubo movimiento. La victoria abrumadora del PSOE en 1982 (202 diputados y el 48% de los votos) provocó una hecatombe en el PCE; aquel partido (el partido) que había sido el símbolo del antifranquismo, al que se había apuntado hasta Marisol, la niña prodigio del cine franquista de los sesenta, y al cual ahora les españoles le pagaban con un escuálido 4% de votos y cuatro diputados. En 1986 se formó la actual Izquierda Unida, para maquillar aquella palabra tan odiada en aquellos tiempos de segunda Guerra Fría como era la de comunista. El resultado no fue mejor que el de cuatro años antes del PCE: siete diputados. Santiago Carrillo, el histórico dirigente comunista, fue expulsado del PCE y formó el Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista, que se presentó a las elecciones de 1986 como Mesa para la Unidad de los Comunistas, con un pobre resultado: 229.000 votos (1.14%) y ningún diputado.

En las siguientes citas electorales siguieron naciendo nuevos partidos, la mayoría en torno a figuras mediáticas. Si Pablo Iglesias habla de los partidos actuales como la casta, a algunos de aquellos deberíamos llamarles como los de la caspa. En 1989 se presentó la denominada Agrupación Ruiz Mateos, en torno al inefable empresario y figura cómico-festiva de la vida española de finales del siglo XX y principios del actual. Tampoco obtuvo mucho éxito, a pesar de su enorme tirón popular en televisiones y papel couché (220.000 votos, 1,07%). En 1993 fue el histriónico Jesús Gil y Gil (entonces dueño y presidente del Atlético de Madrid) el que intentó su desembarco en política a nivel nacional con el GIL (Grupo Independiente Liberal, habéis visto qué curioso). Creía que su abrumadora victoria en las elecciones municipales en Marbella (casi el 66% de los votos, que se dice pronto) le permitiría acercarse a la política nacional. Ese resultado y sus continuas apariciones en todos los medios, escritos, radiofónicos y televisivos, como aquel inolvidable “Las noches de tal y tal”, con el alcalde de Marbella presentando el programa desde un jacuzzi rodeado de despampanantes azafatas, no le permitió obtener más que 16.000 votos (algo más de 70.000 en el año 2000). Sí, chicos, esto ocurrió realmente en España, no es una leyenda urbana:

Y así llegamos al siglo XXI. Con el bipartidismo en pleno auge. En 2007, parece que volvemos a las andadas. Una renegada socialista, Rosa Díez, funda un nuevo partido que dice situarse más allá de la derecha y la izquierda, no entre ellas, que desean regenerar España, acabar con el PPSOE y no sé cuántas cosas más. Nuevamente se trata de un experimento orquestado en torno a una figura que también tiene mucho de mediática, especialmente cuando medios de ultraderecha (Libertad Digital, Intereconomía, La Gaceta) alaban su antinacionalismo (desde el nacionalismo español, por supuesto) y su visceral defensa de las víctimas de ETA, por los siglos de los siglos. Su éxito no es fulgurante, pero al menos logra lo que no lograron ninguna de las operaciones anteriormente citadas, representación en el Congreso (un escaño, el de Rosa Díez, claro, y algo más de 200.000 votos). Al año siguiente, en la cita electoral europea, multiplican sus votos por dos y logran más de 450.000 votos. Parece que algo se mueve, dicen los más optimistas. Pero el proyecto no acaba de despegar. En las elecciones autonómicas y municipales de 2011 apenas si rebasan ese techo de algo menos del medio millón de votos, aunque logró representación en la Asamblea de Madrid y algunas capitales de provincia (Madrid, Ávila, Burgos, Alicante, Murcia y Granada). La crisis, la económica y la de los dos grandes partidos, parecía abrir una puerta a la esperanza del partido rosa (quiero decir, magenta). En las elecciones generales de 2011 rebasaron el millón de votos y lograron cinco diputados con casi el 5% de los votos. No era mucho, pero los militantes y simpatizantes se fueron arriba. Era posible convertirse en la tercera vía. No pararon de salir en los medios, aunque alguno para su propia desgracia, como el diputado y actor (es un decir) Toni Cantó que no dejaba de “liarla parda” con sus intervenciones en twitter (sobre los toros, sobre la violencia de género, sobre el bombardeo de Canal 9…). Pero llegó el 25 M de 2014. UPyD repite su millón de votos del año anterior, pero un grupo casi desconocido más allá de alguna tertulia de perroflautas de La Sexta y el twitter, creado en torno, de nuevo, a un personaje carismático, Pablo Iglesias, les rebasa y obtiene más de un millón doscientos mil votos y seis escaños en el Parlamento Europeo.

¿Qué había pasado? Se preguntaba Rosa Díez. Cómo es posible que nosotros, que llevamos más de siete años currándonoslo seamos superados por estos desharrapados. Y, desde entonces, ya nada fue igual. Nada fue igual para la escena mediático-política, que para la realidad electoral está por ver. Desde entonces, los medios de comunicación mainstream (El País, ABC, La Razón, El Mundo, AtresMedia, Mediaset…) se han lanzado a una vorágine frenética para conocer el alcance del fenómeno Podemos a nivel nacional y en unas futuras elecciones generales. Es lo que podemos denominar Trastorno Compulso de la Encuesta Electoral o Síndrome del Encuestador Compulsivo. Fue espectacular. El virus del encuestador compulsivo se extendió por todo el cuerpo mediático español de forma inmediata. A la semana siguiente de las elecciones europeas, no podían esperar más, pues estaban tan ansiosos como un drogado en la cola de la metadona, la empresa GESOP elaboró una encuesta para El Periódico de Cataluña. El porcentaje de votantes de Podemos había pasado del 8% al 15% en sólo unos días. Esa misma semana se publicaron dos encuestas más, una de la empresa CELESTE-TEL y otra de NC Report. Desde entonces no hay semana, qué digo, día, que no se publique una nueva encuesta. Se trata de una nueva Adicción Sin Substancia, como los videojuegos, internet o el wassap.

Es el nuevo fenómeno de la encuestitis. Lo sufren todos: partidos, medios de comunicación, tertulianos, operarios de las fábricas, parados de larga duración, jubilados que antes contemplaban las obras (ahora paralizadas por la crisis) desde las vallas metálicas y que ahora comentan en los corrillos de la plaza del pueblo “¿has visto la nueva encuesta?”, “Sí, contesta otro, Podemos ya es la primera fuerza”; “pues no, replica un tercero, Sigma Dos (muy enterado él) dice que el PP todavía lleva tres puntos de ventaja”. Está el fenómeno de las encuestas a punto de superar la expectación provocada por una jornada liguera de fútbol, de la Champions, casi me atrevería a decir. En los bares ya no se oye únicamente aquello de “¿has visto la goleada del Barça (o del Madrid, que tanto me da)?”. Ahora ya hay quien entra al bar y le dice al colega que repasa la prensa “¿qué, ya gana Podemos?”. Además, como no podía ser menos, el español medio se convierte en un experto rápidamente. Como nos ocurrió con la Fórmula 1, que pasamos de no saber ni el nombre de un circuito a hablar cual experto ingeniero de graining, DRS o KERS. Ahora cualquiera te habla de ponderación electoral, margen de error, desviación típica o estándar, como si de un reputado sociólogo salido de Yale se tratara.

Incluso algunas citas con las encuestas electorales son vividas con la expectación de un Clásico. La del CIS por ejemplo. Es la oficial, sus resultados no parecen amañados como esos partidos de regional que son las encargadas por periódicos y partidos políticos. Éstos, sus líderes, los tertulianos no duermen la noche de antes como si de un partido en el Nou Camp se tratara (o en el Bernabeu, tan me da, insisto).

Pero, aparte de este deseo por acabar con el mono de qué pasará en las elecciones, ¿para qué sirven las encuestas? Seamos claros, para modificar el pensamiento electoral de los ciudadanos. Es una nueva forma de hacer campaña electoral. La masificación de los medios digitales, ¿quién no recibe en su teléfono móvil las noticias actualizadas de diferentes medios antes impresos?, ha hecho ver a los analistas políticos que publicar encuestas es un buen medio de propaganda. Antes la prensa escrita, los noticiarios de la tele, los leían o veían cuatro intelectuales chalados o cinco jubilados en bares y residencias. Ahora todo el mundo tiene un smartphone y se pasa el día con él en la mano.

¿Y quién son estos analistas políticos tan avispados? Pues una conjunción planetaria surgida en nuestra Inmaculada Transición formada por políticos y periodistas, vigilados y controlados todos ellos por los grandes grupos económicos. ¿Qué exagero? Pues no tenéis más que analizar lo ocurrido en las últimas semanas con el nuevo fenómeno encuestatorial: Albert Rivera y “su” Ciudadanos.

Hasta finales de este año, en las encuestas no era más que un cero a la izquierda (es una forma de hablar, no quiero ofender a Albert y su transversalidad política, aunque provenga de las juventudes del PP). O lo que es peor, un grupo medio marginal en aquel rincón del Noreste llamado Cataluña. Como siempre, en la Corte lo que ocurriera electoralmente en Cataluña no le importaba a nadie, a no ser que hubiera que pactar con ellos al no obtener mayoría absoluta y pasar de “Pujol, enano, habla castellano” a “hablar catalán en la intimidad”,  como el ínclito Aznar. Las encuestas de finales de 2014 apenas si le ofrecían un mísero 2% a nivel nacional, es decir un puñado de votos más allá de Cataluña. Pero llega 2015, las elecciones se acercan, Podemos sigue subiendo, el PSOE se hunde… “¿qué va a ser de nosotros?”,  debieron decirse Cebrián, Marhuenda y otros “analistas” políticos. De pronto, ale hop, sale como de la chistera un chico guapo (uno más en la lista de los Sánchez, Garzón, Cantó…) y en una de las primeras encuestas de 2015, la de Metroscopia para El País, de 8 de enero, ya alcanza el 8% de intención de voto. Juan Luis Cebrián, y su títere Antonio Caño (el nuevo director del El País, afín a las políticas neoliberales de Bush toda la vida) lo han vuelto a conseguir. A partir de entonces, el guapísimo líder de Ciudadanos se pasea por todas las tertulias habidas y por haber, radiofónicas, televisivas e internáuticas. A principios de febrero otra encuesta de Metroscopia (para El País, claro) ya le da el 12% de intención de voto; hasta la vicepresidenta Sáenz de Santamaría les dedica un comentario en la comparecencia del gobierno tras el Consejo de Ministros. Lo han conseguido. Ciudadanos ya no es un cero a la izquierda (perdón, de nuevo), ahora ya son una “fuerza emergente” (es lo que se comenta en los bares, junto al polémico cumpleaños de Cristiano).

Y los ciudadanos (los de verdad, no los del partido del guaperas) ya saben que tienen una nueva opción. Y es una buena opción: va limpio a la televisión, seguro que se viste en Massimo Dutti y no en Alcampo, es el yerno ideal. Es una buena opción para desencantados del PP y del PSOE. Pero, ¿de verdad los “analistas” le desean un futuro de presidente? No aspiran  a tanto. Han hecho cuentas. A nivel nacional, lo más probable es que el PP pierda la mayoría absoluta, aunque auguro que no por tanto como se piensa. Quizá obtenga en torno a 150 escaños,  a unos veinticinco de la mayoría absoluta. Eran muchos para UPyD, pero quizá no para una nueva fuerza como Ciudadanos, que, en la vorágine de presentar nuevas alternativas, como Podemos, haga que la abstención se movilice y que los desencantados del PSOE, que son legión, acaben votando a Albert Rivera, cosa que nunca harían con el partido de Rosa Díez, pues, al fin y al cabo, siguen considerándola una traidora al socialismo. Puede tener buen cartel en regiones con mucha representación en escaños como la propia Cataluña, Valencia (todo lo que suena a antinacionalista catalán da votos), Madrid, e incluso Andalucía. Esta es la jugada. Ciudadanos dirá que, por la gobernabilidad de España, ha llegado a un acuerdo con el PP que le obligará a éste a luchar contra la corrupción y todos contentos.

La gente volverá a los bares a hablar de fútbol, Cebrián y Marhuenda volverán a respirar felices, las encuestas moderarán su incontinencia y, cómo decía Jorge Drexler “Pasarán los años, / cambiarán las modas, / vendrán otras guerras, /  perderán los mismos” (Hermana Duda).

P.S. Cebrián y los suyos lo acaban de volver a hacer. Hoy, 1 de marzo, la portada de El País trae una nueva “encuesta” de los lacayos de Metroscopia. Según ésta, Ciudadanos alcanzará hasta 12 diputados en las próximas elecciones autonómicas. Curioso, son justo los que necesitaría el PSOE para seguir gobernando (por los siglos de los siglos). Un partido que hace semanas ni existía en Andalucía, llega al 11% de votos y consigue 12 diputados; no sé si encontrarán tantos candidatos para rellenar las listas, pero El País ya les da la llave del gobierno andaluz. Cebrián, eres un crack. Eres el nuevo Arguiñano de la cocina encuestadora española; que digo, el nuevo Ferran Adrià, deconstruyes al electorado como él la tortilla de patatas.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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2 respuestas a EL SÍNDROME DEL ENCUESTADOR COMPULSIVO: de Pablo Iglesias a Albert Rivera

  1. Rivera, la nueva opción. Va limpio a televisión, se viste en Massimo Dutti y es el yerno ideal. Pero el summum es que su capacidad de convicción es tal que es capaz de despelotar a los electores en un plis plas. A ver si en la próxima campaña electoral nos obsequia con un vídeo tan espectacular como el que hizo en Catalunya en 2010. Brutal: https://www.youtube.com/watch?v=t3CxILBS2Ig

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