EL TERRORISMO ISLÁMICO: ¿es posible una visión histórica?

Aspecto-Republica-AP-PhotoPeter-Dejong_EDIIMA20150111_0222_15Decía el otro día en Eldiario.es el historiador José Enrique Ruiz-Domènec que hacemos poco caso a los historiadores, que lo hacemos más a los tertulianos. Lo refería a propósito de España y ponía como ejemplo a la culta Alemania y a su cancillera que se precia de solicitar la opinión de sesudos historiadores a la hora de tomar decisiones, como por ejemplo, cita, en el caso del conflicto de Ucrania.

Dejando de lado las diferencias que entre España y Alemania, o el resto de la Europa del Norte, pueda haber en la política diaria (acabamos en casa de ver los dos primeros capítulos de la segunda temporada de la ya citada aquí excelente – corto se queda el adjetivo – seria danesa Borgen), creo que el profesor Ruiz-Domènec manifiesta ese candor con el que muchas veces nos acercamos los historiadores a la vida pública diaria. No dudo que la señora Merkel hará más caso de sus asesores intelectuales que en España (aquí dicha palabra es tabú, espanto, para nuestros políticos, de todo signo, a no ser que sean paniaguados al servicio de quien paga), pero dudo que las decisiones de la alta política dependan de la opinión de ellos.

Podéis no estar de acuerdo conmigo. Ese es el secreto de la discusión intelectual: que todo lo que yo, a partir de este momento, diga, puede y debe ser contradicho. Es la famosa teoría de la falsabilidad: toda teoría debe tener la posibilidad de ser contradicha. En caso contrario no se trata de una teoría, base de la CIENCIA, sino de un dogma, base de la RELIGIÓN. Un dogma no puede ser contradicho, se define como tal. No sé muy bien desde cuándo, pero da la impresión de que desde hace un tiempo en política se ha llegado al convencimiento de que los presupuestos de cada partido no pueden ser contradichos, por tanto son dogmas, por tanto, estamos acercando POLÍTICA a RELIGIÓN.

Toda esta introducción viene a cuento para hacer entender el punto de vista desde el cuál creo que se debería analizar el momento histórico en el que nos encontramos. En este caso, el que estos días nos ha estallado en las caras (en nuestras múltiples y diversificadas pantallas habría de decir: móviles, táblets, televisiones, PCs…): los atentados de París, ligados al integrismo islámico, al yihadismo, como se quiera llamar. Como seres humanos, cualquier persona debe estar consternada por los sucesos. No sólo por su vertiente humana si no por la simbólica, tan repetida estos días: el ataque a una de las bases del mundo occidental, la libertad de prensa. No voy aquí a realizar una disquisición sobre la hipocresía de gran parte de los medios de comunicación (españoles y de otros lugares) que se han rasgado las vestiduras por dicho ataque a la libertad de expresión, mientras aprueban leyes contra ella (la llamada “Ley mordaza” sin ir más lejos), que hubieran impedido a Charlie Hebdo publicar la mayoría de sus artículos y viñetas. Tampoco voy a glosar los repugnantes artículos que he repasado estos días de bienpensantes columnistas que ahora cuelgan en sus blogs el ya famoso “Je suis Charlie Hebdo”. No merece la pena.

Voy a intentar separar mi opinión como persona humana (fácilmente reconocible para los que me seguís o conocéis) de mi postura como historiador. Es una tarea en realidad imposible, pues somos un todo y en cada respiración nuestro mundo personal afecta al profesional (nuevamente Borgen, donde este tema se traza con una maestría absolutamente impactante), pero si queremos observar la realidad desde una óptica no contaminada por prejuicios personales o ideológicos, debemos hacer un esfuerzo. Aunque sea titánico. Sería largo continuar la discusión entre objetividad y realidad y no os voy a cansar con mis viejas clases de Tendencias historiográficas.

Únicamente me gustaría presentar algunas claves de análisis para haceros pensar, para pensar yo mismo. Si verdaderamente queremos buscar una solución al conflicto entre el integrismo islámico y occidente, debemos hacerlo buscando claves históricas (también sociológicas, antropológicas, económicas, políticas…), aunque nos cueste.

En el párrafo anterior ya han quedado enunciados dos elementos que desde el mundo occidental nos cuesta reconocer. En primer lugar, que dicho conflicto tenga una raíz histórica. Los gobiernos occidentales han introducido desde hace tiempo (¿11S?) la aseveración de que un conflicto contra el Estado, realizado por un grupo que no constituye en sí mismo un Estado, no tiene orígenes históricos sino que está causado por un grupo de elementos violentos cuya única intención es imponer su visión por la fuerza. Piensan los Estados occidentales que reconocer la existencia de un origen histórico (o político) al problema legitima, en parte, el mismo y, por tanto, alguien podría pretender que tuvieran una parte de razón. No hace falta que recuerde la negativa de todos los gobiernos españoles a aceptar que el denominado durante muchos años “problema vasco” tenía raíces históricas. Esto era inaceptable. La razón para imponer dicha teoría está en cuál debe ser el final del problema. Más tarde veremos este asunto. En segundo lugar, en dicho párrafo hemos denominado al problema terrorista como “conflicto”. Este término tampoco es aceptado por los gobiernos occidentales, pues, volviendo a lo anterior, un conflicto tiene un origen y puede tener una conclusión que no sea la patrocinada desde occidente: la aniquilación del enemigo. Naturalmente, dicho enemigo piensa de igual forma y no acepta que esté en conflicto con occidente, sino en “guerra santa”, y que el final de la misma no puede ser otra que la aniquilación del infiel: Occidente.

Visto así el asunto, nos encontramos con un tipo de conflicto que podría parecer novedoso en la historia de la humanidad. Pero, analizado desde el punto de vista histórico no es así. En realidad se trata de la lucha entre una coalición (Occidente) que tiene unos presupuestos ideológicos y económicos (la democracia y el capitalismo) contra una serie de poderes dispersos que pensaba dominados. Dichos poderes dispersos aparecen como los restos de un naufragio creado por el propio occidente: el imperialismo. Dichos poderes han encontrado un elemento aglutinador, muy frecuente en la historia: la religión. En este caso la musulmana, era la que había en dichos territorios, podía hacer sido cualquier otra. Como lo fue la judía en las reclamaciones del sionismo o los diversos grupos cristianos en las guerras de religión que asolaron Europa entre 1520 y 1648: más de un siglo, recordémoslo.

¿Decir que un problema tiene raíces históricas, que se trata de un “conflicto”, significa situarnos, como personas, alejados de las consecuencias humanas del mismo? Evidentemente, no. Por desgracia, la vida consiste en elegir. Elegir cuál es tu bando. Pero cuando actuamos como historiadores debemos apartarnos, lo más posible, pues nunca es del todo posible, de nuestro propio pensamiento humano. Sin ello no es posible el análisis ni nos podemos acercar a una solución. No estamos diciendo que para el odio observado estos días en París exista una razón, no hay razón para el odio, decimos que existe una causa. Sin analizarlas no nos podemos acercar, tampoco, a una solución.

Aquí llegamos a un punto crucial: buscar una solución. Debemos partir de la base teórica de que la eliminación total de los conflictos humanos, y los sociales vinculados a nuestra condición, es imposible. Siempre han existido conflictos (guerras, revoluciones, genocidios…) y los seguirá habiendo, pero nuestra condición humana también nos lleva, siempre lo ha hecho, a buscar la solución a los existentes para lograr que éste no se repita y que el siguiente tarde en llegar. En lo que no somos tan duchos es en poner las bases para prever la existencia de posibles focos de conflicto y su aparición. Para ello debe tenerse mucho cuidado en la forma en que se da finalización a un conflicto, pues la historia nos demuestra que, en muchos casos, estamos sentando las bases de un nuevo conflicto.

Centrándonos en el conflicto que nos ocupa estos días, deberíamos los historiadores recordar algunas cuestiones. La primera de ellas es cuál es el origen del conflicto. El radicalismo islámico surge en el mismo momento de la descolonización cuando determinadas capas sociales (grupos étnicos, sociales, religiosos, etc. según el país) se vieron apartadas del poder. Un poder que o bien había dejado establecido la potencia colonial antes de su marcha, o bien había surgido de la pugna contra dicha potencia. Estos grupos encontraron en el radicalismo religioso un buen caldo de cultivo para aglutinar a descontentos diversos. La puntilla la puso el asunto del nacimiento del estado de Israel. Aquí, buena parte de mundo árabe encontró un nexo de unión: la lucha contra Israel y su fiel aliado Estados Unidos. Contar la historia desde ese momento al 11 S sería asunto que daría para varias tesis doctorales.

Ya hemos esbozado el origen del conflicto, ahora detengámonos un momento en cuáles han sido las soluciones propugnadas por occidente: la derrota a través de las armas. Pero aquí, desde mediados del siglo XX, occidente ha ido dando palos de ciego de dónde debía enviar sus tropas y qué país debía invadir. Así, determinados países (o sus líderes) pasaban de enemigos a aliados o de amigos a adversarios susceptibles de eliminación. Sólo algunos ejemplos: Egipto (Nasser frente a Mubarak), el Afganistán prosoviético atacado por los talibanes (aliados y entrenados por Estados Unidos), el Irak de Sadam Hussein (aliado mientras fuera un enemigo del Irán de Homeini)… E incluso ahora, en plena eclosión del yihadismo, occidente mantiene una fuerte amistad (nuestro exrey Juan Carlos I y diversas empresas españolas son testigo de ello) con un país como Arabia Saudita en el cual la homosexualidad, la injuria al Islam o a la familia real saudí o, pásmense, la posesión de animales domésticos (¡!) son castigados con la pena de muerte. Ello incluye a menores de edad. Pero a la comunidad ocidental parece que le da igual que se produzcan, según Amnistía Internacional, dos ejecuciones cada semana. Si occidente quiere acabar con el conflicto tendrá primero que aclararse y decidir si, de verdad, quiere destruir TODO el integrismo religioso islámico o sólo aquel que le ataca.

¿Qué puede hacer occidente? Podemos acercarnos a la Historia. Parece que la derrota militar del enemigo está lejos de poder ser una realidad. Si únicamente contamos con la fase iniciada el 11S, llevamos ya casi catorce años de conflagración. Para parámetros históricos tampoco es tanto, pero para el mundo contemporáneo es mucho, pues desde el final del Absolutismo en Europa es difícil encontrar guerras que duren más de cinco años. Ahora bien, si algo caracteriza a los conflictos surgidos en el siglo XX es su fuerte grado de enquistamiento. Como los quistes, no siempre se encuentran en la superficie, pero a veces supuran, incluso sangre inocente como estos días en París. Si nos acercamos a la historia observamos que muchos conflictos llegan a una fase de agotamiento de los contendientes. Y no estamos en dicha fase. De ello debemos aprender, pues si esperamos a que ello ocurra, la cantidad de sangre que queda por derramar es ingente. Debemos aprender de la historia y frenar el conflicto antes de que caiga más sangre. Esa debe ser la superioridad moral de occidente, no la de las armas.

Utilizar los recursos económicos que occidente gasta en armamento para el desarrollo de sociedades empobrecidas no estaría mal. Es, recordémoslo, lo que hacen los yihadistas: una política de ayuda social en las capas más pobres de las sociedades árabes para ganarse adeptos. Utilizar recursos económicos en los barrios más pobres de las ciudades occidentales habitadas por inmigrantes musulmanes para acrecentar su nivel educativo tampoco estaría mal. Es, también debe ser recordado, lo que hace el proselitismo yihadista para aumentar sus huestes (recordemos de dónde procedían los asesinos de los trabajadores de Charlie Hebdo). Utilizar la diplomacia occidental para obligar a sentarse a parlamentar a diversos grupos enfrentados en diferentes áreas (recordemos reuniones como la paz de Westfalia o la paz de Augsburgo, por citar también conflictos religiosos) tampoco vendría mal. Pero para ello, occidente debe olvidar sus prejuicios (quien es el bueno y quien es el malo) y obligar también a cambiar determinadas posiciones de Israel o Arabia Saudita, por ejemplo.

Seguramente, no es una solución a corto término, pero, al paso que vamos, tampoco lo parece la emprendida por occidente desde la Segunda Guerra Mundial.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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