FERNANDO MARTÍN, 25 AÑOS DESPUÉS: De los que un día le admiramos

Fernado-MartínMañana se cumplen 25 años de la muerte de Fernando Martín. Aquel  jugador de baloncesto que toda una generación llevamos en el corazón, incluso los que un día fueron sus adversarios no podrán dejar de admitir que él era admirado, aunque fuera desde la envidia de no poder tenerle en su equipo.

Los jóvenes  que hoy disfrutáis cada noche con los éxitos de los hermanos Gasol en la NBA, quizá penséis que no fue para tanto: 0.8 puntos y 1.1 rebotes en Portland durante la única campaña que estuvo allí (1986-87). Pero tendríais que haber vivido aquella época para saber de lo que hablamos los abuelos del basket. Esos que vivimos un baloncesto con pantalones casi por la ingle, sin tatuajes, sin raperos. Para vosotros, los que estáis acostumbrados a que la Selección juegue la final de cualquier campeonato o si no es un fracaso, a que un equipo español juegue la Final Four de la Euroliga (sea el Barça o el Madrid, incluso el Baskonia) un año sí y al otro también, quizá todo esto os parezca poca cosa. Pero hablamos de sentimientos, chavales, no de estadísticas.

En los ochenta acabábamos de salir del infierno de jugar los preeuropeos y del franquismo. Y nos creíamos que cualquier conquista (una final ante Italia en 1983 o una victoria socialista en 1982) era el acabose. Ahora sabemos que todo aquello era una pequeña ilusión, pero fue nuestra ilusión durante muchos años. Ahora cualquier matao se va a la NBA (léase Víctor Claver), pero entonces aquello era un coto para los nacidos en Estados Unidos.

Los que pertenecemos a la generación de Fernando Martín siempre le vimos como un personaje carismático, enigmático, mítico, inalcanzable. Era todo lo que nosotros deseábamos ser: era guapo, alto, de buena familia y tenía éxito en la vida. O eso creíamos. Especialmente para los que éramos un poco pagafantas, o lo seguimos siendo, él era nuestro ídolo. ¡Quién no fuera como él y pavonearse por las canchas, por las discotecas, por las plazas…!

Desde muy joven adoré el baloncesto, quizá porque representaba una rebelión contra lo que todos hacían, y hacen, jugar, ver y entender de fútbol. Quizá fuera mi espíritu de ir siempre contracorriente o quizá fuera, como le decía el otro día a mi gran amigo Joan, porque jugaba muy mal al fútbol. Tampoco lo hice nunca muy bien al baloncesto, pero se notaba menos, pues pocos entendían entonces como ahora de pick-and-rolls, alley oops o ataque flash. Así me convertí en un pionero del baloncesto en mi colegio. Ello me permitió mi primera relación con una chica (totalmente platónica y de pagafantas, pues acabó liándose con uno que tenía más labia que yo) y ser el centro de atención para algo. Cuando había un clásico Barça-Madrid (el único partido que los futboleros  veían, y ven) o un partido de la Selección yo me deleitaba contando a los colegas (en la piedra de San Blas) las excelencias de Fernando Martín.

Ver jugar a Fernando Martín era como ver una película sobre las Guerras del Peloponeso. Salía a la pista como si se tratara de dirimir el control del Ática. Con aquella mandíbula que recordaba a Kirk Douglas, aquella carrera potente, aquel gesto serio, concentrado, mirando la pista como si fuera la llanura de Maratón. Pero si te fijabas bien veías que parte de aquella mirada iba hacia dentro. Hacia sí mismo. Dicen, quienes lo conocieron de cerca, que su atlética apostura no era sino una máscara que escondía unos demonios interiores que le atormentaban. Un día llegó a decir a un periodista que su mayor ilusión era retirarse del baloncesto, comprarse una granja en Australia y dedicarse a la cría del ganado. Todo ello se acrecentó tras su vuelta de la NBA, donde no se adaptó al baloncesto científico de Mike Schuler en Portland. ¡Quizá si hubiera recaído en los “locos” Nuggets de Denver! con su run and gun (juego en transición), quizá la historia hubiera sido otra. Y quizá aquel 3 de diciembre de 1989 no se hubiera estrellado en la M-30 con su Lancia. No soportaba el fracaso, no había nacido para ello, para el fracaso estábamos, estamos, los demás. Un día, al volver a España, en un partido contra el Barça perdían de 20 al descanso. Fernando entró en el vestuario y se dirigió a sus compañeros: “no me he levantado de la cama con este insoportable dolor de espalda para venir aquí a perder. Ahora vamos a salir y a ganar”. Y ganaron.

Desde joven destacó en el deporte (judo, natación, balonmano, incluso tenis de mesa). Era un portento físico (1,98 con 17 años) en aquella España de principios de los ochenta en los que medir más de 1,80 te convertía en un gigante. Hizo al Estudiantes subcampeón de Liga en la temporada 1980-81. Al año siguiente marchó al Real Madrid. Tras los trámites burocráticos, viajó a Sao Paolo a disputar el Mundial de Clubs. Allí le esperaban sus nuevos compañeros, a los que apenas conocía. En su primer partido, contra el campeón australiano, hizo 50 puntos. Tenía 20 años recién cumplidos. Al año siguiente con la selección consiguió el cuarto puesto, cuando clasificarse ya era un éxito. Fue nombrado cuarto mejor jugador del campeonato tras el  yugoslavo Kikanovic, el soviético Mishkine y el italiano Marzoratti. Entonces hablar de Yugoslavia, la URSS e Italia en el baloncesto eran palabras mayores. Tenía 21 años.

Al año siguiente llegó la Olimpiada de Los Ángeles. La Gloria. Para los amantes del baloncesto de la generación de la Transición, aquel fue nuestro momento de gloria. Poneos en situación. Baloncesto en Estados Unidos. En Los Ángeles, en el Forum de Inglewood, donde jugaban los Lakers de Magic, Abdul Jabbar, Worthy… Donde cada noche se sentaba en primera fila Jack Nicholson. En el equipo americano, el que decían era el mejor equipo universitario de la Historia: Pat Ewing, Alvin Robertson, Chris Mulling, Samuel Perkins y, el más grande, Michael Jordan. Allí fue donde Fernando Martín comenzó a mascullar que no debía ser tan difícil enfrentarse a aquellos jugadores, aunque nos dieron dos soberanas palizas (101-68 en la fase de grupos y 96-65 en la final). Nosotros, mientras tanto, trasnochábamos en aquella mítica casa de la Calle del Cerro, donde nos convertimos en adultos sin darnos cuenta. Era la casa de nuestro amigo Alfredo, desocupada por la muerte de sus padres, que nosotros utilizábamos como centro de reunión. Allí nos reuníamos para ver el baloncesto olímpico en 1984. Allí vimos a España ganarle a Yugoslavia en semifinales. Era un sueño. Recuerdo que Alfredo se fue a dormir, pues no creía en milagros. Allí estaban Dalipagic, Drazen Petrovic, Radovanovic, Sunara, Knego y… todas las malas artes balcánicas. Pero les ganamos (74-61) remontando cinco puntos al descanso.

Al año siguiente entró en el draft de la NBA. Todo nos parecía un sueño. ¡Un español en el draft! Eran otros tiempos, ya os digo, ahora cualquier juvenil es capaz de hacer un hueco allí. Fue elegido por los Nets, pero traspasaron sus derechos a los Blazers. Se incorporó al año siguiente. Desde el principio todo fueron problemas. Hasta le obligaron a quitar la tilde a su apellido en la camiseta. Finalmente se volvió. No creía que había fracasado, sólo que no había sido entendido su baloncesto. Quizá fuera cierto. O quizá que su destino le esperaba en la M‑30 un 3 de diciembre de 1989.

Aquel domingo estábamos (Marilena y yo, que habíamos comenzado nuestra relación) en casa de nuestros amigos Juan y Maricarmen. La noticia cayó como caen estas noticias. Crees que no forman parte de la realidad, que son un telefilm más que hacen por la televisión. Pero era real. Recuerdo que al día siguiente fui a comer con Marilena y que juntos repasamos el periódico con todas aquellas macabras fotografías y con todas aquellas palabras de alabanza a Fernando Martín. Pero yo le expliqué que para mí era algo más que un gran jugador de baloncesto. Era quien todos hubiéramos deseado ser. Aunque seguro que él pensaba que nosotros sí que éramos afortunados al no tener que demostrar cada día que eres el mejor. O quizá en esto también estaba equivocado y nosotros también…

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3 respuestas a FERNANDO MARTÍN, 25 AÑOS DESPUÉS: De los que un día le admiramos

  1. Dani dijo:

    Grandissim jugador, i grandissim irresponsable, de Ricardo Delgado, postrat en cadira de rodes per a tota la vida perquè a F.Martin li agradaba correr amb el cotxe, no el recorda ningú…

    • Cert, irresponsable en la carretera. Però qui no ha comés un error en la seua vida? No penses que ell també voldria haver canviat aquesta part de la seua vida? Però ja no pot. És un tema molt complicat i debatut: bons professionals i persones amb comportaments reprobables. On està el límit? Jo no sé possar-ho. El que sí sé que és que ací parle de sentiments i de records. I aquests són els meus. A més en el món de l’esport quants jugadors que admirem cada diumenge (i als quals mirem segons la samarreta que duen) no tenen comportaments reprobables. En lo privat o en lo públic. Quants no defrauden a Hisenda? Salutacions

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