DE LOURDES A ZURICH: Historia de las peregrinaciones católicas en España

descarga (1) Me acerqué el otro día a la estación de tren de una gran ciudad española y pude observar una escena muy extraña. Se veía a grupos de hombres trajeados con maletines agarrados a sus muñecas por esposas policiales. No llevaban trajes cualesquiera. Eran trajes de Dormeuil o de Kiton, ninguno de los cuales bajaba de 60.000 euros. La gente no se podía acercar mucho a ellos porque estaban rodeados de una cohorte de guardaespaldas ataviados con todo el kit de las más tópicas películas de James Bond: gafas oscuras, pinganillo, zapatos puntiagudos bien lustrosos, chaqueta medio abierta que dejaba intuir un metálico bulto entre el cinturón y la camisa. Su actitud parecía aprendida en un cursillo acelerado del Actor’s Studio de Nueva York: miraban totalmente serios de un lado para otro, se llevaban disimuladamente la mano a la boca para dar unas escuetas órdenes y volvían a mirar a todas partes, sin mirar a nadie.

También había una versión mochilera entre los que esperaban la llegada de los trenes. En este caso su vestimenta era más “cásual”: vaqueros de marca (naturalmente) y nada que se pudiera comprar en El Corte Inglés, como  Jeans APO, Paper Denim & Cloth, Chip & Pepper o True Religion, zapatillas BUSCEMI y una chaqueta deportiva de la marca Ferrari. Ellos también estaban rodeados de un grupo de guardaespaldas, pero eran más discretos y parecían más bien sacados de una película de los hermanos Coen.

Unos subieron a los vagones con destino a Andorra, otros a los que llevaban a Zúrich y otros a los que viajaban a Toulouse para coger el enlace aéreo a Jersey, las islas Caimán o las Bahamas. Estos últimos aprovechaban la escala para acercarse a Lourdes y pedir perdón ante la Virgen por sus pecados, pasados, presentes y futuros: “lo que va por delante, va por delante”. Tampoco los que llevaban destino a Andorra se quedaban atrás en sus plegarias, pues solían acercarse, en una mañana soleada y apta para el senderismo a la Vall de Núria a visitar a la Mare de Déu, “què menys”. También los que llevaban destino a Zúrich, podían, de regreso, visitar el Santuario de La Salette, donde en 1846 la virgen reveló a dos niños dos importantes secretos que sólo fueron confesados al Papa IX. Se desconoce el contenido del secreto, pero hay quien dice que podría tratarse de la combinación secreta de la caja que guarda en Zúrich los dineros que Roberto Calvi gestionaba en la Banca Ambrosiana, cuyo principal accionista era la Banca Vaticana y que le costó la muerte y su posterior colgamiento en el puente Blackfriars de Londres.

Esta escena me recordó a las que hace poco veía en las cansinas repeticiones que La 2 hace del NO-DO de la época franquista. Aquellas del Congreso Mariano en Lourdes de septiembre de 1958, la peregrinación militar internacional de 1959 al mismo santuario o la de 5.000 gitanos a idéntico lugar en 1965 o la más antigua peregrinación de obreros católicos a Fátima en 1944. Aún recuerdo los carteles que en las vitrinas de las tiendas de mi pueblo se veían de tanto en tanto anunciando estas peregrinaciones. Auguraban la sanación de males diversos y, cuanto menos, el perdón general de los pecados. Ahora no he visto carteles que anuncien estas modernas peregrinaciones a Zúrich, Andorra o los paraísos fiscales de allende los mares. Pero estoy seguro que deben existir agencias de viajes que los gestionen. Antes marchaban en destartalados trenes que tardaban horas en recorrer la península y llegar a su destino, donde eran recibidos en loor de multitud por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas de los lugares.

Ahora marchan en lujosos vagones de AVE con conexión a internet, para poder seguir la evolución de los mercados del oro, el petróleo, el café o cualquier otro producto con el que especular y empobrecer poblaciones mundiales. Son servidos por hermosas azafatas de piernas interminables y escotes bien dibujados. Les consuelan del largo viaje con carísimas viandas: caviar Almas, sopa de trufa Alba, una tortilla de hongos matsutake y un bistec de ternera Wagyu, esas que escuchan a Mozart mientras son engordadas y mueren al son de Gustav Mahler. Todo ello regado con un buen Château Lafite Rothschild. El precio es lo de menos. Estos modernos trenes están conectados a las redes bancarias y pueden pagarse estos ágapes con tarjetas Black de entidades varias. ¡Qué tiempos aquellos en los que a las peregrinaciones se iba con la merendera metálica, con sus cierres automáticos para no derramar caldos o aceites, llena de chorizos de Las Peñas, tortillas de la abuela, pimientos de la huerta del tío Facundo o un buen pollo en pepitoria. Y todo regado con un buen vino de la tierra en bota de cuero. Esa que muchos despreciaban, no por el sabor del vinacho, sino por no hacer el ridículo al intentar beber sin mancharse la pechera.

Pero no os engañéis. Los propósitos son los mismos: pedir un milagro o agradecer una curación milagrosa. Sólo que entonces el milagro consistía en la recuperación de una enfermedad, la reparación de taras de nacimiento o la solicitud de algún imposible, como un novio para la tía Engracia, que ya había cumplido los treinta y dos y aún estaba soltera. Ahora esta ingente peregrinación de empresarios, políticos, sindicalistas y otras gentes de poderío lo hace para pedir que los bancos les guarden a buen recaudo el fruto de sus milagros: que un alcalde de pueblo de no más de 2.000 habitantes haya logrado varios millones de euros en comisiones, que un empresario del ladrillo haya alcanzado el status de ricachón construyendo casas que parecen de papel o que un sindicalista pase de proletario a millonario sólo por sentarse en el sillón de un Consejo de Administración. Debió ser que durante la catequesis a la que asistieron de pequeños prestaron buena atención al milagro de la multiplicación de los panes y los peces y han sabido aplicarla con rotundo éxito a sus economías.

Cuando he visto esta semana los noticiarios televisivos he imaginado a todos estos españoles saliendo en bandada hacia paraísos fiscales y bancos de alto rendimiento y secretas cuentas. Y me han recordado a aquellas peregrinaciones. Sólo en Caravaca de la Cruz, ¿casualidad que tenga una basílica también de peregrinación católica?, han sido imputados el alcalde y treinta vecinos. No sé si en los tiempos de las peregrinaciones marianas a Fátima y Lourdes de los cincuenta y sesenta hubo tanta afluencia en dicho pueblo. Cada semana aparecen más de estos peregrinos del maletín y la mochila. No sé por qué me han recordado a aquellas multitudes que abarrotaban las campas de Fátima, Lourdes o Loreto. Quizá tenga que ver también esta manía del político español de derechas, católico por supuesto, de pedir perdón por sus pecados. Quizá se una a mis elucubraciones mentales el tema en el que estamos inmersos mis alumnos y yo en la asignatura de Historia Moderna: la Reforma protestante. Pues comentábamos el otro día la diferencia entre la ética protestante y la católica que produjo la ruptura allá por 1517: el protestante sólo cree en la gracia divina como redentora de los pecados, nada en la Tierra se puede hacer para lavarlos; mientras, el católico piensa que un buen rezo, una buena peregrinación, un buen arrepentimiento, una solicitud de perdón deja inmaculada el alma. Quizá por ello, en el mundo protestante cuando un político comete un fraude, peca contra lo más sagrado en la Tierra (su comunidad), coge sus cosas, se marcha y no se le vuelve a ver el pelo en lo Público. En el católico, puedes pedir perdón, una y otra vez, como nos enseñó la Sexta el otro día con Esperanza Aguirre, y todo solucionado. Mientras marchas a Zúrich, te pasas por Lourdes, pides el perdón por tus pecados y todo limpio. ¡Si hasta el Rey lo hizo! Como dijo Francisco de Rojas, “Del Rey abajo, ninguno”. Ninguno se quede sin pedir perdón cuando cometa un desfalco, un chanchullo o algo peor. Ahora bien, de marcharse nada. A lo sumo, se puede hacer como Campechano I, dejar la herencia a tus vástagos para que la inviertan en lo mejor posible: una buena cuenta opaca en Suiza.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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