CATALUÑA: De Pla a Pujol, pasando por Carlos Sentís

1311112802_850215_0000000000_sumario_normalCuando yo era un joven adolescente y transcurría en España la Transición estaba interesado por la política. Entre los recuerdos, que son imágenes, siempre he tenido el de las conexiones con la Cataluña de la época en los noticiarios. Eran los tiempos de “Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomia”. En esos noticiarios en blanco y negro, siempre me preguntaba quién era ese individuo que acompañaba en casi todos los actos a los protagonistas de aquel momento. Era un señor de edad, de pelo blanco, gafas metálicas escuetas y bigotillo blanquecino al estilo de los más fieles servidores del régimen. Durante años me pregunté quién sería. Lo veía siempre servicial, pero en segundo plano, en cualquier momento y lugar, y ante cualquier auditorio. Siempre me pareció sospechoso. Sólo muchos años más tarde, en el momento de su muerte en 2011 (a punto de cumplir cien años), descubrí su nombre: Carlos Sentís.

Hoy, intentando ponerme al día de las últimas noticias, tras unos días de desconexión, me he tropezado de nuevo con él. Leyendo un artículo de Guillem Martínez he descubierto el origen político de Carlos Sentís. Mis placenteros momentos de pensamiento solitario mientras camino me han llevado, en esta mente en general dispersa, de una cosa a la otra.

Y de esa interioridad a esta exterioridad.

Relaciones de profunda amistad me unen a algunos defensores de la independencia de Cataluña. Y, aunque personalmente no soy partidario de la defensa de ninguna patria, ni siquiera en la que nací, pues la nacionalidad es avatar de la naturaleza y no decisión propia, me posiciono por sentimiento y por mi condición de historiador a favor de la decisión de los pueblos (las personas o los colectivos) a decidir por sí mismas qué quieren ser. Y digo esto para que se entienda lo que diré a continuación.

He seguido, sin demasiada profusión, tengo que decirlo, apesadumbrado el affaire Pujol. Por dos motivos. Porque es uno más en la larga lista de casos de latrocinio, desvergüenza y podredumbre de la sociedad española y, especialmente, de los que fueron iconos de la Inmaculada (más bien habría de llamarse ya Violada) Transición. Y, en segundo lugar, porque  emponzoñará un problema que ya era de por sí dificultoso, aunque mi solución ya la expresé más arriba.

Entre los artículos que he leído, si es posible de análisis y no de propaganda, de uno y otro lado, me he encontrado esta mañana con el citado de Ferrán Martínez, conocido por haber editado el libro CT, Cultura de la Transición. Un análisis del régimen sociopolítico español, que ha dado lugar a la extensión de dicho término (Cultura de la Transición) para identificar la situación en la que nos encontramos: la inviolabilidad de determinados conceptos creados, y criados, durante la Transición.

Mucho se ha hablado, yo mismo lo he hecho, sobre las conexiones entre Transición y franquismo. Pero poco había leído, no digo que no existiera (mi tiempo es limitado para leer todo lo que se produce cada día) sobre las conexiones entre… Me surge la primera duda: ¿cómo llamarlo? ¿Catalanismo? No, sería denostar a todos aquellos que perdieron su vida por la defensa de una idea: una Cataluña democrática y nacional (significara esto último lo que significara, según cada opción). ¿Nacionalismo catalán? Tampoco, pues no  dejaría de convertirme en uno más de los españolistas que día tras día braman, ladran, contra Cataluña. Como si se pudiera odiar a un pueblo en su conjunto o, aún más estúpido, a un territorio. Es como si alguien odiara Marte, Saturno o al estrecho de Bering. Pero ya sé que hay gente que odia Cataluña, por el simple hecho de existir. No quiero que se me confunda con ellos. Por tanto, sigo teniendo un problema terminológico. Seguiré exponiendo lo que deseo decir y, después, veré si se me ocurre otro término.

La ventaja que tiene la lectura digital es que te permite, rápidamente, la consulta y la lectura hipertextual. En poco tiempo se han acercado a mí personajes como Jordi Pujol, Josep Pla, el citado Carlos Sentís, Francesc Cambó, Josep Bertrán i Musitu, Josep Maria de Porcioles i Colomer, y el periodista Martín Prieto. Intentaré desentrañar qué relaciona a todos ellos.

A Carlos Sentís, Francesc Cambó, Josep Bertrán y Josep Mª de Porcioles les une su pertenencia (o simpatía en el caso de Sentís) a la Lliga Regionalista. Para los no versados en la historia contemporánea de España, debo decir, simplificando para no alargar en demasía este texto, que dicho partido (1901-36) aglutinaba al nacionalismo moderado, de derechas, patrocinado por la más alta burguesía catalana. Y une a los citados su aquiescencia con el régimen franquista. Eran nacionalistas catalanes, pero eran, ante todo, miembros de la alta burguesía catalana. Y les unía un miedo común (compartido con Josep Pla): la izquierda. Cuando estalla la guerra, los cuatro citados abandonan España (abandonan Cataluña, abandonan a Cataluña, si se quiere). Su biografía adquiere un perfil que cada uno de vosotros puede juzgar.

Francesc Cambó, desde Suiza, donde se trasladó, financió el SIFNE, Servicio de Información de la Frontera Noreste, un sistema de espionaje a favor de Emilio Mola. En dicho servicio trabajaron Josep Bertrán y Adi Enberg, pareja de Josep Pla en aquel entonces. Cambó murió en Argentina en 1947.

El citado Josep Bertrán, huido en Francia, había sido anteriormente, además de diputado y ministro de Gracia y Justicia en el gobierno de la Restauración, jefe del somatén en Barcelona y alentador del más feroz pistolerismo. Quiza deba recordar que el somatén fue un cuerpo paramilitar creado por la alta burguesía catalana para combatir al movimiento obrero pistola en mano. De ahí el nombre del violento periodo que sufrió especialmente Barcelona entre 1919 y 1923. Volvió Bertrán con las triunfantes tropas de Yagüe a Barcelona en febrero de 1939 y siguió ejerciendo su carrera de derecho, aunque no pudiendo usar el catalán que tanto había patrocinado en su etapa como político, hasta su muerte en 1957.

Por su parte, Josep Mª Porcioles fue otro jurista simpatizante de la Lliga que huyó de Cataluña nada más estallar la guerra. Volvió a una Cataluña sojuzgada, pero en la que no tuvo empacho en convertirse en un dirigente de pro: presidente de la diputación de Lleida (1940-43) y alcalde de Barcelona (1957-73). Su clara vinculación con la derecha más represora quedó evidenciada en su política social y urbanística durante su mandato. Sufrió la protesta obrera desde 1968, teniendo que ser relegado por el propio Franco de la alcaldía ante el cariz que tomaba la cosa en los duros años setenta, tras el inicio de la crisis económica.

Por último, mi fiel imagen de la transición, Carlos Sentís, fue otro jurista y, especialmente periodista, partidario de la ideología de la Lliga (asiduo escritor del diario La Veu de Catalunya, órgano de expresión del partido). Huyó a Italia tras el mantenimiento de la fidelidad de Cataluña a la República. Formó también parte del servicio de espionaje creado por Cambó. A principios de 1939 volvió a Barcelona, publicando inmediatamente uno de los alegatos más antirepublicanos que jamás he leído (Finis Cataloniae?). En él vilipendia la obra de la República, especialmente en Cataluña, y arremete contra Negrín, contra Azaña, y contra ¡¡Lluis Companys!!  Finaliza el escrito con estas palabras “Aquella Cataluña acabó, pero la Cataluña real (el subrayado es original), que diría vuestro y nuestro caro Charles Maurras, hoy, precisamente, empieza a amanecer”. La referencia final al “Cara al sol” (himno de la Falange) es tan evidente que huelgan explicaciones. Pero para los que desconozcan quien es Charles Maurras, ese tan amigo de Sentís, decirles, someramente, que fue un poeta y escritor francés fundador de Action française, partido ultranacionalista de simpatías fascistas que acabó participando en el gobierno colaboracionista de Vichy. Sentís fue, además, secretario personal de Rafael Sánchez Mazas, ministro sin cartera del primer gobierno de Franco tras la victoria y acérrimo falangista (tenía el carnet número cuatro).

Naturalmente, este currículum le valió a Sentís un rápido ascenso en la Cataluña postfranquista. Su larga trayectoria como reportero, donde ejercía como auténtico embajador del franquismo, finalizó en 1963 cuando fue nombrado director de EFE (la agencia estatal de noticias que filtraba –censuraba– las noticias provenientes del extranjero). Fue decano del Colegio de Periodistas de Cataluña y colaborador de Avui y La Vanguardia. A la muerte de Franco, pasó a militar en la UCD de Suárez. En su primer gobierno ejerció de director general de Coordinación Informativa del Ministerio de Información y Turismo. Debió ser en ese momento, y en dicho cargo, cuando yo comencé a verle asiduamente por televisión. Más tarde, en las primeras elecciones de 1977, fue elegido diputado a Cortes, siendo reelegido en 1979. Fue uno de los principales impulsores de la vuelta de Tarradellas a Cataluña. Quizá por ello mi recuerdo también lo une a la imagen de Tarradellas, en aquellas primeras comparecencias ante los medios. Su colaboración con el franquismo, sus simpatías filofascistas, habían quedado olvidadas por mor de la Inmaculada Transición.

Pero si por algo será recordada para mí, desde mi conocimiento hoy, la figura de Sentís es por el asunto de los papeles robados en casa de Juan Ramón Jiménez. Quien más se ha documentado sobre el tema, Arturo del Villar, dejó claro en un artículo con ocasión de su muerte, que fue Carlos Sentís el que entró en abril de 1939 en casa del ya huido Juan Ramón Jiménez, ante la inminente entrada franquista en Madrid, y robó varios documentos personales del poeta y un cuadro, obra de Daniel Vázquez Díaz. No se trataba de una requisa política, sino simplemente de un robo, pues el objeto de aquel acto no fue la censura. Los papeles y documentos fueron vendidos al mejor postor. Y así fue conocido por el poeta que se encontró alguno de ellos en manos privadas durante su exilio. A pesar de las pruebas presentadas, nunca Sentís aceptó el hecho ni nadie hizo nada por acusar o recuperar los documentos. Es más, el establishment  de la Transición bien se ocupó por ocultar el hecho. El citado Arturo del Villar intentó publicar un artículo sobre el asunto con ocasión del Centenario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez. El redactor jefe de El País (periódico factótum de la Transición), Martín Prieto, puso todas las trabas posibles.

Por cierto, el periodista Martín Prieto, al que ahora podemos leer en La Razón (como veis tampoco ha cambiado tanto de línea editorial) protagonizó uno de los episodios más chuscos de la Transición. En 1996 hizo correr la voz, junto a su mujer, de que había sido secuestrado por ETA, pero en realidad, había pasado la noche con una joven rubia despampanante en un hotel cercano a su casa. Eso sí, se montó todo el dispositivo antiterrorista por parte del gobierno de Aznar. Sus compañeros de profesión, y de loas a la Transición, mientras pasaba aquella hermosa noche, se deshacían en alabanzas a la figura del periodista y a su contribución a la Democracia. Ahí estaban lo mejor de lo mejor: Pedro J. Ramírez, José María García, Pablo Sebastián, Alfonso Ussía, José Luis Balbín y Jaime Capmany. La creme de la creme del periodismo de la Transición. Algún día se les deberá pagar, como se merecen, su contribución a la Historia de España. ¡Pero cómo se merecen, eh!

Parece que nos hemos desviado un tanto del hilo principal, pero no. El hilo debe ser recogido. Aquellos defensores de una Cataluña con autogobierno (miembros y simpatizantes de la Lliga), transmutados en franquistas de pro, fueron bienqueridos por la nueva Cataluña surgida de la Transición. Cambó fue considerado un referente en Cataluña. Sus restos volvieron en 1976 y fueron enterrados en el cementerio de Montjuic en un acto multitudinario, en el cual debió revolverse en su tumba Lluís Companys al recordar su vinculación al espionaje franquista contra el gobierno republicano catalán que él presidía. Josep Mª de Porcioles, el alcalde de la Barcelona franquista recibió en 1983 la medalla de oro de la ciudad por el alcalde socialista Pasqual Maragall (otro intocable mito de la Transición), lo cual fue glosado, con su acerada pluma por Manuel Vázquez Montalbán en un artículo titulado La limpieza étnica de los señoritos. Por su parte, el saqueador, Carlos Sentís recibió, como no podía ser menos, todo tipo de alabanzas a su muerte por parte de la clase  política y periodística.

Mientras estos personajes pululaban la Cataluña franquista, un grupo de liberales, ligados al catolicismo renovador, comenzaron a finales de los años cincuenta a montar nuevos grupos proto-políticos que derivaron en los partidos conservadores catalanes. Especialmente Convergència Democràtica y Unió Democràtica. Allí surgió, como una figura totémica Jordi Pujol. Y quiso alejarse de aquella herencia poco deseada que suponía la Lliga Regionalista. Y Pujol fue durante más de veinte años más que un presidente de la Generalitat. Fue Cataluña misma.

Y ahora estalla todo en nuestras manos. Ahora volvemos, cuál ave Fénix, a ver renacer de sus cenizas el viejo dilema: ¿puede el capitalismo ser nacionalista? ¿Puede la alta burguesía patrocinar movimientos de autodeterminación? Desde luego, históricamente nunca ha sido así. Siempre fue la pequeña burguesía, aliada o utilizando a la clase obrera y los pequeños propietarios rurales, los que crearon Alemania, Italia, Lituania, Irlanda, etc.

Creo que, finalmente, me sale el nombre que buscaba. Me lo han proporcionado la Lliga Regionalista y sus secuaces: capitalismo antipopular. Ante la dicotomía del término nacionalismo (=catalanismo) conservador (=de derechas), los miembros de la Lliga lo tuvieron claro desde julio de 1936: antes eran de derechas que catalanes. Y era un mal síntoma que gobiernos supuestamente democráticos homenajearan a semejantes individuos. ¿Era necesario que un alcalde socialista como Maragall agasajara a un alcalde franquista y represor de la clase obrera? ¿Era necesario ocultar pasajes tan oscuros como el robo de los papeles de Juan Ramón Jiménez en las loas a Carlos Sentís? ¿Era necesario sólo mencionar su carácter de espía al servicio del fascismo como algo baladí? Pero, claro, eran los tiempos de la Transición y el viejo dilema dio la vuelta: antes que conservadores (=de derechas y pilares de un régimen fascista) eran catalanes. Había que olvidar. Era el tiempo de recuperar el autogobierno de Cataluña a cualquier precio.

Pues como en la Transición española ya hemos visto cuál era el precio de la Transición catalana. Que el viejo capitalismo campara a sus anchas, pues antes que esto eran catalanes.

Pero, como decía al principio, todo ello no invalida el sentimiento catalán. Y de él puede, y debe, derivar lo que ellos mismos deseen. Pero deberán leer bien a Pla (de excelente pluma y con el que disfruto, por cierto), un fervoroso defensor del establishment. Su idea de Cataluña debería estar hoy superada, no su amor por la tierra que uno pisa, por las gentes que las habitan. Si Cataluña lograra  acercarse a un estado social, participativo, ético, plural y moderno, quizá fuera un ejemplo para otros lugares. Si se convierte en otro estado al servicio de la grandeza del neoliberalismo capitalista, como decía Guillem Martínez, “para ese viaje sin desplazamiento, no eran necesarias alforjas que ya se poseían”.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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4 respuestas a CATALUÑA: De Pla a Pujol, pasando por Carlos Sentís

  1. Joan Castells Lopez dijo:

    Des de la llunyana Bretanya, ja mai més tan llunyana ara que l’ombra de Sant Vicent m’aconsella,a pocs quilometres d’aci, he de tornar a retre homenatge a l’oportunitat que has agafat pel coll per parlar d’allo que pocs volen escoltar. La precisio del mestre Vazquez Montalban em fa tornar anys enrrere, el trobe molt a faltar tot i que m’alegre que no haja estat també testimoni d’aquesta darrera bescollada dels senyoritos, dels amos.T’agraisc Jose que tornes a fer pensar de quan en quan aquest descapçalat que soc.

  2. Francesc Verdú dijo:

    Molt bo l’article de M. V. Montalbán, i el teu també. Cada vegada estic més desencantat amb els personatges que es suposa que han de ser referència. La classe “senyorets” està molt ben agafada al mugró. No veig una solució possible, almenys per a nosaltres.

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