LA TRANSICIÓN: enfermedad obsesivo-compulsiva

descargaComencemos con una declaración rotunda. Con una aseveración digna de las mejores terapias de alcohólicos anónimos: “sí, lo reconozco, estoy obsesionado con la Transición”. Pero como ocurre con dicha ¿enfermedad?, ¿vicio?, ¿sufrimiento?, no soy el único. Lo que ocurre es que yo lo admito. Pero somos cada vez más. Estoy dispuesto a presentar pruebas al Ministerio de Sanidad para que incluya esta enfermedad en el Listado de Enfermedades Graves. Me adelanto con ello a que la Conferencia Episcopal la catalogue como tal, como la homosexualidad, dejando, por tanto, de ser una opción personal. Creer que la Transición, la Inmaculada, que llama La Página Definitiva (uno de esos portales de noticias en internet que quiere acabar con el Imperio J.L. Cebrián), es una forma de ver el mundo ha dejado de formar parte de nuestra Historia. Es, realmente, una enfermedad. Un trastorno obsesivo-compulsivo como los lavadores-limpiadores, los verificadores, los repetidores, los ordenadores, los acumuladores, los perfeccionistas, los supersticiosos, los preguntadores compulsivos o los dubitativos.

No sé desde cuando padezco esa obsesión por la Transición. Si tuviera cerca de mí a mi psiquiatra preferido (Frasier) podría darme uno de sus consejos radiofónicos, pero me contentaré con autoanalizarme y echarle la culpa a otros. Desde que mi amigo Joan me recomendó CT o Cultura de la Transición (Una crítica a 35 años de cultura española), obra colectiva dirigida por Guillem Martínez, mi visión del fenómeno Transición cambió por completo. Desde entonces, me da la impresión de que no oigo hablar de otra cosa.

Pero no me ocurre a mí solo. Para unos, los más jóvenes o atrevidos, debemos enterrar ya la dichosa (o Inmaculada) Transición. Para otros, los más mayores o conservadores (o miedosos) el legado de la Transición se debe mantener como si formara parte de la Marca España, al igual que el toro de Osborne, los diseños de Agatha Ruiz de la Prada o las megaobras de Calatrava. Observo, desde hace un tiempo, que un nuevo combate entre el ying y el yang español se está produciendo. A la altura de las viejas pugnas entre Joselito y Belmonte, Loroño y Bahamontes, Góngora y Quevedo o Madrid-Barça.

Para poder ilustraros, y comprobar hasta donde llega mi trastorno obsesivo-compulsivo, el otro día escuché a Carlos Areces (el único intruso no manchego en Muchachada Nui) una frase que puede convertirse en mítica entre los detractores de la Inmaculada Transición: “la próxima vez que oiga un chiste sobre los ochenta, me suicido”. Fue en el programa de Raúl Cimas “Óxido Nitroso” (Canal +), uno de esos programas inclasificables que de cuando en cuando paren mis paisanos nacidos en otro engendro televisivo, “La Hora Chanante”.

No voy a ser tan exagerado como Areces, pero resulta un tanto cargante seguir escuchando lo maravillosos que fueron los ochenta, las juergas que nos corríamos, lo libres que éramos, lo “guay” que era todo. Vamos a ver, hubo cosas que hemos convertido en mitos de aquella época, pero que veíamos cuatro, que entendían dos, y que duraron un suspiro. Pongo como ejemplo los siempre citados programas de televisión “La Edad de Oro” y “La Bola de Cristal”. El primero lo hacían en La 2 a partir de las doce de la noche y pocos se atrevían, con sus castos oídos y sus inmaculados ojos a soportar ver vídeos como éste:

Más tarde resultó que hasta algunos tertulianos de La 13 TV eran fans del programa. El segundo, “La Bola de Cristal”, era un programa para niños que emitían los sábados por la mañana, mientras mi madre limpiaba la casa, y lanzaba propuestas tan absurdas como apagar la TV para poder pensar (claro, la directora era Lolo Rico, una autora que no ocultaba, u oculta, sus devaneos con el marxismo) y fomentaba la lectura en cuñas como ésta:

Pero claro, luego ocurrió que todo el mundo veía La Bola Cristal y, es más, entendía su mensaje. Le ocurrió igual que a otro mito: el primer concierto de Los Rolling Stones en Madrid (Estadio Vicente Calderón, 7 de julio de 1982). Todo el mundo estuvo allí, aunque la cabida del estadio no supere las 50.000 personas. Sin ir más lejos, el otro día nos hicimos unas risas en casa con un diálogo entre dos encorbatados tertulianos en La 13 TV, cadena obispal, para quien ande despistado. Recordaban ambos sus vivencias en aquel concierto y como les tocó escucharlo detrás de dos piojosos rockeros que no pararon de darle al porro en todo el concierto. Olía un poco a chamusquina la anécdota, más teniendo en cuenta que durante el concierto cayó una tromba de agua infernal (apelativo muy apropiado y que denota mi sapiencia musical pues sabéis que Los Rolling son llamados Sus satánicas majestades), como si el cielo quisiera castigar a quienes se atrevían a escuchar y ver tan procaz actuación. O aquellos “fumakis” liaban los porros con plásticos impermeable o no se entiende como se lo montaron (frase también apropiada y que corrobora mi conocimiento del argot, aprendido en tardes de tertulias en la Plaza de Argel).

Esta obsesión mía se ha visto agravada en el día de ayer cuando me he enterado de que en la convocatoria extraordinaria de julio del examen de Selectividad ha vuelto a caer la Transición. Cuando en marzo murió Suárez, mis alumnos me preguntaron si ello sería motivo para que les preguntaran la Transición. Iluso de mí, pensando en que las cosas se hacen con profesionalidad en este país, les dije que no tenía por qué y que, además, normalmente el examen por esas fechas ya está diseñado. Como se observa, mis dotes de adivinación están a la altura de las de Manolo Lama cuando pronosticaba una final España-Brasil en el Mundial de Fútbol. Según nos tienen contado los asesores áulicos de la Selectividad en la materia de Historia, cada uno de ellos, son cinco, elaboran un examen y sortean dos, uno para junio y otro para julio. Entonces, qué ha pasado.

No puedo evitar analizar el asunto desde la óptica de un científico social. Y aquí es donde viene el origen de este artículo y mi obsesión compulsiva por la Transición. Sí, un poco tarde, pero es lo que tenemos los de letras que damos muchas vueltas para contar algo. Cuando dentro de varias décadas, siglos quizá, se analice este periodo de la Historia que vivimos en España desde 1975 se hará con las mismas claves que ahora lo hacemos sobre el Renacimiento o la Ilustración: tendrá unas características que se han ido fijando con el tiempo, que muchos luchan para que se mantengan y que se gestan consciente o inconscientemente. Así está ocurriendo con la Transición. No es, por tanto, casual que los gestores de la Selectividad hayan elegido, por primera vez, para repetir un tema en el mismo año la Transición. En el fondo forman parte de la intelectualidad de este país y en sus manos está formar opinión. Si lo han hecho consciente o inconscientemente se me escapa. Pero me temo lo peor.

Me temo que, un buen día, cuando ya tenían elaborados los exámenes, va Suárez y se muere. Entonces aquellos sesudos profesores de Universidad se pusieron en contacto (seguramente con las nuevas tecnologías) y se dijeron: “vamos a hacerle un homenaje a Suárez y a la Transición”. Pero alguien dijo “cómo vamos a hacer para que salga en el sorteo”. El más espabilado debió soltar “pues bien fácil, todos ponemos un examen sobre la Transición y después sorteamos, ya verás cómo sale”. El anterior cayó en la cuenta y wasapeó “komo no se me havia ocurrido ntes, se nota q tu ers katdro”. ¿Fue sólo un homenaje o forma parte de una corriente mucho más profunda? Algo así como “hay que enseñarles a los niños qué fue nuestra Transición, sus ventajas y lo bonica que nos quedó”.

Si en los textos presentados en los exámenes se lee entrelíneas, como hacemos los malvados que nos gusta hurgar en razones espurias, podemos (perdón a los políticos de “la casta”) descubrir el mensaje que se desea transmitir. En junio, un texto del Pacto de Ajuria Enea, por el que todos los partidos vascos (menos HB, claro) trabajarían por la erradicación del terrorismo y otro de Peces Barba, Padre de la Virginal Constitución (virginal pues puede ser tocada, pero no follada).

En julio, más de lo mismo. Los dos autores, en este caso, forman parte del imaginario más rancio de la época de la Transición, especialmente de aquellos felices ochenta, algo así como Alaska y Loquillo, pero sin implantes ni tupés. Uno de los textos era de Nicolás Sartorius y el otro de Victoria Prego. El primero conocido por ser el cordón umbilical entre el comunismo y la aristocracia española, era hijo de los condes de San Luis y a punto estuvo en convertirse en familia de Rey, pues su sobrina Isabel Sartorius fue una de las primeas novias de Felipe VI el Preparado. Y qué decir de Victoria Prego, la periodista a la que mejor le vendría el apelativo de “cronista de la Transición”. De ella es el guión, y la conducción, de la serie así titulada, sin ambages, “La Transición”, emitida dos años después de su finalización pues, al parecer, necesitó de algunos retoques para que no se sospechara que había habido algún tipo de amaño en el parto de tan preciado vástago y que los padres de la criatura eran, por supuesto, el rey y Adolfo Suárez.

Llevo tiempo, desde que sufro esta obsesión compulsiva, haciéndome una pregunta: ¿hasta cuándo durará la Transición? Dentro de cincuenta años, de quinientos años, de cinco mil años, ¿seguiremos en la Transición? Probablemente. Y probablemente se seguirá identificando aquel periodo con las canciones de Alaska y Loquillo. La primera seguirá repitiendo cómo junto a Nacho Canut transformaron la música española, y el segundo nos hablará de su persecución en Cataluña. Pero seguro que nadie recordara ya, casi nadie lo hace ahora, la parte más divertida de aquellos años con grupos como los olvidados Derribos Arias, del desaparecido Poch (nota: para los que crean que estaba borracho o fumado, explicarles que lo que le ocurría es que padecía la enfermedad de Huntington o “baile de San Vito”, a consecuencia de la cual murió en 1998):

 

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