EL SACO DE ROMA: ¡que viene el Papa!, otra vez.

xrey_felipe_y_reina_letizia_con_el_papa_661x527_2.jpg.pagespeed.ic.WOBCzbGJUhEra el 5 de mayo de 1527 cuando las tropas imperiales de Carlos V de Alemania y I de España, tras recorrer la Italia central saqueando diversas ciudades, se encontraron a las puertas de la Ciudad Santa de Roma. Al día siguiente iniciaron el asalto por la Colina Vaticana. Las tropas estaban compuestas por dos cuerpos de ejército, uno de 10.000 soldados de los Tercios españoles al mando de Carlos III de Borbón –no confundir con el posterior rey español–, también llamado Condestable de Francia (un noble francés que había traicionado a su rey Francisco I y se había pasado al enemigo), y un segundo de otros 10.000 lansquenetes (soldados mercenarios alemanes) comandados por Jorge de Frundsberg.

Para conocer porqué las tropas del católico Emperador se enfrentaban al Papa habría que remontarse muy lejos, pero para no hacer largo el episodio digamos que en juego estaba el dominio de los estados italianos (un conglomerado de docenas de pequeños territorios) entre las dos potencias del momento: la Monarquía Hispánica (cuyo rey Carlos era además emperador de Alemania) y la Monarquía Francesa. El rey francés, que ya había sufrido diversos reveses (llegando incluso a estar preso en España), decidió formar una gran coalición contra el Emperador: la denominada Liga de Cognac entre Francia, Milán, Venecia, Florencia y el Papado.

El ejército imperial iba de victoria en victoria, pero los soldados habían llegado a las puertas de Roma sin haber cobrado su paga desde hacía meses, por ello se les había dejado saquear las pequeñas ciudades de los alrededores de Roma para obtener algún beneficio. Pero Roma era Ciudad Santa y no se podían permitir atropellos. Sin embargo, el Condestable de Francia murió en el asalto a la ciudad (la leyenda dice que a manos del famoso escultor Benvenuto Cellini) y ya nadie pudo sujetar las hambrientas y codiciosas tropas imperiales.

Las tropas entraron a saco, nunca mejor dicho. Robaron todo tipo de objetos, joyas, dinero, piedras preciosas, obras de arte, y gran parte de Roma quedó destruida. Roma se convirtió en lo más parecido al infierno en la tierra. Muchos altos cargos del Vaticano fueron asesinados y otros tuvieron que pagar un alto rescate monetario para salvar sus vidas. Las tropelías de los soldados traspasaron los límites de la decencia. Se violaron las tumbas en busca de joyas. La de Julio II fue profanada. Las cabezas de los apóstoles San Andrés y San Juan, la lanza Santa, el sudario de la Verónica, la Cruz de Cristo, multitud de reliquias que custodiaban las iglesias de Roma…, todo desapareció. Los eclesiásticos fueron sometidos a las más ultrajantes mascaradas. El cardenal Gaetano, vestido de mozo de cuerda, fue empujado por la ciudad a puntapiés y bofetadas. Otro cardenal, Numalto, tuvo que hacer el papel de cadáver en el macabro entierro que organizaron los lansquenetes. Muchas religiosas fueron violadas como  muchísimas otras mujeres, e incluso niñas de diez años, en manos de la soldadesca lasciva. Sacerdotes, vestidos con ropas de mujer, fueron paseados y golpeados por toda la ciudad, mientras los soldados, vestidos con los ornamentos litúrgicos, jugaban a los dados sobre los altares o se emborrachaban en unión de las prostitutas de la ciudad. Según cuenta el cronista Gregoribus  “Algunos soldados borrachos pusieron a un asno unos ornamentos sagrados y obligaron a un sacerdote a dar la comunión al animal, al que previamente habían hecho arrodillarse. El desventurado sacerdote engulló todas las sagradas formas antes de que sus verdugos le dieran muerte mediante tormento.”

El Papa, en cambio, pudo huir a través del denominado Passeto, un corredor secreto que aún comunica la Basílica de San Pedro y el Castillo de Sant’Angelo. La Guardia Suiza poco pudo hacer y fue brutalmente pasada por las armas imperiales: sólo 42 guardias suizos sobrevivieron. En homenaje a tan brutal día, cada 6 de mayo la Guardia Suiza rinde armas ante el Papa.

Un mes más tarde, el 6 de junio, el Papa Clemente VII se rindió, teniendo que pagar 400.000 ducados a cambio de su vida. En la capitulación debía ceder al Emperador Carlos los territorios de Parma, Piacenza, Civitavecchia y Módena.

Las repercusiones materiales fueron cuantiosas: en el combate perecieron unos 500 soldados papales y más de 45.000 civiles, habitantes de Roma, acabaron fallecidos, heridos o exiliados. Pero las repercusiones políticas y emocionales fueron semejantes cuando no más duraderas. Desde aquel hecho, el Papa se encontró sojuzgado a la voluntad imperial teniendo que colaborar en la política exterior de Carlos, por ejemplo negando la nulidad del matrimonio entre Enrique VIII de Inglaterra y Catalina, tía del Emperador. Con aquellos sucesos, la fama de los Tercios españoles comenzaba a fraguarse, alimentando la más tarde llamada “leyenda negra española”.

A partir de entonces, las relaciones entre la Monarquía Hispánica y el Papado no acabaron de arreglarse, considerando éste que los monarcas españoles pretendían controlarle y, aquella, intentando no sujetarse a los dictados del Santo Padre. Serán muchos los episodios y no es momento de glosarlos todos, pero recordemos, a modo de suaves pinceladas, la oposición de Clemente XI a la causa borbónica en la Guerra de Sucesión, lo cual provocó la ruptura de Felipe V con el Papado, la expulsión de los jesuitas en 1767 por otro Borbón (Carlos III), el Cisma de Urquijo (que casi provoca una Iglesia independiente como la anglicana), por no hablar del intento de asesinato de Isabel II a manos del cura Merino, salvada gracias a las ballenas de su amplísimo corsé.

Quizá por todo ello, desde la recuperación de la Monarquía Hispánica por los Borbones en 1975, por la Gracia del Caudillo, los reyes de España no dejan de rendir pleitesía al Papado. Creo que sienten sobre sí el peso de la vergüenza de sus antecesores, especialmente de Carlos V de Alemania y I de España, que tuvo el atrevimiento de invadir la Ciudad Eterna y cometer sus tropas las brutalidades que hemos descrito (más otras que hemos callado para no herir los castos oídos de lectores poco avezados en cómo se las gastaban las tropas de aquel entonces, y de ahora por lo que se ve). Ellos expían su culpa y nosotros pagamos.

No debe extrañarnos, por tanto, que la primera visita oficial de los nuevos Reyes de España, Felipe VI el Preparado y doña Leticia la Divorciada haya sido a ver al Papa (¡cómo me recuerda esta frase a una canción de Parálisis Permanente!). Cuando leímos en los periódicos dinásticos (ABC y El País) que el nuevo Rey dedicaría parte del verano a visitar a nuestros más fieles aliados y vecinos, pensamos que comenzaría por la sede de la Unión Europea, la Alemania de la Jefa Merkel, la Francia de Hollande o la Gran Bretaña de Cameron para limar viejas asperezas políticas. Incluso iniciar la tourné por nuestros vecinos portugueses bien para consolarnos en nuestros mutuos recortes o ataques de la Troika, bien para comprar un buen juego de toallas y comenzar el ajuar de la princesa Leonor, tan alabada por El País estos días de atrás como una princesa que será tan preparada como su padre.

Pero no. La primera visita fue al Vaticano. Además de las bromas y chanzas que el Rey y el Papa Francisco I (ignoro si el Rey de España ante tanta familiaridad como muestran las fotos ya le llama Paco) se dirigieron, ante la atenta mirada de la pecadora Leticia (no sólo por ser divorciada sino también por fan de los demoníacos The Killers), se produjo la invitación a una nueva visita papal. ¿Otra más? Sí, una más. Vamos a pagar (así textualmente) hasta la eternidad los destrozos realizados por nuestros antepasados en el Saco de Roma.

Si en 1527 los Tercios españoles (ayudados por los lansquenetes alemanes) invadieron y saquearon Roma, las huestes papales (formadas, eso sí, no por soldados embravecidos sino por cardenales, arzobispos, camarlengos, vicarios papales y otros elementos de menor rango) de tanto en tanto entran en España y esquilman las arcas de municipios, autonomías y el propio Estado. Sobre otro tipo de tropelías nada tenemos documentado, aunque hay quien jura haber visto lujosos restaurantes saqueados y hoteles de cinco estrellas con facturas impagadas de más de cinco cifras (de euros me refiero).

Fue el canonizado Papa Juan Pablo II el que inició esa costumbre de venir a España cual pertinaz turista británico. Su antecesor Pablo VI, el primero de los Papas viajeros, por ello apodado el peregrino, no tuvo a bien visitar la nacional-católica España. Quizá no creía necesario evangelizar un pueblo como el español, pues ya estaba Franco para ello, o quizá no quería ensuciarse las manos ensangrentadas de un fascista como sí hizo su antecesor Pio XII con Mussolini (ved, yo lo haré esta semana, te lo prometo😉, la fantástica Amen de Costa Gavras).

Los miembros de la generación de la Inmaculada Transición aún recordamos aquel otoño de 1982. Sólo hacía diez días que se había producido la victoria del PSOE, que ya traía en su programa (como hace cada vez que desea recuperar algún voto perdido) la recusación del Concordato con la Santa Sede (ratificado por Suárez en 1979) que concedía al Papa importantes parcelas económicas y sociales (el mantenimiento de sus escuelas católicas, por ejemplo). Ignoro si fue durante esta visita cuando al PSOE le entró el tembleque de la oposición católica, pero no me extrañaría conociendo las formas que Juan Pablo II se gastaba ante los políticos díscolos en países católicos. Quizá en alguna audiencia papal le cantara las cuarenta a Felipe González y sus huestes agnósticas, como hizo con el Padre Cardenal en la Nicaragua sandinista al año siguiente. Lo que sí sé es que de aquel repudio socialista al Concordato nada más se supo, aunque de cuando en cuando, como seguro harán los tres candidatos que se disputan la Secretaría General del PSOE, vuelven a enarbolar la bandera de su liquidación. El lema de aquella visita aún lo tenemos grabado a fuego en nuestras memorias quienes sufrimos el bombardeo televisivo, a semejanza del que hicieron los Tercios españoles en 1527: “Totus tuus”. efectivamente, todos somos de él (el Papa). O así lo cree él y todas las milicias católicas de este país.

Desde entonces las visitas papales se han repetido con asiduidad. Unas cortas como la del propio Juan Pablo II en 1984 a Zaragoza de apenas 15 horas y otras más extensas. En 1989 el mismo Papa recorrió Asturias y Galicia, volviendo en 1993 a Sevilla y en 2003 a Madrid. En esta última, el Papa aprovechó para pegar un buen tirón de orejas al gobierno Aznar, pues en plena polémica por la guerra de Irak, se erigió como defensor de la paz en una imponente reunión que congregó a casi un millón de personas en la base de Cuatro Vientos de Madrid.

Al Papa Benedito XVI también le entró pronto la vena viajera y no podía dejar fuera a España. En 2006 realizó el primero de sus tres viajes a España, concretamente a Valencia con motivo del Encuentro de las Familias. Sin duda, ha sido la visita más parecida al Saco de Roma de 1527 y si no que nos lo pregunten a los valencianos que aún la estamos pagando. El saqueo fue, según recientes investigaciones en la trama Gürtel, brutal. La Generalitat valenciana invirtió 7,7 millones de euros en publicidad, 3,5 millones en la compra de 500.000 mochilas y 2,6 millones en urinarios, quizá para que no se mearan en los monumentos calatravenses como hicieron los Tercios en Roma. Además, el extinto Canal 9 contribuyó con otros 7 millones para la compra de pantallas para la retransmisión (y al parecer para engrosar los bolsillos de Pedro García, entonces director de RTVV y los miembros de la trama Gürtel).

Benedicto XVI realizó posteriormente dos visitas más. En 2010 a Galicia y Barcelona y al año siguiente a Madrid. Ambas visitas, en plena crisis, se saldaron con un coste global de 29,8 millones de euros.

Pero el Vaticano no se limita a cobrarnos con interés aquellos 400.000 ducados que pagó Clemente VII por su rescate. Cada año el Estado garantiza una asignación de 249 millones de euros a la Iglesia Católica, aunque caiga la recaudación, además de complementos para el mantenimiento del culto en las cárceles, Cáritas o la restauración de Catedrales (en las que después sigue cobrando entrada e imponiendo las normas de admisión, por cierto).

Felipe VI ha anunciado que ha invitado al nuevo Papa a visitar España. Un nuevo saqueo se avecina. ¡Preparaos!

A veces da la impresión de que toda España quiere ser Santa como decía Eduardo Benavente en Parálisis Permanente. Propongo que Leticia, tan conocedora de la música moderna, le regale el disco de los Grandes Éxitos al Papa Paco I.

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